El Opus Dei y el estoicismo

From Opus Dei info

Por Jacinto Choza, 14 de abril de 2010


El estoicismo es una actitud y también una doctrina filosófica. La actitud consiste en replegarse sobre sí mismo, sobre lo que uno puede controlar, para crear un orden interno y propio cuando no se percibe ni puede provocarse un orden general, un orden en el medio en el que se vive y a mereced de cuyo caos se vive.

De ese modo uno tiene que traducir lo que le perjudica desde fuera a nimiedad o a falsa apariencia, como la zorra de la fábula declaró que las uvas que pretendía alcanzar no valían la pena porque en el fondo estaban verdes...

Desde este punto de vista, el estoicismo es una teoría general sobre la inmadurez y el escaso valor de todo lo inalcanzable, y un elogio de la suprema sabiduría del sabio consistente en darse cuenta de que las cosas son realmente poco importantes. El sabio puede escapar a todos los dolores porque el dolor viene producido por el deseo de lo inalcanzable, y la sabiduría adiestra en no desear nada de eso. El estoicismo es una teoría que fomenta la actitud de amar poco la vida, de entregarse poco a ella porque no tiene mucho que ofrecer.

Si hay estoicismo en el Opus Dei, lo hay en los fieles de la prelatura que practican el sistema de autodefensa que mencioné en las categorías 2 a 5 del escrito Lo que queda del día.

En los que pertenecen a la categoría 1 no hay estoicismo. Hay maquiavelismo y pragmatismo, que es la actitud de quienes no creen en nada y justifican a posteriori lo que hacen cambiando incluso los registros del pasado (como se hizo en la obra con los escritos del fundador, y como se cuenta sobre el ministerio de la verdad en la novela de Orwel, 1984) Ese maquiavelismo es lo que el filósofo Nietzsche señala como propio del Superhombre, del que está por encima de cualquier moralidad, más allá del bien y del mal.

En el protagonista de Lo que queda del día, quizá haya estoicismo o quizá no. No estoy seguro. En el caso de Bedetti y de Rilke, creo que no se puede llamar a eso estoicismo. Pues sus poemas repiten y desarrollan el verso de Hölderlin “porque donde está el peligro/ allí crece también la salvación”. Es decir, esos dos poetas son capaces de percibir en el caos general del mundo y del medio en el que viven, donde acontece todo lo monstruoso, una fuente de bendiciones que pertenece a ese mismo mundo. Es la actitud de quienes ni temen a la vida ni pasan por encima de su manera de ser, sino que están agradecidos a la vida, y por eso la aman y la cantan.

Eso es muy difícil que se dé en el Opus Dei. Es muy difícil que los fieles de la prelatura que adoptan los sistemas de autodefensa 2 a 5, y se componen su propia idea de la Obra o de la tarea que tienen encomendada, como algo que tiene sentido para ellos y Dios al margen de la cúpula directiva, amen la vida de verdad. Como les está negada, tienen que asumir, más o menos inconscientemente, que no vale la pena.

La cúpula directiva de la Obra genera continuamente eso que Job y Gervasio llaman “voluntad de Dios” y para facilitarles la santidad les hace la vida imposible a todos los socios. Es muy difícil, digo, que estos vean en esa cúpula las grandezas de Dios, como Bedetti y Rilke podrían llegar a ver en el mundo la raíz y fuente del sentido. Los poetas y los santos pueden ver en el mundo la raíz y la fuente del sentido porque el mundo es real, y la realidad viva es más fuerte que la muerte y la locura (seguramente porque Dios la está alentando desde la raíz). Pero nadie puede ver en lo que hacen los directores la raíz y la fuente de la vida y del sentido porque lo que hacen siempre es prohibir y anular toda espontaneidad, toda creatividad, toda novedad, todo producto genuinamente personal, e imperar e imponer conductas, actitudes e incluso sentimientos artificiales en los socios. Por eso la vida en el Opus Dei es una gigantesca farsa, cuyo único valor proviene de los pobres fieles que creen que hay valor en eso y se lo ponen de su bolsillo, es decir, de sus almas y sus vidas, que no pocas veces son anhelantes de autenticidad, de verdad y de espontaneidad. Esos fieles saben que no siempre la espontaneidad es deseo de lo malo, que no todo en el mundo y en el medio es malo. Están dotados para amar la vida y seguir su espontaneidad hacia lo bueno pero lo tienen prohibido. El “espíritu de la obra” se lo impide. Podrían meditar la máxima de Rosa Luxenburgo: “No permitas que tu sentido de la moral te impida hacer el bien”, pero sería inútil.

Más frecuentemente el destino de los fieles de la prelatura que adoptan los sistemas de autodefensa 2 a 5 es la locura por abatimiento o la locura por indiferencia, que se ilustra bien con dos ejemplos.

La locura por abatimiento es la que en algunos manuales de psicología se describe como “experiencia del mono copiloto”. Se sitúa a dos monos en dos butacas, una al lado de otra, y con un tablero de mandos delante de cada uno. El tablero del mono piloto está conectado con circuitos que pueden ser activados desde botones del cuadro, y que según se apriete uno u otro se producen descargas eléctricas sobre los dos monos, lluvias de cacahuetes, corrientes de aire helado, músicas agradables, ruidos insoportables, etc. El mono piloto puede descubrir una cierta regularidad entre sus acciones y los efectos de sus acciones. Pero el cuadro de mandos del mono copiloto no está conectado con nada, de manera que apriete los botones que apriete, no puede descubrir ninguna regularidad entre sus acciones y los efectos de sus acciones. Con todo, el mono copiloto no deja nunca de apretar botones. En otra variante del experimento, el mono copiloto no tiene tablero de mandos. Simplemente está amarrado a su asiento. El mono piloto descubre regularidades entre sus acciones y los efectos de sus acciones, y cuando las ha descubierto, le cambia el sistema de activación de los circuitos desde el tablero de mando de forma que desaparezcan todas las irregularidades. El mono piloto sigue apretando botones sin parar, y el mono copiloto sigue padeciendo los efectos de las acciones ajenas sin poder hacer nada.

Cuando se ha repetido suficiente tiempo el experimento, se hace una exploración sobre los dos monos. Se les sacrifica, y resulta que el mono copiloto tiene el estómago lleno de úlceras, tiene colitis ulcerosa, tiene los circuitos neuronales fundidos y los neurotransmisores anulados o transformados, como en los seres humanos que tienen graves depresiones (esas que, cuando son inducidas experimentalmente se llaman “indefensión aprendida”), y otras cosas. Eso es lo que les pasa a muchos fieles de la prelatura, esos que abrazan un estoicismo impuesto.

La locura por indiferencia se puede ejemplificar con el chiste del enfermo que va al psiquiatra a contarle sus males:

- Doctor, lo que me pasa es que, en todas partes, y en los sitios más inoportunos, me vienen unas ganas tremendas de orinar y... no puede evitarlo... me orino en los pantalones.
- Bueno, pues... tómese estas pastillas y ya verá usted como todo se arregla.

Pasadas unas cuantas semanas el psiquiatra se encuentra a su paciente por la calle y le pregunta:
- ¿Qué tal?, ¿cómo le fue?
- Ah! Doctor, maravilloso, genial, no puede imaginarse lo bien que estoy.
- Qué bien. ¿Dejó de orinarse ya en los pantalones?
- No. Me sigo orinando igual. Pero, ¿sabe?, ahora no me importa absolutamente nada.

Eso es lo que tienen otra serie de fieles de la prelatura, que en mis tiempos y contexto se le llamaba “salud mental”. Es la cualidad de los fieles a los que nada les afecta porque pasan sobre todo y se pueden reír de todo. Se parecen más al superhombre de Nietzsche que a los estoicos, son desalmados más retraídos.

Ambos casos de locura son el destino propio de los sabios estoicos, que quedaron suficientemente ridiculizados por San Agustín en su libro Contra Academicos, con argumentos parecidos a la historia del mono copiloto y a la del enfermo que se orina en los pantalones, y con los que quería poner de manifiesto lo absurdo de esa doctrina.


El destino del estoico, de tantos fieles de la prelatura, es, como lo describió el poeta Hölderlin, muy triste. El que no ama la vida, el que la rehúye y la soporta, el que la lleva como una carga, el que no le encuentra en ella misma su propio sentido, para nada necesita otra vida después de esta, porque, como apuntaba mi alumno y amigo Carlos Durán en su tesis doctoral sobre Hölderlin en la Universidad de Sevilla, sencillamente no sabría qué hacer con ella.

Solamente el que ha disfrutado de esta vida, el que la ha amado, la ha multiplicado, la ha hecho fructificar y la ha cantado, merece después otra, y otra, y muchas más, porque es capaz de ellas y se ha hecho acreedor de ellas. Eso es lo más opuesto al estoicismo que se puede encontrar.



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