Comment:Pitaje a los 14,5 años (1)

From Opus Dei info

05:36, 27 July 2009Juan (Talk | contribs)New thread created
«newerolder»

27-7-2009
Querida Marifé:

No me voy a dirigir a ti sino a una chica distinta que haya pasado por tus mismas circunstancias.


Yo diría a esa chica que le falta objetividad. Ha estado seis años en el Opus Dei, menos que una carrera de Medicina, lo ha dejado a los veintidós ¿y afirma que ha perdido toda su infancia y juventud? Según para qué.


A los veintidós años entre un 30 y un 40% de las muchachas de todo el mundo ya se han embarazado. A esa edad entre un 20 y un 30% se habrán iniciado en la prostitución y un porcentaje superior habrá sufrido malos tratos. A los veintidós años un 80% de la población mundial se habrá incorporado al mundo laboral; un treinta por ciento ya habrá probado las drogas y un porcentaje muy superior llevará una vida desestructurada. A esa edad entre un 20 y un 30% de los nacidos habrán fallecido por distintas causas. Antes de los veintidós años los niños-soldado en África ya han matado, robado y violado.


Si es así ¿por qué nos quejamos nosotros? Por dos razones al menos. La primera porque pertenecemos a las generaciones más blandas de la historia. La segunda razón es más curiosa. A nadie se le ocurriría hacerse trapense o cartujo sólo por probar. Tampoco ninguna joven se haría carmelita descalza o misionera de la caridad en un momento de buen rollo. ¿Por qué? Porque sabemos lo duro que es el estilo de vida que llevan. Ni siquiera alguien ingresaría en un convento o en un seminario sin habérselo pensado bien. La vida en el Opus Dei es en apariencia una vida fácil, casi una aventura. Estudiar ya teníamos que hacerlo de todas formas e ir a Misa todos los días forma parte de lo que sabemos y estamos dispuestos a hacer. ¿Cuál es el problema? La constancia. Un pequeño sacrificio hecho todos los días es como la “gota malaya”; o nos hace santos o nos deshace.


Cuando alguien quiere subir a la cima del Everest pueden pasar tres cosas. La primera que alcance su objetivo. La segunda que tenga un accidente y pierda la vida. La tercera que no pueda más, se sienta sin fuerzas y con síntomas de congelación, le rodee la niebla y su compañero se haya accidentado por el camino. Entonces, por prudencia, da media vuelta y baja. Nadie le reprochará nada; ha hecho lo que ha podido y lo que ha debido.


¿Qué hemos hecho tú y yo? Darnos media vuelta y proponernos unas metas más accesibles. Y hemos hecho bien. Los que caen hasta el fondo del barranco son los que antes creían en Dios y ahora no creen, los que antes iban a Misa los domingos y se confesaban periódicamente y ahora no lo hacen; los que se desesperan, juran y maldicen. A esos más les valdría no haber intentado nunca la ascensión. Está en nuestra mano adoptar una actitud u otra.


Nosotros no. Nosotros siempre recordaremos nuestro intento como una de las cosas más importantes que hemos hecho en la vida: intentar hacer cima. ¿Por qué nadie se olvida de que ha estado en el Opus Dei, aunque no sepa interpretar bien los sentimientos que ello le despierta? ¿Por qué nadie se lo toma como una mala película o un plan aburrido que se pasa y se olvida? Porque de algún modo nos damos cuenta de que es el objetivo más ambicioso que nos hemos planteado jamás. Insisto, aunque no sepamos interpretar bien esa experiencia que nos tuvo al borde de la desesperación y del fracaso total. Algunos se cabrean porque no han encontrado la contrapartida a tanta entrega y a tanta generosidad. Es comprensible, pero el resultado no se conoce hasta que se hace el balance final de una vida.


Cuando yo dejé el Opus Dei no se me ocurrió pensar nada de esto. En esos momentos no está uno para poesía. Pero tampoco pensé: ¡Vaya mierda! Ahí te quedas. De pensar algo debíamos pensar: ¡Ójala los que vengan detrás sean más fuertes, más constantes, más humildes y capaces de salir adelante! Y créeme que no es cosa de edad. Yo pedí la admisión en tercero de carrera, mis padres no son supernumerarios y mis hermanos no practican, y el resultado ha sido el mismo.


Ahora imagínate que los directores/as dicen: “Estamos haciendo sufrir a mucha gente que luego habla mal de nosotros, otra tanta se va, ¡dejemos de hacer proselitismo!” ¿Quién cumpliría entonces la voluntad de Dios en el mundo? ¿Los sacerdotes? Como sabes para ellos la experiencia también es costosa y para los religiosos y religiosas igual. ¿Quién se ocuparía de los demás? ¿Quién daría testimonio? ¿Quién viviría la solidaridad y la entrega?

Volviendo a esa generación tan blanda de la que te hablaba al principio te pondría un ejemplo. Los directores siguen buscando entre un montón de manzanas pasadas, golpeadas unas, picadas otras, para encontrar dos o tres que estén en buen estado y se puedan presentar delante de Dios. Yo creo que es de alabar su tozudez y su esperanza. Nosotros hemos vuelto otra vez al montón inicial; por lo menos démosle gracias a Dios por habernos mirado.


Desearía que estas ideas fueran de utilidad a nuestra amiga.


Te saluda

JUAN

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