Dos párrafos de la carta del Prelado en octubre

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Por Trinity, 9.10.2006


En la carta mensual del Prelado del Opus Dei, de 1.X.2006, me ha llamado la atención, ante todo, que, como le ha sucedido otros meses, haya vuelto a emplear el cansino recurso de comentar las efemérides institucionales para tener algo que comunicar a los miembros de la Obra: como si en la situación de la sociedad no hubiera cuestiones que merecieran una luz, un comentario, una exhortación, con independencia de las consabidas fechas de la historia interna.

Pero, dejando esa cuestión, quería centrarme en la impresión que me ha producido el siguiente párrafo, en que el Prelado se está refiriendo al 16.X.1931, momento en que Escrivá sintió de forma especialmente viva la filiación divina:

«Sabernos hijos de Dios en Cristo, a impulsos del Espíritu Santo, hace que nuestra fe nos conduzca a conocer y a tratar a nuestro Padre-Dios con la sencillez de hijos pequeños, y a descubrir su huella en todas las circunstancias, también en las más corrientes. Acrecienta la esperanza, verdadero motor del trato con Dios y de la acción apostólica, fuerza que nos comunica la energía espiritual necesaria para recomenzar la lucha interior cada día. Inflama el ardor de la caridad, que nos impulsa a amar a Dios sobre todas las cosas y a contemplar con admiración y cariño a todas las criaturas, comenzando por las demás personas, creadas a imagen y semejanza de Dios, y especialmente a nuestros hermanos. Por eso, ¿vemos hijos de Dios en las personas que tratamos? ¿Sentimos la urgencia de no maltratar a Cristo en los otros?».

¡Qué fuerte! –pensé al leer la frase que he subrayado: él mismo está recordando que cuando –individual o institucionalmente- se maltrata a los demás, es porque se ha perdido el fervor de la caridad, porque se está en un plano humano, empresarial, de tejas abajo.

Tratando de explicarme por qué no se les ocurre aplicarse esto, a los que dirigen la Obra y han promovido tantos malos tratos hacia aquellos miembros que les han caído en desgracia, llegaba a la conclusión de que es difícil que eso suceda, porque aquí, como diría Nietzsche, es todo muy “humano, demasiado humano”. Así me lo ha confirmado otro párrafo de esta misma carta:

«Para crecer en esta contemplación filial —que es don de Dios—, se precisa cultivarla, desearla, ser fieles al plan de vida, a las Normas, a los ratos de oración, un día y otro: en la salud y en la enfermedad; en las temporadas de mucho trabajo y en los momentos dedicados al descanso; cuando cuesta recogerse para rezar y cuando el recogimiento se logra fácilmente. ¡Siempre! Si tú y yo perseveramos un día y otro en el trato con Dios, si nos esforzamos por considerar frecuentemente nuestra filiación divina cada día, si insistimos en buscar jaculatorias que nos sirvan para mantener la presencia de Dios, también en nuestra existencia se dará —nos la concederá el Señor— esa percepción habitual y gustosa de que somos hijos suyos».

No, monseñor. Para crecer en la vida espiritual, no basta cultivar, cumplir normas, esforzarse, reflexionar, hacer, hacer y más hacer, como usted escribe. Con todo respeto, para crecer en la vida divina, lo que hace falta, antes que nada, es PEDIRLA humildemente, que Dios nos la conceda y que nosotros nos abramos amorosamente a sus dones: “Sea hecho en mí según tu palabra”. Lo otro, es puro voluntarismo, semipelagianismo.


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