Carta a un amigo que sufrió mucho en el proceso de marcharse de la Obra

From Opus Dei info

Por Blood brother, 26 de noviembre de 2010


En relación a lo que me dices sobre la Obra, hay varios puntos que me resulta imprescindible matizar, en la certeza de que alguien que ha pasado por ahí podrá entender algunos detalles que se suelen tratar con brocha gruesa. Voy a ser muy duro y claro. En estos años, desde 2002 en que me fui tras veinte años [como numerario], no he hablado apenas con nadie sobre ello, pero creo que es importante compartirlo en este momento contigo.

En primer lugar el carácter institucional de la Obra y sus consecuencias en el trato de cada caso particular. Me hablas de la sensación de "traición" o de sentirse traicionado de algunos (o muchos) miembros cuando alguien se marcha. Este hecho, en sí mismo, me parece una de las carencias de la Obra y de las instituciones que viven institucionalizadas; es decir, de los grupos que contemplan la pertenencia a ellos en términos excluyentes, de conmigo o contra mí, y que además intentan dar una cobertura ¡teológica! a esa actitud. Tú y yo sabemos bien que el corazón de Dios es mucho más grande que la Obra, que ha demostrado una y otra vez una mezquindad pusilánime a la hora de abordar el cada vez más grave y exponencial problema de la marcha de tantos miembros, en especial de los célibes. Y todos saben, sabemos, que eso no tiene a menudo NADA que ver con líos de faldas o carencias en la fidelidad...

El concepto mismo de perseverancia que se utiliza en la Obra tiene más que ver con el voluntarismo kantiano que con la esencia del cristianismo, aquello de la "conciencia del deber, que es abnegación". Porque puede ser que no siempre sea así: a menudo esa concepción errónea puede suponer el salto al abismo, o el empujón final, pero nunca el plano inclinado que, entiendo, describía o se supone que describía una trayectoria ascendente. Así, el día que uno revela la tragedia que vive en su vida entera, se le proscribe de hecho, se le aísla y comienza para esa persona un sendero de soledad real, en el que las entrevistas y conversaciones a distintos niveles (desde la charla a la dirección espiritual, desde los retiros a los encuentros con los directores de la delegación, cada vez más altos hasta consumar la salida) se trazan en una angustiosa monocromía: blanco o negro, dentro o fuera, fidelidad y salvación o salida y más que posible condenación. A mí me dijeron esto, tal cual, desde AM (actualmente en la delegación, un hombre bueno pero terriblemente voluntarista, que nunca ha sido otra cosa en la vida que director) hasta JB, a día de hoy sacerdote; desde PC (un hombre superficial e insensible conmigo, nada menos que director de una delegación) a JM.

Hoy, después de veinte años en la Obra y ocho después de mi marcha, sólo Toni Mir y Rafa Gisbert han mostrado un mínimo interés por mi vida, por mis circunstancias, siquiera por mi situación laboral o mi salud que, tras la salida del colegio donde tú y yo trabajamos, quedaron en grave entredicho durante tres años a cuenta de Fomento y una caterva de miembros de la Obra que actuaron como maquiavélicos liberalotes, como inclementes burócratas que manoseaban sin compasión alguna la vida de todos. Incluso MM fue en aquellos años una decepción para mí.

Silencio, Jesús: eso es lo que rodea al que se ve progresivamente fuera. Y como se deforma a los miembros según una forma mentis que les hace entender la fidelidad a Dios como fidelidad sin fisuras a la Obra, los calvarios se sufren en silencio y con angustia, sin capacidad de abordarlos como lo que a menudo son: la madurez de personas que se hacen preguntas para las que no hay respuestas institucionales, o para quienes las respuestas prefabricadas suenan huecas. Porque a menudo se trata de gente inteligente y las más de las veces bienintencionada, y sólo por eso habría que tratarles de rodillas y no cubrirles bajo un manto de silencio.

Cuando surge una duda respecto del camino a seguir, la solución primera puede no ser las disciplinas o el cilicio; a menudo no lo es. No es cuestión de ascesis, sino de aceptar que la vida es más compleja y misteriosa que las recetas. La farmacopea a la que hacía referencia el fundador se muestra muchas veces inútil, porque los formadores están deformados, y no se escucha al hombre o la mujer, sino al numerario, a la agregada o al supernumerario de turno, muchas veces sin conocer todas sus circunstancias. Por no hablar de que "de internis, neque Ecclesia". Creo que la humildad colectiva que se predica en la O debería empezar por impregnar la conciencia de que, cuando se te va la gente como el agua entre las manos, es que algo estás haciendo mal, y no pensar que todos son una panda de infieles. Dios mismo nos es testigo de que no fue así.

Amigo mío, don Álvaro escribió en 1992 una carta en la que decía que el que se iba se colocaba en grave peligro de condenación, y que su vida dejaba de tener sentido (¡!) porque Dios le quería santo y le quería para Su Obra. Sinceramente, ojalá esa afirmación anule su proceso de beatificación. ¿Cómo se puede ser tan impío, tan falto de piedad? ¿En qué Dios Padre creía don Álvaro? ¿Es ése el fundamento de la espiritualidad del Opus Dei?

Si hay gente que se siente traicionada, el problema es que quizá se mira más el bien global que el individual, lo cual es siempre un error porque el bien del todo es el de la parte: somos cuerpo de Cristo, y si un miembro sufre, todos se doblegan al dolor y la pena. Tanto leer a san Pablo para nada, la verdad. Cuando pienso en eso que se dice de que la Obra es una familia, y que hay que anteponerla a la familia "de sangre", siempre he pensado en lo que tendrían que haber "comido" en la Obra para ser una infinitésima parte de lo que fueron los míos en aquellos años, y siempre. Hay que ser más humildes, y hacer examen de conciencia, eso que tan a menudo se hace en la praxis del Opus Dei.

Y ocurre lo que hemos visto a menudo: que algunos que habían identificado Dios, Iglesia y Obra, al irse se van del todo, o se vuelven locos, o apostatan. A menudo en el proceso de salida nadie les ayudó de verdad, sino todo lo contrario. Se persigue tan sólo que no haya críticas y delaciones (conmigo se hizo, y me consta que con muchos otros también, pues en mis veinte años escuché cómo se decía esto en reuniones de consejo local, etc.), como si lo único importante a salvar fuese el prestigio de la institución.

Amigo, hay en la Obra una visión del conjunto desde una lente pequeñita, y una preocupante tendencia a ser más papistas que el Papa. Como ejemplo, esta perla: las obras de Ratzinger, antes incluso de ser promovido al cardenalato, tenían todas un mínimo de 4 sobre 6, y muchas de ellas 5 ó 6. Ahora, ¿qué? ¿Habrán cambiado las calificaciones al ver que el Espíritu Santo —nada menos— lo ha escogido como dulce Cristo en la tierra, o seguirán pensando que se trata de un intelectual demasiado audaz, o herético? No sé si llorar o reírme de ese fatuo fundamentalismo. Por no hablar de quienes creen que santo Tomás es casi la Biblia. Pobre Aquinate...

Me dices que eres cooperador, y me alegro por ti si eso te ayuda. Por mi parte, como comprenderás, no quiero saber nada de la Obra en lo que me queda de vida, y si rezo es porque Dios les dé la luz y la humildad que precisan para acometer una profunda reforma en la cabeza y en los miembros que les lleve, sobre todo, a ser misericordiosos como lo es el Corazón de Jesús.

Es difícil hablar de estos asuntos sin ser duro, y quizá te haya dolido leer esto. Pero no retiro una sola tilde. Fue mi vida, y hablo de lo que canonizó mi experiencia. Que yo perdone no es óbice para que reconozca la verdad y la diga a quien puede entenderla. Al contrario, es condición necesaria. El hecho incontestable de la Magnanimidad que es Dios no oscurece la triste ligereza con que en la Obra se tratan estas graves cuestiones. A estas alturas no se puede abordar en clave maniquea un problema de fondo que ha sido acuciado por la exponencial evolución de la vida moderna, por la locura en que nos movemos en la vida diaria y por la superficialidad que se hace patente por todos lados, a menudo más que nunca entre gente de la Obra. La aristocracia de la inteligencia no puede ir al cine o al teatro, al baloncesto o a un concierto; pero el fútbol es sagrado, y en los centros se ve como mucho una película (¡1!) al mes por indicación de la comisión en papel amarillo, porque hay que ser pobres y desprendidos. ¿Y así se quiere afirmar que se es del mundo? ¿Es ésa la manera de estar en todas partes, de igual a igual? Sinceramente, creo que NO.

Me cuesta terminar estas líneas de un modo que no sea brusco. Por eso quiero que sepas que en estos años, desde que me fui, he pensado mucho en esto pero sin aspavientos, a pesar de que veinte años son muchos años, y de que yo tuve que reconvertirme en todos los sentidos para afrontar la vida tal y como ella es. Pero Dios es más grande que la pequeñez y la maldad humanas, empezando por la mía; y ésa es la raíz de nuestra esperanza. Y como se dice al final de esa gran película que es Cadena perpetua, "la esperanza es lo mejor de todo.

Te abraza,

Blood brother




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