La Estética Opusina

From Opus Dei info

Por Beren Erchamion, 19.12.2008


En algunos escritos de OpusLibros, y en algunos testimonios de Miguel Fisac leí algo sobre el tema de la estética dentro del Opus Dei relacionado con el gusto arquitectónico y decorativo de don JEdeB.

En otro foro se suscitó una discusión sobre la estética opusina, las manifestaciones externas en la piedad, etc. y me dio qué pensar y qué escribir…

La estética parece ser algo subjetivo: no hay reglas que determinen lo que es bello, pues el motivo determinante es el sentimiento del sujeto y no un concepto del objeto (dice “el nuevo sentir” universal wikipedia) ...


La estética en los centros: a mi gusto, en la estética del Opus Dei lo que importa es “lo que parece y no lo que es”, hay también una “estética pretenciosa de aparentar”. Por eso cuando uno ve de afuera un centro de la obra rara vez puede darse idea de lo que encontrará dentro: las residencias, las casas de retiro, y las comisiones y delegaciones, Villa Tevere. Dentro hay muchas cosas distintas de las que se muestran para fuera, por lo que digamos que en ese sentido hay una “fuerte coherencia” entre la estética y la “ascética del aparentar”, una realidad muy fuerte en el Opus Dei.

Las primeras veces que entré a diferentes centros (casi siempre) me dió la impresión de un señorío pretencioso y algo fuera de la normalidad , dos buenos sillones antiguos- no para sentarse- de cuero con tachas preferentemente, una mesa de arrime, grandes y pocos cuadros de los “señores” de la casa que retrotraen a fines del siglo XIX o principios del siglo XX (los padres de JEdeB, la tía Carmen, en fin, con blasones incluso), láminas “de serie” enmarcadas de patos, golf, caballos, flores; alguna vitrina iluminada y cerrada es un “must” que no debe faltar. Me dio siempre la impresión que una vez conocido uno ya lo están todos, hay una estética particular que se replica con poca creatividad, es como si quisieran recrear la “casa de un hijodalgo español de principios del s. XX”, totalmente fuera de la normalidad en mi país por lo menos, pero con un gusto un tanto ordinario y detalles de snobismo, una “estética pretenciosa”, y sí, muy propia, que para Juan de la Calle es llamativa, poderosa, y sólo atractiva en una forma morbosa, diría yo.

Recuerdo del primer centro que visité (que era el centro de estudios), las pocas flores naturales (todo flores secas o de plástico), el lugar mustio y con poca luz llenos de recovecos, los sillones símil antiguos no usados para sentarse e incluso había detalles de evocación medieval (falso por supuesto) por ahí: hachas, picas, reposteros, empapelados, pesadas cortinas de terciopelo o dobles, pisos oscuros o de madera, algo de piedra…. La gente salía y entraba de misteriosas puertitas y ascensores, de uno salían jóvenes, del otro salían más viejos, otras puertas siempre cerradas que no sabía para qué estaban (las de la administración), ventanas con ónix que no daban a ninguna parte, ninguna ventana que diera a la calle (las de la calle eran las de la comisión). Había salitas por doquier, todos entraban y salían a horarios fijos, qué-se-yo, pasaban mujeres uniformadas que no debías ver. Todo eso atrajo fuertemente mi curiosidad debo reconocer. Cuando conocí las habitaciones, encontré libros falsos para llenar bibliotecas (Tomos de La Ley de 1950, esos que ponen los abogados en sus estudios para vestir las paredes), y un mobiliario estándar en todas, inclusive el famoso “armario con lavatorio incluido” en las habitaciones individuales que nunca había visto en mi país, sino en un viejo hotel llamado “Asturias”. La primera vez que escuché lo de los “hogares luminosos y alegres” asocié con que ninguna parte de ese centro podría calificársela de luminosa y/o alegre, y mucho menos con el hogar de una “familia numerosa y pobre” con todo el espacio que sobraba y la estética poco práctica y uniforme. Las cosas que se repiten mucho en el OD, generalmente se repiten porque ocurre lo contrario; casi como un justificativo necesario para acompañar lo que se ve, de modo que el resultado final entre “percepción” más “palabra” sea neutro.

Esta estética suele ser recreada con “ferviente emulación” por muchas supernumerarias en sus hogares, con resultados más o menos agraciados, como seña de “buen gusto”, o de “buen tono”. Todo sospechosamente en su sitio y todo cuidado, si hay algo “regional” o propio de algún país, nunca está puesto ahí por casualidad ni porque no se encontró otra cosa, el objeto te dice “me pusieron aquí como al descuido pero adrede, eh?”, “miren que soy regional y no como todo el resto, eh?”: Nunca entré a Villa Tévere, pero parece que es una suerte de laberinto con rinconcitos marmolados, tortuosos, típicos de la tarea que se hace allí, y poco funcionales, con recuerdo de todos lados. Sí entré a la comisión y a delegaciones, y a medida que se “asciende al centro del poder” se acentúan más estas características.


Otro aspecto de la estética es la vestimenta de los miembros de la obra, que se va imponiendo aunque uno se resista y sin darse cuenta, por el famoso “acompañamiento a comprar” y por la “recuperación”. Antes de entrar, los numer me decían Elvis, usaba pantalones negros de jean, cintos anchos, botas cuando no hacía mucho calor, camisas amplias de estampados o colores divertidos (bah!, como se vestían los jóvenes en la universidad a principios de los ´90), y poco a poco me fui allanando a los pantalones de gabardina pinzados y las camisas lisas o a rayas y zapatos, más el infaltable “saco azul” de quita y pon y la “rompevientos” cuando es algo informal para entrar al comedor y al oratorio o ir a Misa. Por la forma de vestir puede intuirse el contacto o la pertenencia al OD. Por lo poco que veía uno a 5,000 Km. enseguida te dabas cuenta de qué mujeres eran de la obra, si eran numerarias, agregadas o supernumerarias inclusive. Si eran numerarias, te podías dar cuenta si era una directora o no, una adscrita o no, una auxiliar o no por la forma de vestir en la calle y por con quién iba acompañada, calculo que lo mismo pasaba “de este otro lado”. Es también una “estética uniformizadora” convencional y aplanadora del gusto individual, cualquier paralelismo con lo que se lograba hacer con la vida interior y las almas del OD no creo que sea pura casualidad.


En cuanto a la “estética de los gestos” también tenía una estandarización muy fuerte y la frase de cabecera era “el buen tono”, cuantas correcciones fraternas recibí por cruzar los brazos, poner los brazos en la cabeza en las tertulias, cruzar las piernas, decir determinadas palabras, la postura en misa, la forma de estar en la mesa más las clases esas de “urbanidad” del lenguaje de los cubiertos y todo eso, o incluso una risa estrepitosa o un tema de conversación más frívolo o más intimista; correctivos muy eficaces para tender a la uniformidad y apagar tu forma de ser. La frase estándar para contrarrestar era “el denominador común y el numerador diversísimo”…


También era llamativa e intimista la “estética de la literatura” opusiana, debo reconocer que me cautivó con cierto morbo “Camino” y “El valor divino de lo humano” que lo seguíamos leyendo en mi país por aquellas épocas. Era el último un verdadero “inflador” emocional que contrastaba con lo que te rodeaba, no llegaba a imaginar que uno de esos curas tan compuestos que veía en el OD podría haber llegado a escribir algo como eso (de hecho, puedo haberme equivocado al generalizar). En cuanto a “Camino” me pareció osado, distinto, también con dosis de “inflador sentimental”, no me explicaba cómo podía haberlo escrito un hijo de los señores del cuadro de la entrada, por sí solo. Algo no me cerraba. Leyendo Surco o Forja luego, coincido en que parece escrito por otra persona, o fue alguno de los tres tan retocado que se perdió el autor en el camino, o son autores distintos, no sé, lo dejo a los expertos…. El resto de la predicación me parecía llamativa cuando era sobre el Evangelio, pero creo que el día que los curas y directores del OD usaron la computadora para preparar las meditaciones y las charlas, zas!!, eran un opio de citas (tipear “Apostolado” y clickear Enter, luego Print) sin unidad ni hilación, salvo en los más inteligentes que apelaban a la razón o en los que se notaba que tenían mucha vida de oración, y te calaban en el corazón. Cuantas “cabeceadas” de sueño causadas o sufridas!

En fin, que la estética literaria oral y escrita más abundante en el OD, era una seguidilla de anecdotarios fáciles, o una repetición de criterios varias veces oídos, o demasiado sentimentales para la “aristocracia de la inteligencia” o para “enganchar a alguien por la cabeza”.


También consideraré el factor tiempo, no sé si puede hablarse de una “antiestética del tiempo”. Una medida de la fidelidad dentro era el cumplimiento a rajatabla de los horarios, sacar las horas de estudio, las dos horas del paseo semanal, el no tener tiempo libre entre una cosa y otra, la lectura condicionada a determinados libros y en determinados tiempos, la falta de un ambiente donde gozar de la música, del buen cine, cosas que sin duda, disminuyen la capacidad de apreciación estética, que es el hábito de apreciación de la belleza, en forma considerable. Cualquier apoltronamiento u ocio era visto como un cuasi-pecado o una “compensación”, pero en los centros de mayores salvo algunas excepciones era lo común (claro que, dentro del cuarto de cada uno)


De igual forma hay una “antiestética del sentimiento”, que pretende en pos de una mayor “integridad preternatural”, anular los sentimientos o anestesiar el corazón en pos del “deber ser”, de la inteligencia y voluntad perfeccionista que en lugar de ensalzar los buenos sentimientos, los esclaviza, anula y cauteriza. Era mejor el que menos corazón tenía y el que más insensible en su proceder. Los directores me decían que “tenía demasiado corazón”, como si fuera un defecto (creo que haber mantenido ese “defectillo” me salvó de muchas cosas).


Es una antiestética

En cierta forma la “estética opusina” creo yo es en gran medida una “antiestética”, pues la estética viene de “sensibilidad, percepción”, estudia las razones y emociones estéticas, la esencia y percepción de la belleza.

Las acciones que supriman la emoción, que anulen la variedad propia de la belleza, que uniformicen el gusto quitándole lo subjetivo o lo objetivicen impidiendo las percepciones y emociones, que dificulten encontrar lo “bello” en lo cotidiano, en los gestos y en las cosas que nos rodean, en el trato con Dios inclusive; bien pueden decirse que son “antiestéticas”, que son “feas”.

Me pregunto algunas veces si Dios es la Suma Belleza, como podía conocerlo si mi relación con Él estaba agostada y acotada a tiempos y horarios fijos de trato, aunque abundantes, a una piedad que funciona como un mecanismo de relojería para ser “perfecta”, a un listado infinito de mortificaciones habituales en cada situación, en una cuadrícula (que la tiré en mi segundo año). Afortunadamente en las horas de oración era libre y podía discurrir (siempre que no te dieran algún libraco o librillo sentimentaloide de autores opusimos para digerir o algún instructivo que asimilar).

Creo que en el fondo este súperpietismo también nos hacía ver un “Dios más feo” (no sé si suena a herejía) o nos ocultaba al Dios Verdadero, porque nos empañaba la Belleza, la verdadera perfección violada por un angustiante perfeccionismo....



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