El Opus Dei y el pecado

From Opus Dei info

Por Hormiguita, 25 de mayo de 2011


Ningún estupor debió causar en la prelatura que Juan Pablo II pidiera perdón en publico 84 veces por los errores cometidos por la Iglesia. El fundador dejó por escrito que la Iglesia no ha de pedir perdón. Por tanto, el Prelado no pide perdón públicamente por los errores o daños del Opus Dei.

Quien no pide perdón es que no tiene nada que expiar. También cabe que no vea su pecado, que esté ciego de presunción, o que le falte la humildad necesaria para llorar sus culpas. Tampoco se pide perdón cuando no se ama. Le dijo el Señor a la María Magdalena, que representa a los pecadores arrepentidos, “tus pecados te son perdonados”. Pero fue perdonada “porque amó mucho”. Ella pidió perdón en público derramando lágrimas. En el Opus Dei ¿hay algún pasado que lamentar? ¿Hay algo de lo que se pueda pedir perdón en público? Si el prelado no lo ha hecho… ¿qué vamos a decir nosotros?...

Debo felicitar a Nelli, por su artículo del pasado lunes 23. Sobre lo que dice del demonio no voy a opinar en este momento; pero, Nelli nos expone en la segunda parte de su artículo, unas consideraciones sobre el Opus Dei y uno de los siete pecados capitales, la avaricia.


¿Debe pedir perdón una institución cuando sus directrices, normas, actuaciones, o su llamado espíritu exponen u acercan a las personas a caer en materia de pecados capitales? Por ejemplo, cuando una institución –mediante dirección espiritual “institucional”- bucea en el fétido cieno y en el lodazal de los pecados de sus miembros, y lo deja por escrito, para que otros miembros lo lean y ejerzan esa dirección espiritual “institucional”. ¿Eso que es? Lo llaman informes de conciencia. ¿Pero, qué es? De cara a la gracia de Dios es una actitud inútil porque el escrutinio de los más mínimos detalles de la vida interior, a fin de medir la convergencia del dirigido, con el “buen espíritu” de la obra, no garantiza ningún aumento de amor. Dios mismo, enseñó que los pecados se perdonan “porque amó mucho”.

Si no se pide perdón en la Obra es que se cree que la corrupción del pecado no ha tocado al Opus Dei. Creo que ni los socios actuales se pueden creer esto; los de dentro viven los desmanes de la Obra, tanto como los vivieron los que se han ido. Sería negar la pobreza de la condición humana, y equiparar la institución a Nuestra Señora y los ángeles.

Volviendo a los pecados capitales.

Cuando Escriva de Balaguer puso por escrito que quienes abandonan la Obra son “unos Judas, traidores, etc.” y que “no daba un duro por sus almas”, hizo una muestra de ira. Y la ira es pecado. Y por esos escritos fundacionales ningún prelado ha pedido perdón. Es gravísimo condenar a alguien, -porque se asume una prerrogativa que es de Dios-. Eso es presunción de orgullo. Y el orgullo es pecado.

Cuando se desprecia a quienes se marchan, -como atestigua en varios escritos Pedro Perez de la Blanca y otros- engendrando una especie de rencor con juicios prematuros, eso es envidia. Y la envidia es pecado.

Cuando se cede a la comodidad y a la desgana de hacer el bien a la persona, eso es pereza. Y la pereza es pecado. Es muy cómodo no moverse del sitio, y decir que “no es de nuestro espíritu” confesarse con otros sacerdotes, aunque le pueda hacer bien a un alma. Es muy cómodo seguir directrices en la dirección de almas.

Cuando el pensamiento colectivo que se suscita está cargado de presunción por los dones recibidos de la gracia, de engreimiento institucional por los logros, que si tal Iglesia construida, tal confesión de tal persona, tal arrepentimiento de quien vió la película, tal cuadro hermoso del fundador, tal labor, tales talentos de los de casa, tales muestras de la “aristocracia de la inteligencia”, tales comparaciones con San Pablo, etc. etc., se cae en el pecado de orgullo, sobre todo si se regocija voluntariamente en ello. Y el orgullo es pecado.

Cuando se piensa en las cosas materiales –aun las dedicadas a fines espirituales- es decir, bienestar de las residencias y oratorios, posesiones, herencias para la labor, u cualquier otro bien terrenal que la Obra se afana por conseguir y llamar suyo, o “de las labores”; y si se mantiene en el pensamiento de estas cosas, suscitando su deseo esto es codicia. Y la codicia es pecado.

Cuando se sucumbe al deseo de una comida estupendamente servida, en bandejas de plata, con vinos refinados, y con goce del gusto desordenado, por la vistosidad y preparación de la comida, se cae en la gula. Por mucha mortificación pequeña como “tomar menos pan” que se haga en la mesa, la gula puede existir en el corazón. Y la gula es pecado.

Finalmente, el deseo de halagos de otros. En la obra no faltan. “Hay que dar ejemplo” se dice mucho. Es importante en la Obra que ésta sea admirada. Muchas cosas se hacen por el sello de la admiración. Hasta la redacción “adecuada” de las cartas de dimisión. De la admiración solícita nacen tantos esfuerzos por la imagen de la obra y la imagen del fundador. Véase la edición crítica de Camino, y como busca asentar el éxito del mismo. El deseo del ilícito éxito en las labores, donde el fin justifica los medios, todo eso se llama lujuria. Y la lujuria es pecado.


Cuando uno piensa que está en posesión de todo lo que se pudiera desear, y que ése placer puede satisfacer la perfección, se corre el peligro de verse vencido por un montón de deleites interiores. “Qué bien se vive y que bien se muere en el Opus Dei!” decía el fundador. ¿Y el daño objetivo a quienes han enfermado o quizás suicidado? Las lesiones corporales, psicológicas y espirituales, son pecado.

En fin, que yo creo que de las consecuencias del pecado original, el Opus Dei no se libra. Así pues, el pedir perdón sería algo encomiable a los ojos de Dios. Solo se entienden la reticencia a seguir el ejemplo y recomendaciones de Juan Pablo II, cuando se está convencido de que no se necesita de la misericordia de Dios. ¿Para qué pedir perdón si no hay nada de que suplicar misericordia? El Prelado y el Congreso General (como máximo organismo) tienen la cuestión en sus manos.

¿Cuál es la actitud de la Obra recientemente? En las conclusiones del Congreso General ROMA, 17-V-2010, no se menciona el “pedir perdón” ni “el amar mas”. Con esto queda todo dicho para los socios. Tampoco se menciona la reciente investigación de la Iglesia sobre las prácticas de dirección espiritual. En su punto 26, el Congreso sí insta, en esas conclusiones, a una “cruzada por la santa pureza”. ¿De qué datos dispusieron para recomendar a los socios la vivencia de la pureza? ¿Cómo supieron que la Obra necesita una “cruzada de la pureza”? ¿Qué documentos de trabajo se aportaron al congreso para afianzar semejante conclusión?

Si han usado informes de conciencia, o han trabajado con estadísticas de impureza aportadas por los sacerdotes, entonces se ha quebrado institucionalmente el secreto de confesión. Alguna base de datos -como herramienta de trabajo del Congreso- se habrá obtenido, para comentar la necesidad de esa “cruzada”. De lo contrario, no me explico esa recomendación por un “Congreso General”. Sería un tema muy grave obrar así.


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