El trastorno narcisista de la personalidad del fundador

From Opus Dei info

Por Marcus Tank, 14.09.2007


No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como esclavos vuestros por Jesús (II Cor 4, 5)

En otros artículos he manifestado mi perplejidad ante la afirmación del origen sobrenatural del Opus Dei. Esa desconfianza está basada en que no veo una espiritualidad verdaderamente auténtica y sostenible en “la Obra”, ni observo en la praxis de la organización el modo propio de las obras de Dios: aquel que permite a Dios actuar y escucharle en un régimen sincero de libertad, de humildad y de caridad. Y no es éste un aspecto menor.

Por el contrario, lo que observo es la mentira y el engaño sistemáticos, la ausencia de transparencia, una fortísima tendencia al dominio de las personas mediante la conculcación organizada de sus libertades más íntimas, una relación con la autoridad eclesiástica utilitarista y de imagen, y también la inexistencia de un “espíritu definido” desde sus comienzos, porque éste ha ido variando de planteamientos según tiempos, momentos y conveniencias.

Todas estas razones y otras más, que podrían añadirse, me hacen sospechar que el fenómeno Opus Dei es en realidad una mera creación humana, con una motivación extraña, que difícilmente puede remontarse a Dios pues, traspasado el umbral de la primera impresión que pretende darse, en esta “Obra” no se ven los auténticos signos de Dios.

Ahora bien, que las cosas puedan ser así no significa negar por fuerza buena intención a sus promotores ni un impulso inspirado de lo alto, más o menos mediato, en los orígenes de la fundación.


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Un fenómeno no aclarado

No sé si todos son conscientes de hasta qué punto, en los últimos años, esta web ha clarificado y desmontado —como al gigante con pies de barro que narra el libro de Daniel— todo el aparato doctrinal que ha mantenido erguido al Opus Dei, no sin cierta apariencia de soberbia institucional.

Somos muchos los colaboradores de esta web que, desde hace años, estamos intentando encontrar una explicación lógica a lo que es y ocurre en el Opus Dei, porque existencialmente nos sentimos implicados por esta realidad institucional que sin duda ha determinado nuestras vidas. Cada uno, como es normal, ha seguido su particular itinerario intelectual, llegando antes o después a sus propias conclusiones. Ahora quisiera mencionar especialmente a E.B.E. porque, con su encomiable clarividencia, puede considerarse pionero en esta dirección.

Por mi parte, confieso que desde el punto de vista cognoscitivo he avanzado mediante la reflexión crítica sobre realidades patentes y los datos históricos. Para ello, he tenido que superar mi exceso de confianza en la institución Opus Dei, por causa de la formación dogmática o fanática recibida, para llegar a un discernimiento más acorde con la fe: una labor que, desde luego, no estaba reñida, sino todo lo contrario, con la actividad crítica de la inteligencia.

En todo caso, lo cierto es que no encontraba el modo de tocar fondo y de explicar coherentemente lo que parece tan complicado desde el punto de vista fenomenológico. Pero, al fin, creo haber encontrado una respuesta satisfactoria: es decir, creo haber dado con el núcleo que explica casi todo lo que ha ocurrido y sigue sucediendo con el Opus Dei.

La explicación satisfactoria

Las constantes incoherencias que detectamos en la institución, en sus palabras y obras, la superficialidad teológica de sus enfoques, sus flagrantes contradicciones, cuando no su desviación de la ortodoxia, no constituyen —como a simple vista pudiera parecer— un problema doctrinal o histórico-cultural del momento español en el que nació la fundación: es decir, todo eso no se explica desde la mentalidad y la formación personal de Escrivá. Es algo mucho más desconcertante y simple a la vez.

Para lo que sucede con el Opus Dei no existen explicaciones históricas, teológicas o canónicas absolutas. Sólo existe, a mi juicio, una explicación satisfactoria: la personalidad “patológica” del fundador o, de otro modo, las patologías de su personalidad. Puede afirmarse con bastante seguridad que el Opus Dei es la criatura de su fundador y expresión de su personalidad: el Opus Dei es opus Iosephmariae más que opus Dei. Si lo miramos desde este prisma, las incoherencias de su realidad fenoménica se tornan comprensibles y, entonces, las piezas del puzzle encajan perfectamente.

Pero veamos las razones que me han conducido a esta conclusión que, por resultarme de entrada tan demoledora, me resistía sentimentalmente a aceptar. Sólo después de comparar la personalidad del fundador con criterios y sintomatología médicas del todo solventes —las que se usan de modo habitual en el diagnóstico clínico—, me he rendido a la evidencia del posible diagnóstico. Expondré a continuación esos análisis. Y, a partir de ahí, que cada uno saque sus conclusiones.

Por la entidad del tema, los lectores sabrán perdonar que me alargue cuanto convenga: tiempo tendrán para leerme al ritmo que prefieran.

Bases del diagnóstico

Bien es verdad que se han propuesto diversas hipótesis sobre supuestas patologías psíquicas del fundador del Opus Dei: desde las famosas alferecías (una especie de epilepsia; la epilepsia suele acompañarse de sintomatología psiquiátrica) hasta las depresiones, pasando por el llamado trastorno bipolar. La diabetes también cursa con afectación psicológica, pero sin la intensidad que puede advertirse en Escrivá. Aquí voy a glosar lo que me parece más acorde con el conjunto de la realidad que se observa: un trastorno narcisista de la personalidad.

Antes de entrar en materia conviene hacer alguna salvedad de tipo general que facilite el justo encuadramiento de lo que diré después. Debe considerarse que el papel del fundador es de tipo religioso-carismático, por lo que toda su personalidad gira en torno a esos ideales y, por otra parte, se nota que su pensamiento está determinado por el ambiente sociocultural de la España donde él nace y se forma como sacerdote; luego, a partir de la década de los años cincuenta, para reafirmar su singularidad se beneficia de las nuevas corrientes doctrinales sobre el laicado que percibe en Roma.

Este trastorno de la personalidad es generalmente compatible con una vida hasta cierto punto normal en cuanto a la interacción social, aunque hace sufrir mucho a los demás; en cualquier caso, no puede infravalorarse que la expresión de su personalidad, tanto en el gobierno del Opus Dei como en su imagen pública, están fuertemente controladas por sus íntimos colaboradores, Álvaro Portillo en especial.

Para glosar las características propias de los narcisistas voy a usar el DSM-IV: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, de la American Psychiatric Association, que es el utilizado habitualmente por los profesionales de esta materia. Y, para ampliar los conceptos sintomáticos, me serviré de los criterios de Theodore Millon, mundialmente reconocido como uno de los máximos expertos en los trastornos de la personalidad, que también es colaborador del DSM-IV en esta área específica.

No sólo los nueve criterios diagnósticos, que pongo en cursiva, sino que todas las afirmaciones sobre los narcisistas, aunque no sean tan textuales como para entrecomillarlas, han sido extraídas de estas fuentes y no inventadas por el que suscribe.

La descripción del trastorno narcisista de José María Escriba

El DSM-IV define el trastorno narcisista de la personalidad como un patrón general de grandiosidad (en la imaginación o en el comportamiento), una necesidad de admiración y una falta de empatía, que empiezan al principio de la edad adulta y que se dan en diversos contextos como lo indican cinco (o más) de los siguientes ítems:

Grandioso sentido de autoimportancia

El narcisista: 1. Tiene un grandioso sentido de autoimportancia: por ejemplo, exagera los logros y capacidades, espera ser reconocido como superior, sin unos logros proporcionados.

Esta primera característica, que es nuclear en los narcisistas, pienso que se ajusta perfectamente al perfil del fundador del Opus Dei. ¿Cómo surge este sentido de autoimportancia y de grandiosidad? Ya desde su infancia es tenido por su madre como “elegido” por Dios, pues se afirma que fue curado milagrosamente de una enfermedad mortal, cuando el médico apenas le daba unas horas de vida. — ¿Qué planes tendrá Dios con este niño para haberle salvado la vida?, decía su madre. Para agradecer el milagro ocurrido por intercesión de la Virgen, sus padres van de romería a Torreciudad.

Todo en su existencia tiene características que se salen de lo normal y lo hacen “extraordinario”. Su elección divina para fundar el Opus Dei —que para el sentir de Escrivá es lo más grande que ha ocurrido en la historia de la Iglesia— lo introduce en el pequeño número de los grandes personajes de la Humanidad: así se autoconsideró siempre. En su vida se repiten los grandes hechos y milagros que aparecen en cierta literatura del Siglo de Oro sobre biografías de santos, que seguramente él leyó en su juventud. Parece como si esas lecturas hubiesen configurado su mentalidad predispuesta. Citaré algunos testimonios que manifiestan hasta qué punto se consideraba especial, pero en parámetros que a mí me parecen patológicos.

“Desde sus orígenes Escrivá exigió fomentar entre los miembros del Opus Dei un verdadero culto idolátrico hacia su persona”, se dice en la Carta de apoyo a María Angustias Moreno, publicada en El Diario de Barcelona en enero de 1977 y recogida también en el volumen Escrivá de Balaguer ¿Mito o Santo? (Madrid 1992) pp. 267-68. “Pero no se trataba —como afirma Jesús Infante— de la discreta y humana admiración que merece el fundador de una orden o congregación religiosa, sino que fue un auténtico culto idolátrico, como si el Opus Dei fuera una secta religiosa en la que se practica la adoración del fundador como ídolo. Se trataba de un culto comparable por su dimensión al de los regímenes políticos fascistas vigentes durante los años treinta en Europa. Este culto pagano al fundador se extendió dentro del Opus Dei, alcanzando aspectos extremadamente vituperables para una sedicente organización católica, en donde todo iba a girar alrededor de la figura de Escrivá, considerado como el Padre y fundador por antonomasia”.

Estas frases del libro de Jesús Infante El santo fundador del Opus Dei (Barcelona 2002) describen perfectamente el aspecto central del primer síntoma narcisista de Escrivá. Él había convencido fácilmente a sus seguidores de que era un “santo” en vida y de que Dios le había elegido como instrumento aun siendo un gran pecador, como solía decir, para la salvación del mundo. Curiosamente, en los países que fueron dominados por el comunismo, donde los soviets impusieron el estudio de la lengua rusa, los niños aprendían en las escuelas que debían aludir siempre a Stalin como nuestro Padre Stalin.

Escrivá tenía autoconciencia de líder carismático e incluso de figura casi mesiánica. En este sentido resulta un poco extraña la pretensión de una fundación que emula a la de la Iglesia: habla de los doce primeros, del traidor o traidores, llama saxum —roca— a Álvaro, dice y escribe que el Opus Dei no lo ha imaginado un hombre, etcétera. La existencia de supuestos hechos sobrenaturales extraordinarios en su vida —que no se documentan por causa del “espíritu” fundacional— le rodean de un aura nunca verificada y son un signo también de cómo la percepción de la realidad se ve alterada por esa idea de grandiosidad: sotto voce se habla de apariciones de la Virgen y de los ángeles, la historia del “burrito sarnoso”, de la rosa de Rialp, las extrañas muertes —castigo de Dios— de aquellos que se interponían en su camino, de frecuentes “locuelas divinas”, etcétera. ¿Quién le iba a contradecir?

Que se considerase a sí mismo un instrumento inepto y sordo puede entenderse o como una expresión de falsa humildad —los modos de decir del argot espiritual— o bien porque en determinados momentos hubiese aflorado su inseguridad y vacío interior. Como se verá más adelante, esto es compatible con este trastorno y con el grandioso sentido de autoimportancia.

A todo lo dicho cabe añadir un conjunto de hechos bien conocidos, cuya secuencia, observada desapasionadamente, resulta bastante extraña en una persona normal, y no digamos ya en un sacerdote fundador que pasa por santo. Me refiero a la cuestión tan rematadamente mundana y vanidosa de los cambios de apellidos, del título nobiliario, de la fabricación de una historia familiar falsa que justifica rehacer o levantar edificios nobles —como la casa familiar de Barbastro— e investigar los supuestos apellidos hasta que se pierden en la historia, se confeccionan blasones y se colocan por doquier, se pintan retratos a los miembros de su familia (si la familia hubiera sido notable habría cuadros de sus antepasados) y se cuelgan en todos los centros importantes, se escriben libros sobre su abolengo, se compran y conservan —ya en vida y supervisado personalmente por él mismo— lugares y cosas relacionados con su persona, se guardan sotanas y pijamas viejos, dientes extraídos o pelo de cuando se lo cortaba el peluquero, como futuras reliquias. Aun más: se busca la concesión de condecoraciones, él se rodea a sí mismo de un boato fuera de lugar para la época y circunstancias propias, construye edificios nobles que decora con muebles caros y ostentosos, techos y paredes pintados con frescos a modo de palacetes, oratorios de tanto lujo que a casi nadie deja ver para no escandalizar, estudia con detenimiento hasta el lugar donde van a ser venerados sus “santos restos” hasta el final de la historia. ¡Esto sí que es un santo con capacidad de previsión acerca de su santidad y de su futuro culto!

En la misma línea de las “reliquias en vida” cabe mencionar el traslado a Torreciudad del oratorio de Samaniego de 1940 y la reproducción del retablo de la iglesia de San Cosme de Burgos para ponerla en Roma. También, la reproducción de la pila bautismal de la catedral de Barbastro, donde recibió su primer sacramento, así como la adquisición de los restos del barco J. J. Sister, “testigo” de otra intervención divina al estilo de San Pablo o del profeta Jonás. O incluso la “anécdota” de proponer enterrar a su padre en el panteón familiar de Miguel Fisac, en Daimiel, porque no sufría un sepulcro modesto para su padre. Todo parecen síntomas de su grandiosa autoconsideración. En esta misma serie podría inscribirse también la construcción del santuario de Torreciudad o los proyectos de dos o tres santuarios marianos más pues, aunque de por medio está la devoción a la Madre de Dios, la construcción y sus decoraciones se usa para el culto a la grandiosidad de la vida y milagros del santo.

A mí todo esto me parece sumamente extraño en una persona espiritual. Parece más bien la biografía de un narcisista con “manías” de santidad. Reléase la cita de San Pablo que encabeza este estudio y el contraste salta a la vista: ¿alguien imagina al Apóstol de las gentes evangelizando el mundo pendiente de tales cosas? O, pensando en otros personajes más cercanos en el tiempo, ¿alguien duda de la santidad de la madre Teresa de Calcuta o de Pío de Pietrelcina?, ¿se imaginan a estos santos pendientes de tales cosas?

Thedore Millon dice de los narcisistas: “Les gusta que otros otorguen un valor exagerado a sus actos y se sorprenden cuando no reciben las alabanzas que creen merecer”. Tal vez por eso un sobrino de Escrivá, Carlos Albás Domínguez, y otros familiares solían bromear sobre tal afán de distinción de su ilustre pariente, comentando humorísticamente: Marqués de Peralta, ¡una mierda así de alta! (vid. C. Albás, Declaraciones al diario El País en fecha 11 de julio de 1991).

Cito otro párrafo de Jesús Infante: “Ya desde los primeros años de la posguerra española, cuando el Opus Dei tenía poco dinero y se veía obligado a hacer economías en la comida de los miembros numerarios, Escrivá exigía tener a su disposición un lujoso coche para pasearse por Madrid, igual o mayor que el de los ministros (cf. Luis Carandell, La otra cara del Beato Escrivá en la revista Cambio 16, de fecha 16 de marzo de 1992). Escrivá justificaba las vanidades y grandezas de las que hacía gala pensando que tenía que aparecer como una persona importante porque así se le tendría respeto a su Obra. Él no podía ir, por consiguiente, a un hotel de mala muerte sino a uno lujoso. No podía llevar gemelos baratos sino de oro. Y siempre que hacía ostentación de algo procuraba jugar con la carta sobrenatural porque, si no, no se hubiera encontrado a gusto, y tranquilizaba su conciencia asegurando que lo hacía por el bien de la Obra”.

En fin, como muestras de este primer síntoma, habría que incluir también todo lo referente a la desorbitada presentación de la “sobrenaturalidad” del Opus Dei y el hecho de que Escrivá se autopresentase como único transmisor de una precisa Voluntad divina para sus súbditos. Así se entremezclaban, en el “culto idolátrico” al fundador, su totalitarismo y un pretendido carisma que, a fin de cuentas, se resumía en el axioma de que si alguien amaba a Dios tenía que acatar a pies juntillas lo que afirmaba el fundador, llegándose a fundamentar todo dentro del Opus Dei sobre su único y absoluto criterio.

Preocupación por fantasías de éxito

El narcisista: 2. Está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios

Desde muy pronto Escrivá actuó con la seguridad de haber sido elegido para una misión de ámbito universal. Sus proyectos en ese sentido son siempre grandiosos. No se conformaba con lo que Dios pudiera ir suscitando, sino que él solía marcar el paso a Dios, yendo por delante. Sus fantasías de éxito son verdaderamente ilimitadas. Basta recordar algunas de sus máximas: Darle la vuelta al mundo como a un calcetín, o sobre el reinado de Cristo: Y vi triunfar a Cristo..., o sobre el influjo mundano: Tú solo no puedes, pero conmigo, sí, paseando por la city de Londres, o cuando exhortaba a ocupar los centros neurálgicos de la sociedad, a empapelar el mundo de letra impresa, y un etcétera inacabable.

Tiene fantasías de grandeza, también en todo lo referente a la vida sobrenatural y de amor de Dios, por lo que en sus tiempos de Seminario —aparte otras ironías— le apodaban como rosa mística. En idéntica secuencia pueden situarse los exagerados ejercicios de penitencia corporal durante los años treinta en su afán de emulación a los grandes santos de la historia, porque su misión no quedaba a la zaga. Sin embargo, todas estas cuestiones generalmente no pasan de una imitación superficial y material de lo que hicieron esos santos. No hay una percepción de sus actitudes espirituales profundas.

El desarrollo visible de la vida espiritual del fundador no traspasa el plano de la actividad humana “heroica”, de la acción empresarial, creando en la Iglesia un movimiento de personas fuertemente organizadas, como un ejército en orden de batalla, similar al que suscitaron los grandes dictadores políticos en sus respectivos países durante la primera mitad del siglo pasado o diversas organizaciones manifiestamente sectarias.

Y, como estamos hablando de fantasías, me parece oportuno incluir en este apartado todo lo referente al aspecto cognitivo de los narcisistas, que en el caso de Escrivá explica su construcción ideológica así como sus formas de hacer en el gobierno de la institución. Copio algunas descripciones de la ya citada obra de T. Millon, tomadas de las pp. 369-72:

El aspecto cognitivo de los narcisistas es muy interesante, pues juegan con la realidad alterando y recomponiendo los hechos con el fin de reforzar sus creencias, con un estilo denominado expansivo. Los narcisistas escriben fábulas personales, historias revisadas que magnifican los acontecimientos. Recuerdan el pasado como les gustaría que hubiese sido. Varían los énfasis o los acentos con los que se interpreta la historia, siempre al servicio de la situación actual. La reconstrucción del pasado supone la base para sus fantasías actuales. El pasado se instrumentaliza para su autopromoción, al contrario que los depresivos, que lo utilizan para su autocrítica.

La fantasía no se limita al futuro, sino que se extiende al pasado, racionalizando y reconstruyendo el mismo.

A veces mezclan sueños de omnipotencia y rasgos paranoides. Es decir, todo un delirio, una construcción lógica coherente a la que otorgan estatuto de realidad.

Estas personas tienen una imaginación tan vívida que el futuro parece carecer de contingencia.

La fantasía se experimenta con enorme intensidad, de modo que rivaliza con la propia realidad. Se conceden licencias respecto a los hechos y suelen mentir para mantener sus ilusiones. Se engañan a sí mismos y tienden a elaborar razones plausibles.

Emplean mecanismos de racionalización y de regulación cognitiva, de modo que componen representaciones subjetivas en mayor medida de lo normal mediante recuerdos ilusorios y cambiantes sobre realidades pasadas. Los conflictos e impulsos inaceptables son rápidamente remodelados en cuanto surge la necesidad.

El poder y la gloria de sí mismo es un espectáculo que debe ponerse en escena una y otra vez en la imaginación. El narcisista es a la vez actor y aplauso —tiene rasgos histriónicos—, de manera que el argumento no se vuelve aburrido por muchas veces que se repita. La fantasía sirve para regocijarse de la exhibición de sí mismo.

Es bien conocida, por otra parte, la asociación entre el narcisismo y el abuso de poder que ejercen las figuras megalómanas y carismáticas dentro de sus organizaciones (Sankowsky, 1995), redefiniendo la realidad con el fin de retener a sus seguidores y preservar su status especial.

Por lo tanto, desde el punto de vista cognitivo, los narcisistas sustituyen la realidad por las ensoñaciones y la imaginación. Su pasado, presente y futuro están matizados por estas fantasías al servicio de su gloria.

No he querido ir glosando estas frases porque me parecen suficientemente elocuentes por sí mismas. Es posible que algunos, según han ido leyendo, hayan pensado o dicho: “En efecto, esto explica casi todo”. Un asunto importante que últimamente se ha puesto de manifiesto en esta página web, con datos suficientemente elocuentes, es la manipulación histórica del “espíritu” y de la misma “historia” del Opus Dei. Y aquí puede encontrarse la explicación de por qué se escriben cartas fundacionales con fechas falsas, fabricando el pasado histórico desde el presente, sin respetar la realidad: porque la fantasía no se limita al futuro, sino que se extiende al pasado, racionalizando y reconstruyendo el mismo. Y lo mismo cabe decir acerca de los supuestos “fenómenos sobrenaturales” ocurridos en la vida del fundador, pues el pasado se instrumentaliza para su autopromoción, de modo que desde el punto de vista cognitivo, los narcisistas sustituyen la realidad por las ensoñaciones y la imaginación. Su pasado, presente y futuro están matizados por estas fantasías al servicio de su gloria.

Como se comprueba, casi todo en la vida del fundador se ha manipulado al servicio de su gloria: la historia familiar, sus apellidos y abolengo (título nobiliario incluido), historial y títulos académicos personales, los rasgos específicos de la espiritualidad que propone como una novedad inspirada por Dios el 2 de octubre de 1928, sus escritos fundacionales, la historia de la institución, sus rasgos de carácter y virtudes personales, pues supo rodearse de una aureola de santidad ya en vida. Y, desde luego, hasta la misma historia de la Iglesia contemporánea se ha instrumentalizado al servicio de la institución, y otro tanto ocurre con el asunto de su encuadre jurídico como Prelatura.

Por tanto, lo que se ha distorsionado no son pequeños detalles. Se trata de la fabricación completa de un “mito” que nada tiene que ver con la realidad: se ha presentado a Escrivá, por ejemplo, como un gran jurista y gran teólogo, pionero del ecumenismo, creador de una espiritualidad profunda que lo hace merecedor de ser Doctor de la Iglesia, etcétera. ¿Qué más se puede pedir? Pero es que, además, ese mito ha sufrido remodelaciones constantes según ha sido conveniente relatar el “pasado” en momentos posteriores. Y, para ello, no se ha reparado en medios, acopiando o destruyendo documentación histórica de archivos eclesiásticos y privados que contrastase con la “verdad oficial” de la institución. O sea, que el narcisismo del fundador se ha prolongado como “fidelidad” hasta en el cultivo de su imagen por parte de sus sucesores.

Por todos estos motivos no es de extrañar que también podamos conjeturar como falsas y deformadas las percepciones “sobrenaturales” del fundador, sea el episodio de las huellas en la nieve —cfr. el comentario de Gervasio—, la rosa de Rialp, las locuciones interiores o las intervenciones divinas. Seguramente todo son fantasías y exageraciones al servicio de su gloria. Incluso aquellas seguridades en el futuro desarrollo de la institución, que el fundador inculcaba a los primeros, algunas parecen haberse cumplido más por “fervor empresarial” humano —como ha sucedido, por ejemplo, en el siglo pasado con organizaciones sectarias pseudoreligiosas que han alcanzado una extensión impresionante- que por una espiritualidad sobrenaturalmente espontánea.

Todo esto puede explicarse en la fisonomía cognitiva del narcisista, pues estas personas tienen una imaginación tan vívida que el futuro parece carecer de contingencia. Escrivá acumula así sueños de omnipotencia y rasgos paranoides. Es decir, todo un delirio, una construcción lógica coherente, a la que ha otorgado estatuto de realidad.

Así pues, este segundo criterio del DSM-IV define perfectamente el aspecto cognitivo de las fantasías de Escrivá, a la vez que da luz para entender su obrar.

Creerse especial y único

El narcisista: 3. Cree que es “especial” y único y que sólo puede ser comprendido por, o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) que son especiales o de alto status.

Es bien conocida la frase de Escrivá hablando a sus hijos sobre sí mismo: En vuestra vida conoceréis a unos cuantos Papas, a cientos de cardenales, a miles de obispos. Pero fundadores del Opus Dei sólo hay uno. Daréis cuenta a Dios de haberme conocido. Ya se ve que el personaje, usando ahora las expresiones de Millon, “se considera a sí mismo como único y especial. Se comporta con egocentrismo y se cree el centro del universo”.

Las desgracias económicas de su familia y la muerte de sus hermanas son explicadas como preparación del instrumento por parte de Dios. Pero no era infrecuente que el fundador supeditase la historia universal y de la Iglesia a “su” Opus Dei, pues las cosas sucedían en función de y para su fundación, incluido el Concilio Vaticano II. Todo giraba alrededor de él y tenía su última explicación en los designios divinos sobre el Opus Dei y su persona.

Usaba a veces otras expresiones más exageradas, que bordan la herejía, ya que no eran sólo retóricas: Hijos míos, si no pasáis por mi cabeza, si no pasáis por mi corazón, habéis equivocado el camino, y no tenéis a Cristo en vosotros. Esto muestra hasta qué punto se creía único y centro del universo. Y, por eso, cualquiera que opinase de modo distinto a él era considerado infiel a la vocación y con muy mal espíritu.

Según Millon, “el narcisista huye siempre de ser uno más, discriminándose constantemente de lo que hacen los demás”. Hay muchos comportamientos de Escrivá que denotan esa disposición: por ejemplo, no tolera comparaciones ni influjos espirituales, ni tampoco que se le asimile a nada; incluso desde el punto de vista canónico, solía decir, somos únicos y por tanto no nos mezclamos.

Siguiendo con frases de Millon: “Consideran que sus ideas son revolucionarias en el sentido de originalidad y de importancia”. Y piénsese en cómo Escrivá hablaba de su carisma: nada semejante desde los primeros cristianos —viejo como el evangelio y, como el evangelio, nuevo, decía— que, además, no enlazaba con ninguna de las formas de espiritualidad habidas en la Iglesia desde sus primeros comienzos. Es una fuerte paradoja, pues un estudio histórico desapasionado muestra la burda copia que Escrivá hace de otras familias religiosas, en un aspecto o en otro. Pero, como dice Millon, los narcisistas “infravaloran la contribución de los demás en sus logros”. No hace mucho se ha relatado en esta web la destemplada reacción de Escrivá ante la inocente pregunta de uno de sus hijos sobre el padre Poveda: sin saberlo, el joven numerario estaba poniendo el dedo sobre una llaga narcisista.

Las reacciones que Escrivá tuvo en su época de seminarista, de excesiva delicadeza y cuidado de sí mismo y dándose aires de distinción por abolengo familiar, cuando no todos eran de extracción humilde — según dice su compañero Mindán, “había muchos seminaristas de mejores familias que la suya”—, son hechos que hablan de alguien pretencioso, centrado en sí y sus cosas, o traumatizado por las dificultades de la infancia, que intenta compensar.

Y, además, llama poderosamente la atención la excesiva simpleza de sus razonamientos teológicos y espirituales. Para él la actuación de Dios era muy asequible y clara. No se aprecia la presencia del misterio en su vida, y todo está maravillosamente claro en su mente, tal vez porque era producto de ella. Parece como si Dios estuviera en las manos de Escrivá, más que lo contrario.

En fin, me parece que este “tercer síntoma” también se verifica sin problema en la personalidad de José María Escrivá. Y van ya tres.

Exigir una excesiva admiración de sí

El narcisista: 4. Exige admiración excesiva.

Dice Millon que los narcisistas “se rodean de personas que los admiran de un modo incondicional”. No soportan a otro tipo de personas en su cercana compañía. Y piénsese ahora en Álvaro Portillo o Javier Echevarría. Este último sabía todas las fechas y datos de la biografía de Escrivá, y realmente lo idolatraba. No está de más que copie a continuación una cita textual de nuestro doctor:

La fusión del ideal del sí mismo y la imagen de sí mismo explica el sentimiento de grandeza de los narcisistas; la fusión del ideal del otro y la imagen de sí mismo explica su necesidad de admiración y su sentimiento de tener derechos sobre los demás. El otro ideal es una persona que le admira, que llega incluso a la veneración, que está dedicado en cuerpo y alma a mantener la ilusión de que el narcisista es el centro del universo. Además, dado que el otro ideal está mezclado con el sí mismo ideal, los que se relacionen con el narcisista también deben ser perfectos. Las imperfecciones de los demás son incongruentes con la imagen que los narcisistas tienen de sí mismos y suelen conducir a expresiones de ridiculización y desprecio (Theodore MILLON, Trastornos de la personalidad en la vida moderna.

Barcelona 2006, p.362).

Sin ese rasgo patológico de rodearse sólo de admiradores incondicionales, no se explicaría el Opus Dei tal como se ha desarrollado: como una especie de locura colectiva. Sus colaboradores próximos eran elegidos en la medida de su adhesión de fe a la persona y creencias del fundador. Otro tipo de personas, más independientes, no hubieran permitido tanto engaño y manipulación, lo que explica que Escrivá enviara a fundar en otros países a personas con mayor personalidad, y que retuviera junto a sí a del Portillo. Además, el narcisista no tolera a su alrededor a nadie que le contradiga y que ponga en duda “su” verdad: los elimina de inmediato, como hizo de forma implacable con Carmen Tapia. Y es que, como la autoestima del narcisista es frágil, en el fondo tiene una constante necesidad de atención y de admiración.

Los narcisistas intentan recibir halagos desarrollando un gran encanto. Y esperan que su llegada sea recibida con un toque de fanfarrias. Así, a iniciativa del propio Escrivá y como consecuencia de la ordenación del primer obispo de la Obra, Álvaro Portillo propuso al Congreso General, tanto de hombres como de mujeres, que al Padre se le saludase rodilla en tierra y besándole la mano: no podía ser menos que los otros jerarcas y debía quedar clara su preeminencia. La moción fue aprobada por unanimidad y recibida con un gran aplauso. Como en el Opus Dei todos son hijos del Padre, se mandó que los obispos se quitasen los distintivos episcopales (anillo, cruz pectoral, etcétera) al llegar a los centros de la Obra, sin duda para no ser o aparentar mayor importancia que el fundador.

Por otra parte, no debe minimizarse la afición de Escrivá a los honores, títulos nobiliarios y académicos, los símbolos de prestigio o condecoraciones, sus cambios de nombre y apellidos para parecer de alta alcurnia. Lo cierto es que el boato y refinamiento con que se rodeaba contrasta con la simpleza de sus aficiones culturales, artísticas e intelectuales: incluso su doctorado en Teología fue conseguido de modo fraudulento, pues detrás sólo estaba la necesidad de parecer ante los demás y de cuidar su imagen. Como ha escrito Vadovía en esta web (6.XII.2006), “una inagotable sed de admiración y adulación, lo fue incapacitando para reflexionar con honestidad. Se refugiaba, en su propia imagen de grandiosidad, y ello le permitía sobrellevar su maltrecha auto-estima, y sentirse mejor consigo mismo”.

Recordemos ahora algunas expresiones textuales de Millon sobre los narcisistas, porque son oportunas: “El objetivo implícito de la socialización es exponer a los demás su grandeza (apellido, título nobiliario, santidad, etc.), tras lo cual pueden ser reconocidos y admirados”. Y, en otro momento, añade: “Invierten muchos esfuerzos en la imagen pública. Hacen gastos excesivos para imponer respeto y cuidar la imagen para provocar admiración”. La razón de todo esto es que no soportan dar la impresión de una mínima imperfección. En el caso de Escrivá, su solución subjetiva fue poner a Dios de por medio y dar supuestos motivos sobrenaturales a sus acciones, a fin de justificar ante los demás sus caprichos y modos arbitrarios de obrar. La defensa del Opus Dei y la voluntad de Dios eran siempre su excusa. Por eso esas expresiones se encuentran tan presentes en los “modos de decir” de los medios de formación de la Obra. Y esto es una constante en el gobierno del Opus Dei.

Hay muchos otros datos en la vida de Escrivá que pueden aducirse para confirmar esa exigencia de admiración excesiva que postulan los narcisistas, pero me parece que con todo lo dicho anteriormente, y con lo que es ya bien conocido de todos, es suficiente. Sigamos examinando los síntomas del diagnóstico, sin olvidar que son ya cuatro los síntomas que cuadran en las conductas de Escrivá y avalan el diagnóstico propuesto.

Irrazonablemente pretencioso

El narcisista: 5. Es muy pretencioso, por ejemplo, expectativas irrazonables de recibir un trato de favor especial o de que se cumplan automáticamente sus expectativas.

El narcisista siente una gran necesidad de despertar admiración. Se comporta como si tuviera derechos especiales sobre los demás. Es decir, tiene expectativas excesivas y poco razonables de obtener favores u otros tratos especiales. Esperan ser bien atendidos y se enfurecen si esto no ocurre. Los demás deben ser conscientes de que el narcisista es una persona excepcional: por tanto, las cortesías normales deben ser consideradas insultantes, porque el trato con ellos debe ser siempre singular.

Durante su larga estancia en Roma, Escrivá no solía ir a reuniones en las que no quedara claro de antemano que él iba a ser la persona más importante. Por eso iba a tan pocas. Jamás asistió a los funerales de ningún Cardenal ni de ninguna personalidad, eclesiástica o no. Él sólo recibía en casa, se solía argumentar dentro del Opus Dei, según relata María Angustias Moreno en El Opus Dei. “Entresijos de un proceso” (Madrid 1993) p.63.

Pero una tarde, a finales de los años cuarenta, el entonces embajador español en el Vaticano, el democristiano Ruiz Giménez, invitó a Escrivá a una recepción en la embajada española, según cuenta Antonio Pérez. Y, al encontrarse, aquél le saludó con un sencillo “¿Cómo está usted, padre Escrivá?” El fundador del Opus Dei dio media vuelta y se marchó. Luego explicó su lugarteniente, Álvaro Portillo, que aquélla no era manera de tratarle: el embajador Ruiz Giménez le hubiera podido decir Padre a secas o Monseñor Escrivá, pero no “padre Escrivá”: cfr. Antonio Pérez Tenessa, Testimonio, publicado en la obra de Alberto Moncada Historia oral del Opus Dei (Barcelona 1987) p. 63.

Se habla de sus virtudes heroicas ¿cuáles?

“Le gustaban los objetos caros, los restaurantes caros y todo de la mejor calidad”, confiesa una de las numerarias que tuvo a su servicio. Se encaprichaba de las cosas más caras que encontraba a lo largo de sus viajes, y los miembros del Opus Dei no tenían más remedio que regalárselas. Sobre todo tenía debilidad por los reposteros, esos paños rectangulares con emblemas heráldicos que mandaba colocar en todos los vestíbulos y pasillos de las casas y centros del Opus Dei. Rosario Badules cuenta (cf. su Testimonio en el libro titulado Escrivá de Balaguer ¿Mito o Santo? p.25) que en una ocasión fue a Sevilla y comió en el comedor de la residencia masculina de estudiantes. Como el comedor era muy grande se cerró con dos biombos pertenecientes a una aristocrática familia andaluza. Cuando Escrivá vio los biombos, la numeraria que estaba en la cocina atendiendo su comida oyó cómo decía: — Estos biombos para Roma. Como la prestataria no pudo regalarlos porque pertenecían al patrimonio de la familia, dio dinero para que se adquirieran otros, por lo menos parecidos.

Algo similar ocurrió en Madrid con un tapiz de época. También le gustó mucho —según continúa relatando Rosario Badules— y entonces dijo a los miembros del Opus Dei que lo pidieran. No pudo obtenerlo porque pertenecía al patrimonio indiviso de una familia. Fueron entonces a un anticuario y le compraron un tapiz parecido que costó un millón de pesetas en los años sesenta. Cuando llegó a Roma mandó colgar el tapiz, llamó a algunos miembros del Opus Dei y les dijo: — Mirad, hijos míos. Estos son los regalos que me hacen mis hijas. Aprended. Así pues, ¿regalos o autoregalos?, ¿defensa de un “espíritu divino” o caprichos patológicos de un maniático? Juzgue el lector: no es muy difícil.

En una ocasión mandó comprar una gran sopera de plata de orfebrería italiana maravillosa y dijo: —Ésta es para la Procura, para que cuando vengan los cardenales se queden con la boca abierta y digan: “¡Aaah!”. Otra vez quiso una colección de monedas de oro de los tiempos de Carlos III, las llamadas peluconas, que consiguió —como habitualmente hacía— a través de las supernumerarias ricas del Opus Dei. Lo mismo que una colección de abanicos antiguos que quiso para una vitrina de la casa central de Roma. En otra ocasión, como quiso joyas, consiguió una esmeralda de gran tamaño “para ponerla en el fondo de la copa de un cáliz y no la viera más que Dios”, aunque después estaba expuesta en la sacristía con luces indirectas para que la viera todo el mundo. Esa enorme esmeralda la consiguió el sacerdote Manuel Botas en un país sudamericano, de una señora a la que fue a ver para pedirle un gran favor para la Obra “en nombre de Dios”. Esa mujer le contestó que si estaba en su mano lo haría. La respuesta del clérigo fue: “Precisamente está en su mano lo que vengo a pedirle”. Estas gestiones tenían como última razón hacer feliz al fundador, al que le gustaba —según su decir— “tener esos pequeños detalles con el Señor”. Pero, ¿de verdad es así la piedad recia de un cristiano que testimonia con su vida la pobreza evangélica? O, ¿acaso no estamos ante las peculiaridades de un maniático sentimentalmente piadoso que se muestra y se expresa según los modos patológicos de su mundo interior?

Por causa de su delicado estado de salud el fundador tenía una dieta especialísima y comía casi siempre “solo”: eso sí, junto con su lugarteniente Álvaro Portillo, y también con Javier Echevarría, teniendo una fiel servidumbre en torno de la mesa durante las comidas. Ese peculiar “aislamiento” ¿no era también la táctica de un encumbramiento? Lo cierto es que, durante años, le limpió la habitación la misma numeraria sirvienta, la mesa era servida siempre por la misma doncella con cofia, delantal blanco y uniforme negro, que era otra numeraria sirvienta. Y, según testimonia María Angustias Moreno, alrededor de sí Escrivá disponía además de otras dos numerarias, especialmente cualificadas por sus estudios universitarios, para la elaboración y supervisión de sus comidas, para su ropa, y para la limpieza de habitaciones y preparación de ornamentos sagrados en el oratorio.

Estas dos numerarias especialmente seleccionadas preparaban sus comidas con gran delicadeza y le acompañaban también cuando viajaba, llevando latas de paté francés y flores para las mesas, además de otras vituallas exquisitas, según el testimonio de Rosario Badules (vid. supra p.26). Mientras que a todos los miembros del Opus Dei se nos ha insistido en que comiéramos sin rechistar lo que nos ponen, evitando excepciones, el fundador viajaba siempre acompañado de varias numerarias que se encargaban de hacerle la comida según sus gustos. Cuando esto no ocurría, era frecuente que se produjeran escenas violentas de protesta, como la que tuvo lugar en una de sus visitas al Colegio Mayor La Estila (Santiago de Compostela), en la que se mostró muy contrariado por cuestiones nimias, como el tipo de pan que le habían puesto, y además dio voces y se encargó de manifestar su disgusto porque esos días no tuvieron agua en el Colegio Mayor por una avería.

Pienso que es conveniente que se sepa que este modo de obrar con el fundador se ha perpetuado institucionalmente, ya que se ha continuado haciendo con sus sucesores: éstos viajan también con servicio especial, incluso cuando van a comer a un centro cualquiera de Roma. Es frecuente que en esos viajes se pida a la numeraria del lugar experta en cocina, con varios meses de antelación (!), que elaboren el proyecto de menús, pensando también en la presentación estética. El proyecto es revisado en la Asesoría regional y en la Central, pidiendo que se rehaga tantas veces como sea necesario, que a veces han llegado a ser más de una docena. ¿Qué opinión puede tener un cristiano corriente sobre estos modos de vida? Es posible que sean los propios de un “marqués” déspota, de otros tiempos, pero desde luego no son un modelo de santidad para la ordinary people, la gente corriente, sencilla, de a pie, que vive la pobreza común sin aspavientos. O, ¿acaso vamos a convertir en “divinos” los refinamientos mundanos de la comodidad burguesa —no exenta de clasismo— con la excusa de la secularidad? Esos modos de hacer institucionalizados, que provienen de Escrivá, son también manifestaciones de una valoración y trato fanáticos hacia el que hace cabeza, como si se tratase de un semidiós.

Pero sigamos con más ejemplos. En Roma, si invitaba a comer a un cardenal, las numerarias sirvientas debían servirle primero a Escrivá o, al menos, al cardenal y a él a la vez, una a cada uno. Al parecer, él era de poco comer, pero exigía que la mesa estuviera perfectamente dispuesta e impecablemente servida. También pedía los mayores niveles de calidad culinaria, y en cierta ocasión obligó a una cocinera a repetir siete veces una tortilla hasta que estuvo a su gusto (cfr. revista Cambio 16, de fecha16 de marzo de1992, y en el libro Escrivá de Balaguer ¿Mito o Santo? p.255). Son demasiadas coincidencias con el comportamiento de los narcisistas: éstos suelen enfadarse cuando las cosas no están disponibles de inmediato y a su gusto, pues la patología les hace muy impacientes.

Luis Carandell relata un hecho significativo. Una vez en Lisboa se ilusionó mucho por comer langosta. Curiosamente, aquel día sus seguidores no la encontraron en el mercado. El enfado del fundador fue de tal calibre que no quiso probar bocado y se molestó porque sus acompañantes se atrevieron a comer sin problemas. O también relata el detalle de cómo, en la fiesta del día de Reyes, los miembros del Opus Dei le solían poner en el roscón monedas de oro peluconas, en lugar de las clásicas figuritas de la suerte, sabedores de la enorme satisfacción que le proporcionaba encontrarlas (cfr. La otra cara del Beato Escrivá en la revista Cambio 16, de fecha 16 de marzo de 1992).

No deseo agotar al lector. Pero relataré un último testimonio: el de Blanca Ortíz de las Heras. Dice: “Cuando el Padre venía a España, el derroche era increíble, porque cuando se trataba de él no se miraba el dinero para nada porque Padre sólo hay uno, se decía. Conozco a una persona que estuvo a punto de marcharse de la Obra porque en uno de sus viajes la habían tenido durante tres días buscando una merluza de pincho para su comida. Una vez el Padre dijo: Si fuerais listas y pillas me daríais vino de marca en una jarra de agua, para que yo no lo note”. Pero esta numeraria añade: “— Para mandarle a Roma he comprado las cosas más caras de Madrid, frutas fuera de época, almendras dulces que sólo había en un sitio determinado. Todo esto se enviaba a Roma para que el Padre lo diera en las tertulias. Otra vez hicieron su primera comunión los sobrinos de Escrivá en Molinoviejo. Aquello se convirtió en una floristería, tales eran los centros de flores que allí había y que, además, no se traían de Segovia, que estaba al lado, sino de Burguiñón, que era la tienda más cara de Madrid. Y en la despensa se hicieron toda clase de pequeños dulces para que los sobrinos pudieran tomar todo aquello que les apeteciera” (cfr. el volumen citado de Escrivá de Balaguer ¿Mito o Santo? p.255).

En fin, no es necesario añadir más datos para verificar que este “quinto síntoma” de los narcisistas se da completamente en Escrivá.

Interpersonalmente explotador

El narcisista: 6. Es interpersonalmente explotador: por ejemplo, saca provecho de los demás para alcanzar sus propias metas.

Estos sujetos son indiferentes a los derechos y al bienestar de quienes les rodean. Para ellos, el resto de los mortales no son más que abejas obreras cuya única función es obedecer y ser dirigidas por ellos, pero nunca tener ideas propias, ni mucho menos una vida independiente que no tenga en cuenta los planes y deseos del narcisista. Así, por parte de sus súbditos, esperan una total dedicación, el trabajo extra si fuera necesario, y una ejecución heroica, pero sin mirar por ellos ni asumir responsabilidades recíprocas. Además, se enfadan si no se les da de inmediato lo que piden. En los narcisistas, la explotación de los demás no es una conducta de particular malicia: se comportan así porque piensan que los demás se lo deben.

Me parece que la actitud habitual del fundador del Opus Dei con sus súbditos —¿hijos?— y con los demás no era precisamente la de preocuparse por el desarrollo de sus respectivas personalidades, de promocionar su bien particular o su formación desinteresadamente, con respeto a su justa autonomía personal, etcétera. Sólo eran “importantes” en función de aquello que pudiera servir para los intereses de su organización. Su mentalidad totalitaria lo invadía todo, hasta el dominio de las esferas más íntimas de la persona y de la conciencia. El ámbito de la libre autonomía no existía prácticamente. Y a esto llamaba “estar absolutamente entregados”. Pero no era una entrega a Dios, sino a la empresa de Escrivá: él era el llamado a decidir todo lo importante y, una vez tomadas las grandes decisiones, su concreción y realización habría de correr a cargo de quienes le servían, sin reparar en sacrificios hasta su plena consecución.

Lo único importante para el narcisista es lo que a él le afecta. Los logros y proyectos de los demás son irrelevantes, excepto si pueden servir de escalón para sus propias ambiciones. Eso explica el tipo de reacción cuando sus seguidores obtenían cargos políticos o triunfos profesionales. En esta línea de poca colaboración con los demás, uno de sus compañeros de seminario, Mindán, cuenta que “apenas intervino en manifestaciones culturales fuera de las clases, ni tampoco en actividades apostólicas, como las obras misionales, las organizaciones catequísticas, etc. No obtuvo ningún grado académico, ni en Filosofía ni en Teología ni en Derecho Canónico, en nuestra Universidad Pontificia, pero en los últimos años se examinó de algunas asignaturas en la Facultad Civil de Derecho, pero no de todas”.

Y, sin embargo, los demás tienen que hacer una reverencia ante todos sus antojos: esperan que se les dé todo lo que desean o crean necesitar, sin importarles lo que ello pueda suponer para los demás. Para los miembros del Opus Dei, la entrega a Escrivá era incondicional, no admitía réplica de ninguna clase, ni se toleraba la más mínima disidencia o discrepancia: todos los hombres y mujeres de la Obra eran vistos como una milicia o cuerpo paramilitar perfectamente disciplinado, según comenta J. M. Castillo en su colaboración La anulación del discernimiento, publicada en el citado volumen sobre el mito de Escrivá (p.136). Estaba obsesionado por el poder absoluto y la ausencia de crítica dentro de su organización, para que nadie le hiciese sombra ni actuase con independencia de sus órdenes o de su control, aunque en determinados casos esto hubiera sido lo más prudente.

Los narcisistas son también personas centradas en su interés e indiferentes a la verdad y, demasiadas veces, son oportunistas que explotan a los demás en beneficio propio. En el caso de Escrivá, esto hay que referirlo también a su relación con Dios, que discurría según unos parámetros casi mercantilistas: es decir, una santidad y una vida interior que no se fundamentaban en el don y en la gratuidad, sino en el esfuerzo materialista y en la contraprestación, poniendo incluso en los labios de Dios lo que a él le interesaba conseguir o era acorde con su pensamiento. Daba la impresión de tener un Dios al servicio de sus grandiosas imaginaciones.

Los narcisistas tienden a pensar que son merecedores de todo tipo de privilegios especiales y de recursos extraordinarios para con ellos, como si esto fuera algo justo. Y así es la biografía de Escrivá: constante privilegio y excepción, aunque luego se haya intentado disfrazar de otra manera. No aguantó un servicio sacerdotal normal en su diócesis, sino que enseguida buscó una excusa para trasladarse a Madrid. Allí estuvo muchos años sin incardinarse y sin un encargo pastoral diocesano, sino lo que él se apañaba. Luego comenzó con su fundación y, con este motivo, ya todo fue excepcional en él. Sus relaciones con el Vaticano son de petición constante de privilegios y de búsqueda de una posición canónica especial, que garantizase su independencia de todos. Con la excusa del querer de Dios se consideraba con derecho a todo, a que nadie le controlase ni le pudiese mandar. Para ello buscó siempre y a toda costa un estatuto jurídico de máxima independencia, engañando literalmente a la Santa Sede, al actuar a sus espaldas en todo lo que se refiere a la normativa interna de su institución.

Y podríamos seguir. Pero lo dicho basta para comprobar de nuevo que este “sexto síntoma” de los narcisistas, de la DSM-IV, se ajusta profundamente a la personalidad de Escrivá. Y van ya seis, superando los cinco que serían suficientes para dar validez al diagnóstico médico.

Ausencia de empatía

El narcisista: 7. Carece de empatía: es reacio a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás.

Los narcisistas no son capaces de conectar de un modo empático con los demás para desarrollar una vida de amor compartida: es decir, no pueden entender y sentir lo que las otras personas están experimentando. Por eso suelen desarrollar sentimientos de vacío y de aburrimiento, que desaparece cuando vuelven a ser el centro de atención.

En el caso de Escrivá, un ejemplo notorio de esto fue su reacción —en una de las tertulias multitudinarias que tuvo por Sudamérica— ante la angustia de una madre que sentía perder a sus tres hijos porque éstos se hacían miembros del Opus Dei, El futuro santo le contestó: Yo no hablo con gallinas cluecas. No deja de ser curioso que este hecho, filmado por las cámaras y exhibido durante algún tiempo, se haya suprimido ahora de los cortos que se proyectan en los centros del Opus Dei. Y, si se ha eliminado, es por algo.

Al narcisista le resulta muy difícil establecer relaciones desinteresadas, de verdadera amistad, con otras personas, pues se rige por el principio de la utilidad: desaparece la “amistad” cuando los demás dejan de serle útiles. En el Opus Dei, la muestra más constatada es el trato con quienes dejan la Obra, pues en esto se sigue a pie juntillas los hábitos del fundador.

Los narcisistas suelen tener éxito para establecer contactos, pero fracasan en el hacer amigos. Carecen de amistades genuinas. Sólo poseen leales admiradores, y eso es lo que buscan: un círculo cercano de admiradores que los adoren. La familia se valora sólo en función de lo que sus miembros puedan significar para el narcisista: la relación con los demás siempre es instrumental. Y son tan egoístas que ni siquiera son conscientes de sus abusos. Las relaciones de y con Escrivá tuvieron esas características: nunca se daba en términos de amistad humana, de igualdad, porque él siempre tenía que ser el centro y estar en una posición de superioridad y de admiración. Por eso mismo tampoco era capaz de una comprensión profunda de las personas y las situaciones o, si lo aparentaba, ésta se medía a través de su sola experiencia personal como referencia ejemplar.

El narcisista sólo habla de sí mismo. Se muestra impaciente y desdeñoso cuando otros les cuentan su vida y sentimientos. Si habla otro, enseguida le interrumpe para recuperar el control de la conversación, pues no tiene interés por el mundo interno de los demás, a quienes no se les permitirá hablar mucho tiempo sobre sí mismos. En efecto, es asombroso objetivar los modos narcisistas de Escrivá: mirarse continuamente a sí mismo; situarse en el centro de atención como objeto de admiración; hablar continuamente de sí y poniéndose como ejemplo a imitar en la vida espiritual, en el trato con la Virgen, en la mortificación, en el sufrimiento, en el modo de hacer oración —pues todo en él era ejemplar, ¡hasta su infancia!—, en el amor al Papa —aunque no hablase bien de ninguno con los que tuvo relación—, etc. El fundador decía que no le gustaba hablar de sí, pero no hacía otra cosa. En las tertulias no paraba de hablar de sí. Sus homilías y escritos están plagados de referencias personales. Todo es hablar del “santo”, que es él mismo, aunque en vez de santo —que quedaría mal— se autodenominase pecador. Todo lo suyo adquiere un trascendental relieve histórico y ejemplar para los demás. No son cuestiones privadas, de su vida personal, son medio divino de salvación para muchos. Esto es claramente patológico. Su autoconciencia de mediación no es la propia de los santos, cuya humildad les lleva a quitarse del medio para que sólo aparezca Dios. Aunque repitiese continuamente aquello de lo mío es ocultarme y desaparecer, que sólo Jesús se luzca, la realidad fue exactamente la opuesta. Y este “Escrivácentrismo” ha sido continuado por sus sucesores hasta la saciedad, pues la personalidad de Escrivá ha creado un espíritu de organización fanática donde todo estaba centrado en él, como si se tratase de un dios, pues en el Opus Dei se habla más del fundador y de la Obra que de Dios.

Los discípulos —porque sus leales seguidores no son asociados, sino discípulos— tienen que ser excepcionales, pero a la vez deben mostrar que no pueden rivalizar con el narcisista: sólo brillan al reflejo de la luz del maestro. Y basta pensar en la figura de Álvaro Portillo para ver que las cosas eran así.

Los narcisistas inspiran lealtad y admiración. Y sus servidores tímidos se engrandecen con la grandeza de su líder, al que transformarán en un ser idealizado, perfecto; por eso no aspiran a tener ideas propias, sino ideas que refuercen las del líder. La originalidad se recibe con desdén, pues implica que la “profecía” del maestro está incompleta. En estos términos, Escrivá supo rodearse de un núcleo duro de incondicionales admiradores, que le protegieron con una fe absoluta en su persona, sublimando todas sus excentricidades. Desde luego, sin ellos no hubiera podido hacer nada y, por eso, en una buena medida éstos son también responsables de la mitificación del personaje.

A mi modo de ver, esta incapacidad para la amistad y para la preocupación verdadera por los demás era una característica muy particular del fundador del Opus Dei, que se veía reflejada en su modo de gobernar, luego plasmado en las normas de sus reglamentos internos. No hay dificultad, pues, para aceptar que este “séptimo criterio” del diagnóstico de DSM-IV se da también en Escrivá.

Una acusada tendencia a la envidia

El narcisista: 8. Frecuentemente envidia a los demás o cree que los demás le envidian a él.

Los narcisistas compensadores, que han recibido “heridas” a edades muy tempranas e intentan compensar esos déficit, desarrollan una búsqueda constante de la consecución de sus aspiraciones de estatus, reconocimiento y prestigio. Son extremadamente sensibles a las reacciones de los demás. Detectan cualquier juicio crítico y se sienten desairados ante cualquier signo de desaprobación Curiosamente, uno de los primeros seguidores de Escrivá afirma de él (cfr. diario El País, de 28 de julio de 1991) que había adquirido un “terrible complejo” en los años en los que su padre, comerciante de paños, tuvo que abandonar Barbastro tras la quiebra de su negocio. “Sufría mucho —dice— cuando al presentarse ante gente de la aristocracia tenía que responder que sus apellidos no eran Escrivá de Romaní, sino Escrivá y Albás. Se desvivía con las marquesas y estaba tan obsesionado con ese problema de sus orígenes que no paró hasta hacerse con el título de marqués de Peralta”.

Los narcisistas muestran mucha intolerancia ante la manifestación de sus imperfecciones. Se muestran muy sensibles y no permiten que nadie les critique. Para ello crean maniobras de defensa, reprimiendo toda esa información crítica, aunque sea bienintencionada. Y así, en su hipersensibilidad, Escrivá, pensaba con frecuencia que los demás iban contra él, que tendían confabulaciones contra su Obra movidos por el demonio que se había introducido en la Iglesia, especialmente valiéndose de algunos personajes de la curia vaticana durante el pontificado de Pablo VI. Por otra parte, la “unidad sin fisuras” con el superior, tal como era exigida por Escrivá, la convertían en el mayor bien, o su contrario en el mayor pecado posible en el Opus Dei, castigado con la inmediata defenestración o expulsión.

Además, los narcisistas utilizan la racionalización para construir realidades alternativas basadas en hechos reales, aunque cambiando su significado, con el fin de excusar errores y explotaciones. El nuevo escenario creado ocupa entonces el lugar de la realidad. En relación con Escrivá, los hechos que eran notorios defectos se transformaban en virtudes: a su mal carácter se le denominaba “fortaleza” para hacer los planes de Dios y sacar la Obra adelante, a los caprichos y a la intolerancia se le llamaba “celo” por la perfección en lo pequeño y amor de Dios, a la represión de la libertad de expresión se la consideraba “servicio a la unidad con Dios” y, si a alguien se le trataba mal sin motivo, entonces se buscaba una excusa cualquiera para descalificar al perjudicado. Pero leamos algunos párrafos textuales de Millon:' '

Esta utilización masiva de la racionalización nos da una idea de la arquitectura de la mente del narcisista. La primera impresión es que el mundo interno del narcisista parece inteligente, sólido y sustancial. Sin embargo, son pocas las ideas que genera que no han sido diseñadas para conseguir la admiración de una audiencia. Cuando afloran las evidencias incriminatorias, los narcisistas idean una sutil cadena de acontecimientos y se convencen, e intentan convencer a los demás, de que todo el tiempo han estado en lo cierto, de que lo han planeado todo de antemano y forma parte de su grandioso plan. El mundo interno del narcisista, lejos de contar con una base ideológica sólida, está formado por construcciones inconstantes con algún propósito temporal, o de conveniencia. Sus argumentos no necesitan ser defendidos de forma absoluta, ya que siempre se reorquestan para cualquier nuevo propósito que pudiera surgir. Su interpretación del mundo, basada más en la conveniencia que en los principios, así como su facilidad para variar las interpretaciones en la medida en que sea necesario para apoyar sus propios objetivos egocéntricos, reflejan la existencia de un superyó omnipresente que aflige a la mayoría de los narcisistas. La moralidad y los valores no son más que otra cortapisa a su ilimitado deseo de omnipotencia (Theodore MILLON, Trastornos de la personalidad en la vida moderna. Barcelona 2006, pp.359-360).

Está claro que el narcisista tiene valores e intereses superficiales y cambiantes. Y posee una moral y sentido de la ética corruptibles, pues incumple la ley cuando está furioso o para evitar una derrota. Y, en efecto, Escrivá nunca se distinguió en su obrar por una adhesión incondicional e inamovible a unos valores de fondo, sino por un acusado utilitarismo desprovisto de auténtica humanidad. Las leyes podían soslayarse si el fin justificaba los medios, o si constituía una restricción irrazonable para su libre albedrío: en este caso, nada menos que la ley canónica.

Realizar ese tipo de valoraciones sería comprometido para una conciencia normal, pero los narcisistas se sienten cualificados para ello. Incorporan en efecto valores morales, pero con un exagerado sentido de superioridad y esto les lleva a despreciar a los que son incapaces de permanecer moralmente “puros”. Estas características se verifican en Escrivá si miramos, de un lado, su puritanismo sexual y, de otro, la soltura de su lengua para hacer críticas inmisericordes hacia muchos otros sacerdotes o laicos, según los casos. La declaración de Miguel Fisac es fuerte: “Jamás le oí hablar bien de nadie, salvo de Álvaro Portillo”.

Para muchos especialistas, la personalidad narcisista es básicamente una organización defensiva de la subjetividad. Este aspecto cuadra con la valoración de Escrivá que hace Estruch en Santos y Pillos: “Si tuviésemos que juzgar el talante de la persona por sus frecuentes cambios de nombre, nos hallaríamos ciertamente ante un caso digno de análisis psicológico, con una serie de síntomas que habría que interpretar como indicio de inestabilidad, o de no aceptación de los propios orígenes, o de fragilidad en la construcción de la identidad personal y de precariedad en el mantenimiento de dicha identidad”.

Y, cuanto más frágil es el sí mismo grandioso, más sensibles son los narcisistas y con mayor facilidad aflora la ira oral. Esta ira —agresividad oculta— está siempre al acecho en el inconsciente y puede ser descargada contra cualquiera que le proporcione incumplidos o, peor aún, que le critique. Son numerosísimos los testimonios de personas que relatan este tipo de comportamientos en Escrivá, aunque algunos los hayan disfrazado de “virtud”.

Cuenta Antonio Pérez que Escrivá consideraba que, como fundador del Opus Dei, debía tener ante sus hijos más importancia que los obispos, cardenales e incluso Papas. Por eso diseñó una curiosa legislación para cuando hubiera personalidades eclesiásticas en la Obra, que se basaba sustancialmente en cancelar la libertad personal que los religiosos consiguen —respecto de sus instituciones— cuando son nombrados obispos o alcanzan otros cargos eclesiásticos relevantes. En el Opus Dei, por el contrario, Escrivá se cuidó de acentuar la subordinación al Padre e incluso había una peculiar simbología al respecto. Recuerda Antonio Pérez, en efecto, que una vez se encontró en la casa central de Roma a Lucho Sánchez Moreno, un peruano numerario que había trabajado con él en la Secretaría General y que llegó a ser obispo; al verle, se acercó a saludarle y le besó muy sinceramente el anillo pastoral. Al Padre aquello le sentó muy mal porque “en casa sólo se le besa la mano al Padre”. Sobran los comentarios.

Es significativo que Escrivá no tolerase a su alrededor la presencia de gente que destacase personalmente y que pudiera entrar en competencia con su prestigio y, menos aún, que opinasen de modo distinto o actuasen con legítima autonomía. Si no estaban completamente supeditados a él, eran apartados y desdeñados. Ahí están los casos de Ramón Paniker, Carmen Tapia, el mismo Antonio Pérez, y tantos otros. O sea, que este “octavo síntoma” se advierte igualmente en el obrar de Escrivá, a pesar de haberse intentado disfrazar sutilmente como cumplimiento de sus deberes de custodia del carisma recibido.

Arrogancia

El narcisista: 9. Presenta comportamientos o actitudes arrogantes o soberbios.

El comportamiento expresivo de un narcisista suele ser arrogante, desdeñoso y altivo. Se irritan contra quienes les contradicen o les hacen un desaire. Está muy diagnosticada la desproporción de sus enfados y reprensiones públicas, enormes, cuando no se les hace caso inmediatamente o no se cumplen sus indicaciones al pie de la letra. A veces sucede esto por cuestiones nimias. En el caso de Escrivá abundan estas conductas: por ejemplo, broncas por no haber pedido su bendición cuando se salía de viaje. Y, como cualquier déspota ejerciendo un mando supremo, Escrivá sufría también ataques intempestivos de mal humor y de cólera que no disimulaba.

Cuenta Miguel Fisac que, en los comienzos de la Obra, “no había fiesta importante en el Opus que él no aguara, ya fuera Nochebuena o cualquier otra. De pronto se enfadaba, no sabíamos por qué, y se metía en su cuarto dejándonos allí tirados. Eso era algo habitual en él. No sabíamos nunca cómo iba a reaccionar ni nos daba ninguna explicación”. A veces era la fruta que no le gustaba o que el plato cocinado tal día no era de su preferencia. Según María del Carmen Tapia, uno de los puntos álgidos de los enfados en la vida cotidiana de Escrivá era por la cocina, aunque también las broncas del fundador surgían por otros motivos: por ejemplo, por causa de la decoración.

En una memorable ocasión, que cuenta Luis Carandel en su biografía sobre Escrivá titulada Vida y milagros de Monseñor Escrivá de Balaguer (Madrid 1992), el fundador del Opus Dei fue a inaugurar un centro de la Sección Femenina dedicado a Escuela de Hogar. Y dice: “Monseñor es hombre muy exigente en materia de gusto en la decoración y cuando entra en una estancia y ve, por ejemplo, un cuadro torcido, su sentido del orden le hace levantarse de la silla donde está sentado y colocar personalmente el cuadro en posición correcta. Aquel día, la decoración del local a cuya inauguración asistía no le debió gustar y comenzó a ponerse de mal humor. Por más que intentaron tranquilizarle, prometiéndole sus hijas que introducirían en el local las deseadas modificaciones, Escrivá se fue poniendo cada vez más nervioso y llegó un momento en que se acercó a una puerta y dijo: —Esta moldura es una porquería. Y tomando un extremo de la moldura, tiró de ella y la arrancó de cuajo. Luego hizo lo mismo con otras molduras de la misma puerta y con las de las ventanas más próximas. Las hijas de monseñor comenzaron a agitarse por aquella reacción y para que se vea cuál es la fuerza de atracción que ejerce el Padre dentro de la Obra, se sintieron impulsadas a participar, también ellas, en la destrucción que monseñor estaba llevando a cabo. La escena fue apocalíptica porque —así lo cuentan— las veinte o veinticinco personas que había en el local se lanzaron a ultimar la labor de devastación que había iniciado el que todo lo iniciaba en el Opus Dei” (pp.153-154). El suceso es sin duda elocuente. Pero no es único: algo similar ocurrió en La Estila, cuando arrancó de la pared unas lámparas en forma de antorcha que iluminaban el pasillo, porque no le gustaban.

No se puede olvidar que, debido a la grandiosidad, que es un síntoma muy específico de los narcisistas, estos sujetos necesitan que la atención sea por el lado de la admiración, que en parte la suscitan conductas excéntricas. En esta misma secuencia puede situarse su decisión de no acudir a las ordenaciones sacerdotales de los miembros del Opus Dei, pues allí Escrivá no habría de ser el centro ni tampoco quien habría de presidir la liturgia.

Los narcisistas persiguen la superioridad a toda costa, en efecto. Son ambiciosos, pero incapaces de autocriticarse para reconocer esa limitación. No toleran la más mínima imperfección, porque éstas les provocan sentimientos de vacío y así también de severas autocríticas. Es un mundo interior de complicación, plagado de motivos inconfesados, casi siempre por no reconocidos. Ya se dijo que los narcisistas son hipersensibles ante supuestas ofensas: como tienen una imagen consciente de ser especiales y profundos sentimientos de inferioridad, están doblemente expuestos a la percepción de injurias e insultos. Y, como se sienten especiales, merecen privilegios y miramientos especiales, que los ponen por encima de toda regla. Estas personas se dirigen sobre todo hacia sí mismas y no perciben la necesidad de un intercambio con los demás: devalúan así los méritos y las aportaciones de los demás porque les quitan gloria.

O sea, es constante la tendencia a subrayar su superioridad y a demostrarla de modo efectivo. Para conservar su estatus especial debe someter a los demás, y castigarles si no reconocen dicho estatus. Éste pudo ser el caso de Carmen Tapia, a la que degradó y castigó porque osó gobernar en Venezuela saltándose algunas indicaciones del fundador que no consideraba aplicables en aquellas tierras. Y el fundador siempre actuó así: cualquiera que manifestara muy positiva y respetuosamente —y por los cauces teóricamente establecidos— críticas fundadas a los modos de entender de Escrivá, de hacer o de gobernar, era apartado sin piedad de toda colaboración.

Sin embargo, tanto los narcisistas como los histriónicos son encantadores y disfrutan siendo el centro de atención. El narcisista se goza contemplando su dominio, repartiendo generosamente entre los demás —la gente normal— su gracia y sus dones: los doblones de oro de su real majestad. Por eso los narcisistas elitistas son arrogantes y enérgicos, de difícil adaptación a posiciones subordinadas. Idolatran el reconocimiento y se promocionan a sí mismos. Son jactanciosos. Se creen semidioses y frecuentemente desprecian a los demás con desdén. Y, lógicamente, el narcisista se enfada cuando alguien pone en duda que él sea especial.

Así pues, también este “noveno síntoma” se ajusta al comportamiento y personalidad de Escrivá. Y, por tanto, no uno, dos o tres, sino todos los caracteres típicos de la patología se encuentran en el obrar de este singular personaje, sin forzar para nada la realidad de los hechos desnudos.

La compatibilidad con otros trastornos psíquicos

El narcisismo no se encuentra sistemáticamente vinculado a otros trastornos psíquicos o del estado de ánimo, pero estos otros trastornos sí son matizados por esa patología de la personalidad. Por eso algunos autores sugieren la relación del narcisismo con el trastorno bipolar, pero no es una opinión comúnmente aceptada. En estos casos sólo se presentaría la sintomatología narcisista en la fase maníaca, ya que los periodos de grandiosidad pueden asociarse a hipomanía. La vulnerabilidad de su autoestima hace a estos sujetos muy sensibles a la crítica o a la frustración, que puede llevarles a la depresión o distimia. Y así es como pueden pasar por momentos depresivos cuando entran en contacto con sus fracasos personales.

Esto le ocurrió al fundador del Opus Dei, sin duda, con motivo del Concilio y de las duras críticas al Opus Dei vertidas en determinados círculos sinodales, y también con las dificultades para obtener la solución jurídica que deseaba, durante el pontificado de Pablo VI. Aunque no se relata en las “biografías” oficiales, el Papa llegó a decirle por escrito que, si no se estaba tranquilo y dejaba de hacer nuevas peticiones jurídicas, le quitaría incluso el estatuto de instituto secular y los privilegios de que gozaba. Estas “contrariedades” le llevaron seguramente a una crisis personal y a un estado depresivo o distímico, comprobado, que requirió el traslado del numerario psiquiatra Juan Manuel Verdaguer a Roma. Es bien sabido que Escrivá se pasaba tertulias enteras triste y sin decir palabra, apoyando su cabeza en el revestimiento de madera de la columna de la sala de estar. Esto producía un ambiente tenso en el Colegio Romano, porque se repetía una y otra vez, trascurriendo muchos minutos sin que nadie dijese nada, hasta que Álvaro se llevaba al fundador.

Para los narcisistas la grandeza y la depresión son las dos caras de la misma moneda. En el fondo tienen un sentimiento de inferioridad y una personalidad frágil (recuérdese el suceso del castillo de naipes de su adolescencia), que coexisten con el grandioso sentido de autoimportancia. Su ánimo boyante y optimista es compatible con abatimientos repetitivos, con sentimientos de vacío e inutilidad, irritabilidad e irascibilidad. En ocasiones, cuando Escrivá se sentía dolido o despreciado, cuando no le daban lo que pedía, se encerraba a cal y canto en su habitación, sin previo aviso, y no permitía que entrase nadie durante horas, aunque Javier Echevarría llamase insistentemente a la puerta; después le comentaba: Hijo mío, si me quisieras de verdad habrías tumbado la puerta. Pienso que son reacciones de una persona demasiado inmadura, si excluimos las patologías médicas.

Como consecuencia de ese sentimiento de inferioridad y de fragilidad, los narcisistas son propensos a evaluaciones dicotómicas de sí mismos: dudan entre las imágenes completamente buenas o completamente malas de sí mismos. Varios sucesos importantes de su vida pueden entenderse desde esta perspectiva. En el conocido “paso de los Pirineos”, el fundador se autoculpaba por el egoísmo e irresponsabilidad que suponía huir de Madrid en plena guerra civil, abandonando allí a su madre y hermanos en una situación económica penosa. Por eso lloró durante aquella noche. La rosa de Rialp fue un consuelo subjetivo mediante la sublimación de un hallazgo normal. Y otro tanto cabe decir de las dos ocasiones en las reconoció haber dudado de la rectitud de su fundación del Opus Dei, pensando que no era voluntad de Dios sino una pura invención suya, sin intervención divina.

Sobre el grado de obcecación o deformación de la realidad al que puede llegarse en temas “espirituales”, basta pensar en la biografía del maestro Lutero, para quien toda discusión o duda sobre el carácter divino de su “inspiración” en la Torre provenía del Maligno. En todo este tipo de casos el modo de conseguir la tranquilidad interior es también muy extraño. En el caso de Escrivá: Señor, si el Opus Dei no lo has suscitado Tú para servir a la Iglesia, destrúyelo inmediatamente, fue su oración. Pero una petición de este tipo no puede dar seguridad a nadie. La seguridad vendrá si se analizan los hechos con objetividad y se someten al juicio de discernimiento de la autoridad eclesial, sin tapujos ni manipulaciones. Y no parece que ésta haya sido la conducta de Escrivá, como tampoco fue la de Lutero en relación con sus visiones e inspiraciones.

La visita que Escrivá hace a la capilla de la Virgen de la Merced en Barcelona, durante el año 1946, puede sumarse también al capítulo de las dudas e inseguridades sobre la autenticidad de sus planteamientos. En el fondo, en su subjetividad, parece repetitiva la idea de que está engañando a mucha gente porque todo lo relativo a su fundación es falso o, al menos, no es del modo y manera como él cuenta las cosas, o no es “divino” como pretende que se considere.

Como posible causa del narcisismo, en ciertos casos, algunos psicólogos proponen la sobrevaloración del niño por sus padres, quienes habrían tratado al futuro narcisista como “su majestad el bebé”. La madre de Escrivá parece que fue una mujer fría y exigente, tal vez obsesiva al exigir perfeccionismo, y con bastantes ínfulas sociales. La quiebra del negocio de su padre, con la consiguiente repercusión social en el entorno familiar, así como el forzoso traslado a Logroño en penosas condiciones, supuso un duro golpe para la personalidad del niño Josemaría, y tal vez fue una “herida” que permaneció para siempre. Por eso buscaría a toda costa el triunfo y la restitución del honor familiar.

Consta cómo Escrivá intentó manipular a sus hermanos en ese sentido, buscando para Santiago otro título nobiliario —distinto del marquesado de Peralta, que al cabo de unos años le cedió— e intentando que le buscaran un matrimonio de alcurnia. Ninguna de las dos pretensiones se cumplirían. A Carmen intentó casarla también con algún aristócrata, y nunca le permitió hacer la vida por su cuenta, ni siquiera cumplir su deseo de morir en España. Ya tenía su tumba preparada en la cripta de Santa María en Roma, como parte de toda una “historia familiar” —construida para ser relatada en el futuro— sobre la fundación del Opus Dei.

Conclusiones

Ignoro si con el paso del tiempo tendremos datos oficiales sobre la figura real del fundador del Opus Dei, sobre su personalidad y su historia verdadera. En ninguna de sus hagiografías existe un estudio profundo de su personalidad. Hasta el momento estos temas han sido secuestrados por sus dos sucesores, pues fueron ellos quienes colaboraron con Escrivá para crear y mantener un personaje mítico. Ellos han contado la historia que les convenía, no la verdadera, excusándose en presuntos motivos “sobrenaturales” para ocultar esto, silenciar aquello o modificar aquello otro y, en definitiva, para retorcer los hechos. Han protegido a Escrivá incluso de las miradas de los suyos. Pero presumo que Álvaro Portillo y Javier Echevarría se creyeron el autoengaño del narcisista sobre sus experiencias sobrenaturales, aunque luego tuvieran que pechar con las peculiaridades de su personalidad y sus constantes extravagancias.

Sobre el mundo interior de la subjetividad del fundador, pienso que, de los datos mencionados y conocidos, puede aceptarse que no actuó con intención y conciencia de engañar en lo sustancial, sino movido por su personalidad trastornada. No obstante, tengo la impresión de que no faltaron las ocasiones en que tuvo clara conciencia de estar manipulando la verdad para conseguir sus fines. Y, a pesar de todo, pienso que esto puede ser compatible con una sincera búsqueda de Dios, pues nadie es quién para juzgar sobre su conciencia y su real o ficticia santidad.

Ahora bien, lo que no puedo admitir es que el Opus Dei que conocemos sea una “criatura” más o menos inspirada por Dios, pues en ella no se descubren los signos distintivos de las obras de Dios. No me cuesta admitir que tal vez la mayor parte de los excelentes miembros del Opus Dei, que fueron seducidos por el señuelo de lo divino, hayan actuado con rectitud, entregando sinceramente sus vidas en favor de los demás según el carisma de la santificación en las tareas seculares. De ahí es de donde han brotado los buenos frutos, en el universo mundo, porque el “buen Opus Dei” lo han hecho gentes con buena voluntad, y aun a pesar del Escrivá real.

Con el paso del tiempo, al cabo de las décadas, la semilla de falsedad que se encontraba en la raíz de este montaje se ha desarrollado y ha contaminado casi todo, ya que los sucesores de Escrivá —también fautores de la manipulación— continúan resistiéndose a mostrar la verdad desnuda. Por eso han optado por mantener el mito y el fanatismo a toda costa, usando medidas de control asfixiantes, e integrando en el escalafón de su particular “jerarquía” a dóciles ejecutores que saben aparcar su conciencia. Es así como ha llegado a corromperse casi todo y ya no existe tarea pastoral incontaminada, ni reducto de aire sobrenatural limpio, ni reunión familiar “interna” que no sea artificial. Una obra religiosa donde no está el hálito de Dios, sino que es el desarrollo empresarial de una idea humana, deforme y sin verdad, es una organización de sectarios fanáticos. Y lo seguirá siendo mientras no triunfe en ella la verdad.

A mi modo de ver, conviene poner en estado de sospecha esas organizaciones eclesiales que otorgan más importancia al culto a su fundador que a Dios, y que de hecho buscan en los súbditos más unión con el superior y la institución que con Dios y su Iglesia. Es lo típico de las organizaciones sectarias a cuyo frente suelen estar “iluminados” que exigen una adhesión fanática a ellos mismos y nunca respetan la acción libre del Espíritu Santo y la respuesta libre de cada persona a esa acción divina. Este tipo de instituciones no son nada distinto de un “hacer humano” empresarial, en el mejor de los casos. Cabe incluso que consigan una gran expansión, como sucede con casi todas las sectas, pero no puede atribuírseles un carácter eclesial: lo que se pide a cualquier institución católica es que deje obrar a Dios, sin estorbarle ni sustituirle, ya que el Reino no es edificación de hombres.

En casos como el del fundador del Opus Dei, sólo cabe moverse entre dos posiciones extremas: o un rechazo a la totalidad, o una aceptación completa de su enorme figura carismática, cargada de extraordinarios dones divinos. No caben fórmulas intermedias. De ahí que uno siempre deba preguntarse: ¿y si acaso fuese verdad todo lo que dice el fundador y avalan sus íntimos colaboradores?, pues no es infrecuente que a muchos santos o grandes personajes de la historia se les haya tachado de narcisistas por el hecho de ser grandes.

Es verdad que la misma fantasiosidad y propensión a relacionar la fe con la milagrería de lo extraordinario, que cada quién llevamos dentro en mayor o menor medida, nos movería a la aceptación y la credulidad. Pero, si fríamente se analizan la incongruencia internas de la figura espiritual de Escrivá y de sus planteamientos doctrinales, sus nada rectos modos de gobierno, sus artes de ocultar y engañar sistemáticamente a la autoridad eclesial, y la probada falsificación de su historia personal y de su fundación, entonces todo se viene abajo como una ilusión irreal, como una alucinación de la sensibilidad.

Y entonces, ante tantas evidencias, yo decido por el dictamen de mi razón, antes que por la fe en la persona de Escrivá o en la de su colaborador Álvaro del Portillo. Recuérdese que a Escrivá no sólo se le pueden adjudicar un mínimo de cinco items del DSM-IV —lo que psiquiátricamente bastaría para poder atribuirle el diagnóstico del narcisismo— sino, según mi particular opinión, todos los síntomas típicos, que son nada menos que nueve. Por otra parte, me resisto a aceptar el “disparate divino” de que Dios haya elegido para realizar “una obra suya” a quien, por las patologías de su personalidad, lo primero que haría sería distorsionar todo y desplazar a Dios del centro que le corresponde. Luego, aparte los razonamientos, está la vida. No se ve que el Opus Dei camine por las sendas de la verdad, sino del fanatismo y del integrismo. No se advierte ahí una sincera búsqueda y una adhesión firme a la verdad, sino la defensa de la figura e ideas de su carismático fundador, a toda costa, hasta los extremos claramente incongruentes con el sentir de la Iglesia. Y, desde luego, este empecinamiento y cerrazón no es una buena señal.

Conforme iba reflexionando sobre las características de los narcisistas, he ido asombrándome de las coincidencias con los rasgos de Escrivá. Otros, antes que yo, también han intuido que ésa era la línea correcta de interpretar los hechos. Tal vez el fundador por sí solo no hubiera podido hacer casi nada, pues su personalidad tan alterada era una importante dificultad. Pero pudo contar con admiradores de excepción, como Álvaro del Portillo, que moderaron y suplieron sus deficiencias llegando a una simbiosis perfecta. Ahí está una de las claves de su éxito, si se puede calificar así. Otra podría ser el conjunto tan especial de circunstancias históricas, que constituyeron un excelente caldo de cultivo para sus ideas, sobre todo el ambiente sociocultural de la posguerra civil española. Pero estos son otros temas. Hoy me he limitado al análisis de la personalidad de Escrivá a partir de los signos externos que nos constan, aun consciente de la dificultad de la empresa. Y, al final, no he encontrado mejor explicación para entender lo que es y ocurre hoy en el Opus Dei que esa visión del fundador desde su patología más acusada.

Me conformaría con haber aportado alguna luz para los lectores asiduos de esta web, ya que en ella buscan también comprender lo que ha ocurrido con sus vidas. Sin transformar este final en “un sermoncico cristiano que es un gusto el decille o el oille”, según la ironía cervantina, os digo que no deberíais sentiros defraudados, porque nada de lo hecho por Dios y con amor se pierde. Muy al contrario, los muchos o pocos años empleados para colaborar con esa especie de “locura colectiva”, que es el Opus Dei, pueden transformarse en la purificación hacia el crecimiento interior de una vida espiritual, madura y sólida, de auténtico encuentro con Dios.


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