Compromisos o juramentos promisorios

From Opus Dei info

Por Heraldo, 7 de enero de 2008


Al ingresar en un organismo superior de gobierno del Opus Dei (Delegación o Comisión, como oficial o como director), se realiza ante testigos un juramento -cuya fórmula exacta no recuerdo después de tantos años- por el que uno queda obligado a no divulgar información conocida por razón del cargo, y a no extraer –ni tolerar que se extraigan- documentos que ahí se emplean. Se trata, como es claro, de un grave compromiso de conciencia, del que no puedo dejar de hacer alguna reflexión.

El tema ha sido cuidadamente comentado por E.B.E. en su colaboración Romper el silencio de oficio, que también se refiere a estos juramentos o compromisos. Aunque sus consideraciones son atendibles, no me adhiero plenamente a lo que dice. Pienso que la clave de la eventual liberación del compromiso no obedece a la deslealtad o al fraude de la Obra, sino a la cuestión de la bondad misma del objeto del juramento, asunto que el propio E.B.E. refiere en algún pasaje de su escrito. A mi modo de ver, si tal objeto se torna malo, o se descubre más tarde que fue malo desde el principio, la obligatoriedad de respetar el juramento se disuelve...

La figura del juramento promisorio existe desde la más remota antigüedad y está bastante estudiado en la literatura moral católica. Hay que tener en cuenta que el juramento por antonomasia es aquel en el que se jura por Dios, y todo otro juramento tiene en él su arquetipo y paradigma. Por otra parte, el juramento no es un deber moral absoluto, como ocurre con muchos otros deberes morales, cuya obligatoriedad cede en determinadas condiciones, hasta el punto de que puede llegar a ser moralmente obligatorio actuar en contrario.

Para el caso que nos ocupa, la circunstancia o condición que ha cambiado es la distinta valoración que se hace ahora de la Institución. Ciertamente, cuando se hizo el juramento o compromiso, la Obra era estimada como algo bueno (santo) y, en consecuencia, que era malo divulgar información sobre ella, por cuanto pudiera dañarla. Se trataba de salvaguardar el bien de algo bueno. El objeto del compromiso (el bien de la Obra) era estimado entonces como algo muy bueno, y ello lo acreditaba como objeto de juramento. Pero si para la validez y consiguiente obligatoriedad de un juramento es menester la bondad de lo prometido (por ejemplo, no tendría ninguna validez ni obligatoriedad el compromiso promisorio de matar a un inocente), entonces la cuestión de un cambio en la estimación o valoración moral del objeto del juramento puede trastocar por completo la cuestión de su obligatoriedad.

Denunciar lo malo de la Obra está en la base de la motivación para romper juramentos promisorios y silencios de oficio, como hemos venido haciendo en esta web. Al margen de si los aspectos negativos de la Obra fueron así desde su origen y nacimiento, o si se configuraron más tarde, lo cierto es que, para muchos, nuestra percepción del Opus Dei ha cambiado de modo radical y extremoso, para unos más y para otros menos: antes lo considerábamos una cosa santa -hasta el punto de entregar en ella nuestras vidas- y ahora consideramos (es mi caso) que el Opus Dei posee en su entraña elementos de tal negatividad que atentan contra los mismos derechos humanos más elementales y contra la misma fe católica. Pues bien, en el mismo momento en que mi percepción cambia de uno a otro extremo, el compromiso moral derivado del juramento puede llegar a pasar a su opuesto: antes había compromiso de callar y ahora hay compromiso y obligación de hablar. ¿Por qué? Porque estimo en conciencia que hablar es el único camino con el que cuento para contribuir a que el Opus Dei rectifique o que al menos se le pongan obstáculos. Debo dejar de proteger lo malo con mi silencio. Como es claro, es una decisión que debo tomar en conciencia y no con frivolidad o por mero resentimiento.

Para justificar el cambio entre los extremos apuntados –callar y hablar-, no hace falta, de ninguna manera, ser católico y ni siquiera creyente. Basta una conciencia recta. Como es claro, para quienes la Obra siga siendo, en el fondo, algo bueno –digámoslo sin muchas precisiones- no estaría justificado sin más el paso del silencio a la denuncia. Por ejemplo, Pérez Tenessa se decidió por el silencio, quizá porque seguía pensando en la Obra como algo esencialmente bueno. Así parece sugerirlo al afirmar de ella que es “algo muy respetable”. Posiblemente también se quiso evitar líos: “lo único que quiero es que me dejen en paz”.

En opinión de E.B.E., lo que de ningún modo parece justificado, sería sacar a relucir asuntos de conciencia de las personas. No estoy seguro si este principio es absoluto o si admite también alguna relatividad. En principio, estoy de acuerdo en que es preciso omitir nombres, pues lo que está en cuestión son defectos institucionales. Curiosamente fue lo que no respetaron aquellos sacerdotes cuando visitaron a una docena de personas para difamar y calumniar a María Angustias Moreno.

Es ahora oportuno señalar mi parecer sobre lo que llamo los aspectos negativos de la Obra, intentando señalar cuál considero que está en la raíz de los demás.

En primer lugar, quiero señalar que, salvo por accidente, no hay nadie en el Opus Dei con mala voluntad. Es más, las personas que integran la Obra son unas excelentes y magníficas personas, y me refiero precisamente a la pureza de sus intenciones, sin olvidar su calidad humana. Lo mismo pienso del Fundador, y no dudo para nada que esté en el cielo (aunque no considero que la canonización sea infalible; la infalibilidad de las canonizaciones no pasa de ser una opinión de teólogos, y hay que recordar que muchas opiniones de teólogos han terminado siendo rechazadas por la Iglesia, como ocurrió hace poco con el Limbo). Por tanto, aunque parezca un círculo cuadrado, los aspectos negativos de la Obra son algo exclusivamente de índole institucional, que fueron surgiendo poco a poco con la praxis y el entusiasmo de un hombre de profundísimas convicciones e insuperable seguridad de conciencia: el P. Escrivá. Había algo en él –locura o no, no lo sabremos nunca- que le impedía “dudar”. Y así fue adelante con las mejores intenciones de servicio a Dios. La única manera como habría podido recibir ayuda para notar sus desvaríos sería de parte de la Jerarquía de la Iglesia, a través de un tutelaje auténtico que nunca recibió. El P. Escrivá nunca confió en la Jerarquía, y menos aún a partir del Concilio Vaticano II. Sus reiterados juicios peyorativos sobre Obispos, Cardenales y Papas –por muy revestidos que estén de preocupación por la Iglesia- lo delatan. Los conocen muy bien quienes convivieron con él. Por su parte, D. Álvaro nunca sirvió de contrapeso, como no fuera para ofrecer disculpas a cuantos quedaban heridos por las intemperancias del fundador. D. Álvaro, pese a su innegable inteligencia, era un hombre fundamentalmente ingenuo y dócil, y estuvo siempre absolutamente convencido de que el fundador era un vendaval del Espíritu Santo.

Quizá algunos participantes de esta web no estarán de acuerdo conmigo en las observaciones precedentes y dirán que yo también soy un ingenuo, pero advierto que va a ser muy difícil hacerme cambiar de opinión.

A mi modo de ver, los aspectos negativos más importantes de la Obra son aquellos que atentan contra los derechos humanos más básicos. Y son, a saber: la pretensión de dominio sobre las conciencias y la subordinación de las personas a la Institución, hasta el punto de acabar, en algunos casos, con sus más básicas energías y atentar contra su libertad. Ambos aspectos poseen por desgracia abundantes derivaciones e implicaciones, de muy distinta gravedad (por ejemplo, despedir a los ex con las manos vacías). En un nivel inferior, vienen otra serie de cuestiones también criticables. No todo está al mismo nivel y unas cosas dependen de otras.

Queda ahora determinar si todos estos aspectos negativos, tomados en conjunto, poseen una raíz común. A mi modo de ver, ROBB acierta, aunque parece que nos ha abandonado. En la base de los graves y no tan graves errores de la Obra, se encuentra su carácter de gnosis.


En mi opinión, la Obra como gnosis es la última palabra sobre la Obra. Y esto significa que la respuesta más radical a la tan repetida pregunta ¿qué es el Opus Dei? es que es una gnosis. Intentaré explicarlo de un modo muy sucinto.

  1. Un estado de conocimiento superior producto de una relación directa con Dios que elimina toda necesidad de aval. Dicha relación no es una iniciativa humana sino una precisa iniciativa divina. Tal relación no se limita al 2 de octubre de 1928 sino que se continúa hasta nuestros días y se extiende a todas las determinaciones. Por otra parte, la participación en la gnosis es gradual. El secretismo de la Obra para sus mismos miembros, es manifestación de esa gradualidad.
  2. La aprobación de la Iglesia es, para Escrivá, carta de ciudadanía de cara al exterior. Por eso la Obra es presentada sistemáticamente a la Jerarquía no como realmente es (en sus aspectos íntimos), sino como puede ser aprobada, para poder abrirse paso. Su carisma no queda justificado por dicha aprobación. La sanción canónica es adventicia y se refiere a aspectos circunstanciales, porque el carisma de la Obra es gnosis y en cuanto tal queda oculto. Por eso, la Obra se sabe de algún modo por encima de la Jerarquía de la Iglesia, y por ello está habilitada para juzgarla y actuar en consecuencia. La actitud del P. Escrivá durante el Concilio, sus lágrimas hasta casi perder la visión, no pueden derivar más que de una seguridad fincada en otro mundo. Por eso la Obra está muy por encima de cualquier fenómeno asociativo, de cualquier orden o movimiento religioso. Sólo le acomoda hasta cierto punto el estatuto de más alto nivel, la Jerarquía misma. La acusación de Iglesia dentro de la Iglesia es muy adecuada, y posiblemente hasta se queda corta.
  3. La pretensión de dominio sobre las conciencias, la confusión entre el fuero externo y el interno, no son más que consecuencias de su carácter de gnosis. Por eso aquella respuesta: “en la Obra no hay superiores y súbditos, sino Padre y hermanos”. Padre y hermanos es un tipo de relación suprainstitucional y supraeclesial (gnosis), por mucho que se utilicen esos domésticos términos. A su vez, los directores pueden acceder a la conciencia porque su labor trasciende –por arriba- lo institucional. La crítica de Oráculo sobre la libertad de las conciencias no los toca: ellos no pueden ser juzgados con criterios eclesiales e institucionales. El Derecho canónico también queda debajo de la Obra en cuanto gnosis. La gnosis es endiosamiento.
  4. La primacía de la Institución sobre las personas. Pertenecer y servir a la Obra es lo que dignifica a los miembros, pues la Obra en su esencia más íntima no es institución sino algo superior, algo divino, algo en todo caso del orden de la llamada Iglesia carismática (en oposición o distinción con la Iglesia Jerárquica). Perseverar es asegurarse el cielo. El conocimiento de la voluntad de Dios está en las indicaciones de los directores. El Padre es el hueco por el que nos llega la luz del cielo.
  5. La gnosis es sabiduría divina, no humana. De ahí, entre otras muchas cosas, la imposibilidad de escuchar las críticas de los de abajo o los de fuera, y la imposibilidad de rectificar en lo esencial. También la exclusión y el drástico olvido de los ex, en la medida de la aludida gradualidad.
  6. La castidad es exigida por la gnosis. Lo que mancha la luz y la santidad (gnosis) es la impureza. Los cátaros eran gnósticos y estimaban la castidad como condición en la participación de la gnosis.

Baste con esto. Es mi percepción. De ser correcta, la Obra sería una herejía y la Iglesia no tendrá más remedio que echarla de su seno. Otra alternativa es la rectificación, y su instancia ya no sería directamente Dios sino real y plenamente la Iglesia. Pero entonces la Obra perdería su esencia misma. Ya no quedarían más que las apariencias de la que armó el P. Escrivá.

¿Puede todo esto estimarse digno y bueno como para continuar respetando un juramento promisorio diseñado para su salvaguarda? Los rasgos gnósticos y sus consecuencias son precisamente los más escondidos. Ante una mirada atenta, no hay posibilidad de otro diagnóstico. Además, lo saben ellos y lo sabemos quienes hemos estado ahí.

Por eso, cuando uno se toma en serio la Obra no hay más que dos extremos posibles, como demuestran los hechos. O se acepta su verdad o se rechaza con todas sus consecuencias. Si se acepta, la Obra es luz y santidad, es lo mejor del mundo. Si se rechaza, la Obra es una gran locura. La razón de esta polaridad está en la grandeza de su pretensión.



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