El mundo secreto del Opus Dei/La apoteosis del fundador

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LA APOTEOSIS DEL FUNDADOR

En su libro "Cults, New Religions and Religious Creativity" ("Cultos, nuevas religiones y creatividad religiosa"), Geoffrey Nelson comenta:

«Muchos líderes religiosos atraen a muchos seguidores y forman una organización a través de la cual sus experiencias pueden ser trasmitidas a generaciones futuras, pero la experiencia trasmitida deja de tener poder transformador alguno para los individuos que la reciben. La organización crece y llega a dominar las vidas de poblaciones enteras debido al poder que el «mensaje» da a los líderes sacerdotes) sobre las vidas de sus seguidores. El control que tienen estos «sacerdotes» les permite que la masa del pueblo se cuestione la autenticidad del «mensaje», y les permite perseguir a los que observan que los beneficios del contacto con Dios sólo pueden obtenerse a través de la experiencia personal».

Se puede dudar poco sobre el magnetismo personal de Escrivá de Balaguer y su «carisma», por utilizar esta palabra de la que tanto se abusa. Tampoco existe duda alguna de que la gente le seguía y de que él proporcionó una forma de guía espiritual que necesitaban en aquel momento. A algunos de los que han dejado el Opus Dei les gustaría creer que el sendero que han tomado ahora es una traición a su intuición esecial, que él nunca quiso que la organización secreta, algo siniestra, y sumamente reglamentaria y manipuldora en que se ha convertido.

Una nueva colección de aforismos suyos, sacados de notas que Escrivá apuntó a través de los años en cuadernos, fue publicada bajo el título de Forja, parecería probar lo contrario. El Opus se ha convertido exactamente en lo que queríaa su fundador. El aforismo 466 dice:

«Los enemigos de Dios y de su Iglesia, manipulados por el odio incansable del demonio, son implacables en sus actividades y organización.
»Con «ejemplar» constancia preparan a sus cuadros, dirigen escuelas, nombran líderes y organizan agitadores. De forma clandestina —pero muy efectiva— propagan sus ideas y siembran, en hogares y lugares de trabajo, una semilla destructora de cualquier ideología religiosa.
«¿Qué hay que nosotros, cristianos, no estuviéramos dispuestos a hacer para servir a nuestro Dios, desde luego, siempre con la verdad?»

La respuesta clara es utilizar los mismos métodos que «los enemigos de Dios y de su Iglesia —aunque—desde luego siempre con la verdad». Se adapta perfectamente al Opus.

La imagen que de Escrivá se proyectaba iba bien tanto a suvanidad como a la necesidad de sus seguidores de creer que el hombre a quien ellos seguían y la organización a la que se habían unido eran algo fuera de lo corriente. Esto era muy evidente en las visitas de exhibición hechas a varios países, especialmente en los últimos años de su vida. Se reunía a grandes muchedumbres de fieles en estadios o en centros de conferencia. Era saludado en todas partes con extasiados aplausos. Hablaba. Las masas le respondían con entusiasmo y él se encaminaba al triunfo siguiente. Se recogían sus frases más banalesy, como se ha visto con el consejo que le dio a Vázquez (ver pág. 21), se las consideraba como si fueran de gran sabiduría. Bernal las refiere fielmente y tantas otras más "obiter dicta" que uno empieza a preguntarse si el fundador era seguido a todas partes por un discípulo con una grabadora. Muchos de los encuentros se grababan en vídeo para la posteridad, y se colocaban cuidadosamente a los que hacían preguntas en la audiencia para permitir que el fundador diera, en apariencia, consejo espiritual espontáneo.

En la extraordinaria campaña para presentar a Escrivá de Balaguer como a una figura heroica, Vázquez llama la atención sobre los honores académicos que obtuvo. Por su conocimiento tanto de leyes como de teología, afirma, Escrivá de Balaguer se convirtió en miembro de la Pontificia Academia de Teología y en Consultor (es decir, consejero) de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades. Dos años más tarde fue nombrado para la Comisión Pontificia para la Auténtica Interpretación del Derecho Canónico. Posteriormente, también se convirtió en Gran Canciller de las Universidades de Navarra y de Piura en Perú.

Sin embargo, éstos son todos a modo de honores, más que señales de respeto por el profundo conocimiento de Escrivá. Las dos universidades citadas son, por supuesto, instituciones del mismo Opus. Por contraste, el enorme volumen celebrando el cincuentenario de la fundación del Opus, "Monseñor Josémaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei", publicado por la facultad de Teología de la Universidad de Navarra no tiene un solo artículo sobre «Monseñor Escrivá: teólogo» ni nada parecido, aunque se mencionan sus «enseñanzas». El artículo de L. F. Mateo-Seco, «Obras de Monseñor Escrivá de Balaguer y estudios sobre el Opus Dei» contiene treinta páginas dedicadas a las obras y el doble a los estudios sobre el Opus Dei. Las treinta páginas son, no obstante, muy reveladoras. Sus escritos publicados son pocos, y principalmente espirituales. Entre los «escritos» Mateo-Seco incluye entrevistas que concedió y que fueron recogidas y publicadas por sus devotos. «Escritos eruditos y académicos» consisten en "La Abadesa de las Huelgas" (primero publicado en 1944, pero luego reproducido por una editorial del Opus Dei en Madrid una década después y muy revisado por los eruditos del Opus Dei) y conferencias, a menudo con ocasión de recibir doctorados honorarios o bien otorgándolos, en su capacidad de Gran Canciller. «Evidentemente —subraya Mateo-Seco— monseñor Escrivá de Balaguer empleó sus mejores esfuerzos en tareas muy distintas a las de escribir monografías sobre historias, derecho o teología.» Totalmente evidente.

Para compensar la falta de publicaciones, los hagiógrafos del Opus Dei se extienden morosamente en el número de ediciones de las obras de Escrivá en distintos idiomas. Camino, por ejemplo, según el mismo artículo, ha aparecido en treinta y seis ediciones en español y ha sido traducido a no menos de treinta y cinco idiomas, sumando 189 ediciones en total. Uno se ve obligado a preguntarse por qué. ¿Por qué ha aparecido en esperanto, por ejemplo? ¿Quién se ha beneficiado de las traducciones al albanés o al amhárico? (Idioma de Etiopía). El "Santo Rosario" no ha ido tan bien, pero Mateo-Seco se sigue deleitando en decirnos que ha habido hasta ahora 63 ediciones en catorce idiomas distintos, y "Via Crucis", en 19 ediciones en ocho idiomas, etc. No se preocupe por la calidad, como ellos dicen, palpe la cantidad.

Uno de los esfuerzos más extravagantes para presentar a Escrivá de Balaguer como a un hombre de gran sabiduría y discernimiento es la Biblia Navarra, de la cual han aparecido dos volúmenes hasta ahora en versión inglesa, naturalmente, en una editorial del Opus, la Four Courts Press en Blackrock, Co., Dublín. La idea de una traducción y comentario a la Biblia «accesible a un amplio número de lectores», dice el prefacio, fue un «proyecto encomendado [a la Universidad de Navarra] por el celo apostólico del fundador de la universidad y primer canciller, monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer».

El comentario cita a muchas autoridades, pero ninguna de ellas un erudito bíblico contemporáneo de una reputación reconocida por sus iguales en el campo de la exégesis bíblica. En lugar de eso hay amplias citas del «magisterium», la enseñanza oficial de papas y concilios, y de escritores cristianos antiguos de gran reputación, como Agustín, Juan Crisóstomo o Tomás de Aquino. Y de Escrivá. Es citado al lado de estas lumbreras como si fuera su igual. Sin que sea sorprendente, quizá, si se debe dar crédito al sucesor de Escrivá como cabeza del Opus. En la introducción a "Es Cristo que pasa" (45 ediciones en ocho lenguas) comenta que en su exposición de las Escrituras el fundador «ha descubierto nuevas luces, aspectos que habían permanecido escondidos a lo largo de los siglos».

Aunque se espera de los miembros del Opus, al menos de los numerarios, que sean instruidos, no es por su saber por lo que se les conoce principalmente. Es, por supuesto, por la cuestión de la «afiliación sociopolítica» del Opus Dei por la que más debate ha habido. La propia clase de las creencias políticas de Escrivá no es fácil de definir. Evidentemente, se opuso a los republicanos españoles en los años treinta, y abrazó lo que se dio en llamar el nacional-catolicismo español. Cuando huyó de Madrid se dirigió, como se ha visto, vía Francia, a los cuarteles de las fuerzas nacionales de Franco. Su organización se identificaba con la «reconquista» espiritual que siguió a la derrota de los republicanos en 1939. Personalmente, sin embargo, no parece haber sido un seguidor de Franco. Le atraía mucho más la tradición monárquica carlista española que Franco, aunque no la abolió, la postergó durante la mayor parte del período en que gobernó España.

El carlismo, que Franco consiguió integrar en la Falange, el único partido permitido mientras fue jefe de Estado, encontraba su mayor apoyo en la región en la que creció Escrivá de Balaguer. Sus dos pilares eran una Iglesia autoritaria en una monarquía autoritaria. Se oponía a la monarquía constitucional y a la democracia parlamentaria. Nada de lo escrito por los admiradores de Escrivá ni por sus críticos se detiene extensamente sobre sus inclinaciones políticas, dejando aparte su evidente aborrecimiento a la izquierda, algo difícilmente sorprendente a la luz de su experiencia en la España de los años treinta. Pero la tradición carlista se corresponde bastante bien con las claves que nos ha dejado en Camino y en todas partes. La tradición monárquica encaja también con la búsqueda de un título, porque los títulos de nobleza tienen poca importancia en una constitución republicana. Y también coincide con el gusto por la «grandeza» que Escrivá de Balaguer ostentó durante su vida, a pesar de sus protestas de humildad.

Quizá fuese una reacción contra la repentina pobreza en la que se vio sumergida su familia, pero todo lo que rodeaba a Escrivá de Balaguer, tenía que ser de alta calidad. Esto era cierto, no sólo para Escrivá personalmente, sino para todos los miembros numerarios. Su pobreza no tenía que ser igual a la de los miembros de las congregaciones religiosas. Escrivá se tomaba un interés muy personal en la elección del mobiliario y de los accesorios. Para él, sólo lo mejor era suficiente. Su capilla privada en la sede del Opus de Roma en Viale Bruno Buozzi estaba ricamente decorada, incluso con opulencia. La mostraba con orgullo a los visitantes importantes.

Estaba constante y quisquillosamente preocupado con detalles de decoración. Giuseppe Corigliano, un portavoz del Opus en Roma, le contó a John Thavis del «National Catholic News Service» que recordaba una vez que un pequeño cañón decorativo estaba «mal colocado» en un centro del Opus Dei. «Muchos miembros habían pasado por delante y, o no se dieron cuenta, o no lo arreglaron —dijo Corigliano—. El fundador llamó a los miembros y les dijo que ignorar un detalle como aquél significaba que no vivían el amor de Dios. Algunos lloraron, de tan conmovidos.»

María del Carmen Tapia comentó que todo aquello con lo que Escrivá de Balanguer comía, o de lo que comía, tenía que ser de gran calidad. Los platos eran de la mejor porcelana, los cubiertos de plata. Según un arzobispo al que llevaron allí a comer en 1965 durante la última sesión del Concilio Vaticano, la vajilla era chapada en oro. El arzobispo (aunque entonces era sólo obispo y recién consagrado) es un hombre de una considerable conciencia social. Le fue imposible conciliar los platos de oro con la vida cristiana que él esperaba en un hombre de tal distinción en la Iglesia. También le fue imposible comer aquellos alimentos exquisitamente preparados y perfectamente servidos.

A menudo, lo que llama la atención no es tanto el buen gusto de Escrivá como su vulgaridad. Durante una visita a la ciudad brasileña de Sao Paulo (llama la atención que ni en Bernal ni en Vázquez, cuando hay alguna descripción de los viajes de Escrivá al Tercer Mundo, que no se mencione la situación deprimida de tantos millones de católicos que intentan sobrevivir en condiciones muy duras), en mayo de 1974, Escrivá de Balaguer se dirigió a la habitual multitud, reunida en aquella ocasión en el Palacio de Convenciones, Anhemi Park. Les dijo a las mujeres allí reunidas:

«Cuando viene el marido del trabajo, de su labor, de su tarea profesional, que no te encuentre a ti rabiando. Arréglate, ponte guapa y, cuando pasen los años, arregla un poquito más la fachada, como se hace con las (viejas) casas. ¡Él te lo agradece tanto!»

Ni tampoco está siempre presente su famoso buen gusto en su libro más conocido, Camino. La máxima 367, por ejemplo, dice:

«El manjar más delicado y selecto, si lo come un cerdo (que así se llama, sin perdón) se convierte, a lo más, ¡en carne de cerdo! Seamos ángeles para dignificar las ideas, al asimilarlas. Cuando menos, seamos hombres: para convertir los alimentos, siquiera, en músculos nobles y bellos, o quizás en cerebro potente..., capaz de entender y adorar a Dios. Pero..., ¡ no seamos bestias, como tantos y tantos!»

Éste, diría yo, difícilmente es el lenguaje o la sensibilidad de un maestro de la vida espiritual. Así es, sin embargo, cómo los miembros del Opus desean retratarle.

El proceso de hacer de Escrivá de Balaguer un santo había comenzado mucho antes de su muerte: era algo ante lo que él hacía la vista gorda. Los defectos que tenía no eran nada fuera de lo corriente, pero eran difícilmente compatibles con el grado de santidad necesarios para la canonización. Por ejemplo, era claramente presumido. Era vanidoso en su apariencia, siempre vistiendo con mucho esmero. Era vanidoso de sus antecedentes familiares. Su madre era una sencilla mujer de clase media de Barbastro. Los retratos que él mandó hacer la presentaban espléndidamente vestida y, según quienes la conocieron, estaban totalmente en desacuerdo con su carácter. Èl mismo, llevó durante un tiempo un solideo, según Bernal, para compensar su joven apariencia y para darse un aspecto más adecuado, a sus propios ojos, a su dignidad como fundador de una organización muy importante dentro de la Iglesia.

Había algo más que un toque de vanidad en la forma en que se mantenía distante. Aunque en sus primeros tiempos en Madrid eligió a los jesuitas como directores espirituales, más tarde se volvría contra ellos. Cuando Pedro Arrupe fue elegido General de la Compañía de Jesús escribió a los directores de todas las órdenes y congregaciones religiosas de Roma diciéndoles que le gustaría hacerles una visita fraterna. La respuesta cortés de todos menos uno fue la misma: eran ellos quienes deberían visitarle. El único jefe de una organización religiosa que no respondió fue Escrivá, como cabeza del Opus Dei. Se afirma que Arrupe le telefoneó cinco veces. Se le dijo que Escrivá de Bañaguer no estaba en casa. Según una versión de la historia, cuando finalmente se encontraron los dos para almorzar, la conversación fue casi inexistente, aunque no por falta de que el padre Arrupe lo intentase.

En Bogotá un jesuita español explicó una historia similar. Aunque él se había unido a la Compañía, el resto de sus hermanos estaban más estrechamente relacionados con el Opus Dei que con los jesuitas. Una hermana y el cuñado visitaron Roma. Debido a su gran vinculación con el Opus en Colombia solicitaron, y se les concedió rápidamente, una entrevista con Escrivá de Balaguer. Les recibió con considerable cordialidad. El hermano jesuita concertó un encuentro de su hermana y su marido con el padre Errupe para el día siguiente. Mientras esperaban hablar con Arrupe, el jesuita residente en Bogotá se puso a conversar con el secretario de Arrupe, un sacerdote jesuita. Se comentó que el día anterior los tres habían tenido un encuentro con Escrivá. El secretario expresó su sorpresa. El padre Arrupe, les dijo, había esperado tres años para que se le concediera tal entrevista.

La inaccesibilidad del fundador era parte del juego, parte del mito que cuidadosa y conscientemente se empezaba a construir a su alrededor. Era un hombre importante y ocupado.

No se espera de un maestro de la vida espiritual que prepare su propia canonización. En Barbastro el Opus ha adquirido la casa en la que Escrivá nació, junto con una propiedad colindante, como una especie de santuario. Se hicieron cargo del santuario de la Virgen María de Torreciudad, donde Escrivá de Balaguer fue «curado» en 1904. Se reunió el dinero por medio de una serie de llamadas fomentadas por Escrivá para que el santuario fuese agrandado. Ahora tiene una explanada capaz de dar cabida a 40.000 peregrinos, una torre con trece campanas, todas con nombres de advocaciones de la Virgen María (una de las más grandes se llama Dolores, una de las más pequeñas Carmen). Hay una cripta con cuarenta confesionarios y otros varios adornos totalmente fuera de lugar en el sencillo santuario que había sido antiguamente, cuando Escrivá fue llevado allí por su madre. La dirección espiritual del lugar estaba, y está, en manos del Opus. Está siendo promocionado por ellos como uno de los santuarios de una «ruta mariana» que incluye el gran santuario de Lourdes y el antiguo santuario nacional de España, el Pilar. Se promocionan viajes al mismo desde una oficina en Lourdes.

En Torreciudad, el típico modo del Opus, los sacerdotes ofrecen confesiones. De esta «pesca» de clientela informó un distinguido sacerdote católico inglés, que vestía informalmente en aquella ocasión y que no era reconocible como sacerdote. Mientras visitaba Torreciudad desde Lourdes se le acercó un sacerdote del Opus en la cripta del santuario y le preguntó si quería confesarse.

Pero no son sólo el lugar de nacimiento de Escrivá ni el santuario en el que fue «sanado» los que reciben esta clase de tratamiento. Objetos que le pertenecieron han sido recogidos y se exhiben. Incluso la pila bautismal en la que fue bautizado Escrivá de Balaguer ha sido sacada de la catedral de Barbastro y reconstruida en Roma. Habla sido destruida en el transcurso de la guerra civil española; lo que Escrivá recibió del ayuntamiento de Barbastro fueron los fragmentos de la pila, que él trasladó a Roma e hizo reconstruir allí. Los restos mortales de sus padres fueron trasladados por orden suya desde un cementerio de Madrid a la cripta que hay bajo la residencia del Opus en Diego de León, en Madrid. Dio órdenes de que también a él se le enterrase en una cripta, la del oratorio dedicado a la Virgen María en la residencia principal de Roma. Él escogió la inseripción para su lápida:

PECCATOR
ORATE PRO EO
GENUIT FILIOS El FILIAS

(Un pecador. Rogad por él. Tuvo hijos e hijas.) En esto, sin embargo, no consiguió hacer lo que quería. La losa de mármol que cubre sus restos mortales dice simplemente «El Padre.» Siempre hay flores frescas sobre su tumba. Sus devotos se congregan allí. Se les encuentra rezando de día y de noche: es el único lugar donde a los hombres y a las mujeres del Opus Dei les está permitido reunirse.

«Tenedme allí por un tiempo, y luego enviadme a una iglesia pública, porque no quiero molestaros», le oyó decir María del Carmen Tapia. Trasladar una tumba a una iglesia pública es una clara evidencia de un "cultus" o devoción.

A pesar de todo esto, Escrivá afirmaba repetidamente ser un hombre humilde. Le encantaba llamarse a sí mismo «burrito sarnoso» (firmaba como «b.s.» — burrito sarnoso en las cartas a su confesor en sus primeros años en Madrid). Tanto, en realidad, que coleccionaba modelos de burros; la sede del Opus en Roma estaba llena de ellos. Cuando un admirador le pedía un retrato, Escrivá le daba una figura de un burro, toscamente moldeado en metal. «Ahí tienes —decía— un retrato mío. Eso soy yo, un borriquillo. Ojalá sea siempre borriquillo de Dios, instrumento suyo de carga y de paz.» Sin embargo, estropeó esta exhibición de humildad dejando que se supiera que, mientras oraba, dijo una vez: «Aquí tienes a tu burrito sarnoso» y que había recibido la respuesta desde lo alto: «Un borrico fue mi trono en Jerusalén.»

Las visiones son frecuentes entre los santos. Sin embargo, aparte de la historia de la fundación del Opus contada anteriormente, estas palabras son el único ejemplo mencionado por los hagiógrafos, a pesar de toda su devoción, de una intervención sobrenatural directa en la vida de Escrivá. Por otra parte, rumores de que tenía visiones, especialmente de la Virgen María, eran y son corrientes dentro del Opus.

Era, finalmente, alguien que tenía un sentido particular de su propia dignidad. «En mi vida —se cita en Crónica que dijo—, ya he conocido a varios papas, muchos cardenales y a multitud de obispos. Pero por otra parte, fundadores del Opus Dei, ¡sólo hay uno!»

Tal, pues, es el hombre cuya santidad de vida y ortodoxia de doctrinas están ahora siendo formalmente juzgadas en el Vaticano. La Congregación romana para las Causas de los Santos que controla estas cosas dio permiso para iniciar el proceso que llevaría a la beatificación y a la subsiguiente canonización de monseñor Escrivá de Balaguer el 30 de junio de 1981. Los portavoces del Opus Dei informan que está yendo de prisa: la primera etapa concluyó formalmente en noviembre de 1986. El Opus cree que tiene testimonios suficientes para los dos milagros que se requieren para completar un proceso de canonización. Una monja carmelita española y una chica peruana afirman haber sido curadas de cáncer por la intercesión celestial de Escrivá. «¡Está en el saco!», dice el Opus (Nicholas Perry, «Unliberation Theology», New Statesman, 1 de marzo de 1985).

La canonización de monseñor Escrivá de Balaguer es muy importante para la organización que él fundó. Aunque la concesión de la prelatura personal fue una clara señal del favor papal, el reconocimiento de Su Santidad sería el sello de aprobación final de la Iglesia tanto de la enseñanza del Opus como de la de su fundador como guía segura para las almas. Aunque el Opus anualmente señala el día de la muerte de Escrivá con misas públicas bien divulgadas, la veneración por él ha llegado escasamente más allá de las filas de los fieles del Opus. «Si el Papa declara santo a Escrivá de Balaguer —dijo el arzobispo mencionado anteriormente (pág. 207)— lo aceptaré como una decisión de la Iglesia, pero nunca lo podré entender.»

Dado el poder y la riqueza del Opus Dei, la canonización de su fundador parece inevitable. John Roche y otros ex miembros han estado encabezando una campaña para arruinar el proceso, pero han tenido poca suerte: Escrivá tiene amigos en la corte. Estas negociaciones, no obstante, llevan tiempo; no importa que el Opus a través de su influencia pueda conseguir hacer avanzar rápidamente el proceso. Quizás el arzobispo no tenga que hacerse a la idea de San Josemaría Escrivá de Balaguer durante su vida.

En la Iglesia católica en general, sin embargo, pienso que se ha alcanzado ya el cenit de las fortunas del Opus, y puede que hasta haya pasado. Aunque en número es el más numeroso de los grupos conservadores dentro de la Iglesia, ya no es el más influyente. Esa posición la ha adquirido la fundación italiana «Communione e Liberazione», cuya Constitución es mucho más declaradamente activista.

Y pudiera ser que las simpatías de un Papa supuestamente conservador se estén volviendo contra la organización a la que dio éste, todavía único, estatuto de prelatura personal. En su carta sobre «Las preocupaciones sociales de la Iglesia» publicada en febrero de 1988, el Papa Juan Pablo II se mostró mucho más favorablemente dispuesto que hasta ahora hacia los defensores de la teología de la liberación, la doctrina a la que el Opus se ha opuesto tan constantemente en nombre de la ortodoxia.

Es, lo creo firmemente, un principio básico del cristianismo que la fe en Jesucristo debe ser una fuerza liberadora en la vida de las gentes, que debería liberarlas para que lleguen a ser más ellos mismos, para encargarse de sus propios destinos. El Opus con sus reglas y normas, su censura, su control de la minucia de la vida día a día de sus miembros, sus estructuras relacionadas con las clases, su asociación con las elites de la riqueza y del poder, como he intentado describir en este libro, no podría alegar ser una fuerza para la liberación. Y como no supera esta prueba, como secta, no es simplemente, menos que católica.

Es menos que cristiana.


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