Comprender cómo funciona el Opus Dei

From Opus Dei info

Por Lucas, 15 de julio de 2011


Ya estamos en condiciones de aportar respuestas a esta pregunta con base en la experiencia común, porque el opus dei ha funcionado desde el principio del mismo modo. Conscientemente no he querido preguntarme qué es el opus dei, que sería lo más natural y lógico. La razón se encuentra en que ni el mismo fundador tenía una idea clara sobre la esencia de su fundación, le daba igual, era para él sólo un bien útil. Lo que verdaderamente le importaba a él era la realidad y permanencia de una organización a su servicio. Las aportaciones de las últimas semanas (NVLP, EBE y otros más) me parece que requieren una reflexión en este sentido...

La realidad que evidencian estos testimonios, ya de un modo indiscutible, es que en el opus dei, al contrario de lo que cabría esperar en una institución de la Iglesia, no existe una auténtica preocupación por las personas, a las que se utiliza y explota sin consideración alguna. Recuerda el tratamiento que Stalin reservaba a sus inmediatos colaboradores. Pero esto todavía es una pequeña parte de la realidad, porque se manipula a las personas a sus espaldas, sin consultarles sobre aspectos importantes de sus vidas, sin pedirles opinión sobre su futuro, con planes muchas veces maquiavélicos, usando toda la información que han extraído de su intimidad a través de la dirección espiritual obligatoria con los directores –con la obra–, de las delaciones obtenidas so capa de corrección fraterna, de las “cartas al Padre” –como hemos sabido recientemente–, y usando también a sus psiquiatras como sicarios para “reorientarles” psicológicamente cuando disienten. Y cuando ven que ya no sirven para sus intereses utilitaristas, o que han comenzado a dudar de su rectitud y a descubrir la verdad, trazan un plan cruel para que se marchen haciéndoles creer que son ellos los que toman la decisión, cuando los directores ya lo habían sentenciado y diseñado con anterioridad.

¿Qué es esta organización de la Iglesia donde no se permite la comunicación –sólo con los dirigentes–, ni la amistad? ¿Todo esto es compatible con el cristianismo? ¿La Iglesia necesita de este tipo de instituciones manipuladoras de las personas y, en sus métodos y fines, completamente dispares con ella?

Se ha demostrado gracias a las últimas aportaciones –yo ya tenía experiencia de ello- que lo descrito es el modo de funcionar del prelado actual, al que no le importa ninguno de la obra por sí mismo (tal vez sólo el fundador). Pero también actuaba así el prelado anterior: éste era más sutil, más diplomático, pero igualmente implacable. Por lo tanto, este modo de obrar no es una degeneración del espíritu fundacional, sino todo lo contrario: fidelidad al modus operandi aprendido del fundador, que es aplicado a rajatabla. El prelado actual lo hace con menos disimulo.

¿Cuáles son las características de esta forma de actuar? Pues lo que observamos en los documentos oficiales internos: “Discreción”, secretismo[1] (la obra no aparece para nada), opacidad (los estatutos y reglamentos no se dan a conocer), control absoluto de los miembros, desconfianza de todo el mundo (hasta de los cargos elegidos por ellos), privación de autonomía; uso habitual del engaño, de la mentira y de la restricción mental, etc.; todo ello aderezado con un cierto ropaje espiritual y de ser voluntad de Dios. Así pues, no se trata de errores personales, sino del modo institucional de hacer. Pienso que tales modos son los de las sectas y de los totalitarismos.

Con todo esto se demuestra que si existe ahí alguna espiritualidad, está subordinada a otros fines por parte de las autoridades, por lo que los miembros tienen que descubrirla y practicarla por su cuenta, con ayuda de la gracia de Dios, y superando el obstáculo que presenta la praxis del opus dei. Los grandes santos fundadores han enseñado a sus seguidores a ser rectos hasta el fondo, coherentes, a buscar el bien de las personas, a ser desinteresados, a ser veraces…, en definitiva, una espiritualidad que lleva a hacer el bien de verdad, a encontrarse con Dios, a dejar que Dios actúe, a servir a las personas, a hacerlas libres. Y tales actitudes las han plasmado en sus métodos institucionales. Esta institución, en cambio, predica eso, pero hace lo contrario: explota y aliena a la gente, dominándola completamente en nombre de Dios; usa habitualmente de la falsedad, del engaño (sobre la historia del fundador y de la obra) y de la doblez (por ejemplo, somos consagrados pero al mismo tiempo lo negamos[2]); es toda ella un engaño. Esta contradicción esquizofrénica que rodea a los miembros (socios, fieles, cooperadores orgánicos o lo que convenga en cada momento) termina rompiendo a las personas: su impuesto aislamiento bloquea su capacidad de juzgar acerca de lo que sucede, cerrándose su inteligencia y su conciencia a las correctas respuestas, y provocando en muchos casos situaciones cercanas a la locura.

Es evidente también que a la cúpula no le interesa la unión con la jerarquía de la Iglesia, a la que engañan y desobedecen sin rubor desde tiempos del fundador, sino sólo lo que la jerarquía pueda pensar de ellos, esto es: la imagen de comunión y de salud institucional. Cuando se estaba preparando la encíclica Humanae vitae, Escrivá comentó que si no salía lo que él esperaba rompería la unión con Pablo VI, igual que Marcel Lefebvre. No les interesa tampoco el desarrollo de las ciencias, ni el de las personas. ¿Cuáles son, pues, sus fines? En el fondo, sólo uno: el propio engrandecimiento. Y para conseguirlo, los medios adecuados serían: el proselitismo salvaje y el poder (dentro y fuera del ámbito eclesial); y para el poder, el dinero[3]. Esto supone una verdadera corrupción de los fines del cristianismo.

¿Cómo se explica la aparición en la Iglesia de instituciones con estas características? Porque no es la única, como es obvio. Todas se distinguen por una deificación del líder (patrolatría = adoración al padre), provocada por el propio líder, que generalmente padece del trastorno narcisista de personalidad. Son los rasgos comunes de los individuos con esta personalidad patológica los que se traducen en los rasgos comunes de sus creaciones: sectas. Sólo así se explican los asombrosos paralelismos entre organismos tan dispares como los Legionarios de Cristo, el opus dei, Tradición Familia y Propiedad (Plinio Correa de Oliveira), por mencionar sólo algunos, porque son muchos más. Y ¿cómo se explica que la Iglesia no haya sabido discernir la personalidad patológica de esos fundadores?

¿Qué hay pues en el fondo de esta organización? La explicación del origen y de la estructura funcional del opus dei es muy clara, como hemos dicho: el trastorno de personalidad del fundador.

¿Qué hay en la cabeza de los que mandan? Esto es más difícil de objetivar. Me gustaría escuchar opiniones razonadas. Probablemente no haya más que fanatismo, fe ciega en el fundador, un planteamiento doctrinal e ideológico compartido con él, incluso intereses personales de poder dentro de la institución por parte de algunos. Un engendro patológico, una organización viciada desde su origen por la personalidad del fundador, que sólo buscaba que le admirasen y sirviesen, es caldo de cultivo para el ascenso y la perpetuación de los más fanáticos en las tareas de gobierno. Esto lo hemos padecido en los últimos años. Los que dirigen son gentes incapaces de ver la realidad, de ponerse en lugar de los que sufren lo indecible y de reaccionar ante ese sufrimiento ajeno. Es el fenómeno de las sectas creadas por personas con el trastorno narcisista. Por lo tanto, el problema siempre ha estado en la cúpula, como por fin parece que va siendo opinión general.

Que la cúpula del opus dei no confíe en los que dirigen la Iglesia, no me extraña, porque a esos niveles hay mucha corrupción. Pero denota una “fe” mayor en su fundador que la necesaria sumisión a la jerarquía eclesial, lo que me parece equivocado. Es un enorme error que se aplique la palabra fe a lo que viene del fundador (o del prelado). Este sucedáneo de la Fe es consecuencia de la mencionada patrolatría (dar obsequio de fe a la persona y palabras de Escrivá). Ellos creen primariamente en Escrivá y, secundariamente, en lo que creen los demás cristianos. Todo lo pasan por el filtro del fundador, convencidos de constituir la auténtica y verdadera Iglesia, precisamente por su fe en la persona de Escrivá y en sus revelaciones divinas como si se tratase de un Moisés o de un San Pablo. Sin tener en cuenta tampoco que toda palabra de testigos humanos, incluidos los escritos que componen el Nuevo Testamento (cuyo canon no se fijó en Roma hasta el siglo IV), han sufrido un discernimiento por parte de la Iglesia, que investigó su fiabilidad y coherencia con el conjunto de la revelación. Así se explica que personas muy inteligentes no puedan abandonar el opus dei: porque han dado obsequio de fe teologal a las afirmaciones de un hombre, y por tanto no pueden dudar de ellas sin riesgo de atentar contra la fe. Sin darse cuenta caen de esta manera en un pecado contra el primer mandamiento, que es la GRAN IDOLATRÍA del opus dei, y lo que sin duda acabará por destruirlo si no se remedia.

La fe fanática en Escrivá y la desconfianza en la jerarquía de la Iglesia puede ser lo que subjetivamente exculpe a los directores y a otros de engañar, maniobrar, presionar, hacer alianzas de poder, estrategias, etc., con respecto a la Jerarquía. Fue lo que en realidad hizo siempre el fundador. Pero él no lo hacía por una razón ideológica, sino por las determinaciones de su personalidad y de su ambición, aunque lo disimulase y revistiese de móviles que él consideraba aceptables. Y ahora sus continuadores siguen la misma línea de querer salvar a la Iglesia por su fidelidad y confianza en Escrivá.

Me gustaría hacer una llamada a las personas íntegras de la obra a que colaboren para poner fin a tanto engaño y a tanto sufrimiento. El prelado y su cúpula de poder me parecen demasiado fanatizados como para cambiar, es causa perdida. Pero los demás pueden pensar, hablar entre ellos, informarse a fondo de la realidad de la vida del fundador y de su obra. La información y la comunicación de los miembros, derechos fundamentales de cualquier ser humano, es el medio de llegar a la verdad y de salir del aislamiento al que se les somete para que viendo no vean, no sea que lleguen a curarse.




  1. Constituciones de 1950, nn. 6 y 7: El Opus Dei profesa una humildad colectiva, por lo cual no puede editar hojas ni publicaciones de cualquier género con el nombre de la Obra, a no ser internamente para uso de los socios; sus miembros no llevan signo alguno distintivo; hablan cautamente del Opus Dei con los extraños; pues la acción debe ser modesta y no ostentosa; el Opus Dei, como pluralidad, no interviene en ningún acto social ni es en él representado.
    El Opus Dei no tiene en general una forma específica de actividad colectiva externa […] En cuanto al apostolado, los miembros lo realizan por medio del ejercicio de las funciones y de los cargos públicos o bien por medio de asociaciones legítimamente constituidas, según parezca que lo exigen las circunstancias de tiempos y lugares.
  2. Constituciones de 1950, nn. 5 y 16: Los miembros del Instituto profesan la perfección evangélica, de tal modo sin embargo que no han de pronunciar votos religiosos ni llevar consigo en sus personas o casas signo alguno externo que indique una familia religiosa.
    En el Instituto, los miembros tomados en el sentido estricto, a saber, todos los miembros Numerarios, clérigos y laicos, se consagran a la adquisición de la perfección evangélica, y se ocupan con todas sus fuerzas en las obras de apostolado peculiares del Instituto; igualmente llevan en el Instituto una vida de familia [entiéndase vida de comunidad], de lo cual no pueden ser dispensados a no ser de acuerdo con lo prescrito en estas Constituciones. [En la actualidad esto sigue igual a pesar de que los Estatutos de la prelatura no contemplan que los miembros del opus dei se regulen por los consejos evangélicos].
  3. Constituciones de 1950, nn. 9 y 10: Los socios del Opus Dei actúan ya individualmente, ya por medio de asociaciones que pueden ser bien culturales o bien artísticas, pecuniarias, etc., y que se llaman sociedades auxiliares. Estas sociedades están igualmente, en su actividad, sujetas a obediencia a la autoridad jerárquica del Instituto. [El Opus Dei actúa y manda pero no aparece, sólo dan la cara miembros particulares y sociedades auxiliares, cf. nota 1]
    […] Sin embargo, el Opus Dei acepta legados de cualquier género destinados a perseguir la finalidad del Instituto; pero él de por sí no posee bienes inmobiliarios ordinariamente.


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