El endiosamiento bueno

From Opus Dei info

Autor: Heraldo, 17 de diciembre de 2007


La vida en una delegación del opus suele ser bastante aburrida por la cantidad ingente de controles que tiene que instrumentar, recibir y procesar, pero tampoco le faltan acontecimientos que le recuerdan al elegido el sentido de su existencia en este mundo. Como yo estuve por casi 20 años en una de ellas, más grande que la mayoría de las Comisiones regionales, algo o alguien nos sacaba de la rutina, dándole a la vida la intensidad que requeríamos para sentirnos en el ojo del huracán de la actividad redentora de Cristo.

Todos los fines de semana llega el correo de los centros. Pilas y pilas de papeles de diversa índole, pero sobre todo informes económicos, informes apostólicos (estadísticas de las labores de San Gabriel y San Rafael), consultas de todo tipo, y, no podían faltar, un buen altero de informes ascéticos para la admisión, la incorporación temporal, la incorporación definitiva, el nombramiento de celadores, encargados de grupo, y muchos otros informes solicitados ad casum por las más diversas razones. Los asuntos “de conciencia” venían tratados en sobres y papel aparte, con la oportuna referencia protocolaria...

Formar parte de una Delegación es una distinción que, aunque nunca se expresaba abiertamente, todo el mundo sabe, en el opus, es algo del todo excepcional entre los excepcionales. En los centros “normales”, en cambio, se confina a los demás miembros, aquellos que no han logrado suficientes condiciones de fidelidad, inteligencia y santidad como para poder ocuparse de las almas de sus hermanos. Los miembros de un organismo intermedio –Delegación o Comisión- son unos auténticos elegidos entre los elegidos; y eso lo llevan, con temor y temblor, en lo más profundo de sus conciencias.

Los asuntos más delicados son los llamados de “San Miguel”, es decir, los que se refieren a los Numerarios y Agregados de la Prelatura, en lo que respecta a su vida interior y su destinación. Nunca falta, semana a semana, en una Delegación como esas, algún asunto de interés, que hace que la Delegación se cargue de una atmósfera de sancta sanctorum vulnerado: un numerario manifestó su deseo de dejar la obra, un cura confesó a una tía fuera del confesionario (suspensión a divinis), el director de un centro estuvo coqueteando por el telefonillo con la directora de la administración, uno de los Directores pilló a un numerario abrazado de una tía paseando en coche por la ciudad, el director de un centro soltó el sapo de que ha estado viendo películas pornográficas en su centro, un cura que se fue a dar un “masaje”… Ejemplos que recuerdo a vuelo de pájaro.

Ocurre entonces que algunos de los directores de la delegación, puros entre los puros, son convocados a reunión extraordinaria donde se toca “el caso”. Como hablamos de miembros con la fidelidad, con muchos años de entrega, directores de centros y aun sacerdotes consagrados in sacris, aparecen rostros serios, dolidos y penitentes, analizando lo ocurrido, preocupados por “si ya salió todo”, y determinando las medidas a tomar para sacar adelante al descarriado, alejarlo de la ocasión, invitarlo a la penitencia y a recomenzar una vida nueva; pasando, en ocasiones, por la admonición (palabra temida como la que más) como medida medicinal. “Hay que cargarle la conciencia”, se oye decir a menudo, para alejar a uno del error. Se deciden muy pronto cambios de centro, de charla fraterna y de ciudad. Se planean reuniones con Consejos locales, conversaciones con el interesado, con el correspondiente sacerdote…; se redactan informes. Van y vienen papeles de conciencia, de arriba abajo y de abajo arriba: consejo local, delegación, comisión, consejo general, comisión, delegación, consejo local; y así varias idas y vueltas. En las delegaciones y comisiones hay expedientes de numerarios o agregados que se miden por kilos.

Pero deseo llamar la atención sobre el estado mental, que cabe llamar “endiosamiento”, de los que a todo esto se dedican. Porque, evidentemente, se trata con toda propiedad de actividades “divinas”. ¿Quién más que Dios tienen derecho a intervenir –cortando, limpiando, cauterizando, removiendo, mandando- en las conciencias de los invitados a las bodas? Los directores son instrumentos de cosas santas, y tienen que estar a la altura de las circunstancias, con el cumplimiento fiel de sus normas, fomentando la vida interior, con un cuidado delicado de todo cuanto la obra les pide –costumbres y medios de formación- y, en la base de todo, cuidando esmeradamente la vida de la gracia en sus almas. Por eso, cuando un director de estos se va de putas acontece un hecatombe de dimensiones astronómicas, como la explosión de una supernova. La obra manchada por sus mismos miembros. Y de que pasa, pasa.

En efecto, la pureza está en la base de la idoneidad para ser director. Una persona que tiene “caídas de pureza” no está ni siquiera en condiciones de llevar charlas fraternas. Se abre la mano, a regañadientes, cuando se trata de charlas de supernumerarios, porque carecer de tareas internas podría producir un distanciamiento de las cosas de la obra que traería peores consecuencias. Además, se diga lo que se diga, los supernumerarios son otra cosa.

El endiosamiento es una marcada psicología de los directores del opus con perfiles bien precisos. Una psicología de castos y elegidos, de mentes mesiánicas. No existe en este mundo nada comparable. Otras actividades, cualesquiera que sean, no pasan de versar sobre tuercas y tornillos. Ellos, administradores de cosas divinas: en sus manos están las almas, el bien de la obra, la voluntad de Dios, la gracia del Espíritu Santo, la salvación de la Iglesia y del mundo entero. El gobierno de la obra va y viene en el mismo nivel de la conciencia de los miembros y la gracia redentora de Cristo. Por eso se justifica que en sus escritorios dancen, impresas en papel, las más íntimas disposiciones interiores, debilidades, pulsiones y depresiones, tendencias y anhelos, deseos de santidad y arrepentimientos. Toda la infinita gama de sentimientos, pensamientos y voliciones, olvidos, negligencias, rencores y nostalgias, pueden encontrarse en viejos y empolvados expedientes. La intimidad más personal de un grupo de seres humanos hecho objeto de la actividad administrativa de unos elegidos, que trabajan –cómo si no- con computadoras, archiveros, reuniones, juntas y protocolos. En suma, una suplantación impune del misterio de Dios y su correlativa invasión del sagrario de las conciencias, todo a espaldas de la tutela de la Jerarquía de la Iglesia. Ante esto, la violación física es apenas una metáfora, pero el endiosamiento permite llevarlo a cabo en la más profunda conciencia de santidad. Todo se decide colegialmente, en uno o varios niveles de gobierno. Carece de sentido arrepentirse si algo sale mal, la culpa será del descarriado. Reunidos en consejo, el Espíritu Santo sopla a sus anchas, dejando ver, sin posibilidad de error, su Santísima Voluntad. Son poseídas en paralelo las conciencias de los hermanos y la mismísima Inteligencia y Voluntad divinas. Ambas cosas son correlativas. Endiosamiento a tope.

Por extrapolación, si se trata de un director del Consejo General, el endiosamiento llega a ser delirante. Porque vivir junto al Padre, en Villa Tevere, en aquellos edificios que dieron techo a la colosal figura de nuestro Padre, entre aquellos benditos mármoles y terciopelos. Ahí todo tiene que ser santidad, pureza, oración, unión con la cabeza. El sentido de la existencia se encuentra ahí a la mano, la voluntad de Dios se toca, tan obvia y real como un templo. Así endiosado, el elegido reza, trabaja y sonríe; y refiere sus diminutas faltas en la confesión y en la charla, para mantener limpia el alma, con una monolítica seguridad interior de estar cumpliendo la voluntad de Dios.

Imaginemos lo que ocurrirá con el mismísimo Prelado, un Echevarría que nació y creció a la sombra del Santo Marqués: SUPREMO ENDIOSAMIENTO. Enyerbado de esa droga máximamente adictiva, recibiendo día al día un trato reverencial superior al de un Tlatoani azteca, ¿qué posibilidades tiene de abrirse a puntos de vista diferentes? ¿Qué posibilidad de reparación? ABSOLUTAMENTE NINGUNA. Su integridad es diamantina.

En sentido contrario, quienes no tienen esa santidad y pureza, quienes han abandonado su vocación y han ido a saciar su sed de felicidad en las charcas inmundas del pecado, no pueden decir sino falsedades y estupideces, sobre todo cuando opinan de las cosas de Dios. Los libros y testimonios de María Angustias y Carmen Tapia –por citar sólo dos insignes ejemplos- son estulticia pura. Cabría hablar de endiablamiento, pues es al príncipe de las tinieblas a quien sirven. Nada en ellas hay de aprovechable. Así: nada. Sus inteligencias, invadidas de impureza, se hacen radicalmente incapaces de verdad. Y cuando está de por medio la tendencia homosexual el desvarío llega a su máximo. No tienen ni posibilidad de contar con acierto los dedos de sus manos. Su gran escudo contra nosotros ha sido y será siempre la acusación de lujuria. Pureza contra lujuria. Un binomio que lo decide todo.

Sé bien que toda esta descripción podría sonar a chiste y exageración, y es, por desgracia, exacta y precisa como una ecuación. Un endiosamiento fundamentalista anida hoy en el seno de la Iglesia Católica, y, lo peor, oculto bajo falsas premisas de libertad y apertura al mundo. Sus enemigos son sustancialmente malos porque ellos son sustancialmente buenos. Quienes les critican son sustancialmente impuros, y ellos sustancialmente castos. Sustancialmente falsos porque ellos poseen la verdad. Dios y el diablo. Entre los opus y los ex existe una abismo infranqueable, a no ser, claro está, que el ex se prosterne a sus pies.

Pese a todo, no me parece acertado criticar la obra como un puro error. Significaría caer en su mismo maniqueísmo. Es evidente que hay cosas ahí buenas y rescatables; pero su endiosamiento es gravemente perverso, más pecaminoso aún que toda la lujuria del mundo junta. Una nutritiva sopa aderezada con cianuro, una existencia al servicio de un Sistema -de praxis y teoría- que a todas luces conduce al homicido y terricidio (Raimundo Panikkar).


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