De la vocación al encarcelamiento

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(Cap. 13 de Lo que pasó a ser el Opus Dei)


Desde el momento en que alguien escribe la carta al prelado pidiendo entrar en la organización (también a los de 14 anos), se le inculca la convicción de que salirse del Opus Dei es imposible desde el punto de vista moral.[1] El encarcelamiento psíquico de los miembros se alcanza de diversos modos. Primero, a través de fomentar el desprecio de los bienes de este mundo:

!Sed fieles! !No seáis tontos! Además, si cuando se presentase la ocasión de hacer el pequeno sacrificio de un pedazo de tierra, no se lo ofreciésemos a Dios, ?qué carino le tendríamos? !Que seáis fieles![2]

El segundo modo consiste en convencer a los miembros de que su salida del Opus Dei equivaldría a una completa derrota personal:

Para quien ha comenzado a saborear de alguna manera la entrega, caer vencido sería como un timo, un engano miserable.[3]

Con estas palabras san Josemaría probablemente trabaja la idea de la pérdida de la autoestima de los que deciden abandonar la institución. De todos modos, la convicción ha de ser que no hay posibilidad de salirse del Opus Dei, que no se puede hacer marcha atrás.

Según san Josemaría, hay tres peligros que amenazan la perseverancia: la pureza, el cuestionamiento de los dogmas de la fe y el interrogarse sobre la propia vocación. Por ello hay que hablar obligatoriamente cada semana en la dirección espiritual sobre la fe, la pureza y la vocación.[4]

El fundador veía en el amor humano un enorme peligro para la fidelidad de sus miembros célibes (numerarios y agregados). Cargaba el acento sobre la virtud de la pureza y auguraba terribles sufrimientos a los que se dejaran seducir por el amor:

Estad seguros de que ser desleales, agarrarse a un amor de la tierra, supondría el comienzo de una vida muy amarga, llena de tristeza, de vergüenza, de dolor.[5]

San Josemaría profetizó asimismo desgracias infinitas para aquellos que dejaran el Opus Dei:

No encontraréis la felicidad fuera de vuestro camino, hijos. Si alguien se descaminara, le quedaría un remordimiento tremendo: sería un desgraciado. Hasta esas cosas que dan a la gente una relativa felicidad, en una persona que abandona su vocación se hacen amargas como la hiel, agrias como el vinagre, repugnantes como el rejalgar.[6]

Otro condicionamiento psíquico adicional es fomentar remordimientos: si alguien se va del Opus Dei cae en la culpa porque rechaza conscientemente las gracias que había recibido de Dios:

Se procurará que [la persona que quiere irse de la Obra] comprenda que al cabo del tiempo, se llenaría de pena y se avergonzaría delante de Dios, de su conciencia, y de los hombres; y también que negarse a recibir el apoyo sobrenatural que se le ofrece, precisamente en ese momento de ceguera, equivale a tentar a Dios Nuestro Senor, exponiéndose a perder la felicidad terrena —el gaudium cum pace— y tal vez la eterna.[7]

Irse de la Obra no sólo significa condenarse a ser infeliz en esta vida, sino que también pone en duda grave su salvación eterna. San Josemaría usa de todos los medios disponibles para convencernos de que no hay salvación fuera del Opus Dei. En la cita siguiente el fundador identifica al Opus Dei con la barca de Pedro del evangelio, es decir con la Iglesia:

Desde el momento en que has subido a la barca, a esta barca del Opus Dei, (...) le diste a Jesús tu libertad, y tu fin personal ha pasado a ser algo muy secundario. Puedes moverte con libertad dentro de la barca, pero no puedes olvidar que has de permanecer siempre dentro de los límites de la barca. (...) si te sales de la barca, caerás entre las olas del mar, irás a la muerte, perecerás anegado en el océano, y dejarás de estar con Cristo. (...)

Tú, que has subido a la barca de la Obra porque te dio la gana, porque inequívocamente te llamó Dios, has de corresponder a esa gracia quemándote, haciendo que nuestro sacrificio gustoso, nuestra entrega sea una ofrenda: !un holocausto! (...)

Si quieres tener vida, y vida eterna, y honor eterno; si quieres la felicidad eterna, no puedes salir de la barca, y debes prescindir en muchos casos de tu fin personal. Yo no tengo otro fin que el corporativo: la obediencia. !Qué hermoso es obedecer! (...)

Si en esta barca, pobre, humilde, te acuerdas de que tú tienes un avión, que puedes manejar perfectamente, y piensas: !qué lejos puedo llegar! !Pues, vete, vete a un portaviones, que aquí tu avión no hace falta! (...)

Dentro de la barca no se puede hacer lo que nos venga en gana.

Hijo mío, convéncete de ahora para siempre, convéncete de que salir de la barca es la muerte. Y de que, para estar en la barca, se necesita rendir el juicio. Es necesaria una honda labor de humildad: entregarse, quemarse, hacerse holocausto.[8]

Don Álvaro, primero sucesor de san Josemaría, identificaba toda salida de la Obra con la traición de Judas :

!Qué trágica mentira cuando la infidelidad se pretende camuflar bajo apariencia de amor! Judas traicionó al Senor por dinero, Demas abandonó a San Pablo por los placeres de esta vida...: en el fondo, siempre es el egoísmo, la soberbia, es el yo desorbitado el que impide la fidelidad. Para nosotros, la fidelidad a nuestra llamada significa fidelidad a la vocación cristiana: al Amor de Dios. Se entienden por eso las palabras fuertes de nuestro Padre: si alguno de mis hijos se abandona y deja de guerrear, o vuelve la espalda, que sepa que nos hace traición a todos: a Jesucristo, a la Iglesia, a sus hermanos en la Obra, a todas las almas.[9]

Si se tiene fe en que estas palabras "provienen de modo especial de Jesucristo", el encarcelamiento psíquico es ya completo. Pero incluso tan fuerte condicionamiento puede desfallecer. Para inclinar a los miembros a una mayor "fidelidad", la prelatura impone castigos materiales a los que se van.
He aquí el tratamiento que el Opus Dei reserva a "los que no perseveraron":

Es preciso evitar todo lo que pudiese contribuir a dar —a los interesados y a los que son fieles a su vocación— la impresión equivocada de que "no ha pasado nada", de que la infidelidad no es algo muy serio. (...) No resulta oportuno que, después de abandonar su camino, comiencen a colaborar con personas de la Obra en trabajos profesionales de los que obtengan un beneficio material.[10]

Quizá estas palabras no quedan todavía suficientemente claras. Significan que si alguien era miembro del Opus Dei y trabajaba para una empresa ligada de alguna manera con un miembro del Opus Dei, será despedido de ella en el momento de su salida de la institución.
Si llevaba anos dando clases en un colegio ligado al Opus Dei, se le dirá que se rescinde su contrato porque ya no es válido. Si era profesor en una universidad ligada al Opus Dei, se prescindirá de él sin atender a sus méritos. Si era estudiante en una universidad ligada al Opus Dei, recibirá el consejo imperativo de seguir sus estudios en otra universidad. Y si hacía negocios o realizaba pedidos, de repente perderá clientes, proveedores y pedidos.
Por suerte, todo eso está hecho por amor de Dios y para el bien de esta persona: para que no tenga la impresión equivocada de que "no ha pasado nada".




  1. La idea de vocación reposa además sobre un frágil estatuto jurídico. El Catecismo de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei está ya en su séptima versión. Los cambios de cada versión tenían que reflejar los cambios en los estatutos jurídicos de la organización. En la última edición, dos términos son usados para designar a los seguidores de san Josemaría: los miembros del Opus Dei y los fieles del Opus Dei. ?Se trata de sinónimos? ?Por qué una vez se usa un término y otra vez el otro? La respuesta es que la prelatura tiene plena consciencia de que los laicos no son miembros de la prelatura. Para convencerse, basta leer los cánones del Código de Derecho Canónico referidos a las prelaturas personales:

    Cann. 294 - La Sede Apostólica (...) puede erigir prelaturas personales que consten de presbíteros y diáconos del clero secular.


    Cann. 296 - Mediante acuerdos establecidos con la prelatura, los laicos pueden dedicarse a las obras apostólicas de la prelatura personal.


    Dicho de otra manera, determinados sacerdotes pueden formar parte de una prelatura, pero los laicos pueden únicamente cooperar con la prelatura mediante un contrato. Un empleado que trabaja en una empresa también coopera con ella, en base a su contrato; pero no pertenece a esta empresa, no es algo suyo, no es su propiedad. Coopera orgánicamente con los fines de la empresa hasta el momento en que cualquiera de las dos partes da por finiquitado el contrato. La prelatura afirma a sus cooperadores que el contrato establecido con ellos genera las mismas obligaciones que el sacramento del matrimonio o del orden sacerdotal. En primer lugar, esto no es verdad. Pero aunque hipotéticamente lo fuera, habría una enorme falta de simetría entre las partes contratantes: el Opus Dei puede decidir cuándo una persona empieza o deja de cooperar con la organización, pero los laicos que deciden no cooperar con la Obra o dejar de cooperar con ella tirarían por la ventana una vocación que vendría de Dios...

  2. San Josemaría, Crónica IX-60, p. 10
  3. San Josemaría, carta Videns eos, 24.03.1931, n. 45
  4. cf. Catecismo de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei (edición del ano 2003), n. 218
  5. San Josemaría, carta Videns eos, 24.03.1931, n. 23
  6. San Josemaría, meditación 8.03.1962, Meditaciones, vol. III, pág. 389
  7. Vademécum del gobierno local, 19.03.2002, p. 64
  8. San Josemaría, meditación Vivir para la gloria de Dios, 21-X1-1954
  9. Don Álvaro, carta de marzo 1992
  10. Vademécum del gobierno local, 19.03.2002, p. 67



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