El integrismo del Opus Dei

From Opus Dei info

Autor: Ávila

Exigen una Iglesia dentro de la Iglesia,
convirtiendo en dogma sus puntos de vista particulares.
Newman

El Opus Dei nace al mundo como resultado de una visión, precedida de barruntos, experimentada por san Josemaría en 1928. Este hecho insólito en la historia de la Iglesia da a los seguidores la certeza de encontrarse ante un sacerdote genial, dotado de una vida mística extraordinaria. De ahí se deduce con facilidad que todos los escritos del santo hayan sido plasmados al pie de la letra según el dictado del mismo Dios...

Todo sería novedoso: la búsqueda de la santidad en medio del mundo, la teología, la atención específica al mundo seglar, etc. En la creación de esta nueva forma de vivir el cristianismo no habrían influido ni las leyes de la historia, ni la educación familiar, ni la formación académica, ni los avatares del tiempo. El Opus Dei fue revelado por Dios directamente a su fundador para toda la eternidad, sin mediaciones de ningún tipo. Sería algo ahistórico, caído del cielo, para beneficio de los seres privilegiados llamados por vocación a seguir el camino trazado por san Josemaría (puede ser de utilidad leer antes los análisis de E.B.E. y Flavia).

Las páginas que siguen intentan mostrar la falacia de estas suposiciones. Escrivá es heredero de una forma de vivir el cristianismo conocido como Integrismo. Asume sus postulados principales, los lleva hasta el extremo para después maquillarlos, dando la sensación de ser creación moderna y original.


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¿Qué es el Integrismo?

Para responder a esta pregunta debemos recurrir a los escasos estudios dedicados al tema. En términos generales se trata de una determinada manera de entender la vida en su totalidad, trasmitida a través de las religiones, de las ideologías o de los partidos políticos. No es, por tanto, una actitud vital restringida a las diferentes religiones, aunque hayan sido éstas los vehículos principales para su divulgación. En un sentido más limitado, el que nos interesa para nuestro propósito, entendemos por Integrismo católico una forma determinada de entender la religión católica en contraposición a los valores de la Modernidad. Si la Edad Media y el Antiguo Régimen se caracterizaban por los valores de la objetividad y la tradición, la cultura moderna se caracteriza por la llegada del sujeto y la creatividad de la razón. Como consecuencia de la Ilustración y la Revolución francesa surge en Europa una nueva manera de entender el poder político y la organización social. Entre otras muchas cosas, se proclama la soberanía del pueblo, formado por ciudadanos libres, y su autonomía respecto al poder de la Iglesia. Una parte de los católicos europeos aceptaron el envite e intentaron tender puentes con la cultura emergente, aceptando la democracia, la caída del Antiguo Régimen y la unión del trono y el altar, el declive de las monarquías y el respeto a los valores individuales. Se les conocía como "católicos liberales". Tuvieron bastante peso en muchos países europeos, salvo en España, donde su influencia fue escasa. Por otra parte, un segundo grupo de católicos, vieron en la sociedad emergente un peligro para la Iglesia, se enfrentaron abiertamente a ella en nombre de la fe, la "integridad" del dogma y las costumbres. En este segmento del catolicismo del siglo XIX nace el Integrismo católico moderno, continúa en el siglo XX y extiende sus redes hasta nuestros días en el Opus Dei y otras organizaciones católicas afines.

El reconocido teólogo Ives Congar, en su libro "Falsas y verdaderas reformas en la Iglesia", Madrid 1953, nos da abundantes pistas: "Los integristas del siglo XIX querían sustentar y defender la doctrina de la Iglesia sin añadidos ni amputaciones; además, se organizaron en sociedades secretas y utilizaron la delación como arma de ataque contra quienes consideraban sus enemigos dentro y fuera de la Iglesia. En principio no es una posición doctrinal, sino "cierto modo de sentir y de afirmar el catolicismo; es primariamente una mentalidad o una actitud, que determinan cierto modo de sustentar las posiciones católicas" (p.446). Adoptan actitudes totales: un modo de ser y de educación, un temperamento que afecta a toda la vida intelectual, moral y política. Intelectualmente vivirán en el pasado y políticamente en la "derecha". Luego el modo de percibir la vida, la religión y el mundo moderno separan a los integristas de quienes no lo son. Los católicos conservadores desconfían del mundo moderno, temen que el enemigo se cuele en la Iglesia y que se pacte con el error; tienden a ver herejías por todas partes. Son amantes del orden, sobre todo si viene impuesto desde arriba por medio del dogma o de la tradición, en cualquier caso de la autoridad competente, y sienten animadversión hacia todo lo que tenga origen humano. Desconfían del siglo y aman la autoridad (p.453).

El mismo razonamiento encontramos en la monografía de Juan María Laboa, "El integrismo, un talante limitado y excluyente", Madrid 1985 (nuestra reflexión seguirá a menudo sus opiniones). Para él, se trata de "un talante y una actitud" mayoritaria entre los católicos españoles, que ha sido determinante en nuestra historia reciente: "Una disposición de espíritu que lleva a preferir todo lo que viene de lo alto por vía de autoridad, y a desconfiar del hombre, de los procesos subjetivos en la construcción de la verdad y en el acto de fe, y que minusvalora todo dato de experiencia" (p.15). Distingue tres etapas: la primera, más política, caracteriza los primeros tiempos; la segunda nace en 1919 como reacción a la Democracia Cristiana; y la tercera, específicamente doctrinal y religiosa, presente sobre todo después del Vaticano II.

Las opiniones contrarias al integrismo recogidas por Laboa, sobre todo extranjeras, también nos aportan luces para comprender el fenómeno. Según el cardenal Suhard, rechazan a priori la evolución, la ley de la historia, desprecian el mundo, reino del pecado y del error al que hay que combatir oponiendo bloque contra bloque. Para García San Miguel los integristas desconocen la suprema dignidad humana, "al pretender dirigir al hombre hacia el bien, desconocen un hecho elemental: que el hombre sólo puede alcanzar el bien cuando lo elige por sí mismo. Un bien forzado impuesto al hombre, es un bien mecanizado, degradado, no es un auténtico bien. Además habría que añadir que, en la práctica, los intentos de rígida dirección de la vida humana terminan frustrándose en la esterilidad, al renunciar a esa importantísima fuerza de reacción y progreso que es la libertad."

También Maritain lanza una dura acusación contra ellos: en nombre de la verdad y la seguridad abusan de la confianza, se apoderan de fórmulas verdaderas que vacían de contenido, "en esas fórmulas verdaderas no es la verdad lo que realmente importa. En las fórmulas que congela, el integrismo ve y quiere unos medios humanos de seguridad (…), como instrumentos de prohibición, de amenaza más o menos oculta y de intimidación (…), sistemas de protección requeridos por esa primacía de seguridad, el principal de los cuales consiste en un vigilante ardor por denunciar todo aquello que pudiese turbarla" (p.16-17). Tienden a ver heterodoxos y herejes por todas partes, incluso los fabrican sin venir a cuento, coartan la libertad de los demás, limitan su campo de pensamiento y acción en nombre de la prudencia y, lo más grave, en palabras de Newman, "exigen una Iglesia dentro de la Iglesia (…) convirtiendo en dogma sus puntos de vista particulares. Yo no me defiendo contra sus opiniones sino contra lo que debo llamar su espíritu cismático". D. Maximiliano Arboleya Martínez, (del que nos ocuparemos enseguida), uno de los pocos enemigos acérrimos del integrismo en la primera mitad del siglo XX español, publicó un folleto en contra de los ultramontanos. Le escribía Palacio Valdés al respecto: "He leído con placer y a la vez con indignación su folleto. Yo no puedo comprender que alienten en España todavía esos fósiles. Al parecer se requiere que el católico signifique no sólo monárquico y conservador sino absolutista. Estoy en que cada uno de esos enmohecidos clérigos hace más daño a nuestra religión que cien ateos y doscientas beatas." Como veremos, fueron innumerables los casos de personas injuriadas, delatadas y perseguidas por los integristas.

Entre la maraña de escritos integristas del siglo XIX español, destacan dos figuras: la primera, desde la reflexión política con amplias repercusiones en la religión, Donoso Cortés; y, el segundo, desde la religión, con graves consecuencias políticas, el sacerdote Félix Sardá y Salvany. Ambos publicaron obras de indudable éxito, traducidas a otras lenguas, cuya influencia se prolongó en el siglo XX. En concreto, Félix Sarda y Salvany publicó en 1884 un pequeño libro titulado "El liberalismo es pecado". Lo seguiremos de cerca, porque de él bebió el integrismo católico español del siglo XX y en él hunde sus raíces el opus dei.


En el origen de la “santa intransigencia”

“La suma intransigencia católica
es la suma católica caridad”.
Félix Sardá y Salvany

En el libro de Félix Sarda y Salvany, cuya cita encabeza estas líneas, el capítulo XXI explica la “sana intransigencia”, expresión que se emplea todas las veces menos una, en que aparece la “santa intransigencia”. Frente a quienes acusaban a los integristas de falta de caridad cristiana, el autor comienza su argumentación explicando el sentido de la caridad...

Si amar es querer bien a quien se ama, el bien supremo de todos es el sobrenatural, y después vienen todos los bienes de orden natural. De ahí deduce “que se puede amar y querer bien al prójimo disgustándole y contrariándole, y perjudicándole materialmente, y aún privándole de la vida en alguna ocasión”. Todo estriba en determinar si se hace en servicio propio, en el del prójimo, o en el de Dios. Así, por ejemplo, salir en defensa de un pasajero agredido por un ladrón y matar al agresor es un acto de verdadera caridad. Con mayor razón podemos, si es necesario, disgustar, herir o matar al prójimo si se hace en el amor y servicio a Dios. Por ejemplo, en la guerra justa los hombres se hieren o matan en servicio a la patria; por el servicio a Dios, también se puede llegar a hacer lo mismo. Del igual modo que se puede ejecutar a un hombre por la infracción del Código humano, se puede llegar a ajusticiar a alguien por la infracción del Código divino. Lo dicho justifica las actuaciones de la Inquisición: si son actos “necesarios” hay en ellos virtud y caridad cristiana.

En consecuencia: “La suma intransigencia católica es la suma católica caridad”.

Se puede y debe castigar al prójimo “por su propio bien”. Por librarlo del “contagio de un error” se le puede desenmascarar, llamarlo malo y malvado, hacerlo aborrecible y despreciable para los demás, execrarlo y, si es posible, reprimirlo y castigarlo. Si está en peligro la gloria y el servicio de Dios, el cristiano queda autorizado por la sana intransigencia a “saltar todas las vallas, lastimar todos los respetos, herir todos los intereses, exponer la propia vida y la de los que sea preciso para tan alto fin”.

Todo esto es pura intransigencia en el verdadero amor. “Y porque hay pocos intransigentes, hay en el día pocos caritativos de veras. La caridad liberal que hoy está de moda es en la forma de halago y la condescendencia y el cariño; pero es en el fondo el desprecio esencial de los verdaderos bienes del hombre y de los supremos intereses de la verdad y de Dios” (cito con la quinta edición, editada en Barcelona en 1887).

En otra de su obras, “El Apostolado seglar, o manual del propagandista católico en nuestros días”, (Barcelona 1885), Félix Sardá vuelve sobre el asunto en los capítulos XI y XII, el primero de ellos titulado “De una de las principales aplicaciones de ese espíritu de fe, que debe ser una sana y bien comprendida intransigencia”. En efecto, para él la intransigencia es la aplicación práctica y concreta de la fe y el odio a la herejía. No transigir es querer la verdad entera sin ceder ningún derecho al error, profesar la verdad sin mutilaciones. Un mártir es siempre un testarudo intransigente: Guzmán el Bueno, por ejemplo, dejó matar a su hijo antes que entregar la ciudad al moro. Ser intransigente es admitir de lleno toda la verdad sin renunciar a ninguna de sus partes, padecer por ella si fuera preciso y herir o mortificar con ella si es necesario. La caridad del verdadero santo es terrible, arde y devora, es una caridad que detesta el mal y quiere la curación del error. Nada de caridades melosas, nada de blanduras y suavidades de carácter, nada de querer dar gusto al prójimo como pretenden los liberales, nada de hacer simpático el trato social, nada de cubrir de miel y almíbar las obras divinas y humanas. Ellos desean que todo sea “blando, tierno, mantecoso, sentimental y arrullador (…) Después del pecado original, el estado natural del hombre sobre la tierra es el estado de guerra. Guerra ha de llevar el cristiano consigo mismo para ser bueno” (p.100).

El verdadero amor de padre, en la mayoría de las ocasiones es dureza y severidad y muchas veces aflige y hace derramar lágrimas a sus hijos; disgustar al prójimo y hacerle sufrir son formas de amor aceptables. Puedo y debo desmentir las máximas de un enemigo liberal aunque él rabie por ello, descubrir su trampas aunque le avergüence, hacer públicas sus hipocresías aunque pierda su reputación, delatarlo, desautorizar sus escritos, ponerlo en ridículo con mis sátiras, hacerlo aborrecible, anularlo y hundirlo. Y debo hacerlo aunque el infeliz ponga el grito en el cielo o en el infierno, “aunque sufra, aunque se queje de mi falta de caridad, aunque queden menoscabos sus intereses, aunque por mi tenaz contradicción llegase a enfermar, aunque de puro irritado perdiese la vida. Sí, señor; y en todo esto que yo ocasionase, no por odio al hombre, sino en justa defensa de la verdad por él atacada, y de mis hermanos por él seducidos, no habría falta alguna contra la caridad, sino acto de excelentísima caridad” (p.102-103).

Por caridad puedo revelar flaquezas, sacar a la luz sus fechorías, manchar, derribar y lastimar su honra. En la guerra la única honra consiste en hacer todo el daño posible al enemigo para destruirle o al menos inutilizarle. Ha llegado la hora del palo y el vapuleo al enemigo: “al que contra vuestra santa fe se mantenga hostil y embravecido, guerra sin descanso, guerra sin cuartel” (p.108).

La gravedad de estas opiniones de Sardá y Salvany se acentúan considerablemente cuando comprobamos que su obra sobre el Liberalismo viene avalada con la firma explícita de ocho obispos españoles y ha sido previamente autorizada por la Sagrada Romana Congregación del Índice. Es mucho más que la opinión de un sacerdote, representa el sentir de una parte de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XIX.

Situemos ahora brevemente el concepto de intransigencia en el contexto de ambos libros.

Estamos en guerra, una cruzada, nos dice Sardá y Salvany “al oído”. Tú eres un soldado del ejército que es la Iglesia, con su capitán Cristo a la cabeza. La Iglesia está siendo atacada por la Revolución y no puedes quedar indiferente, o estás en el bando de los Liberales o eres anti-liberal (por Liberal entiende todas las ideologías nacidas al calor de la Revolución francesa). No hay términos medios, en un bando tienes a Satanás, encarnado en la masonería, en el otro a Dios; en uno la mentira, en otro la Verdad; ellos proponen la subjetividad, nosotros la objetividad, ellos la anarquía, nosotros la autoridad. Ellos son afeminados, nosotros varoniles (los escritos de Sardá y Salvany rezuman testosterona). Los principios liberales que vas a combatir son los siguientes:

“La absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que no nazca de ella misma; soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad, expresada por el sufragio primero y por la mayoría parlamentaria después; libertad de pensamiento sin limitación alguna en política, en moral o en Religión; libertad de imprenta, asimismo absoluta o insuficientemente limitada; libertad de asociación con iguales anchuras. Estos son los llamados principios liberales en su más crudo radicalismo” (El Liberalismo es pecado, cap. II, p.14).

Las consecuencias para la sociedad serán nefastas, piensa Sardá y Salvany: la corrupción de las costumbres decretada por la masonería han llenado nuestras calles de oscuridad y lascivia. El periodismo está en manos de los liberales y las ideas llegan a las gentes pervertidas en su esencia. Además, quieren suprimir la escuela católica cortando de raíz la educación religiosa en la infancia (El Liberalismo…, cap. XXXII, pp.128-133).

Por tanto, si no combates, soldado de Cristo, dice dirigiéndose a los jóvenes seglares, caerás en pecado mortal. Si te haces liberal o asumes alguno de sus principios, cometerás un pecado más grave que la blasfemia, el robo, el adulterio y el homicidio (El Liberalismo…, p.19). Ten siempre en cuenta que el Liberalismo se ha extendido como una plaga por la sociedad, incluida la Iglesia. Muchos sacerdotes y obispos están contaminados por el mal y también debes atacarlos.

Ahora bien, el integrismo no rechaza todos los resultados de la Revolución. Acoge con fervor las consecuencias económicas de la revolución burguesa. Serán los principales promotores del capitalismo y la acumulación de capital, aunque sea a costa de las masas obreras empobrecidas. Merece la pena escuchar años después a D. Maximiliano Arboleya Martínez, también sacerdote:

“Los primeros [los integristas] sostenían que la Revolución era esencialmente satánica, y, por consiguiente, satánico todo cuanto trajera consigo, no quedando a la sociedad y a la Iglesia otra salvación posible más que volver las cosas al ser y estado en que se hallaban antes de que se iniciaran en las diversas naciones los diversos movimientos que dieron al traste con el antiguo régimen.

Esto en el orden político, pues en el social ocurrió precisamente lo contrario: que los tales tradicionalistas o integristas eran los más denodados defensores de las conquistas liberales, hijas de la Revolución, referentes al concepto de propiedad y a las relaciones entre patronos y obreros, de donde brotaron, como del manantial las aguas, el yugo cuasi servil y la inmerecida miseria a que se vieron sujetas las muchedumbres proletarias, y que León XIII denunció con palabras de fuego andando los años”. (M. Arboleya Martínez, Otra masonería. El Integrismo contra la Compañía de Jesús y contra el Papa, Madrid 1930, p.17).

Concluimos resumiendo las coordenadas del Integrismo católico: Una visión maniquea del mundo sin posibilidad de diálogo con la otra parte. Visión pesimista del hombre, inclinado al mal por naturaleza. Una enseñanza presidida y alimentada por la religión católica. La Verdad sólo se encuentra en el catolicismo. Conciencia de persecución ante la nueva situación histórica. Y, por último, defensa de la Iglesia y de su presencia en las escuelas (Laboa, El Integrismo…, pp.34-35).

El viaje iniciático a la Verdad y la santa intransigencia

“¿Que no transijo?
¡Claro!: porque estoy persuadido de la verdad de mi ideal”.
(Camino, 395)

Los sufridos habitantes de la antigua Unión Soviética decían con sarcasmo: “El país donde el futuro se conoce, pero el pasado cambia constantemente”. Aplíquese sin más al Opus Dei: el mañana está escrito hasta los últimos detalles, el pasado se reconstruye cada día. La cita anterior tiene mucho que ver con nuestra tarea por la imposibilidad de analizar con un mínimo de garantías el pensamiento escrito de Escrivá de Balaguer. La institución dispone de un bello edificio en España dedicado a la investigación histórica de san Josemaría, el "Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer" (CEDEJ), sección en España del Instituto Histórico Josemaría Escrivá, con sede en Roma. Deben tener mucho trabajo en rehacer la historia y no disponen de tiempo para publicar la documentación original de la institución. Siguen sin hacerse públicos la documentación histórica de primera hora, ni la correspondencia del santo, ni los múltiples escritos secretos, ni ningún autógrafo. Tienen sumido al orbe cristiano en la ignorancia, ayunos de verdadera doctrina católica, mientras se dedican con entusiasmo a manipular incluso el texto de Camino (demostrado con fotografías por Compaq y Brian en un escrito imprescindible: La doble doctrina del Opus Dei: capítulo 6). Si son capaces de cambiar el texto de Camino, ¿qué no serán capaces de hacer con los documentos internos?...

Hecha esta advertencia preliminar, intentaré comparar la doctrina sobre la intransigencia de Sardá y Salvany con la de Escrivá.

En Sardá y Salvany hemos descubierto al integrista en estado puro, el hombre intransigente y transparente, dispuesto a enfrentarse al mal del siglo, el Liberalismo, descubriendo todas sus cartas. Años después, Escrivá ha aprendido de las sociedades secretas el arte del ocultamiento, la función del disfraz y el maquillaje. En definitiva, el opus se presentará al mundo con un mensaje suavizado, pero con las mismas líneas ideológicas de Sardá y Salvany. Ambos fueron sembradores de palabras; el primero las hizo públicas, el segundo reservó la mayoría para el círculo interno de sus seguidores. Sardá y Salvany escribe ideas, Escrivá, máximas; debemos reconocer en él una gran capacidad para fabricar eslóganes y divulgarlos sin orden ni concierto. Siempre podrán argüir con uno u otro según convenga.

Vamos a detenernos en un concepto clave, puente de unión entre el integrismo del siglo XIX y el del XX: la “santa intransigencia”. Para Escrivá es el primer mandamiento de quienes aspiren al plano de la santidad según explica la máxima 387: “El plano de santidad que nos pide el Señor, está determinado por estos tres puntos: La santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza”. En Sardá y Salvany la intransigencia era la forma adecuada de cumplir el mandamiento del amor. Escrivá da un paso más y eleva la categoría hasta la santidad, forma suprema del amor. Ambos tienen como punto de partida enseñar el mandamiento del amor cristiano a sus seguidores, aunque para lograrlo toman un desvío por la vereda del ideal y la verdad: “La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. - Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un... hombre sin ideal, sin honra y sin Fe” (Camino, 394). Luego de ahí se deduce que para amar he de poseer la verdad, concepto último y supremo: “¿Que no transijo? ¡Claro!: porque estoy persuadido de la verdad de mi ideal” (Camino, 395).

La secuencia entre la intransigencia y la verdad queda acreditada en otros escritos de Escrivá. La verdad pertenece al mundo de las ideas, al cuerpo de doctrina cristiana (Surco, 192) que los católicos defienden sin transigir en nada. (Forja, 564). “No transigimos en nada de lo que se refiere al depósito de la fe, confiado por Cristo a la Iglesia, sencillamente porque es la verdad, y la verdad no tiene términos medios“ (Meditaciones IV, 282).

Si por algo se caracteriza la ética de Jesús de Nazaret es por la inmediatez; el prójimo es el próximo que Jesús se encuentra por el camino. Sin carga ideológica alguna, el mandamiento del amor llega hasta el extremo de identificar a Jesús con los desvalidos y los más necesitados (Mt 25). En la filosofía de Lévinas, el rostro del otro me interpela y fundamenta la ética.

Por el contrario, tanto en Sardá y Salvany como en Escrivá, para acceder al amor hemos de pasar por la santa intransigencia hasta llegar a La Verdad -concepto escrito con mayúsculas-, de quien depende todo lo demás. Los integristas creen poseerla y se saben sus servidores. La Verdad es Una, Inmutable, Inamovible, Objetiva, no sujeta a los avatares de la historia; no se extiende ni se desarrolla. Tampoco es el resultado de la suma de los votos ciudadanos (en esto tienen razón). En definitiva, la Verdad es Dios. De ahí van deduciendo todo lo demás: La Verdad ha sido comunicada a los hombres a través de Jesucristo, quien la depositó entera en la Iglesia, presidida por el Papa y administrada por los obispos. En esta concepción deductiva y vertical no caben ni la discordia ni las dudas. La Única Verdad está en el dogma católico trasmitida por Jesucristo a la Iglesia presidida por el Papa. La Verdad para los integristas es un paquete de dogmas que Jesucristo trajo desde el cielo en el momento de la encarnación. Decimos “trae”, porque los integristas tienden a olvidar que la Verdad “es” Jesucristo, Hombre y Dios, su Persona, y no una serie de dogmas preestablecidos que Él trasmite a la humanidad. Desde esta perspectiva, a cualquier cosa llamarán “dogma inamovible”. Por ejemplo, en el Vaticano I, la mayoría integrista quiso extender la infalibilidad a cualquier declaración del papado. La minoría se impuso al final limitándola a las definiciones ex cathedra.

La Verdad ni se estudia ni se investiga: está ahí. No tiene historia. Algunos hombres privilegiados han llegado a captarla. Son instrumentos de la Verdad, luces en la noche de una humanidad que ha perdido el norte. Incluso la Iglesia ha podido separarse de la Verdad y caer en las garras del error. La Verdad, para los integristas, ni se revela ni tiene contenidos, sencillamente se ve. Es una especie de fogonazo, una experiencia más cercana al trance que a la revelación mística. El hombre privilegiado queda captado, subsumido por la luz, es decir, Iluminado. El mediador, objeto de la iluminación queda anonadado ante tamaña experiencia, ha sido elevado al séptimo cielo y ha visto la luz para toda la eternidad. En el pecado de soberbia llevarán la penitencia, al haber cerrado su visión a toda posibilidad de desarrollo histórico y de cambio. A partir de este momento puede haber pequeñas adaptaciones a la realidad, nunca evolución del dogma.

El Iluminado por la Verdad hará partícipe de su descubrimiento a algunos privilegiados, los hijos de la Luz, sus hijos. El Padre-Escrivá se convierte en la nueva mediación de la Verdad trasmitida a sus hijos por filiación.

Introducen al neófito en un torbellino que sube hacia arriba en busca de La Verdad, como si se tratara de un huracán que va succionando todo lo que encuentra a su paso. A través de un rito iniciático, harán romper al neófito todos los espejos. Las personas nos contemplamos en diferentes espejos y en cada uno de ellos descubrimos una pequeña parcela de nuestra identidad. Somos padres o madres, hijos de otros, tenemos amigos, nacimos en una pequeña tierra, trabajamos aquí o allí, somos aficionados a una cosa u otra, de profesiones y clases sociales diversas, etc. Cada uno de esos aspectos garantiza una parcela de nuestra identidad personal y juntas en su complejidad y diversidad, garantizan nuestro yo. Pues bien, el integrismo, en cualquiera de sus formas, (cristianas o laicas, religiosas o políticas) por un proceso de concentración, nos irá haciendo romper todos los espejos menos uno hasta llegar a absolutizarlo. En el caso del integrismo católico sólo debe quedar un espejo en pie: el de la Verdad. Pertenezco a la Verdad, poseo la Verdad, ella me absorbe y yo la sirvo, soy un privilegiado, formo parte de un grupo selecto gracias a la iluminación previa de un líder, soy aristócrata del amor. Como, duermo, trabajo y siento, siendo grupo, siendo Verdad. Lappso nos regalaba la descripción de su propia experiencia sumergido en pleno viaje, cuando se encontraba a punto de renunciar a cualquier indicación de su conciencia libre:

“No me acabo de dar cuenta de que todo mi ser es para la obra, que no hay aspecto alguno de mi vida que me pertenezca a mi, sino a Dios, a la obra, a los directores. "Mis" derechos son egoísmo. Los "suyos" son fidelidad-felicidad, eficacia apostólica y vida eterna: intimidad con Dios, cumplimiento de mi deber, opus dei. Que se me quite de la cabeza la obediencia selectiva: pueden decirme todo acerca de todo y en todo momento. Lo mío es obedecer. En todo y siempre. Es absurdo racionalizar la voluntad de Dios, ese es el disfraz de la infidelidad. Los cotos cerrados que aún tengo son el escenario de mi traición: Jesús en su cruz llamándome, y yo cuestionando las cosas de los directores: mezquino, mezquino, mezquino”.

Otros romperán por ti la mayor parte de los espejos. Se te captará muy joven, en la primera adolescencia. Rápidamente debes romper el espejo familiar, separarte de su familia y los referentes anteriores paterno-maternos; a continuación te romperán el espejo de las amistades, el de sus aficiones y así sucesivamente hasta quedarse desnudo. La frase de Escrivá más terrible –en mi opinión- de todas las publicadas por esta web lo confirma:

«Lo primero que hacemos es quitarles, a todos, hasta la camisa» (del fundador, Instrucción, mayo 1935, 14-IX-1950, nota 41; citado por E.B.E. en "La santa extorsión").

Sin apercibirse, muy poco a poco, está convirtiendo el concepto Verdad en Absoluto. El desplazamiento no se hará de golpe. Paralelamente a la rotura de los espejos, se irá acrecentando la mitificación del Iluminado. Los preceptos y las normas irán haciendo su papel hasta que llegue a interiorizar totalmente todos los valores ascéticos: la cruz de palo, el borrico de noria, el pánico a salir de la barca de los elegidos, etc.

Sin darte cuenta, el viaje iniciático to está convirtiendo en un fanático. Pero, no lo olvides: el fanatismo para los integristas no es un defecto, sino la cumbre del amor: “¿No ha dicho valientemente el Conde de Maistre que donde no hay verdadero fanatismo no hay verdadero amor?” (Sardá y Salvany, El Apostolado seglar…, p.47). El proceso hacia el fanatismo dentro del opus dei ha sido muy bien explicado por María del Carmen Tapia en su libro "Tras el umbral. Una vida en el Opus Dei".

La pócima no surtirá los mismos efectos en todas las personas. Dependerá del grado de implicación y convencimiento, de su psicología, etc.; unos entregarán todo a la causa, otros serán reticentes y se reservarán alguna parcela de su conciencia, por pequeña que sea; la psicología, la profesión, los estudios, el ser numerario o agregado, la personalidad del director, y otras variantes, determinarán el grado de implicación. Para quienes hayan entregado todo sin reservas y tengan una psicología delicada, el tratamiento será letal.

A la salida del laberinto, el resultado es desolador. En el mejor de los casos lo han convertido en una persona unidimensional, le han restringido considerablemente la perspectiva de la vida y habrán anulado bastantes de su potencialidades. No lo han capacitado para amar o ser santo, objetivo primero señalado, sino para hacer proselitismo. En el peor de los casos, se habrá vuelto una persona fría, distante, con los sentimientos amortiguados, ocultos y la capacidad de decidir anulada; un integrista en condiciones contempla un prado lleno de cadáveres y cree firmemente que se trata de gente echando la siesta, escucha el lamento de un herido y lo confunde con el canto de un ruiseñor. A la vuelta del viaje no oye, ni ve, ni habla ni entiende, salvo en los parámetros para los que ha sido educado. Se sentirá superior al común de los mortales y, paradójicamente, basura. Sus convicciones no estarán enraizadas en la decisión personal, sino en el fanatismo; su perseverancia quedará fuera de duda. Estará dispuesto a todo. Lo han robotizado. En el viaje le han dado patente de corso, está por encima del bien y del mal. Posee la Verdad y la Verdad lo ha poseído. Será muy difícil salir de ahí. Le han quitado hasta la camisa.

Veamos el resultado en un caso extremo para mejor descubrir la perversión del proceso. Lo cuenta Hannah Arendt:

“Para Eichmann el idealista era el hombre que vivía para su idea –en consecuencia un hombre de negocios no podía ser un idealista- y que estaba pronto a sacrificar cualquier cosa en aras de su idea, es decir, un hombre dispuesto a sacrificarlo todo, y a sacrificar a todos, por su idea. Cuando, en el curso del interrogatorio policial, dijo que habría enviado a la muerte a su propio padre, caso de que se lo hubieran ordenado, no pretendía solamente resaltar hasta qué punto estaba obligado a obedecer las órdenes que se le daban, y hasta qué punto las cumplía a gusto, sino que también quiso indicar el gran idealista que él era. Igual que el resto de los humanos, el perfecto idealista tenía también sus sentimientos personales y experimentaba sus propias emociones, pero, a diferencia de aquellos, jamás permitiría que obstaculizaran su actuación en el caso de que contradijeran su idea” (Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, Barcelona 2004, pp. 68-69).

El Poder y los adoradores de la Verdad

“Explicarlo todo,
hasta el menor acontecimiento,
deduciéndolo de una única premisa”
Hannah Arendt

Lo dicho hasta el momento exige una reflexión en tres tiempos acerca de las consecuencias para la Iglesia, la misma fe en Jesucristo y la cultura moderna. La Iglesia aparece como una estructura de poder frente al poder emergente del estado laico (a). La Verdad Absoluta toma distancias respecto a la Humanidad de Cristo, que queda subordinada o desaparece (b). En tercer lugar, el integrismo católico debe situarse dentro de la cultura moderna, enferma en su raíz por el germen del totalitarismo (c).

La Iglesia como estructura de poder

Si la Iglesia posee la Verdad absoluta, ninguna institución puede colocarse por encima de ella y mucho menos la sociedad civil, que debe doblegarse y aceptar sus principios inmutables. Ninguna institución, por poderosa que sea, dejará de someterse a sus principios ni podrá desbancarla de la cumbre de la pirámide social. De este modo, la parte integrista de la Iglesia católica, se instala en la nostalgia de tiempos pasados, la Edad Media y el Antiguo Régimen, cuando los principios expuestos eran una realidad. Desean restaurar la monarquía absolutista bendecida por la Iglesia:

“La tesis católica es el derecho que tiene Dios y el Evangelio a reinar exclusivamente en la esfera social y el deber que tienen todos los órdenes de la esfera social de estar sujetos a Dios y al Evangelio” (Sardá y Salvany, El Liberalismo… p.180).

Al parecer, Escrivá tenía la misma pretensión:

“Escrivá soñaba con crear una minoría dirigente para situar a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, a través de un cristianismo de cruzada capaz de conservar o en su defecto restaurar creencias superadas en el tiempo y ancladas en la Edad Media. Se trataba de crear un núcleo relativamente protegido de seglares y en última instancia el objetivo era de cultivar elites intelectuales capaces de fructificar cuando desapareciera la Segunda República y las condiciones de la época fueran más favorables y todo ello, conviene señalarlo, dentro de una atmósfera política de fascismo clerical y de una negación creciente de las libertades, en la cual el proyecto de Escrivá, con un ambicioso espíritu totalitario, también participaba”. (Jesús Infante, El santo fundador del Opus Dei, Barcelona 2002, p.100)...

La célebre frase de Escrivá resume la pretensión: “Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas” (Conversaciones con Mons. Josemaría Escrivá, 32; los mismo en Amigos de Dios, 57; Es Cristo que pasa, 156; Forja, 685). A primera vista puede parecer una bella confesión cristológica, nada sería más importante que Jesucristo, Él estaría en la cumbre de todo. De este modo lo interpreta el Opus Dei para sus seguidores. Sin embargo, la realidad puede ser bien distinta, la frase podría remitir al lema de Pío X e interpretarse desde ese punto de vista: “Restaurar en Cristo todas las cosas”. Creyéndose al abrigo de miradas indiscretas, las Meditaciones internas contienen precisiones que acercan el eslogan a la mentalidad integrista del siglo XIX: “… lucharemos por llevar a Cristo Rey a la cumbre de todas las actividades humanas y conducir a Él todas las cosas” (Meditaciones I, 577). “Y sentiremos gran alegría al ver esa Cruz, que ahora queremos poner en la cumbre de las actividades humanas, y que entonces triunfará sobre todas las gentes sin excepción. Y tendremos el gozo de haber sido siervos que sólo se ocuparon de extender el reinado de aquel Rey, Cristo, que aparece majestuoso en su gloria” (Meditaciones, IV, 710).

La sublevación de la sociedad contra el Antiguo Régimen durante la Revolución francesa había socavado los principios establecidos y la regulación de un orden cuya última palabra era bendecida por la Iglesia. Coincidiendo con la muerte (o asesinato) en 1848 del arzobispo de París, que había acudido a dialogar con los manifestantes, la Iglesia descubre el surgimiento de un nuevo poder que quiere competir con ella. Comienza entonces una triste historia de Poder a Poder, de Verdad Absoluta contra Verdad Absoluta. El enfrentamiento oculta la ambición de ambos poderes por controlar la sociedad y estar en la cúspide de la pirámide. La Iglesia se siente acosada, perseguida y oprimida por los nuevos aires de la historia. Se lucha por la supervivencia de unos privilegios pasados, se reacciona ante los ataques -los hubo abundantes- con las mismas armas que el adversario. Del evangelio destacan que Jesucristo también se enfrentó a los fariseos, pero no se interesan por las causas que condujeron a Cristo a aquellos enfrentamientos ni los medios utilizados. Ellos sólo desean combatir, triunfar y volver al orden anterior.

En esta situación la Iglesia seguirá siendo una estructura de poder, será identificada con los poderosos y con las fuerzas sociales y políticas más conservadoras.

Luchando contra la sociedad civil deseosa de separar religión y política, una parte considerable de la Iglesia del siglo XIX se verá arrastrada por la espiral de violencia que culmina en las diversas tragedias del siglo XX. Los contendientes van enconando sus posiciones hasta llegar a parecerse, se contagian el uno al otro hasta terminar siendo iguales. R. Girard ha explicado en sus libros el nacimiento de la violencia desde lo que él llama el “ciclo mimético”. Si dos contendientes desean lo mismo y ninguno de los dos renuncia y se retira (como pide el mismo Jesús de Nazaret en Mt 5, 21 y ss.), ambos acabarán obsesionados por el objeto deseado. Ahí radica la probable violencia de uno contra uno; ambos imitan sus comportamientos hasta el extremo de llegar a ser iguales. La violencia nace por contagio de los contendientes y la obsesión por querer conseguir el mismo objeto de deseo. Pronto se convertirá en odio. Terminarán buscando un chivo expiatorio en quien descargar la ira. Con la muerte del chivo se aplacará por un tiempo el odio hasta que de nuevo se precise cada vez con más frecuencia aplacar la violencia latente. La cosa puede terminar en una guerra total de todos contra otros, como en realidad sucedió (R. Girard, Veo a Satán caer como el relámpago, Barcelona, 2002).

El opus dei no puede entenderse sin ubicarlo en la historia de la Iglesia, dentro de las coordenadas del integrismo eclesial del siglo XIX y XX. A mi entender, una parte de la Iglesia, la más influyente y poderosa, no ha sabido situarse en las sociedades modernas. Decidió seguir siendo una estructura de poder enfrentado al poder del Estado. Aceptó la economía capitalista favoreciendo a los poderosos, mientras se oponía frontalmente a sus ideologías. La Iglesia se encastilló, se centralizó y comenzó a condenar cualquier idea nueva salida de la sociedad civil. El opus dei es deudor de aquella mentalidad y sigue anclado en el siglo XIX.

El olvido de la Humanidad de Cristo

En segundo lugar, el integrismo católico centra sus esfuerzos en el concepto de Verdad Absoluta, desplazando a Jesucristo del primer lugar de la escena. Por el contrario, el cristianismo no Absolutiza un concepto sino una Persona. La Verdad está a su servicio y de Él depende. Él la revela y la da a conocer.

La divinización de un hombre no era nueva en la historia de la humanidad; por ejemplo, los egipcios, los césares romanos, o, por citar a alguien cercano, los emperadores japoneses. En el caso de Cristo lo novedoso es la divinización de un hombre cualquiera, de un don nadie. Nace en un pesebre, trabaja en silencio la mayor parte de su vida y muere ajusticiado como una fracasado más de la historia. Jesús de Nazaret está en las antípodas del poder, de sus grandezas y oropeles. La Iglesia estableció en el Concilio de Calcedonia la plenitud de la Humanidad y la plenitud de la Divinidad en la Persona de Cristo, sin mezcla, ni confusión, ni separación. El concilio Vaticano II retoma la Tradición y la explicita:

“Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia es llamada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación (…) no está constituida para buscar la gloria de este mundo, sino para predicar la humildad y la abnegación (…) la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades, y pretende servir en ellos a Cristo” (L.G. 8).

El integrismo católico se queda con la Divinidad y desplaza a un segundo plano la Humanidad. A continuación, reviste la Divinidad de todo el poder y realeza que Jesús jamás tuvo en su vida terrena. De este modo, la Humanidad de Cristo ha dejado de ser normativa en última instancia, el evangelio deja de ser la última referencia y la norma de las normas. Se nos llenará la boca hablando de Jesucristo, pero el seguimiento cercano de su vida y la imitación de sus dichos y hechos habrá pasado a un segundo plano. El evangelio ha dejado de ser la norma suprema y el seguimiento de Cristo puede revestirse de cualquier ideología al uso. Para algunos sigue siendo demasiado escandaloso aceptar como Dios a un artesano judío con mentalidad campesina.

En el opus dei, la búsqueda de poder a través del dinero no parece estar de acuerdo con el evangelio; ni la compra de voluntades y silencios a golpe de talonario; ni las exquisiteces y manías del fundador relatadas por testigos presenciales, ni los suntuosos edificios con varias capillas son la avanzadilla de la evangelización (véase, El edificio del Opus Dei en Nueva York). Los ejemplos podrían multiplicarse.

También en las grandes metáforas utilizadas por Escrivá se observa un desplazamiento del protagonista en beneficio del soporte. Ante la cruz, Escrivá no medita sobre el Crucificado ni sobre las consecuencias de la crucifixión para la humanidad. Saca de la cruz a Cristo y se queda con los maderos (la célebre “cruz de palo”) para usarlos como soporte a la hora de elucubrar cómo aniquilar el yo de sus hijos y someterlos. De la entrada en Jerusalén no le interesa reflexionar acerca del mesianismo de Jesucristo, ni situarlo en la historia del Antiguo Testamento o extraer las conclusiones para la actualidad. Al contrario, descabalga a Cristo, se queda con el jumento y lo pone a dar vueltas alrededor de la noria (el célebre “borrico de noria”) en su afán por hacer perseverar desde el sometimiento a quienes previamente les ha quitado hasta la camisa y ha destruido en la cruz de palo. De los relatos de la barca, imagen de la Iglesia naciente sometida a los torbellinos de la historia, de nuevo deja de ser Cristo el protagonista; identifica a la barca con el opus y se erige en capitán. Los patos imponen (no proponen) la Verdad mediante el proselitismo, tergiversando la evangelización y su significado. En la vida de los elegidos por Escrivá para su obra, la repercusión más evidente será la nimia importancia concedida a la lectura y meditación del evangelio y las numerosas horas que han de pasar reflexionando los escritos públicos y secretos del fundador.

Una vez en segundo plano Jesús de Nazaret, la Verdad Absoluta cobra vida propia, exige carta de naturaleza y se emancipa. Necesitada de nuevos mediadores, habrá de esperar la llegada en la historia de Escrivá, quien la “ve” en 1928 como nadie antes pudo soñar, para llegar a ser el cauce habitual por donde se revela. Desde tan alta atalaya imponen normas exigentes mucho más severas que las de la misma Iglesia, corrigen a cualquiera, incluido el Papa, y someten a todos a la sospecha de herejía, cuando son ellos los que encarnan un espíritu cismático, como agudamente advirtiera Newman de todos los integrismos: "exigen una Iglesia dentro de la Iglesia (...) convirtiendo en dogma sus puntos de vista particulares. Yo no me defiendo contra sus opiniones sino contra lo que debo llamar su espíritu cismático" .

Ni la defensa cerrada de un cuerpo doctrinal, ni la Absolutización de una Idea, incluso si se trata de La Verdad, ni representar el último poder de la estructura social parecen estar entre los objetivos fundamentales de Jesús de Nazaret. La Verdad queda encarnada en su Persona: Él es el camino, la verdad y la vida, y el Espíritu Santo lo irá explicando progresivamente. El traslado de la Idea de Verdad a su encarnación en la Persona de Cristo es fundamental para comprender la esencia del cristianismo. Una verdad que se revela en un Hombre-Dios que no nos lega una línea escrita, y que se narra en los evangelios por testigos de primera o segunda generación. Si la Verdad es Jesucristo y nos es trasmitida por testigos en los evangelios, la verdad queda abierta a diversas interpretaciones. La revelación de la verdad escrita y oral termina con la muerte del último apóstol. La Iglesia la custodia y la sigue interpretando a través de los concilios (no toda interpretación es válida), dejando abiertas la mayor parte de las cuestiones de fe a lo largo de los siglos (ni siquiera ha sido definido dogmáticamente que Dios sea Padre o de que manera Cristo ha realizado la salvación). La Iglesia recurre a la definición dogmática cuando la controversia puede hacer peligrar algún aspecto esencial de la revelación, como sucedió en Calcedonia y en otros dogmas, mucho menos numerosos en conjunto de lo que pudiéramos pensar.

Según el Vaticano II, la Iglesia debe conservar la Tradición recibida “que deriva de los apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo, puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras trasmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón; ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales; ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios” (D.V. 8). Como se puede comprobar, la Iglesia se sabe en camino hacia la verdad plena, la busca a diario y crece en su comprensión, reservando un papel fundamental -aunque no exclusivo- al magisterio episcopal. La contemplación, el estudio y la percepción íntima que tiene la totalidad de los creyentes participa activamente de esa búsqueda; se les reconoce un sexto sentido que les capacita para ir progresando en el conocimiento de la verdad, e incluso los anima a buscarla por medio de la contemplación, el estudio de la teología o la intuición religiosa.

Los adoradores de La Idea

Hay un tercer elemento en el integrismo que supera con creces los márgenes de la Iglesia. Divinizar una Idea e idolatrarla forma parte de nuestra cultura (incluso de todas) desde la noche de los tiempos.

Con la llegada de la modernidad y el consiguiente eclipse de Dios, la amenaza siempre latente se hizo realidad. Los pensadores vieron en la guerra de 1914 el fracaso de la modernidad. Kant había hablado de cosmopolitismo y llegaron los nacionalismos. Hegel había apostado por la reconciliación y se hizo presente la guerra. La Ilustración irrumpe en la historia como un proyecto de organización racional y, finalmente, se impone la barbarie. En aquellos tiempos los pensadores se encontraban divididos entre quienes apostaban por la Ilustración y quienes desde el Romanticismo apostaban por el medioevo. Hegel las funde en la filosofía de la historia, auténtico tribunal de la verdad. Y la historia juzga el fin de la modernidad con el triunfo de la guerra. Los pensadores comienzan a buscar otros presupuestos, desde los presocráticos, la vida, la experiencia o el lenguaje.

Tres pensadores críticos desvelan el origen del mal: Rosenzweig ve en el idealismo la tentación totalitaria. Razona del modo siguiente: Si la pluralidad de la vida ha de reducirse a una única idea para poder pensar, entonces el hombre occidental está abriendo la puerta a la violencia. Identificar el conocimiento de la realidad con una almendra esencial desentendiéndose del resto de la realidad conduce a la barbarie. Reducir la riqueza de la realidad a la esencia de una idea permite dominar el mundo porque éste acaba siendo un objeto. El totalitarismo consiste en reducir la pluralidad del mundo a un único elemento, llámese Agua (el “todo es agua” de Tales), Dios, Naturaleza, Proletariado, Raza o Verdad. Más tarde Lévinas lo resumirá diciendo que el idealismo es una ideología de guerra.

Fallecido Rosenzweig en 1929 Walter Benjamin sigue sus pasos. Para él sólo sabemos pensar a lo grande, construimos sujetos trascendentales, por ejemplo la Humanidad, y nos olvidamos de las personas concretas. Las teorías del progreso se vuelcan hacia el futuro olvidando los cadáveres y escombros que cimientan la marcha triunfal de la historia. El costo humano no se valora. Los cadáveres y escombros que va dejando por el camino la construcción de la historia, las víctimas, son para Hegel “unas florecillas pisoteadas al borde del camino”, algo inevitable, un mal menor, algo provisional y excepcional que el propio progreso reciclará. Benjamin no acepta este discurso, “para los oprimidos –dirá- la excepcionalidad es la regla”, detrás de cada documento de cultura hay una historia de barbarie, “hay que despreciar a humanidad en el orden individual para que ésta aparezca en el plano del ser colectivo”. Desde ahí propone juzgar los logros históricos a partir de los sistemáticamente oprimidos. Someterse a la lógica del progreso significa aceptar el triunfo definitivo del fascismo. Si los costos humanos dependen de una Idea o del éxito final de una empresa, nada impedirá que el crimen se repita, se perpetúe y alcance cada vez mayores proporciones.

Por su parte, Kafka adivina por adelantado la sociedad que viene con dos imágenes certeras. En la Metamorfosis el hombre amanece convertido en un gusano, deja de ser ciudadano y sujeto de derechos para quedar reducido a su condición animal, nuda vida, puro cuerpo. En el Proceso, algo tan íntimo como el dormitorio acaba convertido en una sala de juicios. Lo privado queda diluido en lo público. Fue una premonición de los campos de concentración: el deportado, despojado de toda humanidad, es reducido a puro cuerpo, pura biología que se termina asesinando y haciendo desaparecer.

Los tres pensadores anunciaron las tragedias venideras. No callaron. Avisaron de una cultura de guerra detrás de la filosofía, se negaron a aceptar que el sufrimiento de una persona fuera el precio de ninguna grandeza, denunciaron cómo detrás de las grandes palabras estaba acechando el totalitarismo. Desgraciadamente, sus previsiones se vieron desbordadas con creces por la misma realidad de los hechos.

En vista de lo sucedido después, Reyes Mate propone repensar la filosofía con otros presupuestos. En primer lugar, una teoría del conocimiento de la que forme parte el pasado desde la memoria y visión de los vencidos, única mirada capaz de descubrir la responsabilidad histórica y la historia real. Una mirada compasiva de quien, a la vista de las ruinas de la historia, se declara en duelo por las ansias de felicidad de tantos muertos abandonados en la cuneta de la historia. Sólo el recuerdo de los vivos puede hacer entender que se cometió una injusticia que sigue clamando por lo suyo. El segundo rasgo es de naturaleza política y consiste en considerar el campo de concentración como símbolo de la política. El estado de excepción se convierte en algo habitual, cualquier norma queda suspendida salvo la de quien manda y, por otra parte, el hombre pierde toda subjetividad y queda reducido a nuda vida (las líneas precedentes resumen brevemente la conferencia de Reyes Mate en el III Seminario de Filosofía, del 7 de abril del 2003, titulado “Auschwitz, acontecimiento fundante del pensar en Europa o, ¿puede Europa pensar de espaldas a Auschwitz?”; más información en el libro del mismo autor Memoria de Auschwitz. Actualidad moral y política”, Madrid 2003).

A la luz de estas reflexiones cobra fuerza la importancia de la absolutización de una idea, el poder de la construcción histórica por encima de los individuos y el papel de las víctimas. La frase de Hannah Arendt que encabeza estas líneas adquiere pleno significado: El totalitarismo quiere “explicarlo todo, hasta el menor acontecimiento, deduciéndolo de una única premisa”.

Si renunciamos a la complejidad de la realidad y rompemos todos los espejos menos uno y éste terminamos por hacerlo absoluto, en el caso del catolicismo saldrá el integrismo. Si el concepto de Verdad lo sustituimos por el de Raza, nacerá el Racismo. Si concentramos la realidad en el concepto de Nación verá la luz el nacionalismo. Si privilegiamos el concepto de Lucha de Clases sufriremos el marxismo. También podemos elegir un concepto esencial y subordinarle otros: de la suma de Nación y Verdad Católica nacerá el Nacionalcatolicismo. De la unión de Raza, Nación y Socialismo, el Nazismo.

En fin, el problema del integrismo supera con creces a la Iglesia y a Escrivá. De no ser por los damnificados del opus y el daño causado a la Iglesia, Escrivá no pasaría de ser una cifra, un actor mediocre en una representación de ópera bufa. Los alemanes, buenos conocedores del peligro totalitario, lo han denunciado desde hace años: el opus es “la más fuerte manifestación integrista” de la Iglesia, dejó dicho el cardenal teólogo conservador Urs von Balthasar. Son de la misma opinión los autores del Handbuch der Pastoralteologie (Manual de teología pastoral), 5 volúmenes, Friburgo 1966, editados por Arnold, Rahner, Schurr y Weber. Dentro del tomo II/1, el capitulo VIII, (pp. 277-343) cuya autoría se debe a A. Görres, Pathologie des katholischen Cristentums (Patología del cristianismo católico) se hacen los comentarios siguientes a Camino: En la nota 4 de la pag. 322 cita Camino, 22 para criticar su malestar con la materia muy cercano al pensamiento de Plotino, quien parecía avergonzarse de ser en un cuerpo y ve en el puro espíritu la única realización de la persona. En la nota 5 de la pag. 322 se refiere a Camino, 227 donde el mundo material se vuelve incomprensible y molesto. La nota 2 de la pag. 326 menciona el nº 399 de Camino, y subraya el miedo a la libertad, el esfuerzo por dejarle el menos espacio de juego posible, un rasgo destacado del intento católico de corregir los planes de Dios. En la nota 5 de pag. 329 cita el nº 61 de Camino, donde se habla de los criterios para una motivación autentica de la obediencia en el caso de seglares emancipados; en el mundo antiguo rural o de pequeñas ciudades el teólogo formado era el competente para todas las situaciones de la vida, nadie podía afirmar poseer un mayor conocimiento objetivo y competencia.

Los comentarios de autores alemanes y las reflexiones de estas páginas nos invitan a buscar en la historia de la Iglesia algún caso parecido con quien poder relacionar el integrismo del opus. Creemos encontrarlo en el gnosticismo de comienzos de la era cristiana y en las sectas de los alumbrados. Alguna vez, un siglo de estos, la Iglesia haría bien en comparar la ideología del opus dei con las sectas gnósticas del siglo II y III y con las sectas de los alumbrados del siglo XVI. Nos podríamos llevar bastantes sorpresas. El gnosticismo creía haber llegado al conocimiento perfecto obtenido por iluminación a pesar de su destierro en un mundo material e inferior. Interpretan la Escritura con tanta imaginación como falta de rigor, creen disfrutar de un secreto revelado sólo a los iniciados despreciando al resto de los mortales. Son elitistas. Clasifican a los humanos en tres grupos: 1) ellos, los que se salvarán, y se llaman a sí mismos los espirituales o “puros”, los “verdaderos cristianos”; 2) los “psíquicos”, que se hallan en una escala inferior; son los cristianos de la gran Iglesia; 3) finalmente, los “materiales”, quienes quedan excluidos de toda salvación. La libertad humana no desempeña ninguna función en la salvación. Debido a su dualismo, se creen prisioneros de un cuerpo malo con lo que terminan negando la Humanidad de Cristo y caen en el docetismo.

No encuentro la cita exacta (pido disculpas), ni forma parte del lenguaje eclesial políticamente correcto, pero no puedo terminar este apartado sin recordar agradecido al sabio D. Julio Caro Baroja. Cuando, después de una vida dedicada a la investigación, le preguntaron por las creencias de los humanos, contestó:

“Crea Vd. en lo que quiera, pero crea poquito”.

El integrismo y los totalitarismos

“Vigilar todo aquello que dé lugar a la elevación del espíritu,
o a la confianza mutua;
no tolerar las reuniones cultas de quienes tienen tiempo libre
para mantener conversaciones entre ellos;
y procurar por todos los medios posibles
mantener a todos los individuos extraños entre sí”
Aristóteles, Política

Un mensaje de Amapola del 2 de febrero del 2005 me da pie para introducir el tema: Salvando las distancias comparaba sus cuatro años de pertenencia al Opus Dei como numeraria auxiliar con los campos de concentración nazis. Hablaba de una cárcel interior distinta de las cárceles exteriores de los nazis. A ella la habían obligado a interiorizar las normas y castigos, ella era su propio verdugo. Termina diciendo: “Pero..., sí, aun siendo muy distinto a lo que hemos vivido (algunas personas) en el Opus Dei, lo que allí pasó me deja un amargo sabor a paralelismo”. Me pregunto: Ese “amargo sabor a paralelismo” ¿es una percepción exagerada de Amapola? ¿Hay alguna relación entre el integrismo católico y los movimientos fascistas y totalitarios del siglo XX? Intentaremos ver cómo se comporta el integrismo del Opus Dei en contacto con la sociedad de su tiempo, qué ideas ha tomado prestadas y cuál ha sido la influencia de los fascismos y totalitarismos en el integrismo de la Iglesia Católica. En mi opinión, Amapola tenía razón...

Pentecostés al revés

Quien desee saber algo de los totalitarismos del siglo XX, se encontrará con un dilema. Alguna de sus víctimas le aconsejarán que desista (por ejemplo, Imre Kertész, Kaddish por el hijo no nacido, Barcelona 2001, pp.50 y ss.). En su opinión, cuando un loco o un criminal acaban en un puesto de responsabilidad y no en la cárcel o en un manicomio, enseguida nos ponemos a buscar lo interesante, lo original y extraordinario del personaje, su grandeza; no deseamos vernos como enanos o marionetas, ni ver la historia como algo inconcebible. Buscamos una explicación racional para intentar salvar nuestras almas y no ver el abismo, el vacío y el sinsentido de un poder ruin, asesino y estúpido. Por otra parte, no podemos renunciar a la búsqueda de la verdad, ni dejar de hacer justicia a las víctimas recuperando la memoria histórica.

Al final, la opción de buscar la verdad nos parece más convincente, sabiendo que incluso Kertész nunca renunció a ella. Las mejores síntesis de lo sucedido en el siglo XX también nos animan a no renunciar a descubrir la verdad, cueste lo que cueste (cf. Jonathan Glover, Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX, Madrid 2001 y Tzvetan Todorov, Memoria del mal, tentación del bien. Indagación histórica sobre el siglo XX, Barcelona 2002).

A la sombra de la filosofía idealista, nacieron diversos movimientos sociales y políticos. Todos tenían un valor común: la absolutización de una Idea. Sin embargo, a la hora de llevarla a la práctica se distinguían unos de otros hasta el extremo de ser en algunos casos antagonistas. A la Idea principal (Verdad, Raza, Lucha de Clases, etc.) le añadieron algunas vestimentas; es decir, algunas concreciones que la adornaban y daban legitimidad y fuerza. En el caso del integrismo católico, a la idea primera de Verdad Absoluta que ellos creen poseer, le añadieron dos vestimentas: el lenguaje belicista y el nacionalismo. El resto de Adoradores de la Idea también vistieron su discurso de lenguaje belicista y nacionalista. Aunque el resultado final los distinguía claramente a unos de otros, siempre había algo en común entre ellos. Esto significa en la práctica que el fascismo no se puede identificar con el totalitarismo; que el marxismo es distinto del nazismo; sin embargo, una corriente común los une a todos; en el río de la historia una corriente freática común junta las ideas contrarias. Para el caso que nos ocupa, todo esto significa que el Opus Dei no puede identificarse sin más ni con el marxismo ni con el nazismo y, sin embargo, reconocemos un “espíritu” común que le hace exclamar a Amapola: “lo que allí pasó me deja un amargo sabor a paralelismo”. Presenciaremos una procesión hacia el abismo. Yo prefiero llamarlo Pentecostés al revés. Una parte de la Iglesia participó en la procesión, hizo amistades peligrosas, se dejó influir por ideas ajenas al Evangelio. En esta procesión de tinieblas, nuestro hombre iba de “oyente”. San Josemaría había sido Iluminado por la Verdad y el mismo Dios le había revelado la creación del Opus Dei. “Vio” y en ese mismo instante “oyó” el repicar de las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles situadas a dos o tres kilómetros (ver “La campana sudorosa” de Nacho Fernández, dentro de la serie “La ropa sucia se lava en casa”). Escrivá “oyó” algunas ideas que circulaban en el ambiente y las hizo suyas sin comprobar si eran o no acordes con el Evangelio. No aportó ninguna idea nueva, pero supo mezclar hábilmente las que circulaban para llegar a crear una institución con sus peculiaridades. En última instancia, lo suyo es una empresa capitalista (multinacional) de ideología integrista católica, con ideas prestadas del fascismo y el totalitarismo. Escrivá, el Iluminado y Oyente de campanas lejanas, fue uno más de aquellos hombres, la mayoría mediocres, que se sintieron tocados por el dedo divino, Iluminados por la Idea, dispuestos a cambiar el mundo a su imagen y semejanza.

La génesis

¿Qué ideas llegaron al siglo XX y fueron capaces de engendrar los monstruos del fascismo y el totalitarismo? Respondo brevemente y, después, lo desarrollo: El pesimismo de Hobbes sobre el ser humano y su condición guerrera se mezcló en el siglo XIX con el darwinismo social. La unión de las ideas de ambos movimientos fue codificada por Nietzsche, quien mejor supo definir el espíritu de la época. De Nietzsche se derivan directa o indirectamente bastantes de las calamidades del siglo XX.

Con el pensamiento de Hobbes, en el siglo XVI queda establecida la naturaleza guerrera del hombre. En el principio no es la Palabra como había anunciado la Biblia y Juan el Evangelista. En el principio, es la guerra. Un conflicto de intereses hace imposible la paz; el hombre se convierte en un “lobo para el hombre” y sólo un poder soberano y único, concentrado en una persona aceptada por el pueblo, podrá frenar con autoridad y autoritarismo la violencia que siempre acecha a las sociedades. En definitiva, Hobbes consideraba el estado de guerra como el más natural y la monarquía absolutista, como la única solución.

Los trabajos de Darwin sobre el desarrollo de las especies son aplicadas en el siglo XIX a los humanos. Se le llama darwinismo social. La selección natural y la supervivencia del más apto fueron simplificadas y endurecidas para ser aplicadas a los humanos. La ley de la vida –dirá coincidiendo con Hobbes- es la guerra, el combate sin piedad. La evolución humana se expresa en los mismos términos que en los animales: lucha de clases, guerra de sexos, conflicto de razas, guerra de naciones. La existencia está regida por la “voluntad de poder”, el deseo de triunfar por encima del otro. Ahora estas viejas ideas no admiten discusión, vienen revestidas por la aureola de la ciencia. Sin el aval científico, el totalitarismo no habría podido nacer. A partir de ahora, primarán por encima de todo los intereses de la especie, no los del individuo. Y la ley de la vida será el reinado de los más fuertes que conlleva la derrota y sumisión de los más débiles. El destino de los individuos no tiene la menor importancia; pueden ser inmolados al servicio de un designio superior. Hay que perfeccionar la especie, crear un nuevo hombre provisto de capacidades físicas e intelectuales superiores, eliminando si es preciso los ejemplares defectuosos. El Estado moderno no debe ser democrático: el poder se dará a los mejores, no se cultivará la igualdad. La verdad es una y exige la sumisión, no la tolerancia. Había nacido una nueva forma de utopismo que exigía su realización mediante un proceso de ingeniería social (cf. Todorov, Memoria del mal…, pp. 25 y ss.)

Nietzsche codificó mejor que nadie todas estas ideas. Aunque abominaba de Darwin, su filosofía está impregnada de darwinismo social. Habló de la muerte de Dios, consideró muerta la religión cristiana y su moral. La cultura superior estaba representada para él por los bárbaros, “hombres de rapiña, todavía en posesión de una inquebrantable fuerza de voluntad y codicia de poder”. Pensaba que la bondad, la compasión y el amor al prójimo, valores defendidos por el cristianismo, eran catastróficos para la humanidad. Debemos suprimir la moral judeocristiana y crear un hombre nuevo desde la voluntad de poder y la lucha. Como el ser humano debe crearse a sí mismo, no puede establecer cómo debe ser. Pero hay una cualidades determinadas que, según él, todos los hombres deben tener y que no poseen las mujeres. Ellas no son aptas apara este ideal: “La mitad de la humanidad es débil, típicamente enferma, mudable, inconstante (…) la mujer necesita una religión de debilidad que glorifique la divinidad del ser débil, amante y humilde”. El hombre nuevo se creará con pasiones, pero dominadas por el ascetismo y la disciplina; estará bajo el dominio de una férrea voluntad.

La autocreación exige autodisciplina, “dureza” para consigo mismo. El amor a los demás es el disfraz del mediocre, la gente demasiado débil para dominar a los demás necesita de la virtud moral. Para imprimir la huella en los siglos y escribir sobre la voluntad de milenios hay que ser más duro que el bronce: “Yo suspendo sobre vuestras cabezas esta nueva tabla: ¡sed duros!” La dureza será necesaria para el autodominio y para rechazar la piedad y la compasión, formas perversas de afeminamiento. El hombre europeo padece una gran “falta de virilidad”.

El Oyente

A Escrivá hay que interpretarlo desde el contexto propio de su tiempo. En sus escritos encontramos la versión del superhombre llamado “caudillo”; la guerra como principio y fin de todas las cosas; la voluntad de poder, la cruzada de virilidad, el grupo de los apóstoles convertido en ejército, etc. Ni la llamada a ser caudillos ni la virilidad forman parte del mensaje evangélico. No puedo imaginar a Jesús de Nazaret paseando a orillas del lago llamando uno a uno a sus discípulos a ser caudillos. Ni cabe la posibilidad de imaginar a Pedro, el rudo pescador, escuchando de labios de Jesús que debe virilizar su voluntad. Si no están en el evangelio dichas expresiones, tampoco pertenecen a la forma de ser del mismo Escrivá. A su compañero de curso, D. Manuel Mindán, le dijo Escrivá: “Dios me ha hecho blando y dulce como la miel de la Alcarria”. El mismo D. Manuel dice de él: “sostengo que era piadoso, pero que sus actitudes de piedad eran feminoides, por eso, no por otra cosa se le llamaba "rosa mística"; su piedad no se realizaba en actos prácticos o de apostolado”.

Por tanto, las ideas de Camino están tomadas del ambiente de la época y se intentan aplicar al Evangelio:

Has nacido para ser caudillo (Camino, 16); a través de la negación llegarás a virilizar tu voluntad y más tarde serás caudillo que arrastrará a otros (Camino, 19 y 833). La vida del hombre es milicia que exige tácticas militares (Camino, 306 y 307). La paz es consecuencia de la lucha y de la guerra (Camino, 308); es más, la guerra tiene una finalidad sobrenatural que al final deberemos amar (Camino, 311).

En cuanto a la manada, el rebaño y la piara del mundo, él, Escrivá, convertirá la manada en mesnada, el rebaño en ejército y saldrán purificados los que ya no quieran ser inmundos (Camino, 914); entonces podrás trabajar en el ejército de los apóstoles (Camino, 605).

El triunfo de la voluntad, la vida concebida como lucha, la guerra sin cuartel contra las pasiones y la virilidad forman un conjunto ideológico bastante semejante al mencionado anteriormente. El Opus Dei vende su producto para que la gente “pite” con un discurso posterior, el de la santificación en la vida ordinaria por medio del trabajo. Es un nuevo eslogan, vacío de contenidos teológicos e inventado hace siglos en la Iglesia, aunque ahora el Opus se lo quiera apropiar. Cuando la gente ha sido enganchada, se la adoctrina en el auténtico discurso del Opus, el integrista de Camino. Una numeraria reconocía hace bien poco en el reportaje de la BBC la importancia que sigue teniendo el libro en la formación de los miembros de la obra.

Guerra

En la procesión de tinieblas se toman al pie de la letra las sugerencias bélicas. Nietzsche propone el sacrificio de seres humanos: "El individuo ha sido tomado tan en serio, tan bien colocado como un absoluto por el cristianismo, que no se podía ya sacrificarlo: sin embargo, la especie no sobrevive más que gracias a los sacrificios humanos… La verdadera filantropía exige el sacrificio por el bien de la especie, que es dura y obliga a dominarse uno mismo porque tiene necesidad del sacrificio humano. Y esta pseudohumanidad que se llama cristianismo, quiere precisamente imponer que nadie sea sacrificado".

Para Hitler el combate y la lucha son el motor de la historia: "La idea de combate es tan vieja como la vida misma, ya que la vida se perpetúa gracias a la muerte en combate de otros seres vivos… En este combate, los más fuertes y más hábiles vencen a los más débiles y menos hábiles. La lucha es la madre de toda las cosas. No es gracias a los principios de humanidad, sino únicamente mediante la lucha más brutal, como el hombre puede vivir y mantenerse por encima del mundo animal".

Lenin promovió la guerra civil, la hambruna y la persecución contra la Iglesia como medios de avance social. Escribía el 19 de marzo de 1922: “Un momento como el del hambre y la desesperación es único para crear entre las masas campesinas en general una disposición que nos garantice su simpatía o en cualquier caso su neutralidad (…) Debemos declarar ahora al clero una guerra decisiva y despiadada y someter su resistencia con una brutalidad que no olvide durante décadas”. Ese mismo año mataron a 2.691 sacerdotes, 1.962 monjes y 3.447 monjas. En el sur de Europa, en España, tomaron nota de los hechos. (cf. el interesante libro de Martín Amis, Koba el Temible. La risa y los 20 millones, Barcelona 2004).

El integrismo eclesial de Sardá y Salvany también se había ocupado por otros motivos de la necesidad de la guerra. Escrita la frase en 1885 produce escalofríos leerla a comienzos de siglo XXI, sabiendo lo que pasó en España en 1936: “No hay evolución alguna del Liberalismo que no la haya verificado, más que el pueblo, una insurrección militar” (Sardá y Salvany, El liberalismo… 179). El apostolado seglar debe prepararse para cualquier cosa: “¡Gran cosa es ser soldado de la verdad, en tiempos sobre todo en que anda la verdad tan fieramente combatida! (…) ¡Dormir cuando a voz en grito pide auxilio la acongojada Iglesia de Dios, ante el general rebato de sus enemigos que creen ¡insensatos! llegado la hora de hundirla para siempre! No, que no fuera esto cristiano ni fuera español. No es hora de dormir, sino de velar, al cinto las armas, atento el ojo, resuelto el brazo, para emprender y sostener la honrosa lid”.

Con una actitud tan combativa y belicosa un sector del catolicismo colaboraba a la llegada del fascismo. José Antonio Primo de Rivera se expresaba así en el Discurso Fundacional de la Falange (1933): “Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas. Que sigan los demás con sus festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas".

En mi opinión, ninguno de los bandos ha hecho una autocrítica seria. No se puede negar que el opus nace en un ambiente guerracivilista y que la obra se ha encontrado en su salsa colaborando con regímenes políticos dictatoriales o fascistas. En plena represión del régimen de Pinochet, Escrivá visitó Chile. En una conferencia donde se habló de la sangre esparcida por el país, afirmó: “Yo os digo que aquella sangre es necesaria”. (cf. Cambio 16, 16.3.1992; citado en la edición privada de Jesús López Sáez, El día de la cuenta. Juan Pablo II a examen, Madrid 2002, p. 268). Es decir, hay ocasiones en que la sangre debe derramarse para que prevalezca la verdad o la idea que se defiende. El mismo razonamiento hacía un miembro de la organización terrorista Eta: “Se necesita sangre y tiempo para hacer un pueblo”. Bastante similar también a la de un íntimo colaborador de Stalin, un tal Kaganovich: “Debes pensar en la humanidad como en un gran cuerpo, pero que necesita permanente cirugía. ¿Debo recordarte que la cirugía no puede realizarse sin cortar las membranas, sin destruir los tejidos, sin hacer correr la sangre?

Atomización

No se puede identificar el fascismo con el totalitarismo. El primero es la versión laica del absolutismo. El segundo es una ideología que no conoce límite, el sistema que aspira al dominio total de los hombres y del mundo. Además de una gran voluntad de poder, cree que todo está permitido porque representa la Verdad absoluta. En el totalitarismo, la lucha tiene el valor de un principio selectivo que permite hacer triunfar a quien posee la verdad. El que gana, demuestra que tenía razón. Las tiranías clásicas se contentaban con apoderarse de los cuerpos, el totalitarismo nazi o comunista pretenden también poseer las almas (cf. Alain de Benoist, Comunismo y nazismo. 25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989), Barcelona 2005, pp.113-114). Para llevar a cabo su propósito, una de las tareas más urgentes consistirá en abolir la distancia entre la multiplicidad de lo real y la unidad del concepto, suprimir lo que distingue a los individuos entre sí, hacer que nada se interponga entre los individuos y el poder. Hannah Arendt vio mejor que nadie el núcleo del problema en su libro clásico Los orígenes del totalitarismo, Madrid 1999 (casi nadie hizo caso de la primera edición de mediados de los cincuenta). Es una nueva forma de tiranía, la de todos contra todos. Se compagina de manera extraña la coerción sobre todos y la participación de todos en la represión. El grupo totalitario se mantiene gracias a la fuerza de su homogeneidad: el grano de arena no es nada fuera del montón de arena. No consagra la tiranía de unos pocos sobre muchos, sino el dominio de todos sobre cada uno. La unidad del grupo incita al movimiento totalitario a un permanente desplazamiento. Siempre hacia adelante, siempre en movimiento. Sólo está en el poder mientras esté en marcha. Para que la maquinaria funcione, hace falta mucha mano de obra. Los individuos son la gasolina necesaria, que rápidamente se tiran cuando ya no sirven.

El ideal o la heroicidad suele proceder de una decisión previa y una convicción individual que respeta al sujeto, la experiencia y los argumentos. Por el contrario, en los movimientos totalitarios, el fanatismo mantiene unidos a los miembros no por la experiencia o los argumentos, sino por la identificación con el movimiento y su líder. Para lograr semejante grado de fanatismo previamente han debido eliminar en el individuo la capacidad de experimentar y de argumentar libremente. Hannah Arendt lo llama atomización. Los totalitarismos encuentran la fuerza en el número de miembros, fuertemente vinculados y convertidos en masa, fanatizados y atomizados. La diferencia entre los distintos tipos será mínima: poco importará organizar a la masa en nombre de la raza, de la clase social o de la verdad.

Igualar a las personas no es suficiente para los regímenes totalitarios porque dejaría intactos ciertos lazos familiares o culturales. Debe acabar de raíz con la existencia autónoma de cualquier actividad libre. La uniformidad es una condición previa en el totalitarismo, Himmler decía que un miembro de las SS era un hombre nuevo que en ninguna circunstancia “hará una cosa por su propio interés”. En la sociedad soviética se llegó a la atomización a base de purgas que invariablemente precedían a la liquidación de grupos. Las purgas tratan de destruir los lazos sociales y familiares, amenazan desde los simples conocidos hasta los familiares y amigos. Una frase de Hannah Arendt resume perfectamente la esencia de lo que queremos decir:

“Los movimientos totalitarios son organizaciones de masas de individuos atomizados y aislados. En comparación con todos los demás partidos y movimientos, su más conspicua característica externa es su exigencia de una lealtad total, irrestringida, incondicional e inalterable del miembro individual (…) base psicológica de la dominación total. Sólo puede esperarse que semejante lealtad provenga del ser humano completamente aislado, quien, sin otros lazos sociales con la familia, los amigos, los camaradas o incluso los simples conocidos, deriva su sentido de tener un lugar en el mundo solo de su pertenencia a un movimiento, de su filiación al Partido. La lealtad total es posible sólo cuando la fidelidad se halla desprovista de todo contenido concreto, del que surgen naturalmente los cambios de opinión” (H. Arendt, El origen…, p.405).

Un movimiento que se mantiene constantemente en marcha y domina al individuo en todas y cada una de las esferas de la vida. “No deseo ser Yo, quiero ser Nosotros” confesaba Bakunin, y Nechayev predicaba el nuevo evangelio del hombre “sin intereses personales, asuntos, sentimientos, lazos, propiedad, ni siquiera su nombre propio”. Destruyeron la intimidad y la moral privadas, eliminaron toda iniciativa intelectual espiritual o artística, porque el dominio total no permite la libre iniciativa en ningún campo y en ninguna actividad. Los talentos se sustituyen por el fanatismo, única garantía de la lealtad.

En los países totalitarios se afirma que la propaganda y el terror ofrecen dos caras de la misma moneda. Donde el totalitarismo posee un control absoluto, se sustituye la propaganda por el adoctrinamiento y se utiliza la violencia (o la coacción) no tanto para asustar sino para imponer sus doctrinas y mentiras. Propaganda para los de fuera, adoctrinamiento para los de dentro. Donde el dominio sea efectivo y total, desaparece la propaganda. Con otras palabras, la propaganda es un instrumento, quizás el más importante del totalitarismo, para relacionarse con el mundo exterior. El terror (o la coacción) constituye la esencia de su forma de gobierno. Más que las amenazas directas o los crímenes contra individuos, el totalitarismo prefiere las alusiones indirectas, veladas, amenazadoras, contra quienes no atiendan a sus enseñanzas. Una enseñanza infalible, por otra parte, porque el líder del movimiento totalitario no puede equivocarse jamás ni puede reconocer un error. No tanto por su superior inteligencia, sino por haber sabido interpretar sin error la ley de la Historia, de la naturaleza o de Dios.

Como el sentido común se desarrolla en la vida comunal y los miembros atomizados de los movimientos totalitarios la habían perdido, en un desarraigo social y espiritual, la mentira y la arbitrariedad pueden venderse dentro de la propaganda. La línea divisoria entre la ficción y la realidad queda difuminada por la ausencia de sentido común; entonces la propaganda totalitaria puede hacer y decir lo que quiera. Aíslan a la gente del mundo real. Después rodean las esferas del poder del máximo secreto y lanzan la ficción y la mentira como si fuera verdad. En el caso de los nazis, la ficción más eficaz fue hacer creer la historia de una conspiración judía. La propaganda y sus mentiras consolida la organización y proporciona a los individuos atomizados algún elemento de identificación.

La organización totalitaria depende del líder, la “voluntad del Führer” en el caso nazi. Ésta es la ley suprema en un régimen totalitario. Lo rodea un círculo interno de élite que difunde en torno a él un aura de impenetrable misterio. El líder ejerce una defensa mágica del movimiento contra el mundo exterior y, al mismo tiempo, es el puente que relaciona con el mundo. Reivindica en el individuo atomizado que lo sigue la responsabilidad personal “según el cual, cada funcionario no es solamente nombrado por el jefe, sino que es su encarnación viviente y se supone que cada orden emana de esta fuente siempre presente”. (H. Arendt, Los orígenes…, p. 462).

La identificación del Jefe con el subordinado y este monopolio de responsabilidad es lo que distingue a un líder fascista de uno totalitario. Un tirano nunca se identificaría con sus subordinados y, menos aún con cada uno de sus actos. Podrá utilizarlos como víctimas propiciatorias, pero siempre mantendrá una distancia con ellos. El líder totalitario no puede tolerar ninguna crítica de sus súbditos, dado que éstos actúan siempre en su nombre. El control llega a ser total gracias a que cada individuo atomizado se siente sometido a constante vigilancia incluso por parte de sus compañeros. Todos espían a todos.

La destrucción de los derechos humanos es un prerrequisito para dominar enteramente al hombre. El paso siguiente será la preparación de “cadáveres vivos”, atomizados, asesinando la persona moral, corrompiendo la solidaridad humana. Una vez asesinada la persona moral y aniquilada la persona jurídica, casi siempre tiene éxito la destrucción del individuo. Y para destruir la individualidad hay que matar la espontaneidad, la capacidad del hombre para empezar algo nuevo. Entonces, sólo quedan marionetas y fantasmas.

Apuntes para una historia de la “santa coacción”: El “Sodalitium Pianum

“El terror pánico, sembrado por el Integrismo
mediante sus citadas odiosas armas de la difamación en la Prensa
y de la persecución con las secretas delaciones,
ha llegado a tales extremos
que no solamente falta valor para decir de la secta
lo que tantos dirían si se sintieran libres,
sino que hasta son incontables,
y no precisamente de las capas humildes
y con facilidad dominadas por el miedo,
los que ni siquiera se atreven a dar las gracias
o a enviar un simple acuse de recibo cuando se les remite algún trabajo donde se impugne a los integristas”
D. Maximiliano Arboleya Martínez (1930)

Después de hacernos pasar por la “santa intransigencia”, san Josemaría pretende llevarnos a la santidad con un segundo principio: la “santa coacción” (Camino, 387). Antes de entrar en la concepción que tenía Escrivá de la “santa coacción”, me parece conveniente recurrir a la historia buscando los antecedentes. Creo encontrarlos en el “Sodalitium Pianum”, una organización eclesial de tiempos de Pío X. La introducción a su historia puede servirnos para preguntarnos en la siguiente entrega si el Opus Dei es su continuación.

El “Sodalitium Pianum”

Humberto Benigni nació en Perugia el 30 de marzo de 1862, diócesis gobernada en aquel momento por quien más tarde sería Leon XIII. Fue ordenado sacerdote en 1884. Era de temperamento ardiente, hombre tenaz y sacrificado, disciplinado, culto y conocedor de varios idiomas. En 1906 monseñor Gasparri lo eligió como colaborador en la Secretaría de Estado...

Benigni tuvo una idea: organizar desde Roma una central de información utilizando en todo el mundo los recursos de la Secretaría de Estado. Le dio forma de agencia desde mayo de 1907, ofreciendo a las redacciones de los periódicos católicos un servicio de noticias denominado Corrispondenza Romana, o simplemente Romana. En principio no tenía carácter oficial.

Sucedió que Pío X había publicado la Pascendi y estaba llevando a cabo una sistemática liquidación del modernismo. Benigni incorpora su agencia a las campañas de represión, y de instrumento informativo pasa a ser instrumento de combate. La agencia se convierte en una trinchera. A este primer error se añade otro: crea una ambiente de secretismo, sectario, en orden a una mayor eficacia y concibe el “Sodalitium Pianum”, una red internacional de personas escogidas por su valía y apego a la Santa Sede, que debían constituir una especie de guardia pretoriana del Pontífice. La ejemplaridad de conducta y la transmisión confidencial de noticias serían sus señas de identidad. El Sodalitium, o Liga de san Pío V, llamada en Francia La Sapinière, será una organización religiosa de sacerdotes y seglares bajo la autoridad de la Congregación consistorial con sede en Roma y miembros esparcidos por todos los países. No eran muchos y se consideraban “católicos romanos íntegros”. Los nombres de los miembros eran conocidos por la Congregación, pero eran secretos para los de fuera.

El servicio informativo era doble, uno ordinario, por el cual los miembros comunicaban a la dirección cuantas noticias estimaran oportunas; una vez en Roma se distribuían desde la Secretaría de Estado a cardenales, congregaciones, o al mismo Pío X. Un segundo servicio, extraordinario, a petición expresa de la persona competente, de espionaje y delación. El Sodalitium trabajaba bajo la supervisión del cardenal De Lai, prefecto de la Consistorial y hombre de confianza de Pío X en problemas de disciplina eclesiástica. De Lai revisaba las listas de futuros obispos, vigilaba el cumplimiento de los deberes episcopales y la reforma de las instituciones. En la lucha contra el modernismo era la mano dura. Fue temido, no amado. Aunque Pío X era enemigo de secretos, De Lai vio con agrado el sigilo del Sodalitium. Según el historiador José María Javierre (a quien he seguido hasta ahora), ni Pío X, ni Merry del Val intervinieron de manera directa en el montaje y funcionamiento del Sodalitium (cf. AA.VV. Historia de la Iglesia, coord. Fliche- Martín, vol. XXV (2), Valencia 1991, pp. 413 y ss). En esta interpretación de los hechos, Pío X pudo haber bendecido una obra buena apoyada por De Lai, asignándoles una pensión de 1.000 liras anuales, pero nunca la aprobó canónicamente ni recibió personalmente a Benigni. No se espió a los obispos ni se utilizó ninguna violencia en su contra. Eso sí, al grupo de Benigni se adhirieron los integristas pendencieros de diversos países. Muerto Pío X se dispersaron los miembros, pero en 1915, con el apoyo del cardenal De Lai, vuelve a funcionar de nuevo hasta 1921, fecha en que fue definitivamente disuelto. Desde entonces Benigni se dedicó al estudio y falleció el 26 de febrero de 1934.

Hay más datos y otras interpretaciones. La gravedad de los hechos hace que en una misma Historia de la Iglesia escrita por diversos autores, aparezcan matices e incluso divergencias entre ellos. Para el historiador Juan Eduardo Schenk (ver la obra citada anteriormente, vol. XXVI (1), Valencia 1979, pp. 55-71), en el Pontificado de Pío X se creó un clima de inseguridad, de acusaciones y delaciones que paralizaban las buenas voluntades. El cardenal Gasparri habla en el proceso de beatificación de Pío X de una “asociación oculta de espionaje, fuera y por encima de la jerarquía, que vigilaba a los miembros de la jerarquía hasta a los mismos cardenales (…) una especie de masonería en la Iglesia”. En sus memorias manifiesta este punto cuando afirma: “Se ha dicho repetidamente, y por desgracia parece cierto, que las denuncias que partían del “Sodalitium Pianum” explican plenamente la actitud de grave reserva que Pío X adoptó al respecto de personalidades eclesiásticas dignas de la mayor consideración. No deseo entrar en particulares (…), citaré el ejemplo de los padres jesuitas, tan mal vistos por monseñor Benigni. El Santo Padre no se hallaba seguro de su ortodoxia, y los consideraba poco menos que infectados por el modernismo”.

Según Schenk, Pío X no llegó a estar enterado de todo, aunque conforme pasaban los años de su Pontificado se fue haciendo más intransigente. A partir de 1910 , la constante ansiedad y temor en que vivía le llevó a decir que “lo peligroso del mal permite la aplicación de medios extraordinarios”.

Los historiadores se encuentran molestos. Prefieren exculpar al Papa Pío X de aquellas oscuras maniobras. Personalmente creo que las opiniones del cardenal Gasparri, tanto durante el proceso de beatificación de Pío X, y otras en sus memorias escritas para la historia, son de gran valor.

Los papeles de Gante

Una vez constituido, el grupo entra en acción en toda Europa. Pretenden monopolizar el catolicismo y se pasan la vida dando lecciones de ortodoxia llamando liberales vitandos a cuantos no dan su nombre a la secta (dirá D. Maximiliano Arboleya, a quien sigo a continuación en su libro ya citado sobre el Integrismo).

Las circunstancias hicieron posible lo imposible cuando los alemanes descubrieron en casa del abogado Jonckx, en la calle Carlos V, número 100 de Gante, algunos centenares de cartas, memorias, documentos de toda clase, la mayor parte de los cuales llevaban la indicación de “confidencial”,para quemarlo”, “sub sigilo”, pero cuyo texto resultaba en la mayor parte de los casos indescifrable. Requerido por la autoridad alemana el abogado para que revelase las claves de los escritos, entregó un diccionario de pseudónimos empleados en los documentos. Se trataba, ni más ni menos, que del archivo secreto del Sodalitium.

Gracias a los papeles de Gante se ha podido reconstruir cómo funcionaba la organización de Benigni. De 1909 a 1914 fue una Sociedad secreta, o mas bien una Federación de Sociedades secretas extendida por toda Europa, con un centro en Roma y otro en Gante. Por las cartas y documentos sabemos que Benigni intervenía directamente en todos los movimientos de la Organización (Quentin, en el lenguaje secreto de la secta). Muy pronto, al lado de la Organización principal surgieron otras: “Las Conferencias de san Pedro” formada por amigos de La Sapinière; una oficina de información que recoge información en el secreto más absoluto; la “Agencia Internacional Roma” encargada de recopilar los mayores secretos, no publicables en la “Corrispondenza Romana”; y una Asociación de escritores integristas, que tenía por órgano el boletín secreto “Borromeus”.

Los adheridos de todas las naciones – cuenta D. Maximiliano después de leer los originales-, que en 1912 llegaban al millar, no debían revelar a nadie nada de lo que allí pasaba. Sus estatutos se completan con un programa muy largo y detallado, donde se declara que su objeto es denunciar en todas partes, siempre y bajo todas las formas: el interconfesionalismo, el feminismo, la Democracia cristiana, el sindicalismo implícita o explícitamente arreligioso, la manía o la debilidad de tantos católicos por aparecer condescendientes y reformistas, propicios a un optimismo sistemático, etc”.

Los asociados formaban grupos, pero también los hay que trabajan aisladamente. A los más íntimos se les llamaba “Paulus”. Se recomienda con insistencia el secreto a todos los miembros. Los documentos más importantes llevan la indicación “sub sigilo”. Los miembros deben escuchar, hacer hablar a los otros, recabar información y guardar la mayor reserva para así ser eficaces en la denuncia contra todas las artimañas modernistas o modernizantes, aun de los que no merezcan por completo ese nombre. Benigni firma los documentos con trece nombres distintos, Ars, Charles, Arles, etc. Al Papa se le designa con los nombres de Michel, Michaelis, o La Baronesa Micheline. De manera especial el secreto debe ser guardado ante los obispos, de quienes se desconfía siempre y se los llama “Tías” y a los sacerdotes “sobrinos”. Todos los obispos alemanes son sospechosos menos dos. Al cardenal Merry del Val (Secretario de Estado) no se le debe confiar ninguno de los secretos y algunas averiguaciones tampoco deben ser comunicadas al Papa Pío X.

Objeto de la organización secreta

En su programa, una especie de manifiesto, declaran ser integralmente contrarrevolucionarios, católicos integrales, contrarios al liberalismo religioso y social y a la democracia cristiana. Luchan por la Tradición y la Autoridad. Son enemigos de la Iglesia Católica la secta judeo-masónica y, dentro de la Iglesia, los modernistas y los demo-liberales. Combatirán a los enemigos externos e internos bajo todas las formas, con todos los medios honestos y oportunos. Lucharán sin rencor y sin debilidad o equívoco, “como un buen soldado trata sobre el campo de batalla a todos aquellos que combaten bajo la bandera enemiga”. Señalan los puntos a combatir: la disminución del poder del Papa, la “Cuestión Romana”, el laicismo, el interconfesionalismo, el sindicalismo no religioso, neutro y amoral; lucharán contra toda acción individual o social que no tenga en cuenta la verdadera moral, la verdadera religión, y por tanto la Iglesia; el nacionalismo pagano, el feminismo, la separación de la Iglesia y el Estado; cualquier filosofía, teología o manifestación artística de influencia modernista; el falso misticismo de tendencia individualista o iluminista; la utilización de la Acción Católica en beneficio de posturas partidistas que quieren sacar al clero de la sacristía y dedicarlo a tareas sociales. Y, por último, se declaran contrarios a la debilidad de tantos católicos tolerantes y avergonzados de su fe y pertenencia a la Iglesia (publicó el manifiesto Émile Poulat en 1969; se puede leer en internet, traducido del francés al italiano por los seguidores de Lefèvre http://www.sodalitium.it/Default.aspx?tabid=42).

En la práctica el fin perseguido lo realizaron por medio de delaciones. La sociedad no viene a ser, en resumidas cuentas, más que una vasta empresa de denuncias, centralizada por Benigni. “Inquisidores sin mandato”, los llamará el P. Guitton. Los afiliados a la secta se juraban una fraternidad mutua, que recuerda las prácticas de la Masonería.: “Católicos integristas, tened buen ánimo; sed amigos de los bravos, todos por uno y uno por todos. El momento psicológico ha llegado, en el que se va a saber quiénes merecen nuestra confianza, en el que se sabrá quién es un buen hermano y quién es un cobarde y un traidor. Nosotros todos queremos ser no más que buenos hermanos, todos buenos hermanos, nada más que buenos hermanos”.

Los informadores se extienden por todas partes. En Asturias el encargado de vigilar e informar era un funcionario de Hacienda. En Alemania la organización tiene un activo agente, cierta Madre Gertrudis y M.H.F.; en Bélgica, M.J. y M.M., en Francia, el abate R. y el abate B.

La lista de denunciados se haría interminable, sólo daremos algunos nombres: el cardenal Amette de París, acusado de proteger a los democristianos; el arzobispo de Viena, el de Malinas, varios obispos franceses, los dominicos de la Universidad de Friburgo, el provincial de los jesuitas alemanes, escritores, periodistas, casi todas las Universidades católicas y la mayoría de los jesuitas, llamados “Nazly” en el argot de la secta.

Las acusaciones son siempre las mismas: defender la aconfesionalidad, tener tolerancia excesiva con los no católicos, halagar a los obreros, fomentar la lucha de clases por medio del sindicalismo, ser liberales, desobedecer al Papa (de la obediencia a los obispos nunca hablan porque la inmensa mayoría “no son de fiar”), apoyar la democracia cristiana queriendo casar dos contrarios, democracia y catolicismo, crear sindicatos obreros junto a los protestantes…

Los miembros de la organización fundada por Benigni se creían en la obligación de defender “mordicus” (a mordiscos) la única Verdad de la Iglesia.

Los informes secretos

Una vez constituido el grupo y hermanado bajo la dirección de Benigni, se trataba de recoger información confidencial y elaborar los informes que más tarde se utilizarían según conviniera. Dos cartas dirigidas a un sacerdote pueden servir de modelo. El 13 de febrero de 1911, recibe el siguiente escrito “muy confidencial”:

“Mi reverendo y buen Padre: Uno de mis amigos sacerdote de gran valer, me pide, para Roma, los siguientes informes sobre los miembros del Consejo de Vigilancia y de la Comisión de Censura de las diócesis de T… y de M… 1) Sus nombres; 2) Sus ideas doctrinales; 3) Sus principales actos (Nota muy breve si hay algo saliente) ; 4) Sus publicaciones. Después de haberlas copiado le devolveré a usted las notas manuscritas que me haya confiado y su nombre no será jamás pronunciado; puede estar bien seguro de ello…”.

No habiendo recibido contestación, el integrista anónimo vuelve a la carga con otra misiva:

“Por delicado que sea el servicio que le pido me conceda, yo no puedo dudar que os sería fácil, aunque sea por segunda mano, reunir informes bastante exactos. En estos momentos en que nos vemos invadidos por infiltraciones modernistas la nota doctrinal es lo más interesante, y creo que es bien fácil adquirirla. Yo cuento, pues, con vuestra buena voluntad para completar la encuesta general o mejor el control general hecho sobre este punto”.

Se trataba, opina D. Maximiliano Arboleya (o.c., pp. 74-75), de confrontar y ratificar una encuesta perfectamente detallada de todo el clero diocesano de algún relieve dentro de aquella diócesis.

Una vez en Roma el material se clasificaba y la Agencia integrista difundía las delaciones por las naciones interesadas. El “terrorismo de los integristas”, expresión utilizada en 1913 por un diputado belga, actuaba presentando los informes a algún obispo afín. La revista “Mouvement de faits” y D. Maximiliano explican el procedimiento:

“Ved con qué cuentos de portera es alimentada la curiosidad integrista (…). Informes tomados cerca de los aludidos en esas circulares aseguran que no guardan la menor memoria de los hechos que se les imputan resultando todo ello un monumento de delación”.

“Un cualquiera va con estos chismes y cuentos de comadre deslenguada a todo un dignatario eclesiástico, muy adornado de cintajos morados, como observa graciosamente La Civiltà Católica, y ese Monseñor los divulga con seudónimo entre los compinches de las diversas naciones para que, cada cual, en su radio de acción, contribuya en lo posible a la difamación de los tan bellacamente denunciados”.

La “santa coacción” en acción

Una vez puesta en funcionamiento la maquinaria represora, las gentes del Sodalitium, capitaneadas por Benigni, sembraron el terror por toda la cristiandad europea. Nadie estaba a salvo de la sospecha. Como sucede en gran parte de los casos, la mayoría optó por el silencio, o miró para otro lado. Muy pocos osaron enfrentarse públicamente. Sus voces quedaron silenciadas por la historia. Hemos recuperado dos, la del P. Guitton y la del arzobispo de Albi.

El primero se quejaba amargamente de la situación con un diagnóstico certero: “Mientras la Masonería triunfante nos pisotea y nos trata como proscritos, falsos hermanos que se dicen integristas se convierten en denunciadores de todos los hombres celosos que emplean su vida, su fortuna y su inteligencia en el servicio de Jesucristo y de su Iglesia (…). Esta persecución de los nuestros es más dolorosa, y sobre todo, más perjudicial, que la de nuestros enemigos. Si los católicos hubieran comenzado antes a fundar sindicatos, el socialismo no se habría apoderado de nuestras poblaciones obreras”.

Merece la pena que nos detengamos un momento con el segundo. No fue el único que tuvo la osadía de enviar informes a Roma. Otros obispos y cardenales denunciados por los integristas hicieron llegar sus protestas. El arzobispo de Albi, Mons. Mignot, tuvo la originalidad de enviar una memoria extensa dirigida al recién nombrado Secretario de Estado, cardenal Ferrata, nada más ser elegido Papa Benedicto XV. (La resumo respetando entre comillas y cursiva las citas literales):

Tras una breve introducción, expresa la fidelidad de la Iglesia de Francia a la Santa Sede. “Por eso –continúa- nos ha causado pena, en estos últimos años principalmente, el ver no sólo a nuestros hombres de Estado, los más moderados y mejor dispuestos, sino a la gran mayoría de los católicos franceses, tachados de sospechosos y echados a un lado por gentes sin mandato. Parece – sigue diciendo- , que sólo se quiere confiar en energúmenos sin influencia en el país, gente poco profunda que descalifica y trata de dudosos a hombres honrados. Semejante actitud ha llenado de amargura y desaliento el corazón de estos servidores tan abnegados. Periodistas, diputados, apóstoles generosos han sido maltratados por escritores privados de autoridad que se declaran sin cesar amigos de Roma. “Si se continúa persiguiéndonos así -le decían al arzobispo de Albi un grupo de seglares-, nos será forzoso abandonar la defensa de los intereses católicos y retirarnos a la soledad y la paz de nuestros hogares, contentándonos con lo estrictamente necesario para permanecer fieles a nuestros deberes”.

Estas gentes han abusado y con un poder secreto pretenden imponer su voluntad a obispos, generales de Órdenes, clero secular y regular. “Este poder irresponsable, anónimo y oculto, disponía de dos medios para reducir a los que rehusaban inclinarse delante de sus caprichosas exigencias: La prensa y la delación (…). Bajo la apariencia de una intransigente y feroz ortodoxia, sus redactores no satisfacían de ordinario más que rencores personales. Parecían no tener otra tarea que desacreditar a los mejores apóstoles. En Francia no había nadie que quisiera fundar algo nuevo en medio de tantas enormes dificultades “a quien estos libelos no abrumase con sus críticas y sus injurias”. Católicos meritorios han sido “arrastrados sobre las zarzas y tratados como traidores a su fe. A los obispos que rehusaron aprobar estos procedimientos no se les perdonó jamás”.

Acusa a los periodistas sin escrúpulos de haber establecido una “tiranía” creando entre los fieles un verdadero “terror” que se manifiesta con frecuencia en el desaliento y el abandono de la lucha. Acusa a Benigni de ser un ambicioso que vio frustradas sus aspiraciones bajo el Pontificado de León XIII. Insiste en que los métodos de intimidación extremos causan gran confusión y son “una obra nefasta, porque fue obra de división realizada por la maledicencia, por la calumnia, por un olvido total de las reglas elementales de la caridad cristiana y de las consideraciones debidas tanto a los católicos meritorios como a la autoridad episcopal”.

Estas gentes “ariscas” han impedido la acción de hombres que se proponían extender la influencia de Jesús en las sociedades. “Un cardenal italiano, ilustre por su virtud y su ciencia, a quien se le dijo un día que estos escritores tan pródigos de consejos y de críticas, no hacían nada positivo, replicó indignado: “¿Cómo que no hacen nada, si están a punto de destruirlo todo?” (…).

“Han tomado en la Iglesia un lugar bien importante. Se arrogan el derecho de juzgar, desde la cumbre de su incapacidad, a todos aquellos sacerdotes, Obispos, y aun al mismo Papa, que no consienten sufrir en silencio su dictadura. Han usurpado las funciones de la Iglesia docente con el más grande perjuicio para las almas, a las que han desorientado para la disciplina, por ellos debilitada, y para la doctrina, que han desfigurado frecuentemente porque la ignoraban” (…).

“En un gran número de diócesis de Francia y del Extranjero pareció organizarse un sistema de espionaje. Los Obispos, los sacerdotes, los hombres de acción, los rectores y profesores de Universidades católicas, eran vigilados. Se denunciaban sus escritos, sus discursos, sus menores palabras, a las publicaciones de la camarilla o a la autoridad suprema. Estas denuncias, nosotros lo sabemos, eran frecuentemente secretas y anónimas, pero testimonios dignos de fe han revelado que venían casi siempre de laicos desequilibrados, de sacerdotes que habían tenido dificultades con sus superiores, o de religiosos perturbados que servían a mezquinas pasiones de partido o a envidias de cuerpo (…). La víctima no tenía más remedio que inclinarse, porque defender su inocencia contra un calumniador anónimo y secreto le era imposible”.

Terminemos con la memoria del arzobispo de Albi. Llega a decir que el “poder oculto” se alaba de nombrar incluso a los obispos. Y que se tiene la sospecha de dos pesos y dos medidas en la Iglesia: extrema severidad con los grupos más abiertos e indulgencia con los integristas. En este punto hace referencia a los jóvenes “sillonistas”, un grupo numeroso que pretendía crear un catolicismo liberal de izquierdas; fue condenado y, obedientes, se disolvieron.

Benedicto XV

Ante Benedicto XV aparecía una doble tarea: pacificar la Iglesia y pacificar Europa. Al día siguiente de su elección – cuenta Schenk- con ocasión de recibir al cardenal Pietro Maffi, arzobispo de Pisa perseguido por el Sodalitium, le aseguró que “el tiempo de las delaciones había ya terminado”. De igual modo se expresó ante el cardenal Ferrari, otro de los perseguidos. Si bien seguía con sus actividades secretas, Benigni dejó de pasar informes confidenciales al Papa. Éste desconfiaba y Benigni le tenía una viva antipatía. El cardenal Gasparri, testigo de excepción, cuenta en sus memorias un detalle revelador: “Monseñor Benigni, en un viaje a París acudió a visitar a monseñor Baudrillart, rector del Instituto católico de París, quien posteriormente me contó que Benigni, muy imprudentemente, le había dicho que sentía una viva antipatía hacia el Papa Benedicto XV y hacia el cardenal Gasparri. El Papa y el cardenal están conduciendo la Iglesia a su ruina. Pero esto no será por mucho tiempo, pues la salud del Papa, afortunadamente, no es nada buena y no puede dudarse de que su sucesor cambiará totalmente de rumbo”.

A los dos meses de recibir la memoria del arzobispo de Albi, Benedicto XV publica su primara encíclica. Escribe: “Nos procuraremos resueltamente que cesen las disensiones y discordias que hay entre los católicos y que no nazcan otras en lo sucesivo”. Además del llamamiento a la unidad invita a todos a someterse a la autoridad del obispo y pide que ninguna persona privada se tenga por maestro en la Iglesia. Para disgusto de los integristas, también confirma la doctrina social de León XIII.

El cardenal Gasparri nos cuenta en sus memorias que la Sagrada Congregación Católica fue informada de todos los movimientos del Sodalitium y disuelta mediante carta del 25 de noviembre de 1921, en cumplimiento del canon 684 del Código de Derecho Canónico, donde se prohíben las asociaciones secretas; la orden fue hecha efectiva el 8 de diciembre del mismo año. En la carta se dice textualmente que, “habiendo cambiado las circunstancias, parecía conveniente la disolución del Sodalitium”. El mismo cardenal había colaborado en su redacción y esa frase se puso “por respeto a las precedentes aprobaciones obtenidas por el Sodalitium de parte de Pío X y del cardenal De Lai (…). No cabía admitir por más tiempo la existencia de una asociación cuya finalidad era el espionaje y, además, por encima e independientemente de la jerarquía”.

Mutaciones

Según los historiadores y el mismo cardenal Gasparri, Benigni aceptó la orden y disolvió la asociación. Esto no es del todo cierto, pues nunca llegó a desaparecer. Terminada la gran guerra y con la proliferación de partidos demócrata cristianos volvieron los ataques y las denuncias. En el número de Mayo de 1927, la revista belga Le Mouvements de faits titulaba: “El Integrismo reaparece”. A través de diversas mutaciones el integrismo había preparado el camino a la “Acción francesa”, condenada posteriormente y más tarde rehabilitada por el Papa. Dos circulares o comunicados dan a conocer su posición, apoyando la Acción Francesa e interpretando la condena vaticana:

“La sola fuerza humana, el único escudo de que disponemos en Francia contra el triple peligro –y bien inminente- de que estamos amenazados: la revolución, la invasión… y la persecución religiosa”. A continuación, afirman que quien ha dirigido la mano del Papa obligándole a firmar la condenación no ha sido tanto la protestante Alemania como la influencia judía: “En cuanto al golpe romano que acaba de caer sobre la Acción Francesa, no se necesita ser muy perspicaz para descubrir en él las trazas de la influencia judía (…). Se deja invadir por una multitud intrigante de convertidos judíos, da alientos a Internacionales más o menos blancas (se refiere a la Internacional demócrata cristiana), sin caer en la cuenta de que éstas son los trozos de la serpiente hebrea dispuestos a unirse y que pretende confiscar todas las Obras sociales, surgidas de la iniciativa privada de los católicos, para internacionalizarlas en las manos de los RR. PP. Jesuitas; y de todo esto es el judío quien saca provecho, a expensas de la Cristiandad”.

Como tienen una tendencia permanente a querer cambiar la realidad a través de la política, crearon al principio su propio partido político. Tras su fracaso se hicieron carlistas en España, fascistas de Mussolini en Italia y franquistas en España.

En 1950 vuelven a organizarse en Francia alrededor de la revista “La penseé catholique” . Cuando salió el primer número, en 1946. muchos pensaron en la reaparición del catolicismo intransigente y antimodernista. Y así fue. Los cuatro fundadores de la revista, entre los que se encontraba Lucien Lefèvre (1895-1987), se conocieron cuando eran estudiantes en Roma. Proponían una educación intransigente que se definía negativamente: antiliberalismo, antilaicismo, antimodernismo y antisillonismo. Exigían la aplicación total de la verdad católica, en particular lo que concierne a las relaciones de la Iglesia y el Estado y el lugar social que se debe reservar a aquella. Eran partidarios de la unidad de todos los católicos en un mismo partido político, a fin de obtener un poder político susceptible de cambiar las leyes laicistas emanadas de la Revolución francesa. Francia debe volver a ser católica. Habían quedado traumatizados por la condena de la Acción Francesa y querían recuperarla para su causa. Según ellos, consiguiendo el poder político, donde se juegan los principios, podremos de nuevo volver a ser una nación católica (para más información http://www.catholica.presse.fr/decouv-23-1.html).

Los seguidores de Lefèvre rechazaron el Concilio Vaticano II y siguen sin reconocer a los últimos Papas. Consideran vacante la Sede de Pedro. Juan Pablo II excomulgó a Lefrève cuando ordenó sacerdotes. En 1985 cuatro de ellos se separaron creando una nueva organización, la cual publica una revista llamada “Sodalitium”. El actual Papa Benedicto XVI recibió en audiencia al sucesor de Lefèvre y nombró una comisión de diálogo con ellos. Entre sus miembros se encuentra Darío Castrillón, cercano al Opus Dei, y el cardenal Herranz, miembro de la Prelatura.

En una palabra, el integrismo es un virus mutante, con diferentes formas y presentaciones. Está presente en la Iglesia desde la Revolución francesa. Desde entonces, la diferente forma de enfrentarse a la Modernidad, ha dividido a los católicos.

Reflexión con pregunta

Al terminar la exposición debo manifestar mi dolor ante el contenido de las líneas precedentes. El mismo malestar han debido de sentir los historiadores católicos a la hora de relatar los hechos. Unos prefieren silenciarlos, otros los cuentan de pasada, dejando claro que con la prohibición del Sodalitium por parte de Benedicto XV, la secta se desintegró por completo y aquello no fue sino una mala noche de la Iglesia. Pero los hechos se empeñan en desmentirlo. El integrismo siguió adelante, se recompuso de mil formas diferentes y a mediados de los años 20 del siglo pasado actuaba de nuevo, acusando, entre otros muchos, a D. Maximiliano, quien tuvo que acudir a Roma para defenderse (cf. Domingo Benavides, El fracaso social del catolicismo español, Arboleya Martínez 1870-1951, Barcelona 1973, pp. 417-477).

Según el historiador Hubert Jedin, tuvimos que esperar hasta la llegada de los exhaustivos trabajos de Émile Poulat, para llegar a conocer toda la verdad. En su libro Intégrisme et catholicisme integral (Tournai 1969), demuestra la inconsistencia doctrinal del Sodalitium, el escaso número de sus miembros (no superaba los 50), y el mal que causó a la Iglesia. Entre muy pocos consiguieron sembrar el terror en la Iglesia católica, dividieron a los católicos, se organizaron como una secta, difamaron, calumniaron y denunciaron. Y todo lo realizaron con la aprobación del Papa Pío X. La realidad era mucho más modesta y al mismo tiempo mucho más oficial de lo que ellos mismos hicieron creer. Siendo pocos, estaban bien organizados y tenían abundantes contactos, aunque en ocasiones también surgían profundas diferencias de criterio entre ellos. Los escasos miembros del Sodalitium, además de buenos contactos, tenían una buena red de simpatizantes, que transmitía la sensación de ser muchos. El Papa apoyó La Sapinière, conoció la actividad de su fundador, la aprobó y estimuló. Benigni lo informaba a diario a través de monseñor Bressan y el mismo Papa le encomendaba la elaboración de informes y encuestas secretos. Personalmente respaldó una especie de policía secreta eclesiástica, que hoy día nos repugna. Se mostró complaciente con la “Acción Francesa”, el grupo de extrema derecha dirigido por Charles Maurras, amigo de los integristas en su afán por desbancar a la democracia cristiana. Estaban convencidos – y Pío X les daba la razón-, de que la religión fundamenta el orden social y que si se quieren resolver los problemas sociales y políticos fuera del control de la Iglesia se perdería la “civilización cristiana” (cf. Hubert Jedin, Manual de Historia de la Iglesia, VIII, Barcelona 1988, pp. 651 y ss.).

A mi entender, hay algo todavía más grave: El totalitarismo se había incrustado en la Iglesia. En el corazón del Vaticano, con el Papa a la cabeza, se habían aceptado y promovido las ideas totalitarias con todo lo que esto supone. En aquellos años, las organizaciones secretas y sus formas de funcionamiento se habían infiltrado en el Vaticano. También las instituciones sectarias. Y la coacción, el terror y las purgas. A propósito de estos años, M. Trevor ha llegado a hablar de “la era estaliniana del Vaticano” (cf. Roger Aubert, en AA.VV., Nueva historia de la Iglesia, V, Madrid 1977, pp. 199 y ss.).

La mayoría de los historiadores dan por zanjado el asunto con la desaparición del Sodalitium. A la vista de los hechos, yo no estoy tan seguro. La Iglesia, desgraciadamente, se había visto involucrada en el mal del siglo XX, el totalitarismo. Una vez dentro, no es tan sencillo erradicar el error. La medida de Benedicto XV en contra del Sodalitium era necesaria, pero un decreto no borra de las mentes las malas artes aprendidas. Los seguidores cismáticos de Lefèvre siguen reivindicando la figura de Pío X y la memoria del Sodalitium.

Por eso termino estas líneas con una pregunta:

El Opus Dei, ¿es una continuación del Sodalitium Pianum?


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