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Carmen, de 48 años, fue numeraria del Opus Dei -los miembros célibes- durante 18 años y vivió en tres centros de la organización religiosa en Valencia, Murcia y Pamplona. Llegó a ser directora de uno de ellos. Actualmente vive en Vitoria, capital del País Vasco, y está casada sin hijos.

Carmen Charo

¿Por qué me fui?

Dejé el Opus Dei porque me sentí morir. Había estado siete años con una depresión, con tratamiento psiquiátrico, e iba poco a poco siendo más incapaz de hacer cada vez más cosas, de trabajar; me sentía sin vida.

Yo no tuve nunca una decisión de dejar el Opus Dei y además nunca dudé de la “Obra”. Cuando me fui no era consciente, no era capaz de razonar nada que viera mal. Todo lo que no funcionaba era culpa mía; era yo la que no respondía a un modelo. No me lo decían quizás de manera expresa, pero era toda la vida la que te llevaba a pensar así.

Y ése es mi gran escándalo de la Obra: se me hacía creer que tenía una enfermedad crónica grave y que tenía que ofrecerla a dios y vivir con ella el resto de mis días. No se decían nombres. Pero, bueno, aquello no se curaba. Yo tenía cada vez manifestaciones más serias, de no dormir, de explosiones ante las cosas normales de la vida, a las que reaccionaba de una manera desproporcionada.

Necesitaba salir de ahí y me fui a casa de mis padres. Y a la semana de estar con ellos vi que mi cuerpo reaccionaba de una manera totalmente distinta y ya me sentí incapaz de volver. Estaba claro que no era algo mío, sino que respondía al ambiente [de los centros del Opus Dei].

En el ambiente hay incoherencias: hay una teoría y la vida va por otro lado. Por ejemplo, todo el tema de la libertad. Somos libérrimos, decía el fundador [Josemaría Escrivá de Balaguer], pero en la “Obra” todo está supercontrolado. Controla el consejo local del centro, que tiene una directora, una subdirectora y una secretaria.

Semanalmente se da cuenta de la vida personal, no en lo externo sino en lo más íntimo, de lo que piensas, lo que sientes, de lo que quieres hacer o dejas de hacer, de lo que deseas o dejas de desear.

El horario está marcado, todo el mundo se levanta a la misma hora, se hace la oración a la misma hora, la misa luego, se desayuna todas juntas, se come todas juntas. Después de la comida está la tertulia; tienes además un encargo apostólico del que tienes que dar cuenta lo que haces y no haces. En todo momento estás disponible y controlado.

Tu dinero lo mismo, porque un numerario entrega su sueldo y luego pide lo que necesite a la secretaria del centro, y luego das mensualmente cuenta hasta del último céntimo de euro. Si te has tomado tres cafés te dicen que eso es falta de pobreza. Hasta esos límites.

Supuestamente uno puede decir que no a un encargo, pero no es tan así. Cuando tú dices que no a algo, siempre lo que te viene encima es el que tú has dado toda tu vida a la “Obra”, que no estás siendo generosa, que estás siendo desleal. Crean esa carga de culpa en tu conciencia y ésa es la manera de volver a meterte en el carril.

Siempre dicen que dios es el que quiere eso para ti. El consejo local del centro, la directora o la persona que lleva la charla eran los que decían qué era de dios, siendo laicos. Se creían que interpretaban la voluntad de dios.

Yo estuve dentro del Opus Dei desde los 15 hasta los 33 años. Entré en la “Obra” huyendo de mi familia. Creo que era carne de cañón, un ser facilísimo de ganar para la causa, porque yo estaba muy mal en casa y quería salir adonde fuera.

Siento que la persona que me introdujo en el Opus Dei aprovechó esa situación. Quizá ella tampoco lo viera de una manera consciente, no creo. Pero eso se hace habitualmente: se hizo conmigo y se hace, sí.

Es que en el Opus Dei lo que se pretende es traer gente para la causa, bien personas que tengan dinero o poder, gente que dé acceso a gente influyente o bien mano de obra; creo que éste último era mi caso y el de muchísimos otros numerarios: individuos con una capacidad de dar hasta el infinito, porque se te exprime como un limón; tú das todo: tu tiempo, tus energías.

Yo he reclutado a pocos. Yo siempre he sido una persona quizás insegura, siempre se me dijo que era poco proselitista o que no tenía gancho.

Los cinco primeros años de la salida del Opus Dei fueron muy duros. Tuve que volver a casa de mis padres; me fui porque estaba mal y me encontré con lo mismo que había dejado, y no tuve más remedio que estar ahí porque estaba mal física y psicológicamente.

Yo estudié pedagogía pero no la ejercí nunca; estuve siempre en trabajos internos dentro de la “Obra”. Entonces no tenía ni currículum ni tuve derecho al paro, porque nunca estuve asegurada dentro del Opus Dei. Los trabajos que hice fueron muy precarios todos.

No me persiguieron para que volviera, como les ha ocurrido a otras personas. Creo que mi trato fue distinto porque yo estaba como un felpudo, tirada en el suelo y no daba para más.

En el después, a mí lo que más me está costando quitar son los prejuicios. Yo veo que en la “Obra” no se vive el Evangelio porque se prejuzga a las personas y se encasilla, y tú cuando tienes una persona adelante ves si te sirve o no. No ves en esa persona la imagen de dios ni un hijo de dios por el que dar la vida o al que servir.

Tú cuando conoces a alguien te fijas mucho en si tiene buen estilo a la hora de vestir, si tiene buen porte, si físicamente es una persona agraciada o no, que estatus social tiene, qué estudios, si intelectualmente puede dar el nivel para la labor del Opus Dei. Es un sentido utilitarista de la persona.

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