La acción fundacional del Opus Dei

From Opus Dei info

Aproximación biográfica a José María Escrivá

Por Marcus Tank, 21.VI.2006


1. ¿Quién era el fundador del Opus Dei? ¿Cómo era su personalidad? Después de muchos años seguimos todavía sin saberlo. Era un hombre como los demás, pero que supo crear una organización poderosa, con muchos miembros, y hacer de sí mismo una figura de relieve, mítica para unos y controvertida para otros, rodeándose ya en vida de una aureola de santidad. John Allen dice haber investigado y conocido los secretos más íntimos del Opus Dei, su fundación. Pero la verdad es que los mismos miembros y ex-miembros de la institución, después de muchos años de pertenencia, debaten sobre su verdadera entidad y afirman no conocerla plenamente. Sorprende en efecto que no haya acuerdo sobre cuál es su realidad auténtica. Desde luego, lo que hay de controvertido y opaco en el Opus Dei se debe a su fundador, es consecuencia de la complejidad —rayana casi en lo patológico— de su personalidad y, también, del proteccionismo que ha rodeado la biografía del personaje.

Mi intención en este estudio es poner de relieve algunos aspectos que pueden verificarse de modo objetivo —es decir, que no dependen de opiniones a favor o en contra— y sin necesidad de polemizar con esa amplia “bibliografía oficial” sobre el Opus Dei y su fundador, que es en gran medida partidista y manipulada por escasamente científica. Los estudiosos que han querido ser independientes en sus trabajos han comprobado que la institución les cerraba el acceso a sus archivos de fuentes, pero han conseguido mostrar al menos la falta de realismo histórico de toda la otra literatura “oficial”.

El medio adecuado para lograr nuestro propósito ahora es tratar de la praxis de la institución fundada por José María Escrivá y de su doctrina proclamada como carismática desde esa plataforma: ambas son realidades objetivas y pueden ser comparadas con la enseñanza de la Iglesia. Y, de esa comparación, surgen bastantes luces claras sobre qué hay o no de inspiración divina en la fundación, que siempre ha presentado todo lo enseñado por su fundador como un clarividente bloque compacto, coherente y sin fisuras, a veces casi como si hablara el Verbo encarnado. Por tanto, usaré sobre todo las publicaciones del autor más difundidas, porque son fuente segura de estudio. Y, como se verá, ahora no deseo entrar en las opiniones o juicios sobre la “santidad personal” del personaje.


2. Los carismas particulares que nacen inspirados por el Espíritu Santo están íntimamente emparentados con la verdad que proclama la Iglesia y, por esta razón, se pueden medir con el rasero de su doctrina. Así pues, cabe afirmar que no es de Dios una praxis que contradiga de plano las libertades fundamentales enseñadas y exigidas por la Iglesia. El Espíritu no se contradice enfrentando carismas particulares y enseñanza segura de la Iglesia, carisma particular y carisma universal. Sigamos desarrollando esta idea. Toda la estructura doctrinal y práctica del Opus Dei se fundamenta en que sus cosas hay que vivirlas “de ese modo” porque son el espíritu de la Obra querido por Dios e inspirado así al fundador. Esta frase lapidaria que acabamos de enunciar, refiere a Dios —como de “institución divina”— toda la praxis de la Obra. Pero las cosas no pueden ser así.

Y no lo son por varias razones. En primer lugar, porque hay modos de hacer en el Opus Dei que se toman como carisma inspirado –carecería de buen espíritu el que no actuase así, decía a veces el fundador— y que se oponen frontalmente a la doctrina eclesial en cuestiones que atañen a derechos y libertades fundamentales de los fieles. No cabe en este caso contradicción entre carisma particular y enseñanza eclesial segura. No es posible un “buen espíritu” opuesto a la doctrina de la Iglesia. En segundo lugar, porque muchas de esas praxis enseñadas por el fundador han ido mutando a lo largo de su vida, e incluso posteriormente. En tercer lugar, porque muchos de esos modos se oponen realmente a la esencia de su espíritu laical. En cuarto lugar, porque la interpretación de lo que es o no de espíritu no está abierta a un estudio histórico científico, sino que se limita a la opinión y conveniencia del que manda. Aunque esto último se haga con indudables buenas intenciones, ello no justifica la autenticidad de sus interpretaciones, pues aquí no nos encontramos con ningún tipo de infalibilidad eclesial, sino con un gobierno humano.

Entrando más en materia, se ha calificado como cosa de buen espíritu, estableciéndolo obligatoriamente, la dirección espiritual con los Directores, que es una práctica prohibida seriamente por la Iglesia; lo mismo sucede con la falta de libertad para elegir confesor entre sacerdotes que no sean del Opus Dei. Esto lleva, como ya han puesto de manifiesto varios autores –Oráculo en El silencio de oficio, Antonio Esquivias en Dirección espiritual, Doserra en Interrogatorios de conciencia, E.B.E. en La conciencia y la Obra, etc.— a una grave e institucionalizada violación del secreto de dirección espiritual y de la intimidad de la conciencia, a la coacción de la libertad en nombre de Dios, al atenazamiento de la autonomía personal debida, y a otros abusos consecuentes a no mantener la separación de los fueros de conciencia y de gobierno, como siempre ha enseñado y practicado la Iglesia. Esto no puede atribuirse a Dios. No puede ser carisma divino, ni buen espíritu, sino todo lo contrario: un mal espíritu “cristiano”.

Pero hay más cuestiones de espíritu que lesionan libertades fundamentales: la prohibición de abrir la intimidad con otros miembros del Opus Dei que no sean los Directores correspondientes y, por lo tanto, la negación de toda legítima amistad personal, como ha señalado Oráculo en su escrito La libertad de comunicación en el Opus Dei; también, el control de la libre expresión de la propia opinión sobre el gobierno de la institución o su espíritu, para anular cualquier tipo de contestación; el aislamiento y represión de aquellos miembros que mantienen su legítima autonomía de conciencia y no se someten a los modos totalitarios de adoctrinamiento, manipulación de la conciencia y control de la información.

En todo esto que acabamos de relatar, el fundador ha sido un fundador sin fundamento, que con toda seguridad ha actuado contra el querer de Dios, como ya señalé en mi anterior escrito, advirtiendo sobre las “mentiras” del Opus Dei. Escrivá ocultó deliberadamente estas prácticas a la aprobación de la Jerarquía y las impuso a los miembros de su Obra con el pretexto de ser voluntad divina. Tal engaño y falta de transparencia “fundacional” no parece que puedan ser atribuidos a un don del Espíritu.


3. Entonces, cuando se comienza a abrir los ojos a estas evidencias, después de más o menos años de confianza en la buena fe de los que gobiernan el Opus Dei, se siente la decepción del engaño y una necesidad insaciable de verdad. Empieza uno a preguntarse –sensu contrario— qué hay de verdad en lo que el fundador ha transmitido como de Dios. Cuanto más se investiga en esa línea, al margen de las fuentes oficiales, más incoherencias se encuentran. Y se llega a la terrible cuestión: ¿de verdad, hay algo de Dios en todo esto?

José María Escrivá presentó la opción de una espiritualidad plenamente laical. Le oímos repetir muchas veces que no le interesaban los votos, ni las botas, ni los botines, ni los botones, sino las virtudes. Nos explicaron, justo antes de la Oblación, que teníamos que hacer unos votos impuestos por la forma jurídica de Instituto Secular, que por otra parte no resultaba la adecuada a nuestro espíritu, pero que el fundador había tenido que ceder sin conceder y con ánimo de recuperar, etc. Después uno se entera, por fuentes externas, e incluso por la publicación oficial del libro del Itinerario jurídico del Opus Dei, de que los votos se venían haciendo desde 1935, cuando no existía todavía ninguna aprobación jurídica. ¿Cómo se explica esto si el 2 de octubre de 1928 el fundador vio todo el Opus Dei, como sería a lo largo de los años? Se podría alegar: no importa, son detalles intrascendentes.

Puede que la cuestión de los votos sea de poca monta. Pero, ¿por qué entrados los años 50 –como está documentado por Compaq— se dijo que la figura de Instituto Secular era la definitiva y la más adecuada para el espíritu del Opus Dei, así como el estado de perfección (cfr. Intervención de Escrivá de Balaguer en "Congressus Generalis de Statibus Perfectionis"; también, Congreso de Perfección y Apostolado, Madrid 1956, donde miembros eminentes y con cargos oficiales remachan esa doctrina), y, pocos años más tarde, se abandona completamente tal postura? Sencillamente porque por aquellos años, de la mano de Congar, von Balthasar y otros, surge en la Iglesia una teología del laicado, y se organizaron en Roma un par de congresos sobre El Apostolado de los Laicos (1951 y 1957) que nada tenían que ver con los institutos seculares. Así, al inicio de la década de los años 60, el fundador cambió completamente su postura y se subió al nuevo carro del laicado, borrándose del “estado de perfección”, pero buscando conservar o incrementar los privilegios jurisdiccionales conseguidos con esa otra fórmula. Éste es el tema, no otro.

Si Escrivá vio todo el Opus Dei el 2 de octubre de 1928, con su espiritualidad laical netamente distinta de la de los religiosos, nos preguntamos ahora: ¿cómo es que desde el principio organizó una praxis de vida completamente al modo de los religiosos? Sobran datos para hacer tal afirmación, pues aparte de lo que ha comentado Haenobarbo en Religiosos disfrazados o bien Inocencio y otros en sus correspondientes artículos, lo hemos vivido todos —¡hasta hemos visto rejas en los oratorios para que las mujeres asistieran a la misma misa que los hombres, pero separadas, como en los conventos de clausura!— y lo constatan también muchos religiosos y jerarcas de la Iglesia, que no se cuidan en mostrar su extrañeza de que el Opus Dei diga una cosa y de puertas adentro viva otra completamente distinta.

Si éste es el panorama, entonces, ¿qué le inspiró Dios al fundador en aquella memorable fecha de 1928? No lo sabemos. Bien podían haberlo dicho sus sucesores, que parecen tener la “patente del fundador”, pero no han dicho nada. Tal vez la solución al enigma se encontraba en el primero de los Cuadernos íntimos del hoy santo, pero desgraciadamente lo destruyó por humildad –se dice— o por la razón que fuese. Desde luego, no parece que Dios le instruyese muy pormenorizadamente en una praxis de vida laical, ni en la existencia de mujeres en la institución, ni de sacerdotes; ni en tantas otras cosas fundamentales. ¿Qué vio entonces el fundador aquél 2 de octubre de 1928?, nos preguntamos de nuevo. Si vio algo, tuvo que ser muy informe.


4. Y estamos hablando aquí de temas sustanciales de espíritu, no de asuntos de legítima estrategia de gobierno, donde también se detectan contradicciones: por ejemplo, se dice en los comienzos —y no tan en los comienzos— que el Opus Dei no pondría colegios, y la realidad posterior ya conocemos cuál es: el Opus Dei hoy casi sólo a través de “sus” Colegios puede pensar en un apostolado con jóvenes. ¿Por qué no hablar claro sobre la fecha fundacional? Y, si hubo algo extraordinario del fundador, dígase en que consistió. La excusa de la humildad no es de recibo. O ¿acaso no hubo nada “especial”?

Por otra parte, se ha presentado el carisma de la santificación del trabajo como una propuesta original del Opus Dei desde su fundación en octubre de 1928. Pero Estruch, en su estudio de los índices de las diversas ediciones de Camino (cfr. Santos y Pillos), demuestra que la expresión “santificación del trabajo” comienza a aparecer en las ediciones de los años sesenta avanzados, antes no existía como tal. Sobre el espíritu de santificación en medio del mundo, en las actividades seculares, existen antecedentes cronológicamente anteriores al fundador del Opus Dei e independientes de él. Se trata de una cuestión digna de un estudio particular, en la que podrían citarse a San Francisco de Sales, a Carlos de Foucauld –con su Espiritualidad de Nazaret— y a tantos otros. ¿Por qué las “biografías oficiales” pasan como de puntillas por la relación entre Escrivá y Pedro Poveda, cuya fundación es plenamente convergente con los enfoques que después hará el Opus Dei? Cronológicamente puede demostrarse que ahí la influencia va de Poveda a Escrivá y no la inversa.

Se ve que el Espíritu Santo promovió en diversos lugares del mundo una renovación eclesial del laicado. Y así lo reconoce un documento oficial informativo de la Santa Sede:

Los Institutos seculares tienen una prehistoria, puesto que ya en el pasado hubo intentos de constituir asociaciones semejantes a los actuales Institutos seculares; dio una cierta aprobación a estas asociaciones el decreto "Ecclesia Catholica" (11 de Agosto de 1889), que sin embargo sólo admitía para ellas una consagración privada. Fue sobre todo en el período que media entre el 1920 y el 1940 cuando, en varias partes del mundo, la acción del Espíritu suscitó diversos grupos de personas que sentían el ideal de entregarse incondicionalmente a Dios, permaneciendo en el mundo, con el fin de trabajar, dentro del mundo, por el advenimiento del Reino de Cristo. El Magisterio de la Iglesia se mostró sensible a la difusión de este ideal, que en torno al 1940 halló modo de perfilarse también en encuentros de algunos de dichos grupos” (Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares, 6 de enero de 1984).

Resumiendo, a juzgar por las realidades objetivas, no resulta creíble la versión de los hechos fundacionales aportada por la “doctrina oficial” del Opus Dei. No está claro lo que su fundador vio el 2.X.1928. Si hubo algo sobrenatural, tuvo que ser la promoción de un movimiento pastoral para la santidad de los seglares, pues sobre el núcleo de esa espiritualidad el fundador ha escrito páginas de indudable inspiración, pero poco más, como sucedió a tantos otros cristianos “carismáticos” de esos tiempos. Pero las concreciones de esa inspiración en la praxis que organizó para la institución “Opus Dei” son independientes del hecho sobrenatural y muchas veces contrarias a una verdadera espiritualidad laical.

Por lo tanto, es necesario distinguir lo que hay de Dios y lo que hay de José María Escrivá en lo que se denomina espíritu del Opus Dei, como ha señalado Oráculo en algunos de sus escritos; la distinción entre lo perenne y lo coyuntural. Muchas de las llamadas cuestiones de espíritu, como las prácticas concretas de vida (se aprecia en las mudables disposiciones sobre la pobreza), o los modos de concretar la separación de hombres y mujeres, y muchas otras concreciones más, que se dicen fundacionales, no son carisma divino, sino decisiones del fundador fruto de la mentalidad de su época, de su formación limitada o de su particular personalidad.


5. Pero saltemos a otro campo lleno también de evidencias. Se ha presentado a José María Escrivá como un gran teólogo, incluso merecedor del título de Doctor de la Iglesia, y como una persona de enormes cualidades intelectuales. Sus hagiografías se prodigan en elogios sobre su persona y, por otra parte, apenas comentan sus limitaciones y defectos, incluso parece carecer de ellos. Pero los testimonios “no oficiales” dan una versión de la realidad completamente distinta. ¿Con cuál nos quedamos?

Pues vayamos de nuevo a lo objetivo: sus escritos. Existen varios comentarios de Camino no programados oficialmente, esto es, valoraciones independientes. Ahí está el breve —pero muy sustancioso— comentario de Hans Urs von Balthasar, quien sin duda es uno de los principales teólogos del siglo XX. Y también puede leerse el capítulo dedicado a Camino del libro de Estruch Santos y Pillos. A ellos remito para que cada quien saque las conclusiones pertinentes. Sin necesidad de entrar en grandes profundidades, parece claro que Camino no es el libro de un intelectual ni de un gran teólogo.

Los planteamientos que se hacen en esa obra son voluntaristas y a veces hasta semipelagianos. Se expresa una idea de la obediencia y de la sumisión a la institución apostólica que es militarista y totalitaria; es decir, contraria a la más mínima autonomía personal. No se tiene en cuenta que la persona es lo primero, lo más digno de respeto, un fin en sí misma, que no puede estar completamente sometida a una institución religiosa; y esto por dos razones: primero, porque dichas instituciones no se identifican con Dios; segundo, porque el mismo Dios ha dejado autonomía y libertad al hombre en su relación con Él.

En Camino se excluye toda posibilidad de crítica y de libre opinión. Se considera a la persona como instrumento inerte y como pieza de una maquinaria –un tornillo—, o como un ladrillo de una gran construcción. La antropología que subyace en estas expresiones es completamente equivocada, porque supedita la persona a la organización, en vez de permitir que se desarrolle autónomamente en su ser irrepetible. Santo Tomás de Aquino, que no es precisamente sospechoso de modernista, allá en la Edad Media nunca haría tales afirmaciones. Tampoco las suscribiría un San Agustín, situado en el siglo V.

Pero, además, si se busca qué idea tiene el autor de Camino sobre la verdad, puede comprobarse que no es la de un intelectual. Para su autor, la verdad no es una búsqueda que fundamenta la realización del hombre, y que debe amarse con todo el corazón, sino más bien algo que se posee por el hecho de ser cristiano –sobre todo la posee él—, y que debe defenderse literalmente a capa y espada. Es un planteamiento típicamente fundamentalista de la verdad, que se olvida de que nadie tiene a Dios en propiedad, ni a la verdad por tanto. La Iglesia Católica nunca se atrevería a decir que tiene a Dios en propiedad, y no sólo por razones ecuménicas. Por el contrario, afirma que todas las religiones participan en mayor o menor medida de la verdad de Dios. El mismo Ioseph Ratzinger advierte que en la teología de los Santos Padres el cristianismo nos es definido como una institutio vitae —a través de costumbres, ceremonias o instituciones— sino por causa de la Verdad, citando a Tertuliano: Cristo no se llamó a Sí mismo “costumbre” sino “verdad” (cfr Introducción al cristianismo). De este modo, los cristianos se apartan de las costumbres religiosas divinizadas del Imperio en aras de un compromiso con la verdad, porque para ellos es más importante el servicio a la verdad que el servicio a la costumbre (norma de conducta establecida y divinizada con independencia de que sea o no verdad), pues el redescubrimiento de la verdad es la luz reformadora de las costumbres.

Y la “verdad” aquí es que el fundador del Opus Dei, en Camino y en sus otras publicaciones, tampoco se interesa por la verdad, salvo para condenar la mentira. La verdad queda reducida a lo contrario del vicio de mentir y calumniar. Es una visión muy pobre. En fin, que Camino se tome de hecho como un manual del carisma de un espíritu inspirado por el Altísimo, es demasiado fuerte: no exagero si digo que suena casi a blasfemia.


6. Por otra parte, en los escritos más difundidos de Escrivá no existen rasgos de apertura mental ni de intelectualidad. Y lo peor es que tampoco los hallamos en su vida. En su organización nunca promovió una tarea verdaderamente investigadora, ni permitió a sus sacerdotes la dedicación al estudio crítico de las ciencias sagradas. Nunca se preocupó por una auténtica formación teológica —científica— de sus sacerdotes, ni tan siquiera de los tres primeros, que era algo de lo que siempre presumió. Los tres primeros sacerdotes hicieron sus estudios teológicos a toda prisa, en muy poco tiempo, y con profesores ad hoc para ese efecto. Y esa tradición de prisas en la formación se ha continuado hasta nuestros días, como si “la doctrina” fuera siempre algo claro y sin fisuras, que urge transmitir.

Para José María Escrivá no ha constituido la teología un punto de interés central, ni en lo personal ni en la formación de sus sacerdotes. Lo que buscaba era que tuvieran un barniz doctrinal “seguro” y que se volcasen luego de lleno en las actividades apostólicas y pastorales. Los teólogos del Opus Dei se han dedicado fundamentalmente a defender su institución y a proclamar las grandezas personales de su fundador, fines todos utilitaristas. Por tomar ahora un contraste: los jesuitas —que ad intra del Opus Dei han sido tachados de frívolos desde el punto de vista doctrinal y causantes de los males de la Iglesia de nuestros días— son quienes han aportado (junto con los dominicos) los más grandes teólogos del siglo XX, quizá el siglo más importante –en el campo teológico— de toda la historia de la Iglesia.

Estudiando los contextos, se ve que el fundador del Opus Dei —por su muy limitada categoría y formación intelectual, que es compatible con una despabilada inteligencia natural— no llegó a advertir la trascendencia de la renovación teológica del siglo XX. Vivió anclado en el antimodernismo de San Pío X, por quien profesaba una enorme admiración; ahí están para demostrarlo su estatua gigante en Cavabianca, y la recolección de sus reliquias más personales. Pero no llegó a calar en la enorme importancia de los cambios culturales y doctrinales que estaban ocurriendo en su siglo, y que dieron como poso el Vaticano II.

Escrivá permaneció en la mentalidad del siglo XVI español y de las cruzadas para defender la fe. No supo desprenderse de una mentalidad confesional de la sociedad o del Ancienne Régime —por eso mismo no hizo ascos a la consecución de un marquesado— y apreció, como “medios para extender la fe”, las artimañas del viejo nacional-catolicismo. Por eso Camino está plagado de consignas y medios de poder fáctico para el reinado de Cristo. Es decir. No pudo comprender el sentido del Concilio Vaticano II porque vital y mentalmente estaba incapacitado para entenderlo. De hecho, vivió angustiado por la crisis del momento, ponderando sólo sus aspectos más negativos, y anatematizó con todas sus fuerzas los impulsos de reforma, no dando ninguna facilidad para que los miembros del Opus Dei colaborasen en la implantación de los cambios. Hoy resultan chuscos sus anatemas “internos” ad cautelam hacia las obras de un Ratzinger o De Lubac o von Balthasar, lo que difícilmente puede justificarse como ejercicio de un inspirado “espíritu de discernimiento”.

Resumiendo, el fundador del Opus Dei no era un gran intelectual ni fue un teólogo, como lo presenta la “leyenda interna”, sino más bien un activista cristiano, un animador, con el olfato político del poder. Tampoco Álvaro del Portillo se caracterizó por la intelectualidad, a pesar de sus brillantes dotes humanas, y siempre fue un hombre con mentalidad de “ingeniero”. Personas que conocían muy bien al fundador, por haber convivido muchos años con él, afirman claramente que no tenía nada de intelectual: véanse, si no, los testimonios de Miguel Fisac y de Antonio Pérez (cfr Historia oral del Opus Dei, de Alberto Moncada), personas ambas sobre las que no cabe la menor sospecha de que injuriasen a nadie. El mismo Antonio Pérez, notable jurista, decía coloquialmente que el fundador “no sabía una palabra de derecho” y que no entendía cómo podía haber acabado esos estudios. Desde luego, el lío que organizó con lo del estatuto jurídico del Opus Dei —que todavía sigue coleando— es una demostración de todo ello. Pero esto merece un tratamiento aparte. Es imposible que un buen jurista gobernase el Opus Dei con tantas praxis, notas y criterios, con un normativismo exagerado, y además dándole una estructura jurídica opaca –esto es, no transparente ni pública— propia de las sociedades secretas o de los manejos totalitarios, que olvidan la legalidad y la justicia.


7. De todo lo que acabamos de referir pueden extraerse algunas conclusiones, pocas pero sustanciosas. La más importante podría ser el engaño al que hemos sido sometidos casi todos acerca de la persona de José María Escrivá y de su fundación. La realidad no coincide con la “versión oficial” de diseño, y no hay modo de hacerla coincidir por mucho que uno se lo proponga. Las pocas evidencias que acabamos de señalar bastan para demostrarlo sin lugar a dudas. No está clara la historia del carisma. No es posible lo que han enseñado a los miembros de la Obra acerca de la divinidad de ese espíritu, pues se opone a la doctrina de la Iglesia en muchos planteamientos. La institución no ha sido, ni es, transparente con sus fieles ni con la Jerarquía de la Iglesia. Y así las hagiografías del fundador presentan a un personaje que no es el real, ni siquiera en cuanto a sus datos más elementales.

Es necesario y tiene pleno sentido entonces preguntarse qué hay verdaderamente de Dios y qué de Escrivá en el supuesto carisma, porque el fundador no es un Verbo encarnado para que todas sus ocurrencias sean divinas. Pero, además, ¿en qué consiste realmente el llamado espíritu del Opus Dei, cuando resulta que –como hemos visto— tal espíritu ha ido cambiando de planteamiento con el transcurso de los acontecimientos eclesiales y de las conveniencia de la institución en cada situación nueva? ¿En qué consiste: en los votos o en las virtudes?, ¿en la praxis fáctica de “religiosos en el siglo” sin el respeto debido a la persona, o en la libertad de los hijos de Dios en las actividades seculares? Se requiere una clarificación a todos los niveles.

Es necesario un estudio histórico independiente, científico, que aporte verdades. El mismo hecho de que los dos sucesores del fundador hayan secuestrado las fuentes y controlado la información sobre el personaje en sus biografías, es una señal de que mucho se quiere ocultar, de que realmente existen motivos para ocultar. Tal vez se espera que el paso del tiempo y los años eliminen a los contemporáneos —ley de vida es— y a cuantos, por haber conocido más de cerca los hechos, podrían contradecir las versiones oficiales. Esta calculada técnica de desinformación y de engaño manipulador proviene del mismo fundador, que siempre adaptó la realidad a su conveniencia. Detrás de todo este embrollo se encuentra en efecto la extraña personalidad psicológica de José María Escrivá, con sus patologías, sus carencias, sus limitaciones, e indudables cualidades también. Y una cosa sí parece clara: la vida de José María Escrivá no se caracterizó por ser un servicio a la verdad.



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