El Opus Dei incumple las obligaciones salariales con sus propios trabajadores

From Opus Dei info

Por Fueraborda, 13 de octubre de 2010

Aproximadamente el 80% de los numerarios y numerarias del Opus Dei (miembros célibes) trabajan profesionalmente y a tiempo completo para la organización interna de la prelatura.
Trabajan a destajo y sin vacaciones ni libranzas.
Carecen de sueldo y derechos porque su trabajo no está legalmente configurado.


Uno de los mayores atractivos que nos atrajo al Opus Dei, era la ilusión de llevar a Cristo a la cumbre de todas las actividades humanas, en el libre ejercicio de nuestra profesión en medio del mundo y siendo uno más entre nuestros iguales. Eso era lo que se nos proponía.

Desgraciadamente, para muchos de nosotros, aquella idea que inicialmente nos captó, no pudo llegar a su fin porque, ¡oh paradoja!, las mismas necesidades de la Obra nos lo impidieron, y los directores, de parte del Padre, nos llamaron a una tarea de mayor servicio: los encargos internos. Llaman en el Opus Dei trabajos internos a los dirigidos a las tareas internas de la institución.

ITINERARIO, PASO A PASO, DE LOS QUE SON LLAMADOS A TRABAJOS INTERNOS.


1. La llamada

Suele empezar así: A partir de ahora te vas a dedicar profesionalmente a este encargo para cubrir las nuevas necesidades apostólicas de la Obra.

Como en la Obra nadie pone en duda que los mandatos de los Directores vienen de Dios, si te piden que cambies tu trabajo por un mayor servicio a la Obra, aunque sea un descalabro, te entregas a ello de pies a cabeza sin atreverte a sopesar los pros y los contras de la nueva orientación que va a tomar tu vida por un tiempo, o para siempre.

Y muchas veces, cuando en nombre de Dios te piden la inmolación de tu trabajo por el bien de la Obra y en beneficio de las almas, y tú, pardillo, con toda la generosidad e ingenuidad del mundo dices amén…, te has caído con todo el equipo. Quiero decir: te has cerrado las puertas a tu vida profesional y social. Aquella que supuestamente debías santificar. Paradojas.


2. El comienzo: vivir para la Obra y quemar las naves

Y te vas con tu maleta y la ilusión de empezar una nueva vida creyéndote enviado de Dios para cubrir unas nuevas necesidades que la Obra ahora te pide. Muchas veces, tardas poco en descubrir que esas necesidades “tan misteriosas”, están muy por encima de las personas.

Digo “tan misteriosas” porque todos hemos sido testigos de cambios de centro o de ciudad, de trabajo o de lo que sea, porque la Obra te necesita allí, y cuando llegas a ese allí, nadie te espera sino el tedio y el aburrimiento hasta que consigues abrirte camino y sobrevivir. Son los intereses de la organización, a los que ya estamos acostumbrados, siempre por encima de los de las personas.

Según el espíritu de la Obra, por secularidad y por pobreza ningún miembro debe desvincularse de su trabajo profesional, ya que es, en teoría, el medio propio de su santificación. Pero en la práctica, y por obediencia, con este llamamiento a los trabajos internos, la misma Obra te impide que esto sea así, y recordando las palabras del fundador, una vez más decides obedecer, sin darte cuenta siquiera de que obedeciendo ese mandato inmediato, desobedeces al mismo espíritu. Y con la convicción de que es Dios quien te lo pide, y con la sonrisa en los labios, dejas el trabajo más floreciente para ir a cuidar colegiales, a poner a pitar universitarios, o… a lo que sea, desvinculándote la mayoría de las veces de tu ambiente profesional, social, familiar y cultural. No digamos ya si tu destino es otro país, otra cultura, o un lugar donde tus estudios no tienen validez. Aquí te siguen pidiendo lo contrario al espíritu. Empiezas a dividirte, empiezas a romperte.


3. El trabajo. Perteneces a la plantilla de una empresa muy rentable

Ellos asignan a sus propios trabajadores: a dedo has sido llamado, y a dedo, sin previo aviso, serás destituido.

En toda familia de bien, se cuidan de que los suyos estén cubiertos con una jubilación el día de mañana. Pero en esta familia, -cuyos lazos son más fuertes que los de la sangre- no hay contrato de trabajo, ni sueldo, ni seguros sociales que cubran tu jubilación.

El buen espíritu enseña que en los trabajos internos, a ejemplo de un padre de familia, no hay exigencias de horarios ni días de libranza, como tampoco hay derechos. Y llamarán vacaciones a la obligatoria asistencia a un curso de formación que ellos mismos asignarán.

La consigna es la entrega sin condiciones, cuya manifestación es acabar exprimido como un limón.

Y así lo haces, actuando como un borrico, figura que el fundador puso de ejemplo.


4. Faltan a la justicia incumpliendo la legislación civil y la suya propia

Porque cuando por obediencia abandonas tu trabajo entregándote incondicionalmente a lo que te piden los directores en nombre de Dios, no piensas que tu Madre guapa la Obra, pasado el tiempo, no te amparará, ni cumplirá lo que dicen sus propios Estatutos en su capítulo III, p.24 §1. Todos los fieles de la Prelatura deben disponer de los seguros o previsiones que indican las leyes civiles para casos de invalidez o incapacidad para trabajar, enfermedad, vejez, etc.

Ellos contemplan que el fiel de la Prelatura debe disponer de los seguros o previsiones para la enfermedad, pero se inhiben de ésta obligación cuando son ellos mismos los que deben pagar esos seguros por ser los patrones o empresarios.

Se creen exentos de la obligación que la ley impone, dejando a los que trabajan profesionalmente para ellos, totalmente desasistidos.


5. Después, tras faltar a la justicia, la falta de caridad: abandonan a los suyos dejándoles en la indigencia

Y un buen día, pasados muchos o pocos años, o siendo ya un anciano, te llaman a su despacho para comunicarte sencillamente que a partir de ahora la Obra prescinde de ti para esos trabajos internos a los que te llamó hace años. Que el Director que te sustituye está a punto de llegar y debes dejarle libre la habitación. Y que procures encontrar trabajo cuanto antes para no ser gravoso a la Obra. Y de paso, te designan la nueva ciudad y el centro donde empezarás una vida nueva.

Si encuentras dificultades para reincorporarte al mundo laboral y tardas en encontrar trabajo, a los pocos meses te hacen una advertencia, pues no se puede ser gravoso en la Obra, y seguramente te recuerden también que, de seguir así, tendrás que buscarte otro alojamiento, como por ejemplo, el domicilio de algún familiar; que es una falta de secularidad vivir a expensas de tus hermanos.

Y allí, en esa ciudad probablemente desconocida, sin familia, sin amigos, con bastantes años a la espalda y sin apoyos, como caído de una nube y sin un currículum que presentar (aunque brillantes hayan sido tus estudios y tus primeros pasos en la vida profesional, que ellos truncaron), tendrás que recomenzar a levantar tu vida. Sabiendo, además, que al haber estado un determinado número de años sin vida laboral, nadie ha cotizado por ti, y por lo tanto, te quedarás sin jubilación el día de mañana.


6. Si dejo la Obra, estoy en la calle: me expoliaron

Si algún día tu conciencia te dice que debes abandonar la Obra, o ellos mismos se encargan de forzarte a ello, ¿a dónde irás?

En tu ingenua donación de tu persona y de todo lo tuyo, hay que quemar las naves, nos decían, no contemplaste semejante posibilidad. Pero ellos sí.

Nada dejan a la improvisación. Estaba proyectado que fueras cumpliendo las leyes del juego, paso a paso:

  1. Aprendiste de memoria, grabando a fuego, lo que te enseñaron: Los Numerarios están siempre dispuestos a abandonar la actividad profesional más floreciente, para seguir sirviendo a Dios y a las almas en el sitio más oculto. Es importante cultivar en todos esta actitud de disponibilidad real para dejar por algún tiempo el ejercicio de la propia profesión, y dedicarse con generosidad a algún cargo o encargo de servicio en la Obra (Experiencias de las labores apostólicas, p. 44, Roma, 6.X.2003). Y te concienciaste de ello de tal manera que tardaste años en comprender que esa postura no sólo no es sagrada, sino que es contraria al teórico espíritu del Opus Dei.
  2. Hiciste testamento de todos tus bienes a favor de la Obra.
  3. Entregaste todo lo que poseías, y jamás hiciste una provisión o ahorro.
  4. Dejaste sobre la mesa del director todos los regalos que te hicieron familiares, amigos y compañeros.
  5. Pediste mucho dinero para las necesidades apostólicas de la Obra, también conseguiste buenos muebles, joyas, y con suerte alguna casa de familia para realizar la labor. Y desplumaste a tus amigos y familiares a sabiendas en algunos casos de que para ello tenían que privarse de lo necesario.
  6. Y lo que es peor y más sangrante: Entregaste, mes a mes, todo el dinero recibido como fruto de tu trabajo.

Hasta el año 1982, esto estaba así previsto en el derecho particular del Instituto Secular que éramos.

Pero al pasar a ser Prelatura Personal, cambiaron muchas cosas -no de poca importancia- de las que nadie nos informó (sólo es el ropaje, nos decían. El espíritu es el mismo, hay que seguir haciendo lo de siempre).

Y nos lo creímos, porque jamás osamos poner en duda la veracidad de las disposiciones del Padre.

Pero nos engañó. El Prelado nos engañó aprovechándose de nuestra buena voluntad, porque jamás ninguno de sus hijos osaría poner en duda e investigar si la praxis que se nos exigía era conforme a derecho según nuestra propia constitución. Que, por otra parte, nunca nos la mostraron ni estuvo a nuestra disposición.

¡Qué fraude! Nadie nos informó.

Entre otras obligaciones, había caducado la de entregar todos nuestros bienes. Ya no figuraba en los nuevos estatutos esa exigencia de la entrega.

Y sin embargo, mes a mes, nos seguían expoliando el fruto de nuestro trabajo.

Como resultado, esas sumas de dinero que entregamos engañados (¡libremente, dirán ellos!), nos ha sido usurpadas fraudulentamente, y por lo tanto, en justicia, nos deben ser devueltas.

Y no tiene justificación que, cuando un miembro de la Obra pide la dispensa, le nieguen su derecho a una justa retribución económica y laboral. Buscan diversas excusas, ninguna de ellas válida.

La más recurrente es que trabajaron libremente para atender a su familia, y que en las familias no hay contratos ni salarios.

Razonamiento inválido por no ser cierto. Sobra que indique aquí cómo el Estado ampara y protege con su legislación al que sale desfavorecido económicamente tras la ruptura de la relación en un matrimonio o en una pareja de hecho. Y cómo tiene derecho a los bienes gananciales, cosa que en la “familia de la Obra” no se da.

Pero el Opus Dei tampoco actúa así, y tras la ruptura deja a sus ex-miembros en total desamparo.

Si grave es el perjuicio ocasionado por haber dejado de cotizar a la seguridad social en el tiempo dedicado a los trabajos internos, aunque se siga en el la Prelatura, la situación en la que queda el trabajador interno del Opus Dei cuando pide su dimisión de la Obra es de indigencia total: sin casa, sin trabajo, sin experiencia laboral ni currículo, sin subsidio de desempleo, sin haber cotizado a la Seguridad Social, sin pensión de jubilación en muchos casos. Si te vas al cabo de muchos años después de dedicarte íntegramente al Opus Dei, estás perdido.

Es una muestra de la nula preocupación por las personas y por la justicia social que tenía el fundador, de lo que se deduce que su actitud era la de un explotador sin moral.


7. Si reclamas lo que es tuyo

Resulta que, desgraciadamente, la mayoría de las personas que salen de la Obra, los primeros años están todavía bajo los efectos anestésicos de lo aprendido a fuego en la Prelatura.

Me refiero al p.83 del Catecismo de la Obra: Si un fiel sale de la Obra no tiene derecho a pedir compensación económica alguna por los servicios que en la Obra haya prestado, ni por las donaciones o limosnas que haya hecho, como sucede generalmente con cualquier donación o prestación gratuita de servicios, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil. Pero puede haber casos en los que exista un motivo de caridad para ofrecerle ayuda económica.

Es demasiado lenta la recuperación del propio pensamiento, y pasa mucho tiempo antes de admitir cualquier posibilidad de error en la Obra de Dios y hasta que entierras tu sentido de culpa. Cuesta empezar a pensar que sí tienes derechos, y que éstos son precisamente los contrarios a los que te inculcaron.

Todos los que salís en estas condiciones, estáis francamente azotados y hundidos ante la idea de no poder hacer nada. Es costoso el planteamiento de acudir a los tribunales, y más teniendo en cuenta que según el actual derecho laboral (en España), estos delitos prescriben a los cinco años. Algunos de vosotros, valientes, os habéis decidido a hacer frente a la Prelatura con una reclamación formal.

Tan solo en contadísimos casos, al verse presionados y ante la amenaza de una demanda judicial o un escándalo, han consentido dar una reducida cantidad, siempre bajo el compromiso escrito y firmado de que la Prelatura no tiene con el interesado ninguna deuda pendiente, y por lo tanto, no hará ninguna demanda bajo ninguna vía. Tienen interés en dejar claro que lo que te dan lo hacen por caridad, porque en justicia no te deben nada. Y lo hacen así aun en el caso de enfermedad, de máxima desprotección material y nulas posibilidades de obtener recursos.

Una recurrente excusa es que no hay dinero.

Es escandalosa la respuesta, porque, ¿A dónde van a parar las multimillonarias sumas que amasan, procedentes del ahorro de tanto trabajador sin paga ni seguro social, de tanto sueldo íntegramente entregado mes a mes por Numerarios y Agregados, de tantas herencias recibidas, de tanta obligada aportación económica de Supernumerarios y Cooperadores, de tanto sablazo asestado en nombre de Dios a particulares y empresas, como consecuencia de lo que llamábamos campañas económicas?




Hemos tratado el tema de los trabajos internos de forma generalizada, pero precisemos cómo se burla la ley y, lo que es más fuerte, cómo se utiliza a la persona maltratándola en beneficio propio, según las diversas modalidades de trabajos:

1. Numerarias auxiliares (Fraudulenta vocación que inventó Escrivá para solucionar el problema del servicio doméstico en los centros)

Hasta hace poco tiempo, las Numerarias Auxiliares carecían de contrato de trabajo, nómina y sueldo.

Por tanto, donde ellas trabajan (residencias, casas de retiro y convivencias, colegios mayores, etc.) suelen llevar una doble contabilidad. La mayoría de las trabajadoras no tienen nómina, no saben a la categoría profesional a la que pertenecen, no conocen sus derechos y obligaciones como empleadas, y ni se les ocurre librar los días festivos ni tomarse vacaciones.

Ya les enseñó el fundador una canción compuesta para ellas, que ingenuamente cantaban en las tertulias: “Tengo el derecho de no tener derechos”.

Cierto es que en los últimos años, amedrentados por problemas laborales que fueron surgiendo ante determinadas situaciones, y ante el temor a la mala fama o al escándalo (inspecciones laborales, reclamaciones de la familia, etc.), han ido, con cuenta gotas y muy selectivamente, dando de alta en la seguridad social a quienes les podrían comprometer. Pero en cualquier caso, todas ellas han pasado años si cotizar.

Las que tienen contrato laboral, firman mes a mes en su nómina haber recibido el sueldo, pero éste jamás se les entrega; es decir, no pasa por sus manos. Otro simulacro.

En los casos que han tenido que abandonar su trabajo por marcharse de la Obra, también han firmado el finiquito, pero no se lo han entregado. De ésta manera, sin dinero y sin recursos, se han tenido que volver al pueblo de sus padres pidiendo cobijo.

Si han trabajado como auxiliares, como sirvientas, o como hermanas pequeñas, me da igual…, lo cierto es que han trabajado como “negras” para el Opus Dei, y en el caso de que abandonen la institución, tienen derecho a recibir una cotización por todos los años trabajados que les permita una merecida jubilación. Y además, si las echan de su trabajo por el hecho dejar de pertenecer a la Prelatura, es un despido improcedente y, como consecuencia, tienen obligación legal de indemnizar al trabajador. Pero de esto, también se zafan.

Y en su nómina debe aparecer su categoría profesional, porque su tipificación les puede beneficiar en su currículo laboral a la hora de buscar empleo (no es lo mismo ser jefa de cocina que pinche, ni gobernanta que planchadora o conserje).

Se marchen o no se marchen de la Obra, esto tiene que ser así por derecho laboral, por justicia social, por caridad Cristiana y por sentido común en una institución de bien.


2. Los sacerdotes

A excepción de otros trabajos internos, el respeto al sacramento del orden, permite una excepción: En vez de una imposición, hay una propuesta: El padre ha pensado en ti para el sacerdocio, ¿estarías dispuesto?

Es cierto que hay libertad, pero es sabido que en la Obra está inculcado a fuego que es de mal espíritu no actuar ad mentem Patris.

No deja de ser curiosa esta pregunta, porque los sacerdotes de la Prelatura, como los demás Numerarios, pudieron pitar entre otras cosas porque no manifestaban interés ni inclinación al sacerdocio. Hay en esta web abundantes pruebas y testimonios de ello. Es decir, Dios no les llamaba por ese camino. Pero al cabo de no pocos años, recién terminada su carrera profesional, aquella con la que se iban a santificar, gracias a la imposición del dedo del Prelado de turno, en poco tiempo y sin lugar a un debido discernimiento vocacional, ni a una honda y amplia preparación sacerdotal, un día se encuentran enfundados de negro y con el sacramento in aeternum del orden. Porque las necesidades de la Obra así lo requerían y el Prelado lo determinó.

Todos los sacerdotes diocesanos -el Opus Dei dice que sus sacerdotes son seculares- gozan de un sueldo que administran personal y libremente, y también de su correspondiente seguro social. La diócesis vela por ellos y les protege. Si se secularizan, también.

Pero la Obra no. La Obra ya enseñó a los suyos, que si se van, quedan sin derecho a una ayuda económica.

Los religiosos, también gozan todos de su sistema de pensiones. Si por cualquier motivo (les parezca o no les parezca razonable a la orden), alguno deja los hábitos, jamás falta la proposición justa y caritativa de sus superiores con razonables ofertas de vivienda, trabajo, dinero…

Pero en el Opus Dei, como no son religiosos, actuar de ese modo les haría asemejarse a ellos, algo impensable.

Cierto que en España, a partir del año 2007, empezaron a pagar la cotización a algunos de sus sacerdotes, pero sólo a algunos: a aquellos que por su edad iban a poder percibir una pensión de jubilación.

Son muchos los sacerdotes numerarios que han elegido por diversos motivos abandonar la Prelatura e incardinarse en una diócesis, y se han encontrado que tienen que desenvolverse en un mundo eclesial del que carecen de experiencia. Siempre se han movido en un pequeño ámbito cerrado; es lógico: el motivo de su ordenación era exclusivamente la formación y dirección espiritual de los miembros de la Prelatura.

No tienen ningún conocimiento dentro del amplio campo eclesial.

Y aunque tengan un doctorado eclesiástico y otro civil, en la práctica no les sirve de nada, o de muy poco. Sus estudios han sido muy limitados por la dificultad de leer o consultar autores que no se ajustaran al reducido pensamiento teológico y doctrinal del fundador. Tan sólo han podido profundizar los que lo han hecho por su cuenta.

Nunca han percibido ingresos, y si algo han conseguido, lo han entregado con buen espíritu.

Muchos carecen de cotización a la seguridad social y su jubilación está sin cubrir. Los superiores de la Prelatura prefieren que en estos casos sea la diócesis receptora la que cubra la totalidad o la parte de la jubilación que el Estado no les dé.

Sólo les queda confiar en el amparo y caridad de la Iglesia. Así actúan los que dicen servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida.

¡Qué bochorno!


3. Directores locales a tiempo completo

Un servicio a la Obra, en contra del propio espíritu.

Un buen día te comunican que cambias de trabajo; que tienes que despedirte de tu empresa, deshacerte de tu consulta, desmontar tu chiringuito… y marcharte cuanto antes para atender determinada labor en cualquier ciudad del mundo.

Jamás he visto que un Director tenga una nómina ni se le pague un seguro social. Nunca ha sido así.

¿Por qué? Porque la obra se escaquea de su obligación legal aludiendo que son como un padre de familia que se dedica a los suyos.

¡Desde luego que sería un problema hacerles un contrato que se ajustara a la realidad, pues su trabajo es tan especial que no está tipificado en el sistema! Su profesión, en realidad, sería: “director de almas, gestor de labores apostólicas e inventor de vocaciones”.

De nuevo, como siempre, no se ajustan a nada. Todo en ellos es atípico, nada está bajo control civil ni eclesiástico.


4. Los directores regionales o centrales

Directivos de la institución, pero marionetas de los superiores.

También nombrados a dedo, ellos gobiernan o tramitan, según el tema. En realidad, muchos de ellos ni siquiera se enteran del entramado del Opus Dei. Se encargan de que las personas y los apostolados sigan el curso previsto y se cumplan los mandatos de gobierno. Estudian las estadísticas que reciben sobre las personas y sus apostolados. Redactan nuevos documentos que rigen la vida espiritual y material de las personas. Tienen que elevar muchas consultas al Consejo General o al Prelado, pues habitualmente sólo tienen potestad para tramitar asuntos de ordinaria administración.

Estos, al abandonar los trabajos como Directores, suelen salir con un trato de favor. Si por circunstancias obvias no se van a poder reincorporar a una vida laboral, la Obra se encarga de hacerles un hueco en cualquiera de sus denominados trabajos apostólicos.

Si no han caído en desgracia por atreverse a opinar libremente, suelen tener solucionado el problema de su vejez.


5. Las administradoras

El fraude de la carrera de Ciencias Domésticas es un delito.

Escrivá concibió siempre a la mujer como ama de casa, y así funcionaron durante años las Numerarias. Su trabajo profesional consistió desde el principio en cuidar de sus hermanos, supervisando el trabajo de las empleadas o sirvientas, como él llamaba a las Numerarias Auxiliares.

Como esto no concordaba con la llamada en medio del mundo, algunas Numerarias empezaron a trabajar fuera de casa, y así se las señalaba como ejemplo de secularidad.

Lógicamente, el deseo por desempeñar la propia profesión cundió de tal manera que empezó a haber gran escasez de Administradoras, por lo que hubo que buscar un truco.

El truco consistió en simular una carrera que llamaron Ciencias Domésticas, haciéndoles creer a las estudiantes y sus familias que estaba equiparada al resto de las carreras universitarias que dependían de la Universidad de Navarra.

La Universidad de Navarra nunca expidió los títulos.

Todo un fraude que ha creado muchos disgustos y problemas.

Otro argumento de captación de Administradoras era el de un mayor servicio a la Obra: El apostolado de los apostolados para mujeres selectas.

Desde los gobiernos regionales llegaban los nombres de las personas que podrían ser inducidas a ese tipo de trabajo, y al igual que en el proselitismo, para las directoras de los centros siempre era un reto conseguir el número de estudiantes de Ciencias Domésticas que las necesidades de la Obra requerían.

Las Administradoras no tienen contrato de trabajo ni seguro social. En los últimos años, se les propone que subscriban un seguro privado para garantizar su jubilación. Lo habitual es que en la Obra les gestionen estos seguros con sus propias aseguradoras.

Si se van de la Obra, quedan sin estudios (aunque su familia les haya costeado una carrera en la Universidad de Navarra); y la mayoría de ellas, sin seguro, o al menos, sin él durante años, por lo que no les queda cubierta su jubilación.

Y desde luego, todas, sin trabajo.


6. Los oficiales

Un emporio escondido.

La organización desorganizada del Opus Dei, necesita mucha mano de obra, mucho oficial, dicen ellos, para que todo les cuadre y mantener la imagen al más alto nivel.

Anexo a todas las sedes de los gobiernos a cualquier nivel (delegación, comisión, asesoría, gobierno central) hay grandes edificios de oficinas, además de otros lugares más independientes, como bufetes de abogados, sedes de asociaciones, ONG, etc., donde se traman las finanzas, se estudian las formas jurídicas convenientes, se promueven asociaciones, se proyectan colegios o universidades.

En definitiva, son multitud los numerarios que se dedican profesionalmente a ser oficiales en tareas burocráticas.

Ellos no gobiernan, pero trabajan como asesores, como contables, o como administrativos.

Al igual que en los otros trabajos internos, no hay contrato ni seguro social. El despido también es rápido y sorpresivo.

¡Vaya regalo se encuentra a su salida el que haya contribuido en silencio con su trabajo a la buena marcha de la organización del Opus Dei! Generalmente poseen abundante información: por ellos pasa desde el tráfico de las conciencias de las personas, hasta el entramado económico.

Su asignación laboral también es a dedo, y el mayor requerimiento es la prudencia, la discreción y el silencio.

Por ello, la Prelatura les exige un compromiso especial de silencio.

Como se puede suponer, el volumen de burócratas que el Opus Dei utiliza para su trabajo e intereses es muy alto.


7. Otros trabajos dependientes de la prelatura

Además de lo citado, podríamos sumar un elevado número de personas que sin dedicarse formalmente a lo que hemos llamado trabajos internos, tienen mucho que ver con ellos, y también salen gravemente perjudicados: Son los que trabajan para Obras Corporativas, o bien para algo muy similar que se convino en llamar Labores personales.

La única diferencia entre unas y otras consiste en que las segundas, por motivos prácticos y económicos, se han puesto a nombre de distintas sociedades civiles. Las sigue dirigiendo el Opus Dei, pero la responsabilidad recae sobre las sociedades civiles o personal directivo.

Pero éstas sociedades, las promueve el Opus Dei y las gobierna el Opus Dei a través de sus Directores, y también el Opus Dei es el que llama de entre sus filas a los que serán directivos o empleados.

A través de correo interno y de reuniones con los Directores de la Obra, se informa y se siguen directrices, y los empleados de las labores personales se tienen que someter a los dictámenes de los Directores de la Obra. Si esto conlleva algún problema, basta con cesarles.

Las personas que trabajan en las Labores personales, sí tienen, habitualmente, contrato de trabajo, si bien es cierto que, según ellos mismos cuentan, sus condiciones laborales y económicas son penosas, y tienen además la carga y la presión de alcanzar las metas apostólicas que les imponen periódicamente, de las cuales han de rendir cuenta.

Normalmente, se mantienen en ese trabajo por deseo de la Prelatura, como también serán cesados en el momento en que el trabajador plantee el menor conflicto por su falta de rendimiento apostólico, por manifestar opiniones molestas, o por no someterse a determinados planteamientos. De modo especial si el trabajador pide su baja en el Opus Dei.

No deja de ser una enorme injusticia que quien, a dedo y en nombre de Dios te pidió que te dedicaras profesionalmente a una labor personal, a sabiendas de que abandonarías tu habitual trabajo y no podrías seguir prosperando en él, al cabo de los años decida despedirte sin buscarte otra alternativa, ayuda o solución al serio problema laboral que se te plantea.


8. Podríamos añadir al apartado anterior la multitud de empresas de carácter civil, pero creadas y dirigidas pos los Directores del Opus Dei, tales como: Gestoría (venta y distribución de alimentos para los centros), Redes de librerías, Editoriales, etc.




No es difícil hacer un cálculo aproximado del número de personas que al dejar los trabajos internos quedan seriamente perjudicadas en el terreno laboral y económico.

Partiendo de nuestra experiencia, contamos con datos suficientes como para sacar unas conclusiones que nos dejan atónitos: El 80% de los numerarios trabajan para la Obra. Si pensamos que el índice de numerarios que abandonan el Opus Dei, después de pocos o muchos años, se encuentra en torno al 95%. Imaginaos cuántos perjudicados ha producido y produce esta institución.

Me escandaliza pensar que una institución de la Iglesia falte de este modo tan grave a los deberes de caridad y de justicia social con sus miembros. Que le importen tan poco las personas. Que las explote de esa manera en beneficio propio. Que conculque las más elementales leyes laborales del Estado y los derechos de los trabajadores. A lo largo de la historia humana se han dado variadas formas de esclavitud, pero que en pleno siglo XXI, y en la Iglesia, siga produciéndose este fenómeno de explotación en nombre de Dios, resulta intolerable.




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