Cateto a babor (sobre el J.J. Sister)

From Opus Dei info

Por Luxindex, 12 de marzo de 2010


“Padre, no se preocupe que estamos en el Golfo
de León y la mar aquí siempre es muy mala”
José Orlandis: Mis recuerdos


José Orlandis Rovira, palmesano y, por tanto, obligado conocedor del Mediterráneo, intentó tranquilizar al fundador del Opus DeiÒ con las palabras de la cita anterior cuando, embarcados en el J. J. Sister, cruzaban el proceloso golfo de Lyon. Era el 22 de junio de 1946 y la pareja había zarpado de Barcelona como Pía Unión con destino al Instituto Secular que, tras desembarcar en Génova e ir a Roma, conseguirían meses después.

En el Opus Dei, el feliz desenlace de aquella travesía siempre nos la presentaron como un milagro, pues nos decían que el diablo hizo lo imposible por hundir aquel barquito inmerso en un insólito temporal con el que Escrivá quería alcanzar las costas italianas para presentarle al Pontífice su criatura; la opus había cumplido 18 años y ésa sería una buena puesta de largo...

Barquito, temporal, milagro…


El supuesto barquito

Los hagiógrafos de Escrivá se han empeñado en convertir ese barco mayor (cerca de 87 m de eslora total), modernizado, rápido y confortable para la época, en una especie de peligrosa balsa de fortuna.

Para José Miguel Cejas (Vida del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer; 1992 y en Montse Grases, la alegría de la entrega; 1993) era “un pequeño vapor correo de poco más de mil toneladas”; para Ana Sastre (Tiempo de caminar; 1989) un “viejo barco”; para François Gondrand (Historia del Opus Dei y de su fundador; 1985) “un barco antiguo, del siglo XIX”; para Peter Berglar (El fundador del Opus Dei; 1988) “un vaporcito bastante pobretón”; para Pilar Urbano (El Hombre de Villa Tevere; 2004) un “pequeño vapor […] con fama de saltarín y bailador”…

Pero, el J. J. Sister, pionero en España del motor de combustión interna como sistema de propulsión, era un buen barco. Nació, sí, como barco de vapor, pero en 1946 ya llevaba 22 años reconvertido en motonave.

Pero dejemos aparte los adjetivos interesados (“pequeño”, “viejo”, “antiguo”, “pobretón”, “saltarín y bailador”) de los anteriores legos en náutica y atendamos a un Capitán de la Marina Mercante, Manuel Rodríguez Barrientos:

“Sus características principales eran: eslora total, 86,35 m; eslora entre perpendiculares, 81,74 m; manga, 11,25 m; puntal de construcción, 6,90 m; registro bruto, 1.511,94 t; registro neto, 720,24 t; y desplazamiento en máxima carga, 2.965 t. […] Cuando la Compañía Trasmediterránea decide convertirlos en motonaves [se refiere, además del J. J. Sister, al A. Lázaro y al V. Puchol] elige para sustituir a sus máquinas de vapor unos motores diésel de construcción alemana, marca M.A.N., tipo marino, del modelo FLOV 53, directamente reversibles, con 10 cilindros de trabajo y dos cilindros de compresores de aire. Desarrollaban una potencia de 1.350 CV efectivos, a 200 RPM, y se instalaron dos en cada buque, con lo que éstos quedaron algo mermados de velocidad, aunque a pesar de ello aún se les podía considerar buques rápidos para aquellos tiempos, ya que aún podían alcanzar un andar de 16 nudos” (“La Compañía Trasmediterránea precursora en España de la propulsión a motor”. Revista General de Marina; 2005).

En 1946, por viejo y destartalado que lo quieran poner, aún le quedaban 18 años de navegación, pues fue desguazado en 1964.

Lo dicho, en su tipo, un buen barco de entonces.

El supuesto temporal

El golfo de León, o de Lyon, es un amplio entrante del mar Mediterráneo en esa zona común entre Francia y España, que si no se le puede llamar traidor es porque avisa con la fastidiosa tramontana o con el incómodo mistral.

Ocasionalmente, esos vientos se convierten en algo fatal. Sin ir más lejos, el pasado día tres, dos pasajeros del crucero Louis Majesty murieron y diecisiete resultaron heridos por el impacto de una inesperada gran ola cuando el buque de recreo en el que estaban navegaba a 25 millas de la costa de Begur (Girona, España).

Pero, caramba, la cosa no es así siempre. Generalmente no pasa de ser lo que hemos dicho: un fastidio.

Y eso es todo lo que pasó en aquella pequeña travesía, que tuvieron una mala noche. Y aunque nunca, ni por asomo, estuvieron en peligro de irse a pique, aquellos cuatro vaivenes azuzaron la morbosa obsesión que Escrivá tenía por su muerte. Ya de día y con el mar calmado debió sentirse como un cateto a babor y para borrar el ridículo miedo que sintió en su bautismo de agua salada (era la primera vez que se embarcaba) se inventó la epopeya que luego nos contarían.

Con el paso de los años, la narración de sus hagiógrafos, como luego veremos, se perfeccionó en su exageración aumentando hasta doblar el número de horas que duró la marejada pretendiendo así añadirle dramatismo y peligro (cuando, y vuelvo a los pobres turistas del Louis Majesty, para morir basta un instante) al que sólo fue un pesado viaje.

Pero vayamos ahora a la descripción de los hechos siguiendo a Andrés Vázquez de Prada (El fundador del Opus Dei. T. III; 2003) cuando transcribe el Diario de Navegación –documento fundamental- de aquellas singladuras del J. J. Sister.

Se lee en el Diario:

“A las 24.00 finaliza la presente sin novedad. –En la mar a 21-6-46. –El capitán (firmado)”.

Dice Vázquez:

“De la lectura del Diario de Navegación parece deducirse que nada de particular ocurrió en la primera singladura del viaje Barcelona a Génova”.

¿“Parece deducirse”? ¡Pero si está más claro que el agua! Sencillamente, no pasó nada.

Eso sí, al poco, ya pasada la medianoche, el mar arreció bastante y así lo reflejó el capitán:

“Comenzamos la presente singladura con viento fresquito del NNW y marejada del mismo, que van aumentando de intensidad poco a poco. A medida que navegamos refresca el viento de NNW duro, que levanta mar muy gruesa, obligando al buque a dar bandazos y embarcando continuos golpes de mar sobre la cubierta. Llevamos las escotillas cerradas para evitar que entre el agua en las bodegas, pero no podemos impedir que se moje la fruta que llevamos a popa sobre cubierta, por los continuos golpes de mar que hasta allí llegan. Por todo lo cual hago constar la presente protesta contra cargadores, receptores y todo aquel a que hubiere lugar, por las averías que pueda sufrir la carga durante el viaje, y los daños que causa al buque”.

Es decir, que el mar afeó el viaje y poco más. Porque, de lo contrario, de haber existido un riesgo real, ¿hubiera estado el capitán preocupado de dejar por escrito su protesta por la carga de “plátanos con destino a Suiza” que le habían colocado los estibadores en la parte posterior de la embarcación sobre cubierta? Ésa (que no le exigiesen responsabilidades por la fruta estropeada por ir, a su pesar, sobre cubierta en lugar de, como debiera, en las bodegas) y, supongo, evitar que le vomitaran en la pechera fueron sus dos preocupaciones. Nada más. Que nadie se imagine al capitán o su tripulación corriendo arriba y abajo por la cubierta, arañándose la cara y llorando como niñas. Que entre el pasaje los habría preocupados o asustados (el propio Escrivá) es normal. Que muchos se marearon, ¡pues claro!

Del total de la travesía (unas seiscientas y pico de millas) pasaron, según escribió el propio Orlandis a los cuatro días de desembarcar en Génova, no más de doce horas con la mar arbolada: “pasamos 10 o doce horas” (carta de José Orlandis Rovira: Roma 26, VI, 1946). Pero (y esto tiene gracia), años más tarde, de nuevo el propio Orlandis alarga la aventura unas horitas: “debió durar entre 15 y dieciocho horas” (José Orlandis: Mis recuerdos: primeros tiempos del Opus Dei en Roma; 1995).

Bueno, empezamos por diez y ya vamos por 18… Pero Pilar Urbano y Ana Sastre, en sus libros ya citados, no contentas, redondearon al alza las horas malas; Urbano: “han vivido veinte horas de tremenda zozobra”; Sastre: “un furioso temporal sacude a la nave durante casi veinte horas”. En fin, de seguir esta progresión resultará que Escrivá pasó su vida pegando botes en el “saltarín” J. J. Sister.

Y yo pregunto, ¿para qué modificar, estirar, agrandar, aumentar tanto; para qué o por qué, en suma, exagerar hasta acabar inventando?

El supuesto milagro

¿Recordáis cómo se recargaba de milagrería en las tertulias-pirata (y no tan piratas) esta hablilla del J. J. Sister? Por comparación, el hundimiento del Titanic quedaba en una ahogadilla y la leyenda del Triángulo de las Bermudas o del Diablo en un relajante jacuzzi donde por perder sólo se pierden las preocupaciones…

Este milagro del J. J. Sister pertenece a una subespecie muy útil para los supersticiosos como Escrivá: no es milagro lo que pasa sino lo que NO pasa. Quiero decir que para Escrivá sus muchos miedos no cumplidos pasaban directamente a ser milagros, intervención divina.

Como buen narciso, fantasioso hasta el delirio, era incapaz de ver a los otros o la realidad. De ahí que cuando Orlandis, que debió verle mala cara, le aclaró: “Padre, no se preocupe que estamos en el Golfo de León y la mar aquí siempre es muy mala”, Escrivá, ignorando la explicación de Orlandis y a las centenares de personas que también como él estaban embarcadas, le contestó: “¡Pues hay que ver de qué manera el diablo ha metido el rabo en el golfo de León! ¡Está visto que no le hace ninguna gracia que lleguemos a Roma!”. A la postre, la lapidaria contestación quedó para sus seguidores como acta notarial de que aquello no fue un simple viaje incómodo sino un gran milagro, otro más.

Pero, dejando a un lado lo gazmoño de esa forma de pensar, es muy revelador que Escrivá dijera a Roma (destino de la pareja) y no a Génova (destino del barco).

Es decir (como apuntó Nelli el otro día torpedeando en plena línea de flotación), el padre Escrivá, en su desordenado pensar, razonaba como si aquel barco se hubiese fletado ¡sólo para su fin!

¿Sólo para su fin? El J. J. Sister solía llevar entre pasaje y tripulación entre trescientas y pico y 500 almas, aunque ocasionalmente transportó a más. En aquel viaje el barco estaba completo como prueba que les costase hasta última hora obtener un camarote, según cuentan Orlandis, Vázquez de Prada y otros de los nombrados. Imaginemos, pues, los centenares de historias que navegaban, Dios mediante, hacia Génova… alguien que apuradamente viajara a Italia para ver, por ejemplo, aún con vida a su moribunda hija; quien viniera de Bogotá a reunirse con su esposa por poderes (¿será tan guapa como aparece en las estampas que me ha enviado?); quien fuese temeroso de que sus incipientes negocios en Milán se malograran por el cambio que sólo dieciséis días antes hizo República del antes Reino de Italia; o quién sabe si viajaban también otros fundadores que finalmente le encontraron más gusto o se realizaron mejor en el mundo de las variedades o de las finanzas. Quién sabe…

Pero no. La existencia de aquel barco, aquel golfo, aquella marejada y aquel rabo estribaban en aquella Pía Unión tan española ideada por aquel cateto a babor que rodeado de figurantes (los demás) viajaba a Génova para luego llegar a Roma; ¿ciudades fundadas para él?




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