Distinción en el Opus Dei

From Opus Dei info

Por Lali Riera, 18 de enero de 2008


Cuando vives en el Opus Dei y tratas a personas del Opus Dei, vas captando rarezas a las que llaman buen hacer, porque lo han ido asimilando poco a poco e incorporando a su modo de expresarse, de vivir. Lejos de edificar –como ellos creen- hace que se les mire como a raros. Todos hacen lo mismo y con las mismas palabras. Las tienen marcadas fuertemente y en eso no hay que desesperar porque con tiempo y atención son subsanables.

Están acostumbradas a no carecer de nada. Suponiendo que dicen que viven la pobreza es un contrasentido o mejor dicho, es una mentira. En ropa tienen el anorak, la gabardina, el paraguas, el gorro, el abrigo, en su caso el equipo de tenis, vestidos de gala por la multitud de fiestas que celebran, el conjunto o los conjuntos completos, aderezos, zapatos, medias… los de vestir de menos fiesta y los normales. Los de excursión, el conjunto de baño completo, el equipo de deporte, es como si estuvieran obsesionadas para vestir y agradar...

Otra obsesión, que los miren, que los observen, que todo el mundo sepa que son del Opus Dei. Dicen que quieren ser uno más pero no lo practican, son especiales, de élite, son más simpáticos, dan ejemplo, mejores que los demás pues han sido llamados por Dios a una vocación que es la mejor que existe, un orgullo de la suya que parece del diablo, donde está el orgullo no puede estar Dios. ¿Quién les puede hacer entender que son uno más y que los demás son mucho mejores que ellos? ¿Que las vidas de los demás son muy interesantes, más difíciles, más heroicas, más escondidas y silenciosas que las de ellos?

Otra rareza es que se creen el no va más y que los distingue de los demás y que los hace más buenos es la genuflexión con inclinación de cabeza. La quieren hacer tan perfecta que deben estar más pendientes del equilibrio que de mirar al sagrario, ponerse rectas, no hacerla ladeada, no darse un rodillazo. Están tan pendientes de este dechado de perfección que se les olvida el porqué lo hacen, la acción interior. He visto tantos “garabatos” que son un profundo saludo o incluso un movimiento de manos tan humilde y confiado.

Hacen entre todos inmediatamente radiografías de las personas que conocen no como amigas como debería ser, sino firmemente hacen un currículo para ver si vale o no para ellos. Se creen con el derecho a saberlo todo de los demás, que la persona conocida les cuente todo y enseguida y se ven aptos para dar siempre consejos para ellos y para toda la familia. Poco a poco sonsacan toda la información demandada a cambio de nada como si se tratara de una pantomima de amistad, de cariño e interés. En cuanto no les interesa adiós “amistad”. A un interrogatorio policial con buenas maneras le llaman hacer apostolado. Que den más ejemplo y que sea verdad lo que dicen a los demás que vivan. Menos palabras y más hechos.

Ojo con ellos que son unos fiscalizadores de los demás. Más les valiera que se lo hicieran a sí mismos, que les saldría mejor cuenta.

Esa es otra, se les distingue por su esmerada, exagerada y desmesurada educación y buenos modales. Aparentan deferencia hacia la persona, siempre ceden el paso. Están acostumbrados a hacerlo porque a los directores siempre se les cede el paso y el sitio de honor y como no se haga se les puede increpar su falta de consideración. Tienen muy en cuenta despistes, cosas que se graba para siempre, siendo algo que no está al uso ni es lo normal entre amigos y parientes porque nadie lo tiene en cuenta, cuando hay confianza y cariño. Nadie se plantea ni se enfada –como ellos- cuando no se vive esta deferencia. Son unos modales, casi ritos para dar impresión de amistad, de alegría, de ser buenos compañeros, de vivir una vida “santa”, unos ademanes exageradamente educados que dan extrañeza y vergüenza ajena y llaman la atención.

Tienen otros vicios cogidos, que les ocupa la cabeza y el día y es el rastrear a los demás, enjuician a todo bicho viviente: si hace ruidos y porqué, qué estará haciendo, cómo anda, qué pasos y porqué, en qué emplean el tiempo si tardan mucho, si viven las cosas y porqué, si dan ejemplo, con quién hablan, cuántas veces, si arrastran los pies. Quien les cae bien o mal, cómo van conjuntados, qué gusto, de qué familia proceden, con quien hablan por teléfono, cuantas veces, qué tiempo, si apagan las luces, si son ordenadas, si comen, cómo comen y cuándo… Es decir, registrar estupideces que no sirven para nada más que para envidiar, criticar, tener la cabeza llena de juicios malignos, orgullosos y que están lejísimos de tener el pensamiento en Dios. Son distracciones muy arraigadas y muy diabólicas ¿Dicen qué rezan? No es compatible.

Están el día entero pendientes del reloj y de la hora, es como una herencia dar mucha importancia a tonterías. Se da mucha importancia a la hora exacta para todo, es algo fuera de lo normal, se obsesionan con el tiempo y los horarios. Corren por la calle, se quejan de que no tienen tiempo y después pierden cantidades industriales de tiempo en tonterías, en parlotear, en compras, en ir al médico mil veces.

Otra cosa que uno debe de aprender es que los mayores sirven a los pequeños, cosa que luego estos aprenden y repiten lo que han vivido. En el Opus Dei se venera a los mayores en años que no equivale a madurez, de forma que se les consiente todo. Hagan lo que hagan bien hecho está y acaban con caprichos, viven del pasado, se quejan, pueden decir todo de todos. Se les escucha todo, opinan de todo y de todos. Estos sí que están robotizados. Viven perfectamente bien todas las pamplinas bien vistas, rezan rosarios de forma descarada y se hartan de leer. Eso está muy bien visto en el Opus Dei. Se pasan tiempo y tiempo leyendo novelas o historia novelada, libros de intriga… hablar de lo que cada uno lee está muy bien visto, da mucho prestigio pero no se de qué presumen ¿de cultura? Sí de la que no vale un pimiento, la persona es lo que hace, no lo que lee. Viven de tonterías y eso ni es vida ni es ser persona.

Otro contagio consiste en organizar todo por meses y años antes, todo organizado de tal forma que no dejan nada a la providencia y si ocurre que cuando llega el momento no tiene nada que ver la teoría tan bien organizada con la realidad. Tanto proyectar el futuro es una pérdida de tiempo. Todo atado y muy atado para nada pero se cumple con el reglamento.

Otro peligro: cuando te acercas a alguien del Opus Dei es algo compulsivo, te organizan a ti, a tu casa. Tus ideas, tu tiempo. Siempre mandan, tienen ese derecho y esa facilidad porque ellos son del Opus Dei y también porque viven constantemente organizando.

Hablan tanto y tienen tantas reuniones y se dan tantas vueltas a las cosas, se examina y se hace balance de tantas cosas amañadas que la que mejor habla es la que más destaca y más razón tiene. El silencio, la espontaneidad, la interiorización e incluso la propia opinión están mal vistas. Hay en que ser brillante (a su manera), destacar de los demás como sea. Saber muchas cosas vanas. Saber todo aquello que quieren que sepas y sólo aquello, olvídate de investigar y tener opinión propia. De tu opinión se encargan los directores y que no se te ocurra orientarte de otra forma que lo que han dicho los directores ¡dioses! O leer una revista que no sea Telva u Hola es de confesión ¡lerdos! Si ves un programa de la tele que no esté aprobado es inconcebible, si lo haces te cae. A la vez te pierdes lo que es la vida que viven todos y su mentalidad. En realidad los demás te aportan mucha riqueza, los demás son una fuente de aprendizaje.

Se creen que porque hablan con algunos amigos ya saben mucho del mundo y de la realidad. Viven en un mundo distinto y hecho dentro de otro mundo que no tiene nada que ver con la lucha de la calle. En el Opus Dei hay que acatar todos las mismas órdenes de los directores, no mostrar afinidades que es algo natural y normal. Están protegidas de los golpes, de los sudores, de los sufrimientos, de las necesidades. Qué difícil es curtirse porque están envueltas de tantos cuidados, viven tan acolchadas que mueren pensando sólo en sí mismos, en tenerlo todo cubierto, todo derechos ¡Camino de santidad!

Tienen la impresión doble: por un lado son numerarias (si es el caso) se creen “la crème de la crème” y por otro son como bichos raros: no se casan, cambian de ciudad, tienen trabajos que no son fáciles de explicar y es un contraste en la personalidad que las hace raras, distintas a los demás, con una escala de valores que son distintas de los demás. No tendrían tantos problemas si en lugar de ser todo tan cerrado, todo lo que hacen para sí mismos, todo y todos para el Opus Dei, si compartieran, dieran, serían más normales. Por una parte ellos se creen la perfección de los hermanos luego no tienen nada en común o compartido con los demás.

Con sus conocimientos no aprenden, no escuchan, dan lecciones a diestra y siniestra. Se sienten con derechos por ser del Opus Dei. Se creen una raza escogida desde la eternidad para conservar los valores que son los de siempre. Menos chismorreos en tonterías e ir más al fondo de los temas serios y fundamentales, que llevan al cielo a todos.

Cuando alguien habla en la televisión o en una conferencia y se le ve valioso o hace algo bien, inmediatamente buscan su relación con el Opus Dei. Lo incorrecto se le achaca siempre a los demás. Se creen los mejores. Está todo estudiado, atado y muy atado ¡pero tantas veces se basan en principios erróneos, anticuados y amañados a sus necesidades!

Se sienten con el derecho a que les den, que los demás “hagan méritos para ir al cielo” rascándose los bolsillos y siendo como son, quieren que se vea que son uno más, cogiendo el rábano por las hojas, gastan el doble de los demás. Algunos se hacen regalar poniendo en un compromiso a las personas para que las inviten, les regalen, para que les den algo, algo que por lo que hacen “se lo merecen” (los del OD). Las que cooperan cuando les dan dinero y así tienen indulgencias, lo cuentan como si se compraran. Tienen derecho a indulgencia.

Se creen santos por vivir una “entrega” y lo fundamental de ella, la humildad, la esclavitud a Dios y a los demás, ni la conocen.

A cualquier cosa le llaman biografía de un santo del opus dei y se complacen en hacer oraciones compuestas por ellos para que estos santos les concedan favores. Gentes extraordinarias que han hecho cosas extraordinarias. Lo más valioso, lo más costoso y lo que nadie quiere es lo sencillo y lo más humilde. Eso no es cosa de su agrado, no les va y es justo la santidad.

Hay algo que se aprende muy bien y es a bailar. Para las jóvenes así se las entretiene y no echan de menos lo de fuera: ferias, fiestas, su vida anterior, de esta manera no se les van. Para las mayores y muy mayores para celebrar fiestas en las que beben, comen, bailan y cantan. Mayores, provocativas, con picardía y escandalosas. En los bailes no se ve el decoro en nadie y se debe colaborar a montar el ambiente hasta altas horas de la noche como una discoteca. Este es el recogimiento para celebrar y expresar la alegría de la fiesta que se celebra al igual que el agradecimiento a Dios.

Hay piques entre ellas por ver a qué curso anual va cada uno. Si es buena casa, si ha habido buena cocina, buena piscina, buenas excursiones, buen sitio. Si van más lejos unas que otras. Quien vuelve más morena, quien ha visto y visitado más cosas, quien cuenta más cosas. Y tienen su razón porque a los países que van a descansar, a “formarse” dicen, casi se reduce a planes para turismo, etc. Estas casas son preciosas, tienen toda clase de instalaciones deportivas, distracciones, piscina, total un hotel de 5 estrellas. A una persona le cuesta la actividad lo que le costaría a una familia unas vacaciones, da vergüenza pensarlo.

Es un mundo propio hecho dentro del mundo. Tienen una forma de vivir y de pensar que no toca la realidad. Un mundo entre otras cosas, de control que engendra una infinidad de papeles. Muchísima gente, mucho tiempo y mucha estupidez escrita, los escritos son más falsos que Judas, mienten más que escriben. Teorías de absolutamente todo, recordar sobre recordar y pedir más. Es un mundo de mandos y acatamientos que no tiene nada que ver con el mundo real, el vivir la vida. Un mundo que crea mentalidades infantiles, no maduran nunca, egoístas, comodonas, se les debe todo por ser quienes son, “del Opus Dei”.

Están siempre entretenidas con algo, están super amparadas unas con otras, todo lo tienen materialmente hablando, asegurado. Atado todo y muy atado. Cualquier problema por pequeño que sea lo magnifican. Están obsesionadas con los horarios y las puntualidades, las organizaciones, escalafones de normas. Hay abuso de poder, falta de libertad, por más que la prediquen juegan a su antojo con las personas. A otras las explotan a trabajar, abusan de ellas. Es un entramado de visitas, burocracia, metas, exámenes de lo que les habían propuesto, nuevas metas, teorías intocables, patriarcales, aprobaciones, puestos. Es un montaje tal que no viven la vida. Es algo cerrado, anacrónico, todos con la misma cabeza, las mismas ideas, la misma filosofía, la misma teología aristotélico-tomista que no avanza porque no saben que necesita el mundo, qué demandan las almas. Qué necesidades tiene la gente y se aferran erre que erre a lo que la Iglesia siempre ha dicho y no les entiende nadie. Ni los abuelos, ni los familiares ni la gente de la calle ni mucho menos los jóvenes. Tienen como orgullo saber emplear mucho tiempo en instruirse en el manejo del ordenador. Así no pueden comprender la vida normal.

Cuando salen a la calle tan arregladas, estrenando tanto, creen que las admiran por su buen vestir, impecables, maniquís que de lejos pasan inadvertidas, pasan con mucha vanidad, pensando que la gente las admira y les dan categoría y se vuelven presumidas, provocativas, simpáticas, llaman la atención, es decir, provocativas, coquetas. Pendientes de que las piropeen. A su vez ellas clasifican a las demás por su forma de vestir, les importan el qué dirán y que hablen bien de ellas. Se ciegan en lo falso.

Los del Opus Dei tienen una especie de sensación de persecución que así excusan sus mediocridades, no dan la talla y se excusan en que es persecución. Para cuando se habla de ellos y se escribe tienen tanto temor al qué dirán que tienen un ejército de especialistas para contrarrestar los dicho o lo escrito. Escudriñan las noticias y los periódicos para ver sus publicaciones y para contrarrestar las opiniones de otros.

Una cosa de la que están muy pendientes es del anillo de la fidelidad. Se comparan los anillos, hay sus envidias y dictaminan si la persona es de familia pudiente, si es un anillo valiosísimo por ser una joya de un antepasado, si le pega, si se lo ha comprado ella o si es un regalo. Qué anillo luce más, de qué época, cuál es el más bonito. Les ayuda a calcular el poder adquisitivo de la persona. Suelen ser grandes, llamativos, cargados de brillantes y piedras. Es tema de conversación y sobre todo de presunción. Quien tiene el mejor anillo o sortija. Se gesticula mucho para que se vean. Cuando se reúnen lo lucen, una cosa más de vanidad, de destacar. Hay algo que lejos de darle un significado lo convierten en materia de lucimiento, de vanidad, distinción y de poder adquisitivo de las familias.

Hay otra cosa que tienen metida, esculpida en sus mentes y es que santo santo sólo hay uno, su fundador. Tienen orden de hablar de él, de fomentar su devoción, las novenas. Todo lo bueno que les pasa es de él. Es como un acto reflejo al suplicar al cielo acordarse sólo de su fundador. ¿No hay más santos?

Creen que son los mejores, la mejor vocación. Tienen como único intercesor al Fundador. ¡Cómo se nota que no tratan a otros santos! No conocen a ninguno en profundidad.

Piensan, nosotros somos los mejores y estamos aquí porque mucha gente no sabe hacer nada. Si que son grandes, los mejores, son grandes pero en soberbia y en orgullo.



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