Ascética destructiva

From Opus Dei info

Autor: E.B.E., 21 de julio de 2004


El domingo pasado escuché en un sermón una frase que disparó un recuerdo nefasto de la Obra. Un cura mayor -para nada vinculado a la Opus Dei- decía que «teníamos que esforzarnos por sonreir y hacer amable la vida a los demás» en la mesa, en el momento de las comidas.

Cuando escuché lo de «esforzarnos», en seguida asocié la ascética nefasta de la Obra.

Para aquellos que no hayan estado en la Obra, «esforzarse» no es esforzarse, así simplemente. Tiene todo un contenido ideológico, una concepción antropológica muy negativa y descalificadora.

«Esforzarse» implica que, mientras no lo hagas, eres imperfecto sin justificación ni excusas. En definitiva, eres culpable.

En muchos casos detrás de una culpa (neurótica) se esconde una persona llena de exigencias (neuróticas también), exigencias que no son reales sino inventadas.

El sujeto deja de estar centrado (en el centro) y comienza a oscilar entre la culpa y la exigencia, perdiendo conciencia plena de quién es porque ya no sabe dónde está ubicado: vive mal parado, en un desequilibrio constante. No tiene verdadera paz, no tiene descanso (y en la Obra el descanso no es un derecho sino un deber).

Lo sano es que uno se esfuerce porque quiere algo: el deseo o la voluntad anteceden al esfuerzo. En la ascética de la Obra, el deber antecede a todo, a los derechos y a la libertad misma de las personas (son esclavos, en realidad, de una concepción ascética alienante). Normalmente cuando «tengo que» hacer algo es porque existe un antecedente fundamental: «quiero que» suceda algo.

En cambio, en un sistema de «obediencia pura» las personas no logran esta conexión entre tener y querer, todo responde a razones de obediencia, el querer no cuenta: no hay derechos, sólo deberes. El sujeto como tal desaparece, se diluye en el mecanismo que enlaza una orden con otra sin mediar la voluntad y la libertad.




En la Obra, uno no puede pararse a preguntar si eso que «tengo que» hacer realmente quiero hacerlo: es de «mal espíritu» preguntar o cuestionar.

A tal punto el fundador no permitía los cuestionamientos, que él mismo se adelantaba a responder lo que nadie había preguntado aún. Ni siquiera daba la oportunidad a que surgieran. Era una forma de evitar la legitimidad de la pregunta y del que preguntaba. Además, así reafirmaba aún más su lugar de autoridad al dar una respuesta dogmática, sin posibilidad de cuestionarla. El tema, de esta manera, estaba concluido.

«Señor, ¿a qué he venido yo a esta barca? Esta pregunta tiene un contenido particular para ti, desde el momento en que has subido a la barca, a esta barca del Opus Dei, porque te dio la gana. (...) no puedes olvidar que has de permanecer siempre dentro de los límites de la barca. Y esto porque te dio la gana. (...) Tú, que has subido a la barca de la Obra porque te dio la gana, porque inequívocamente te llamó Dios (...) si quieres la felicidad eterna, no puedes salir de la barca, y debes prescindir en muchos casos de tu fin personal. Yo no tengo otro fin que el corporativo: la obediencia» (Meditación Vivir para la gloria de Dios, 21-XI-1954).

Este reafirmar tanto el «te dio la gana» se vuelve sospechoso, porque surge forzado sin que nadie lo haya convocado, sin invitación.

Frente a las obligaciones que imponía, el fundador respondía «porque se te da la gana», esa es la razón por la cual se hace todo en la Obra. Sin embargo uno no tiene la posibilidad de preguntarse: ¿realmente, se me da la gana? No importa si «a mí» se me da la gana, el fundador lo dijo «y es una orden». Ah.




Lo sano es sentirse culpable de aquello que realmente se cometió, de aquello que realmente se hizo mal. Pero exigirse como una forma de distanciarse de lo que normalmente uno es, porque ese estado es malo (o sea, que normalmente «uno sea malo a menos que se exija») esa concepción, además de ser nefasta, tiene fundamentos falsos.

Quienes viven así experimentan una gran angustia, que se transforma en el motor de sus vidas. Angustia que no siempre es visible, porque «el cumplir» cubre en la superficie lo que es la motivación subterránea. El «cumplir» deja a todos felices, pero no por mucho tiempo. Es como una droga, como un vicio: la exigencia es una cadena de metas que se enganchan unas con otras, y cuando falta un eslabón, salta la culpa.

Ese domingo recordé algo que estaba casi borrado de mi mente, pero he visto que esa ascética negativa tiene grandes consecuencias y se ha difundido durante mucho tiempo en la Iglesia. No es patrimonio de la Obra, pero la Obra la ha tomado como una de las columnas de la formación que allí se imparte.

Qué distinto fue, entonces, leer uno de los libros que aparecen en recursos para seguir adelante: «La alegría en el amor de Dios» (cap. I, apartado b), donde el autor expresa este problema y presenta un enfoque alternativo, tan distinto, tan constructivo:

«Dos son, entonces, los centros alrededor de los cuales gravita el pensamiento: la confesión de nuestra debilidad, de nuestra miseria, de nuestra nada, por una parte; el conocimiento de la bondad de Dios, de su compasión y de su omnipotencia, por otra. Y es, precisamente, de la tensión entre ambos polos que se esperaba recibir el impulso hacia Dios. “Si reconozco toda mi miseria, me uniré necesariamente a Aquel por quien existo..., y sin el cual nada puedo.” Tratábase, pues, para reforzar este estado de tirantez psíquica, de poner el mayor empeño en describir, con toda la claridad posible, la flaqueza del hombre y llevar al extremo los sentimientos de menosprecio, de repulsión y de aborrecimiento del cristiano contra sí mismo y contra la humanidad. Oponíase la felicidad eterna a la miseria humana, y el anhelado fervor abrasaba las almas: “Esta vida me inspira una gran repulsión.” Insistíase sobre el contraste entre Dios y el hombre: “Tú estás en los cielos y yo sobre la tierra. Tú amas lo que es elevado; yo, lo que es rastrero... Tú eres bueno, yo malvado; Tú eres sano y yo enfermo; Tú eres la luz, yo soy ciego; Tú eres la vida, yo estoy muerto.” Y he aquí el resultado de la meditación del cristiano sobre sí mismo: “¡Ay de mí!... Soy un cadáver en descomposición, alimento de los gusanos, vaso de impureza, presa del fuego.” “¿Qué soy, pues? Un abismo de sombras, un país de miseria, un hijo de la cólera, un merecedor de vergüenza, engendrado por la impureza; vivo en la miseria y moriré en el abandono. Infeliz de mí, ¿qué soy? ¡Ah!, ¿qué será de mí? Sí, ¡qué soy yo? Un foso de estiércol, un vaso de podredumbre lleno de inmundicias y de horrores.”

»Este estado de espíritu se encuentra en la Imitación de Cristo. (...) No soy más que un pobrecito servidor y un vil gusano de la tierra, mucho más miserable y despreciable de cuanto pudiera y me atreviera a decir. Acordaos, sin embargo, Señor, que yo nada soy, que nada tengo, que nada puedo.»

Esta es la ascética de Escrivá, la misma escuela. Basta leer Camino, Surco o Forja para darse cuenta (Forja n. 56 «Humildad de Jesús: ¡qué vergüenza, por contraste, para mí -polvo de estiércol...»; Forja n. 606 «...¡Pobre de mí! La boca en el estiércol, en el suelo: así. Este es mi lugar propio...»; Camino n. 601 «Dentro de poco -años, días- serás un montón de carroña hedionda: gusanos, licores malolientes, trapos sucios de la mortaja..., y nadie, en la tierra, se acordará de ti»;). Una verdadera concepción morbosa y obsesiva. Esta es la misma ascética que se vive en la Obra, con sus altos y sus bajos, con sus matices.

Continúa el autor de «La alegría en el amor de Dios»: «San Francisco se sobrepuso a la noción pesimista que San Agustín tenía del hombre (...) Francisco identifica el bien con la personalidad misma, y desecha el mal como un algo extraño, por esencia, en el hombre, en lo que él tiene de mejor».

¡Que visión tan distinta!, donde no tienen sentido ni lugar las exigencias y culpas artificiales. Es que, mientras la concepción de San Francisco de Sales es propia de un director espiritual, la concepción rigorista es propia de un gobernante, que busca obediencia disciplinal y no tanto el mejoramiento de las personas: busca someterlas y no tanto que mejoren (es «opcional»). Y esas exigencias son artificiales porque nacen y responden a intereses externos -de los que gobiernan- más que a necesidades interiores -de las almas dirigidas-. Y lo que sucede en la Obra es que no hay dirección espiritual sino intereses proselitistas. El gobierno y la dirección espiritual son la misma cosa en la Obra (cfr. artículo de Galileo del 20/02/2004 y Retegui, «Espíritu o Estilo»).

Recordé también unas palabras de Lewis que vienen muy bien a colación: «Aquí pisamos en terreno muy difícil. Kant pensaba que ninguna acción tenía valor, a menos que fuera hecha sólo por respeto a la ley moral, es decir, sin inclinación a ella, y ha sido acusado de tener una "mentalidad morbosa" que mide el valor de una acción según su carácter desagradable. La opinión general está, en realidad, de acuerdo con Kant. La gente nunca admira a un hombre por hacer algo que le gusta: las mismas palabras "pero a él le gusta", implican el corolario "y, por lo tanto, no tiene ningún mérito". Sin embargo, contra Kant se alza la verdad evidente, indicada por Aristóteles, que cuanto más virtuoso se vuelve un hombre, más disfruta las acciones virtuosas.» (C.S. Lewis, El problema del dolor).

La ascética de la Obra ha dejado marcas muy negativas en muchos. Textos como los aquí citados pueden servir para inspirar nuevos caminos y dejar atrás los resabios de una ideología destructiva.


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