Del esfuerzo al voluntarismo

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(Cap. 7 de Lo que pasó a ser el Opus Dei)


Ser miembro del Opus Dei no es cosa fácil si se tiene en cuenta el plan de vida a seguir, la cantidad de trabajo impuesta y las metas siempre inaccesibles. A esta tensión psíquica hay que anadir la idea de que la santidad depende en gran parte del esfuerzo personal. El Cielo se ha de escalar por la fuerza de los punos:

Hijos míos, adelante con alegría, con esfuerzo.[1]

!Camino arriba!, con santa desvergüenza, sin detenerte hasta que subas del todo la cuesta del cumplimiento del deber.[2]

Es verdad que somos siervos inútiles (Luc. XVII, 10). Pero, con estos siervos inútiles, el Senor hará cosas muy grandes en el mundo, si ponemos algo de nuestra parte: el esfuerzo de alzar la mano, para asirnos a la que Dios —con su gracia— nos tiende desde el cielo.[3]

Habrá frutos si nos esforzamos. Si no hay frutos, es senal de que no hay bastante esfuerzo. San Josemaría decía también que "las vocaciones vienen en el ritmo de las disciplinas". Es decir: "cuanto más mortificaciones, más vocaciones". Y al revés: "si no hay vocaciones, es la senal de que no te mortificas demasiado". Las mortificaciones son el dinero con el que se compran las gracias. Si a este voluntarismo anadimos el nihilismo, tendremos un combinado que se llama el espíritu del Opus Dei:

En el continuo ejercicio de negar y negarte en las cosas pequenas fortalecerás, virilizarás, con la gracia de Dios, tu voluntad, para ser muy senor de ti mismo, en primer lugar. Y, después, guía, jefe, !caudillo!..., que obligues, que empujes, que arrastres, con tu ejemplo y con tu palabra y con tu ciencia y con tu imperio.[4]

Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación.[5]

En la cita precedente no se sabe muy bien a qué dar más importancia: ?al Amor o al deber? Para aclarar esta duda, voy a exponer más ensenanzas de san Josemaría:

El corazón, a un lado. Primero, el deber.[6]

Estamos, pues, todos nosotros obligados a trabajar: porque el trabajo es un mandato de Dios, y a Dios hay que obedecerle con alegría.[7]

Estáis obligados a dar ejemplo, hijos míos, en todos los terrenos.[8]

Senor! Siendo la tónica de nuestra vida procurar servirte, olvidándonos de nosotros mismos, con un sentido maravilloso del deber, nada ni nadie nos podrá quitar la paz; nada ni nadie nos podrá quitar la serenidad y la alegría.[9]

En el Opus Dei no hacemos las cosas porque tenemos ganas de hacerlas, sino porque hay que hacerlas.[10]

Hay que cumplir con el deber, no porque nos guste, sino porque tenemos obligación. No hemos de trabajar porque tengamos ganas, sino porque Dios lo quiere: y entonces habremos de trabajar con buena voluntad. El amor gustoso, que hace feliz al alma, está fundamentado en el dolor, en la alegría de ir contra nuestras inclinaciones, por hacer un servicio al Senor y a su Santa Iglesia.[11]

Finalmente, el Amor no es necesario. Basta cumplir con el deber "porque es tu deber". La espiritualidad del Opus Dei atrae nuestra atención sobre el esfuerzo personal en la mortificación, en la recitación de oraciones, en la práctica de virtudes... El hombre se hace así el autor de su propia santidad. El Espíritu Santo ocupa en este proceso un papel de ayuda, pero secundario.




  1. San Josemaría, carta Videns eos, 24.03.1931, n. 55
  2. San Josemaría, Camino, n. 44
  3. San Josemaría, carta Videns eos, 24.03.1931, n. 24
  4. San Josemaría, Camino, n. 19
  5. San Josemaría, Camino, n. 994
  6. San Josemaría, Camino, 162
  7. San Josemaría, carta Res omnes, 9.01.1932, n. 5
  8. San Josemaría, carta Res omnes, 9.01.1932, n. 35
  9. San Josemaría, Crónica, 1970, p. 204
  10. San Josemaría, A solas con Dios, n. 237
  11. San Josemaría, carta Videns eos, 24.03.1931, n. 18-19


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