Informe sobre el Opus Dei/Consideraciones generales

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Consideraciones generales

Como hago constar en la carta adjunta, donde describo mi trayectoria vital respecto a la Obra, en numerosas ocasiones he hablado con los directores (centrales, regionales, de la delegación y locales) sobre diversas concreciones temporales del espíritu de la Obra, que, a mi juicio, no respondían a las auténticas exigencias de ese espíritu. Quizá ahora pueda ser de utilidad enviar este informe, donde resumo muy someramente algunas cuestiones - intento que sean las principales- de las que he hablado a lo largo de más de doce años.

Espíritu y letra

1.- En esencia, me parece que en la Obra ha habido -y hay- una tendencia muy fuerte a plasmar el espíritu en concreciones temporales, de tal manera que dichas concreciones vengan a constituir lo que se llama hoy día el Opus Dei. Con estas concreciones me refiero a los criterios, al régimen, a "lo previsto", etc. Un buen ejemplo de lo que digo fue el volumen llamado Praxis, donde se regulaba todo lo que uno de Casa debía hacer u omitir cada día de su vida y durante toda su existencia.

El problema reside en que la vida se resiste a ser formalizada según una criteriología: ni siquiera se puede encerrar en normas muy generales y de carácter negativo (por ejemplo, no matarás) como los códigos morales y deontológico, pues la irreductible individualidad de la acción hace que tales normas se muestran insuficientes como guía de conducta; de ahí la necesidad de la virtud de la prudencia, de la conciencia de cada sujeto, etc. Si además, como sucede en Casa, se intenta no sólo dar unas directrices muy generales y amplias, sino establecer todo una sistema de régimen, normas, criterios, etc., la vida real se resiente de tal intento de encorsetamiento.

Además, nuestro espíritu es una llamada a la libertad, a la interioridad, a la autonomía, a la virtud, para retransformar la cultura, el pensamiento la sociedad entera, de tal modo que se de una auténtica recristianización del mundo. Todo esto es muy difícil -incluso perjudicial- intentar realizarlo a través de normativismos externos: la virtud no se adquiere por decreto. Es más, el sinnúmero de circunstancias de las personas de Casa, la enorme diversidad de los ambientes, mentalidades, tareas, lleva a un dinamismo multiforme que es imposible guiar a base de criterios y disposiciones.

Pero sucede, además, que esas disposiciones son establecidas sin un auténtico conocimiento de la realidad en que viven y obran los de Casa, puesto que muchas veces los directores han sido siempre y sólo directores o han estado encerrados años y años en Roma. Pero es que incluso aunque no fuera así, la realidad -y más en nuestros días- ha experimentado y experimenta continuamente cambios, de tal modo que es imposible mantener un sistema formalizado que sea una verdadera ayuda.

Por eso mismo, se ha entrado desde hace años en una dinámica de continuo "aggiornamento" de la Obra (cosa que nuestro Padre señaló abiertamente que jamás se daría). Si, por el contrario, se hubiese dejado plena libertad a la gente -una vez recibida la formación adecuada; tras unos cuantos años en Casa- , cada uno hubiera actuado como juzgara oportuno, entonces el "aggiornamento" hubiera resultado simplemente innecesario. Sin embargo, sucede precisamente lo opuesto: al estar todo normalizado según criterios abstractos, se impone un continuo "aggiornamento".

Pongo algunos ejemplos, muy de detalle pero claros, que ilustren lo que quiero indicar. Antes estaba mal visto que los de Casa subiesen al presbiterio en las iglesias públicas, y mucho más las mujeres; hoy día sucede justamente lo contrario: está recomendado. Igualmente se prescribía que los de Casa asistiesen con misal a la Misa o las mujeres con velo, luego se estableció lo contrario. Se prescribe también sobre el modo en que ha de vestir una numeraria (antes nunca con pantalones), lo cual hace que haya que cambiar los criterios (ahora sí con pantalones) e incluso intentar una regulación normativista (en tal momento sí; en tal circunstancia, no). Se podría seguir haciendo una lista no pequeña de cosas consideradas de espíritu que han tenido que ir cambiando o que necesariamente cambiarán (eso sí, siempre por normatividad externa): los numerarios no tienen cuentas bancarias o las tienen entre varios o las tiene uno sólo pero sin tener los cheques o..., las numerarias no fuman, los numerarios y agregados no van al cine o a espectáculos públicos, etc.


2.- Este sistema de formalización de la vida se agudiza más en el caso de los numerarios (y agregados). Para decirlo de un modo gráfico, me parece importante darse cuenta de que la frase "los numerarios hacen - o deben hacer - tal o cual cosa" simplemente no debería existir (excepto para el celibato y el ayudar económicamente con lo que les reste tras cumplir con sus obligaciones). No existe la categoría "numerario" ni para criterios generales o modos de vestir o modos de vivir o..., ni tampoco para actuaciones concretas (en la fiesta de una obra corporativa, por ejemplo). Pero, en la Obra, sucede precisamente lo contrario: incluso los mismos supernumerarios ven a los numerario como gente especial dentro de la Obra (como los que realmente son la Obra) y medio apartados del mundo. Por eso, en la labor, los presentan a sus amigos como numerarios, les pagan la comida si comen juntos en un restaurante, etc.

De este modo, se ha acuñado una "moral de miembro del Opus Dei": se piensa que la entrega consiste en una serie de formalidades, en vez de hacer que cada uno se esfuerce por adquirir las virtudes y haga u omita comportamientos en función de la virtud. Además, todo esto se agrava por la cantidad innumerable de determinaciones, pues todo tiende a estar reglamentado según medidas conservadoras, de "prudencia": prudencia en las lecturas, prudencia en el trato con mujeres, prudencia en el uso del gas, en la conducción de vehículos, en el veraneo, en las playas, en el uso de la televisión, en el deporte, en las excursiones, en las medicinas, al ser invitados, en el alcohol, en...; todo ha de estar bajo control: televisión, medicinas, comidas, bebidas, papeles, etc.


3.- Toda esta formalización origina incluso deformaciones de conciencia: cada uno se juzga según esos criterios, y no según virtudes o actuaciones que responde a lo objetivamente correcto. Eso es un tipo de conciencia como la del fariseo que estaba satisfecho de sí y pensaba que realmente era bueno, porque cumplía lo previsto (no robaba, no fornicaba, pagaba el diezmo,...) a diferencia del publicano. Pero conviene recordar que éste bajó justificado y aquél no (los fariseos se condenarán: ése es el pecado contra el Espíritu Santo). Los criterios no hacen santo ex opere operato; mejor es no cumplirlos que cumplirlos sin vida, pues si no, se acaba viendo a los directores como guardianes de criterios, lo cual lleva a distanciarse de ellos.

Además, al ser criterios - necesariamente abstractos -, no pocas veces originan problemas más graves que los que intentan prever, y entonces en vez de reconocer que no se puede formar a las personas a base de criterios, se justifica el sistema apelando a que el interesado debería haber sido más flexible, cuando en realidad no puede serlo por la formación formalista que ha recibido.


4.- Por otro lado, este sistema de formalizar y controlar todo ha originado que en Casa haya una burocracia excesiva, con un número notable de directores a todos los niveles, con sus correspondientes oficiales. Por desgracias, no es una realidad la organización desorganizada de que hablaba nuestro Padre. Creo que habría que descentralizar y aligerar mucho el sistema, pero no tanto a base de eficacia (hoy día los ordenadores y correo electrónico elimina las distancias), sino a base de suprimir la misma burocracia de consultas continuas, normativismo, etc. No se trata de ser más eficaces, sino de ayudar realmente a los de Casa en la adquisición de virtudes.


5.- Por eso, pienso que es más frecuente el abusar de la autoridad, que formar a la gente en libertad: que cada uno tenga su propio criterio y puedan defenderlo; que sepan dar razón de su esperanza. Parece como si no se quisiera que los de Casa sepan, conozcan a fondo la realidad de la Obra, conozcan no sólo sus deberes, sino también sus derechos en la Obra, pues entonces actuarían autónomamente y se les escaparían a los directores de las manos.

Por eso, la doctrina sobre la negación del yo, la obediencia como sabiduría cristiana, sostener que sólo se es libre en Cristo, el sometimiento del intelecto, etc., hay que entenderlo correctamente: el yo que hay que destruir es el pecado, no la inteligencia, ni la verdad, ni el propio juicio. El intelecto es el mayor don que hemos recibido de Dios: "Sapiens diligit et honorat intellectum, qui máxime amatur a Deo inter res humanas" (Tomás de Aquino, In EN, X, lt.13, n.2134). A quien hay que seguir y obedecer es al Verbo encarnado; es decir al Logos, a la Razón.

Aquí habría que hacer largas aclaraciones sobre el concepto de libertad. Baste decir que la raíz de la libertad es el intelecto: sin conocimiento, sin verdad, no hay libertad. No se puede formar a la gente en un voluntarismo, en una obediencia y sometimiento a lo establecido, a lo mandado. La causa de que seamos libres y, por tanto, de que podamos ser buenos, es la razón no la voluntad: "Totius radix libertatis est in rationale constituta" (Tomás de Aquino, De ver., q.24, a.2, c.). Por eso, sin entender, ni hay libertad ni hay bien.

Con todo esto no quiero decir que haya que rebajar el espíritu de la Obra o la exigencia en la entrega, sino más bien al contrario. No vivir según formalismos, según la letra, sino según el espíritu, que es mucho más exigente interiormente y en comportamientos reales; es decir, que se vaya a la substancia -al contenido- de las cosas, dejando al margen las exterioridades. Si no se obra así, resulta que uno de Casa es buen numerario o supernumerario porque cumple las normas y los criterios o porque entrega puntualmente su aportación, pero resulta que uno no se puede fiar de él o gasta en un coche más allá de lo razonable (y evidentemente no me refiero a casos aislados, sino totalmente generalizados entre supernumerarios), etc. En definitiva, es "bueno" porque reúne los requisitos formales, no porque tenga virtudes.

Fractura entre el mundo y la Obra. Ghetto social y cultural

1.- Este modo de funcionar ha originado que se haya creado una fractura o un distanciamiento entre el mundo y los de Casa, hasta el punto que los numerarios (y agregados) no sean gente plenamente de la calle, ni tengan los mismos intereses y preocupaciones que sus iguales. Aunque pueda parecer excesivo, hoy día no se puede decir, en mi opinión, que los numerarios sean gente corriente, sino más bien que están parcialmente apartados del mundo (de esta misma opinión, aunque valorándolo positivamente, son no pocos directores). Por ejemplo, en el caso de los numerarios, se llega hasta el extremos de que incluso cosas de la Iglesia universal, familiares a los demás cristianos corrientes, a nosotros nos son extrañas: al ir un numerario un domingo a Misa "fuera", tuvo que reconocer que no había entendido nada del sermón, puesto que era una terminología y problemática totalmente ajena a la que él conocía.

El comportamiento social de los numerarios está guiado por criterios externos, lo cual hace que nuestra conducta externa sea "la propia de un numerario", no la de un ciudadano corriente (médico, profesor, abogado) con sus particulares obligaciones familiares, sociales, etc. Por ejemplo, hay una serie de criterios respecto al trato con mujeres totalmente obsoletos: se trata a las alumnas de usted, se habla con una mujer con la puerta abierta, nunca se queda uno solo con una mujer en el trabajo, no se las besa al saludarlas, no se las lleva en coche, etc. Todos esos criterios, considerados habitualmente de espíritu, son totalmente cambiantes según las circunstancias concretas, personas, épocas, etc. Igualmente, el conjunto interminable de criterios o restricciones habituales: no asistencia a bodas, restricciones en el trato con padres y demás familiares, no ser padrinos de bautizo, etc., etc. Además, las actuaciones concretas (por ejemplo, visitar a los padres, asistir a una boda o entierro) hay que consultarlas, con lo cual es el director quien decide lo que hay que hacer. Todo esto lleva a que los numerarios sean gente rara, fuera del mundo, que actúan heterónomamente y no según lo que realmente piensan. Y eso lo nota la gente.


2.- Respecto a la Obra en general, la fractura entre ella y el mundo ha adquirido tales proporciones que hoy día la realidad histórico-social que se llama Opus Dei se ha convertido en un ghetto: es un ambiente muy cerrado y aislado, donde se ponen los medios para tener bajo control el modo de pensar y actuar de los que a él pertenecen. Y eso sucede, no por un afán de controlar, sino con la mejor intención de ayudar a los de Casa y a muchos más, pues se considera que los modos de pensar y obrar establecidos son lo correcto, lo que más ayuda al común de las gentes. En definitiva, se intenta que la gente piense correctamente y sea virtuosa por decreto.

Este ser un ghetto se manifiesta especialmente en que la Obra ha venido a ser un grupo cultural cerrado con su propia visión del mundo. No somos - ni de lejos - esa punta de lanza en todos los campos, no somos esa fuerza renovadora, creadora, en el pensamiento, en la cultura, la ciencia, la moda..., que vio nuestro Padre, sino que más bien somos todo lo contrario: el sector más conservador, menos innovador de la sociedad española (europea) y de la Iglesia.

Está claro que no intento hacer alabanza de un ridículo prurito de leer la última tontería publicada o de jugar a la frivolidad superficial, sino que, por desgracia, nos hemos encerrado y homogeneizado: leemos los mismo libros de literatura o de espiritualidad, recibimos las mismas revistas en los Centros, compramos los mismos periódicos, estudiamos los mismos manuales de teología y filosofía (y normalmente escritos por los de Casa), vemos las mismas películas..., así todos acabamos pensando lo mismo y actuando como si estuviéramos cortados por el mismo patrón. Y no sólo eso, sino vistiendo de modo parecido -se viste como un numerario, no como un filósofo o como un abogado-, hablando del mismo modo o con frases parecidas, etc., etc.

Esta homogeneidad creada dentro de la Obra quizá no sea tanta si se toma gente de diversos países, pero, por supuesto, en el mismo país, e incluso diría que especialmente los numerarios de todo el mundo tienen no ya un denominador común, sino casi un numerador común.


3.- Otro aspecto -muy distinto- de este ser un ghetto es que mucho numerarios trabajan en cuestiones "de Casa", sean trabajos internos, sean obras corporativas o labores personales. En buena parte, todos circulamos por los circuitos ya hechos, lo cual favorece la rutina, la falta de iniciativa, no renovarse, etc. De este modo, se ha perdido en buena parte el sentido de la Obra de estar en todos los sitios donde nacen las ideas, la cultura, de abrirse en abanico, de renovar el mundo, etc.

En general, habría que evitar que los de Casa se dedicasen exclusivamente a tareas internas, o que los directores sean personas que "siempre" han sido directores sin haber ejercido su profesión durante tiempo. Es decir, que primero uno de Casa sea una persona normal que se abre camino en la vida como cualquier otro, y luego se dedique también -no sólo- a tareas internas.


4.- Este sistema cerrado de las cosas de Casa ha conformado el modo de funcionar de las obras corporativas y labores personales. Dicho sintéticamente: esas labores no funcionan con criterios profesionales y académicos, sino como si fuese un trozo del Opus Dei con su sistema de criterios, normatividad, etc. Me parece que hay que transformar radicalmente su modo de funcionar, separando radicalmente entre fuero externo y fuero interno, que, por desgracia, ahora están unidos.

Por ejemplo, en dichas obras y labores, se juzga el trabajo de uno de Casa, en función de sus disposiciones conocidas por la dirección espiritual; se hace que sólo den clases de religión los de Casa - no los que más saben o mejor lo hacen, sino lo de Casa -; se contrata a la gente no por su calidad científica y profesional, sino por indicación de los directores, etc.; igualmente se manipulan las elecciones a representantes sindicales o de alumnos o..., siempre con la finalidad de tener todo bajo control, pues no se quiere aceptar el riesgo de la libertad. Por todo eso, tantas veces las obras corporativas y labores personales tienden a ser un ghetto con sus criterios internos de funcionamiento que la gente "huele", pero que nadie reconoce públicamente. En definitiva, se subordinan los criterios académicos a criterios de fuero interno, con una notable falta de transparencia.

Todo este tema lo he vivido de un modo directo, pues en Roma -en el Instituto de Filosofía- estaba todo formando una unidad: los directores de la Obra eran al mismo tiempo directores de la institución académica, con lo cual había una continua interferencia del fuero interno en lo profesional. El poco tiempo que estuve en la Universidad de Navarra pude comprobar que eso sucedía igualmente: discrepar de la dirección académica se entendía como criticar a la Obra y a los directores. Y por último, casi siempre -por no decir siempre-, he tenido que aconsejar a mis amigos, cuando eran profesores de colegios de Fomento o similares, que lo mejor era que preparasen oposiciones de instituto y, cuanto antes, dejasen de trabajar allí.

(Creo que habría que entrar a fondo, sin miedos, a reflexionar sobre la vida de los colegios de Fomento y similares -incluida la Universidad de Navarra-: cómo se forma a los chicos, qué resultado final se obtiene, cómo saben administrar su libertad fuera del colegio y cuando llegan a la universidad, con qué criterios se contrata a los profesores, qué transparencia hay, qué doctrina se les da, etc., etc. Pero que sobre esto escriba quien lo haya vivido más de cerca).


5.- Por último, y no querría dejar de hacerlo constar, con este sistema de que tanta gente de Casa trabaja sólo en lo interno o en lo parainterno, resulta que hay algunos que perseveran porque perderían el trabajo que tienen si dejasen de serlo; de ahí que haya algunos -incluso no pocos- que al conseguir un trabajo "externo", dejan de ser de Casa.

Heteronomía y autonomía

1.- Una consecuencia -y muy grave- de este sistema de concreciones formales, socio-históricas, del espíritu de la Obra ha sido que los de Casa funcionen de modo heterónomo en muchos ámbitos de su vida.


2.- La gente con la que convivimos se da cuenta de que uno de Casa actúa muchas veces no según sus íntimas convicciones, sino según otras instancias externas, que asume como puede porque no tiene más remedio. Incluso a veces sucede que, hablando con una persona concreta, ya no se sabe con quien se habla: si con esa persona concreta (un amigo al que pedimos un favor) o, más bien, con un numerario (que va a consultar antes de mover un dedo) con un director (que sigue unas pautas que no manifiesta abiertamente) o... Y no solamente en sus relaciones con los demás, sino en su vida interior, en su examinar la conciencia, etc., muchos de Casa se juzgan según una serie de formalidades establecidas, pero sin una auténtica interioridad. Igualmente respecto de los demás de la Obra: en el trato ordinario, se funciona según "lo previsto"; es decir, si algo está previsto, se hace (acompañar a un enfermo al médico); pero, si no lo está (ayudarle a hacer los ejercicios de recuperación), ni se pasa por la cabeza hacerlo, aunque sea una manifestación necesaria e importante de la fraternidad. En una palabra, la vida de uno de Casa está guiada por los criterios -heteronomía-, no surge de auténticas virtudes -autonomía-.

Esta falta de virtudes reales lleva, por ejemplo, a que, entre los de Casa que trabajan juntos profesionalmente, se den con frecuencia comportamientos que distan mucho de ser verdaderos ejemplos de virtud. Incluso muchos de Casa evitan trabajar con otros de la Obra. Podría poner el caso concreto de lo que sucede en la Universidad, a la hora de poner los tribunales de tesis: no pocas veces los de Casa desconfían de tener en su tribunal a otros de la Obra, pues temen que estos se dejen llevar por pasiones y rencillas a la hora de emitir el juicio. En una palabra, falta confianza en la solidez de la virtud de otros colegas de Casa. Igualmente en las obras corporativas y labores personales, los de Casa que no están totalmente con el sistema temen ser echados de manera arbitraria, según unos criterios opacos que nadie conoce o puede controlar.


3.- Esta heteronomía lleva a que las relaciones entre los directores y los demás de Casa sea como si hubiera desconfianza. Es decir, los directores funcionan como si no se fiasen de la rectitud del criterio de los de Casa o de sus virtudes para vivir rectamente. Por eso, por un lado, se dan continuamente montones de indicaciones, criterios, concreciones de cómo vivir las cosas; se establece que un numerario debe consultar muchos - ¿todos? - de los asuntos propios, donde los directores deciden por él (aunque ciertamente el interesado tenga que hacer suya la indicación que le hagan). Además, sucede que los directores toman las decisiones según los criterios previstos, sin tener un conocimiento práctico, inmediato, de las personas, profesión, circunstancias, etc. Que entran en juego; en una palabra, la decisión es tomada según criterios y no atendiendo a la realidad.

Además, según el sistema actual, eso no puede evitarse: es imposible hacerse cargo de las exigencias de un ambiente, de una profesión, de unas relaciones personales (entre padres e hijos, entre hermanos, entre amigos), pues todo eso está afectado por la singularidad irrepetible de las personas. Esto, además, está agravado por el hecho de que, muchas veces, los directores sólo han tenido trabajos internos, o una muy limitada experiencia profesional, o han vivido una buena parte de su vida encerrados en Roma, de ahí su insuficiente conocimiento de las exigencias actuales de la sociedad en que vivimos. Por esto, repito lo que he dicho antes: que los directores no deberían dedicarse exclusivamente a tareas internas, sino estar siempre tocando el mundo real.


4.- Por otro lado, se tiende a "controlar" en lo posible la actuación de los numerarios: horarios, cenas, trato con mujeres, películas que se ven, esperarle a que vuelva por la noche de estar con amigos, acompañarle a sus compras, etc., como si no sólo el criterio del interesado fallase (de ahí las continuas consultas previas), sino que tampoco fuesen de fiar sus virtudes, su propia responsabilidad ante Dios y su conciencia. Así, por ejemplo, se cierra bajo llave la televisión en un Centro de mayores (el menor pasa la treintena), se censura el periódico, las películas, todo programa televisivo, etc. Esto podría justificarse en pro del bien de las almas, pero, por desgracia ya ha llegado al ridículo, como el ejemplo de la llave o el no poder ver en un Centro de mayores películas infantiles como "¿Quién engañó a Roger Rabbit?", ¡¡por su excesiva carga erótica!!

Igualmente en esa línea de falta de confianza - al menos aparente -, está el criterio de que, cuando un numerario o un agregado se compra un coche, firma un contrato de venta, como si no fuese necesaria o suficiente su disposición interior para estar desprendido. Y más de una vez he encontrado que se cumplían muy bien las formalidades externas de este tipo, pero que había un apegamiento más que llamativo a los objetos en cuestión.

Un último ejemplo -y más que un ejemplo es todo un símbolo- es lo que está previsto respecto a las cartas que escriben los numerarios. El director lee las cartas que escriben y que reciben los numerarios, y según su criterio incluso ocultan las cartas a los interesados (con amarga sorpresa uno descubre años después que, habiendo llegado a su Centro un buen paquete de cartas, no le entregó el director ni una sola). La lectura de las cartas quizás fuese tolerable respecto a las que escriben los numerarios, pero es intolerable - inmoral - respecto a las que reciben: ¿cómo van a leer una carta sin permiso de ningún tipo del "remitente"?; en todo caso, el numerario, tras haberla leído, podría hacer de ella el uso que quiera, incluido que la lea el director.


5.- La combinación de esos dos aspectos (consultar todo y control de las actuaciones concretas) da lugar a un proteccionismo que, en mi opinión, origina que el carácter de los de Casa tienda -¿incluso en muchos?- a la inmadurez, al infantilismo, o al menos, a que los de Casa vivan como auténticas flores de invernadero -en contra de los dicho por nuestro Padre- y que, a la postre, sean incapaces de un comportamiento normal en medio del mundo (auténticos marcianos entre sus iguales).

Esa inmadurez hace que los de Casa eludan asumir decisiones y de tener auténtica iniciativa. En teoría, sería impensable que hubiese sucedido lo que ya ha pasado: que se tenga que insistir a los de Casa en que tengan iniciativa en todos los sectores (en su vida interior, en su apostolado, en su profesión, etc.). Si efectivamente son los directores los que deciden y tantas veces sin dar explicaciones -incluso está mal visto pedirlas-, entonces los interesados no pueden tener auténtico entendimiento de las cuestiones, ni criterio propio, ni autonomía, etc. Llegan a estar infantilizados y se mueven como marionetas. En definitiva, se echa en falta la transparencia, la autonomía, la autenticidad, que da el conocer a fondo una cuestión, hasta sus últimos entresijos.


6.- Esta falta de cultivo de una auténtica intelección de cómo son las cosas y el control práctico a que son sometidos, ha llevado a que en mucho sectores de la sociedad se considere a la Obra como una secta. Así, por ejemplo, era -¿es?- frecuente que cuando se hablaba para pitar a una persona joven, menor de edad, se le indicara expresamente que no hablara del tema con sus padres. Con lo cual él no podía contrastar lo que le decían con otras personas de su confianza, que incluso tenían derecho a dar consejo sobre el tema. Igualmente, temen escribir una carta a un numerario sabiendo que la van a leer personas que el remitente no querría que la leyesen; con lo cual ven que hay un control sobre el destinatario, etc.,etc.

Interés y verdad

La falta de intelección de las cosas de la Obra es especialmente grave en una institución que está dirigida primordialmente a los intelectuales. Por eso, es sorprendente que los que llevan mucho tiempo en la Obra y que, en teoría, son intelectuales, no conozcan la historia real de la Obra, sino sólo una historia ad usum delphini. Por eso, la impresión que un numerario mayor e intelectual puede tener es que, en la Obra, no hay verdadera comunicación ni transparencia, ni se sabe realmente lo que pasa: todo son decisiones que uno tiene que asumir sin conocer verdaderamente la realidad. Pero, en mi opinión, es muy difícil - por no decir imposible - hace propio algo que no se conoce a fondo, algo que no sea transparente.

Poniendo algunos ejemplos. En Casa se practica sistemáticamente la "damnatio historiae": el pasado -como en la Roma decadente y en la antigua URSS- es continuamente reinterpretado, cambiado, para adecuarlo a los intereses prácticos del momento. Por ejemplo, los que han despitado dejan de existir para los de Casa: se omite rigurosamente su nombre en las reuniones del Centro en que vivió durante muchos años (incluso se indica -como me ocurrió a mi- que no se frecuente el trato con los que han despitado); se expurgan continuamente los álbumes de fotos; se cortan y sustituyen por otras las páginas de las "Crónicas" que no se adecuan a los intereses actuales (fotos, editoriales, artículos varios); se publican fotos que manipulan los textos originales (por ejemplo, el de la lápida del anteoratorio de Nuestra Señora de los Ángeles). En una palabra, nadie sabe realmente la historia interna de la Obra.

Otros ejemplos en la línea de la falta de transparencia pueden ser los siguientes. En los Centros no se sabe lo que cuestan las cosas, ni lo que se debe, ni cómo van las cuentas, ni..., ¿cómo se van a asumir responsablemente sus necesidades si se ignora la situación real? Saber simplemente cuánto ha costado la última reparación del coche del Centro es ya una cuestión que compete a los directores, no a los demás miembros (incluso en Centros de mayores); no digamos saber cuánto ha costado la estancia en el hospital de uno del Centro, cuál es el alquiler de la casa, etc. Igualmente nunca se sabe a dónde va a parar el dinero que uno entrega. No se trata, evidentemente, de que los directores den cuenta de lo que hacen, pero que, al menos se sepa, en líneas generales, como funcionan económicamente las obras corporativas, etc., sería muy de desear. A la postre, siempre sucede lo mismo: sin conocimiento no puede haber ni libertad ni responsabilidad ni asumir algo como propio.

En definitiva, quiero decir que lo que interesa en cada momento prevalece sobre la verdad. Todo lo que diga en esta línea me parecerá siempre poco: la mayor traición que puede darse es no someterse a la verdad, ocultarla, manipularla. Convertirnos en "políticos" es hacer traición esencial al espíritu, no sólo al de Casa, sino al espíritu sin más: sólo la verdad libera -verdad teórica y verdad práctica-; sólo se puede practicar el bien dentro de un respeto exquisito a la verdad.


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