De cien almas… les interesan noventa

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Por Castalio, 20 octubre 2008


Sólo un breve comentario acerca de la vocación.

Asómese usted por la ventana de su casa. De cada cien jóvenes que vea pasar por la calle con pinta de clase media, diez son locos redomados. Esos no pueden formar parte de la Obra como numerarios. Los otros noventa son personas normales o quizá un poco desequilibrados, incluso algunos son taimados, maniáticos, depresos o simplemente ilusos; otros son listos o border line, algunos cristianos de viejo cuño, otros ateos, no faltarán los de bajo perfil así como personas con grandes dotes de liderazgo, unos son capitalinos y otros provincianos, quizá habrá geniecillos y normalitos, humanistas y técnicos, de complexión variada y de carácter más o menos estable o muy inestable, huérfanos, hijos de divorciados o hijos de familia integrada, con apellidos de alcurnia o de tradición burguesa clasemediera, sentimentales o fríos, heterosexuales u homosexuales (reprimidos), complicados de mente o sencillos...

Pues bien, para el Opus Dei, todos esos, por principio, son pitables. Todos. Cualquiera de ellos puede acercarse a los centros de la Obra y, tras observar que los que ahí viven no son muy distintos a él (al menos en apariencia), puede llegar a sentir miedo ante la posible llamada. Si lo expresa al numerario que lo invitó, o bien al director o al sacerdote del centro, dará inicio un proceso que puede durar tres días, dos semanas o veinte años. Se le dirá que ese miedo es el primer síntoma de la vocación y ahí empezará todo. Luego se le insistirá en que vaya a convivencias y retiros espirituales o que asista a medios de formación y a la primera de cambio se le planteará la crisis de la vocación, es decir, se le dirá que se haga numerario o agregado. Si pita, no se le hablará de lealtad al compromiso temporal, sino de fidelidad a la llamada divina. El proceso no es sencillo. Intervienen en él muchas personas a quienes el interesado no conoce y quizá no conocerá, que en la Obra se llaman directores (locales, de la delegación, de la comisión y hasta del consejo general). Lo más probable es que si no se va de la Obra o lo corren tras verificar que era de los diez que no debió entrar, con el paso del tiempo se le nombre miembro de uno de sus múltiples órganos de gobierno. Si lo hace bien será premiado con la promoción. Si se enferma o decae el ánimo, será relegado y quizá marginado por años. Y entonces saldrán a relucir todas sus defectos potenciales hasta que quizá salga de la Obra con escándalos o con profundas crisis de fe. Él no era sino uno de esos noventa como los que ahora caminan por la acera de enfrente de su casa. Pero para el Opus Dei, fue un posible numerario o agregado. Pitó, quizá despitó y ahora sufre el enfriamiento de su fe... perdió uno, cinco o veinticinco años de su vida creyendo que tenía una vocación, pero no la tenía, sólo pasaba por la calle y no era de los diez locos redomados...

Algunos de los que pitan son supernumerarios, tuvieron quizá doce o quince hijos, de los cuales pitaron todos o casi todos, salvo alguno con más carácter o uno que era el loco redomado de la familia. Los años pasaron, despitaron todos o casi todos en esa familia. Sólo queda uno o quizá dos de los quince que fueron numerarios... uno o dos que no se atreven a seguir a los hermanos o que se ordenaron sacerdotes; uno o dos que entraron en la inercia de los cargos internos y no saben hacer otra cosa... familias enteras, grupos de amigos... todos pitan...

Así de rara es la supuesta vocación de numerario. Unos entran, otros salen... y las personas no hacen sino caminar por la acera de enfrente de su casa... Asómese, véalos, imagíneselos de numerarios y entenderá la debilidad de la vocación al Opus Dei. Quizá entenderá también por qué se salen tantos… y si lo piensa un poco más… en fin…




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