El rejalgar escrivariano

From Opus Dei info

Por E.B.E., 14.01.2008


Para quienes están pasando por un largo o profundo periodo de rejalgar, como decía Jacinto estos días, van dirigidas estas palabras.

Es difícil decir algo acertado para cada situación. Aún así, creo que puede haber algunos puntos en común.


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Horizontes Sombríos

En la película Shadowlands, sobre la vida de C.S. Lewis, hacia el final el protagonista hace la siguiente reflexión:

¿Por qué amar, si perderlo duele tanto?
Ya no tengo respuestas, sólo la vida que he vivido.
Dos veces en esa vida me ofrecieron la alternativa:
siendo un niño y siendo un hombre.
EI niño optó por la seguridad. El hombre elige el sufrimiento.
EI dolor ahora es parte de la felicidad de entonces.
Ese es el trato.

Esto es, en la medida en que se acepta lo bueno de algo, se acepta implícitamente lo malo. No en el sentido moral, sino en el existencial. Sin el uno, no se da el otro. El dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer. Hoy no habría dolor si ayer no hubiera habido felicidad. Este principio vital es de una gran sabiduría.

¿Y entonces qué? En el caso de Lewis su sufrimiento era legítimo, porque su alegría lo había sido. Pero en el caso de la Opus Dei, donde todo fue una gran ficción, el sufrimiento también lo es.

De la misma manera en que uno se entregó del todo, ahora es necesario hacer un doloroso y liberador acto de apostasía hacia la fe en Escrivá y su Obra.

El rejalgar es efectivo, en la medida en que la fe en Escrivá, sus palabras y su Obra permanecen, aunque sea de manera inconsciente. En este sentido, es necesaria una terapia o desprogramación profunda.

Esto no cambia la realidad de los hechos, pero sí su interpretación, que allí es donde reside el más profundo efecto del rejalgar escrivariano.

Es decir, luego de haber salido del Opus Dei pueden haber sucedido hechos desgraciados o dramáticos, que con la debida sabiduría muchos se pueden convertir en oportunidades de crecimiento y descubrimiento de sí mismos. Cada uno podrá imaginar y pensar esos hechos: divorcios, problemas con los hijos, fallecimientos, quiebras financieras, errores claramente personales, etc.

Posiblemente todo lo que tenga que ver con la vida sea lo más doloroso, pues las pérdidas materiales tienen una probabilidad mayor de ser compensadas más adelante.

El efecto más poderoso del rejalgar se produce en la medida en que uno mismo conecte o relacione los hechos desgraciados con las palabras de Escrivá. Sólo cuando uno descubre que una importante porción del resto de la humanidad tiene los mismos problemas, es ahí cuando se llega a entender que una cosa no tiene relación con la otra (Escrivá) y que por lo tanto las insensateces que ha dicho ese hombre no tienen ninguna relación con un presente que es común a tantas otras personas: quienes tiene problemas familiares, económicos, laborales, psicológicos, de salud, etc.

Pero para que esto se haga efectivo, hay que dejar de creer en Escrivá. Y esto posiblemente sea el punto crítico.

Las maldiciones son, entonces, un efecto secundario. El rejalgar es un efecto secundario (negativo) de un beneficio que pasa desapercibido pero es considerado (inconscientemente) digno de tal precio (rejalgar).

Los beneficios secundarios del rejalgar

¿Cuál es entonces el beneficio de seguir creyendo en Escrivá (razón por la cual inevitablemente no se puede dejar de creer en su rejalgar)? Pueden ser variados, pero en general todos responden a evitarse una crisis vital mayor (un mal mayor).

Si uno vive con parientes que son miembros del Opus Dei, o trabaja con miembros del Opus Dei, es muy probable que se haga difícil la convivencia (familiar o laboral) si el Opus Dei o la figura de Escrivá resultan rechazables interiormente. Hay entonces una aceptación pública de la figura de Escrivá, pero sobre todo una aceptación interior, que impide descalificar el poder y alcance de sus palabras. Si uno está rodeado de gente que le reza, le pide, «recibe milagros» y uno lo acepta sin hacerse y hacer públicamente cuestionamientos serios de ningún tipo, es muy probable que cuando se sufra algún tipo de desgracia la figura de Escrivá asome entre las sombras de la conciencia como un ave de mal agüero: «te lo dije y no me escuchaste». De un día para el otro no desaparece el rejalgar, de la misma medida en que no desaparece la fe en Escrivá.

En muchos casos, puede ser evitarse una crisis respecto de la Iglesia, sencillamente porque la Iglesia canonizó a Escrivá. No es una tontería este hecho: en un dolor de conciencia, algo que no se entiende, en lo cual sólo se puede creer o aceptar. De lo contrario, se genera una crisis en relación a la Iglesia.

Después están los errores personales, es decir, hechos o acontecimientos que han sucedido debido a la propia responsabilidad y de nadie más. Reconocer la propia responsabilidad puede ser doloroso, pero también liberador en la medida en que el rejalgar ya no tiene efectos sobre uno.

Luego de una vida de obediencia ciega, recuperar y reconocer la responsabilidad personal es todo un desafío, porque para una gran cantidad de cosas ya no habrá posibilidad de echarle la culpa a Escrivá ni a su Obra.

Todo lo dicho no evita que cada uno encuentre la solución a su medida, de maneras variadísimas.

Escrivá y el Génesis

Las palabras de Escrivá resuenan, ni más ni menos, a la maldición del Génesis. En ambos casos las palabras refieren a la expulsión de sus diversos Paraísos. Irse de la Obra es, entonces, semejante a la situación vivida por Adán y Eva: el rechazo de Dios.

«Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: « Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. (…) A la mujer le dijo: « tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará. Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.» (Gen. 3,14-19)

«Si alguien se descaminara, le quedaría un remordimiento tremendo: sería un desgraciado. Hasta esas cosas que dan a la gente una relativa felicidad, en una persona que abandona su vocación se hacen amargas como la hiel, agrias como el vinagre, repugnantes como el rejalgar» (Escrivá, Meditaciones III, pág. 389).

¿Resulta sorprendente, entonces, que no pocos sientan el peso de la maldición escrivariana sobre sus conciencias? Más aún cuando han creído profundamente en que Dios respaldaba el obrar de Escrivá. Esa creencia no se desvanece de un día para el otro.

Si «hasta esas cosas que dan una relativa felicidad» causarán –según la profecía escrivariana- «amargura y repugnancia», qué se puede esperar de las desgracias más desgraciadas que le puede suceder a cualquiera, pero de manera particular a quien ha abandonado el paraíso cuyo creador es Escrivá? Como en el Génesis: lo que ayer era placentero, a partir de hoy será fuente de infelicidad en recuerdo constante de la infidelidad.

El dolor de hoy es parte de la fe profesada ayer. Pero no porque lo diga Escrivá sino porque responde a ese principio vital del que habla Shadowlands: EI dolor ahora es parte de la felicidad de entonces. Y la fe era sinónimo de felicidad.

Pero en el caso de la Obra hay una diferencia importante: esa felicidad era ficticia, y por lo tanto ese dolor lo ha de ser también, necesariamente.

El dolor de hoy es la otra cara de la fe (en Escrivá) de ayer y que de alguna manera continúa viva hoy. Esa fe es la que da vida al dolor. La diferencia, con el pasado, es que ayer existía la misma fe (en Escrivá) de hoy, pero sin experimentar las maldiciones (pues no se había experimentado la salida).

Sin esa fe, hoy no habría dolor.

La explicación oficial

Los voceros del Opus Dei dirían seguramente que «esas palabras» de su fundador «hay que interpretarlas en su contexto» y que lo que quieren es reflejar la gravedad que supone traicionar a Dios, que no es el caso de la mayoría de los que se van, porque en general no tienen vocación o tienen algún tipo de enfermedad que son causas razonables. Esas palabras se aplicarían entonces a un grupo minoritario, personas que son conscientes de haber transgredido un compromiso hecho frente a Dios.

Esa es la explicación que daría la AOP, por ejemplo. La verdad es otra, o dicho en términos matemáticos, es la misma multiplicada por menos uno (-1): esas palabras reflejan la gravedad de traicionar a Dios, que es el caso de la mayoría de los que abandonan la Obra, porque en general todos tienen vocación y ninguna excusa razonable para marcharse.

«A la vuelta de estos cuarenta y tres años largos, cuando algún hijo mío se ha perdido, ha sido siempre por falta de sinceridad o porque le ha parecido anticuado el decálogo. Y que no me venga con otras razones, porque no son verdad» (Meditación El talento de hablar, abril de 1972, citado en Meditaciones III, pag.232).

Escrivá no tenía medias tintas cuando hablaba de fidelidad a él y a su obra (sinónimos de fidelidad a Dios, en el pensamiento escrivariano). Nunca oí ni leí que el fundador hablara de excepciones razonables para dejar la Obra, sino todo lo contrario.

En la Obra no existe la posibilidad de plantear la propia nulidad, es decir, plantear que nunca se tuvo vocación y por lo tanto es legítimo dejar la Obra sin que esto implique ninguna trasgresión. Para Escrivá, rechazar a su Obra es rechazar a Dios. El fundador afirmaba contundente:

«Tienes vocación y la tendrás siempre. Nunca dudes de esta verdad, porque se recibe una vez y después no se pierde; si acaso, se tira por la ventana» (citado por A. del Portillo, carta 19-III-1992, n. 14)

Los directores pueden –se sienten representantes de Dios- dispensar y declarar nula la vocación, pero los miembros rasos no pueden plantear la nulidad ni pedir la dispensa sin que esto sea tomado –por los directores- como un rechazo hacia Dios, para presionar a las conciencias.

La verdad es que resulta muy difícil entender cómo la Iglesia canonizó a una persona que sentenciaba y maldecía de esa manera. Podrá explicarlo de mil maneras, pero ninguna será satisfactoria para quienes han sufrido psicológicamente las maldiciones del rejalgar escrivariano.



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