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Ana Azanza Elio, de 38 años, soltera, fue numeraria del Opus Dei -los miembros célibes que viven en centros de la organización- y escribió un libro con sus experiencias, “Diecinueve años de mi vida caminando en una mentira: Opus Dei”. Actualmente es profesora de un instituto público en Jaen, en el sur de España.

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Ana Azanza Elio

¿Por qué me fui?

Me fui del Opus Dei porque yo entré convencida por mi fe de que era un asunto religioso y de que verdaderamente tenía una vocación como hay tantas en la iglesia, pero llegó un momento en que descubrí que esas personas que decían que eran mi familia no lo eran.

Ellas predican muchas cosas que no viven.

Por ejemplo, a mí me decían que tenía que ser sincera. Yo predicaba a todo el mundo que había que vivir la sinceridad y me di cuenta de que me estaban mintiendo. O me decían que había que hacer apostolado [proselitismo], yo lo hacía y me di cuenta de que las directoras y las numerarias que mandaban sobre mí no lo hacían.

Comencé a tener problemas en el trabajo y esto se juntó con el hecho de que yo empezaba a criticar que la directora no hacía apostolado, y ellas en lugar de darme la razón y aceptar una realidad que era evidente, me empezaron a decir que yo estaba loca y tenía que ir al psiquiatra.

Y fui al psiquiatra por ellas, una vez a uno de sus psiquiatras. Y me recetó que leyera “Inteligencia emocional”; esa fue su receta.

Para mí mi fe cristiana es lo más importante en mi vida, y yo estaba entregada al Opus Dei porque pensaba que también en el Opus Dei era lo más importante, y me di cuenta de que no, de que la única que estaba poniendo allí su fe en dios por encima de todo era yo.

Porque lo que cuenta en el Opus Dei es la fe en los directores [de los centros] por encima de todo (...) Para mí lo fundamental era que todo lo que decían las directoras, dios lo quería. Entonces allá iba, no me preguntaba más.

El hecho de que tú estés durmiendo perfectamente y no tengas ningún problema de ansiedad ni de sueño ni de nada y te estén diciendo: necesitas ir a un psiquiatra, pues me pareció tan absurdo cuando ellas, las directoras y muchas numerarias, tienen los cajones de sus mesillas llenos de pastillas para dormir.

[En un momento] entre cuatro personas me metieron en una habitación y me encerraron. Me dijeron que estaba mal (…), en fin, que me iba mal en la “Obra”, en el instituto [donde trabajaba], en todas partes y que no tenía remedio (…) Las conversaciones telefónicas las vigilaban.

Entonces yo decidí que no podía seguir viviendo en un centro. Me fui a vivir a un piso yo sola. Gracias a dios tenía mi oposición [nombramiento por concurso] como profesora, mi sueldo, y entonces podía pagarme mi vida.

Me seguían saludando por la calle y a mí me parecía todo tan absurdo...

Poco a poco te vas deshaciendo de muchas costumbres, de muchas maneras de ver la vida, de una mentalidad totalmente arcaica y extraña, una mentalidad de persona elegida, porque para hacer las cosas que haces en el Opus Dei tienes que estar muy convencida y yo estaba muy convencida.

Como ellos dicen las cosas es un plano inclinado (…) Es un lavado de cerebro constante escuchando las mismas ideas de manera de que tú acabas muy convencida de que verdaderamente dios es lo primero. Y claro, dios es lo primero, eso tiene muchas interpretaciones. Ellos quieren que tú identifiques Opus con dios. Ése ha sido mi fallo.

Si no estás con el Opus Dei no tienes la inmensa suerte que dios ha hecho para la humanidad que es conocer el Opus. Se crea una mentalidad de elegidos, tú te piensas que lo eres, vas por la vida mirando a todo el mundo por encima del hombro.

Entonces tienes que ir poniendo los pies sobre el suelo y darte cuenta de que aquí elegidos sobre los demás seres humanos no hay nadie. Somos todos iguales.

Ahí abres los ojos, empiezas a calibrar a la gente por lo que la gente es. Porque cuando eres numeraria calibras a la gente en la medida en que ves que tú puedes sacar algo para el Opus Dei: esta persona puede entender, no puede entender, la puedo llevar a un retiro, la puedo traer a confesar.

Lo de mi familia ha sido muy doloroso, porque yo me creía tanto aquello de que dios me había elegido… Era yo misma la que intentaba poner en práctica esa separación de la que cuando eres muy joven en el Opus Dei te hablan, de que tienes que dejar atrás tu familia de sangre.

[En el centro] llegas a no tener intimidad, no maduras, no creces como persona, no tienes un reducto donde no esté la “Obra” metida.

Tienes que decir todo lo que haces, que entras, que sales, adónde vas, aunque sea una tontería.

Debes entregar todo el dinero. Incluso cuando haces la fidelidad [la incorporación jurídica al Opus Dei] se hace un testamento, bien ante notario, bien hológrafo, dejando absolutamente todo al Opus Dei, a sus instituciones.

Entonces cuando uno sale lo primero que tiene que hacer entre otras cosas es preocuparse de hacer un testamento que anule el anterior, porque si no se puede dar el caso de que lleves toda una vida echando pestes del Opus Dei y te mueras y tus bienes vayan a parar a ellos.

Como numeraria no podía fumar, pero vamos, no poder fumar es de lo más saludable que tiene la “Obra”.

Si yo estaba convencida de que dios me había pedido mi vida en cuerpo y alma, pues no iba a ir a un sitio donde me pudiera enamorar de alguien. Claro, dentro de las reglas las numerarias no van al cine, al teatro, al fútbol, a los toros, no van a los espectáculos públicos.

Hasta el punto de que yo el primer verano que viví sola [después de salir del Opus Dei] decidí irme de vacaciones y me sentía extraña o se me pasó por la cabeza que a la dueña del piso que alquilaba tendría que decirle que me iba unos días. A alguien tenía que decírselo.

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