Anexo a una historia/Fraternidad

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LIBRO: EL OPUS DEI - ANEXO A UNA HISTORIA


FRATERNIDAD

Existe en la Obra un auténtico despliegue de atenciones, de detalles amables y delicados de unos para otros. Y sin embargo siguen siendo como el címbalo de San Pablo, que retiñe..., pero no puede decirse que vaya más allá.

¿Se vive así la caridad? Lo hacen por caridad, es la caridad fraterna la que lo pide, la que se impone; es a título de esa fraternidad bendita (como el Padre la llama) de lo que surgen notas, indicaciones, exhortaciones constantes, praxis y detalles. Todo lo que, a pesar de su estrepitoso resonar, de su abundancia, sigue quedándose encasillado, estereotipado en una clase de cariño formulista que es el único admitido en la Obra. Se coloca una flor en la bandeja del enfermo (para que se sienta cuidado); se cuida la comida exquisita, las casas estupendas y alegres, la decoración selecta, la celebración de los santos y de las fiestas llenas de pormenores extraordinarios; todos los mejores utensilios y medios de trabajo. Radicando en ello todo el cariño. Materializándolo, diría yo. Cariño que nunca podrá pasar a los sentimientos, aun a los más nobles y sanos; eso se considera sensiblería, falta de entrega, peligros de apegos degenerativos.

Hay que rezar, sí; hay que pedir por los demás constantemente. Y hay que seguir haciéndolo a distancia, sistematizando. Hay que demostrar que se está siempre dispuesto a dar la vida, si hiciera falta, por cualquiera de los hermanos (de la Obra); a perder el sueño; a dejarles el mejor sitio en la tertulia eligiendo el peor; a todo eso. Pero siempre que ver a una persona preocupada, pasándolo mal, o con dificultades del tipo que sea, no lleve a prestarle más atención que la de seguir pidiendo por ella; o tal vez corregirla fraternalmente para que sea más disimulada y discreta, para que evite se le noten sus preocupaciones. Da igual que se conozca bien, que se haya sido antes directora suya; si no se es ya, no cabe hacer nada, nada de eso es fraternidad, según la Obra. Se deberá informar a los directores; decir, prevenir, para que a través de ello los directores y sólo ellos actúen. Los de su lado, los que conviven juntos faltarán fatalmente al buen espíritu (a la unidad) si muestran la más mínima preocupación o intentan atender a alguien directamente.

Hay que cuidar el ambiente, hay que cuidar que todos tengan la ropa adecuada, que se hagan los chequeos médicos anuales. Las casas, las cosas. Que nadie eche de menos nada de eso.

Que todos cumplan bien el plan de vida, que asistan a las charlas, a los círculos (medios de formación específicos de la Obra). Que cada uno haga una excursión al mes y dé un paseo semanal. Todo esto es muy importante. Es la clase de cuidados en los cuales, en la Obra, radica la fraternidad.

También en la corrección fraterna. Advertencia que debe hacerse sobre todo aquello que suponga no cumplir meticulosamente las directrices y praxis de la Obra. Para los miembros de la asociación cualquier detalle, por insignificante que sea, que esté fuera del concepto que la Obra propone y desea, es motivo de corrección. Una vez (y valga de ejemplo significativo), le llamaron la atención a una por haber comentado que en el oratorio de una de las casas de la Obra hacía calor; no debía tener, ni mucho menos comentar a los demás, un concepto negativo sobre una cosa de la Obra. ¡Cuántas y cuántas podrían contarse de este estilo! La corrección fraterna se consulta antes de hacerla a la directora de la persona a la que se le va a hacer. Y se debe corregir "procurando que no se pase ni un día sin hacer alguna", buscando hacerlo, si se desea tener buen espíritu, las más veces posible. Por supuesto que la corrección fraterna es evangélica; pero evangélica siempre y cuando suponga tender una mano al hermano descarriado, ayudándole a reaccionar, y no acosando a la persona para que coincida exactamente con lo que otros quieren que piense, o haga, o diga en lo más opinable. No, es algo que nunca he podido entender en la Obra. Muy pocas veces he conseguido hacerla o recibirla en condiciones, pero porque muy pocas veces me he encontrado con temas que realmente la hicieran digna y santa. Verdaderamente, es una obra de misericordia corregir al que yerra; pero ¿al que no coincide por el hecho de no coincidir? ¡Cuántas y cuántas acusaciones empachosas, atormentadoras, acosantes y desconcertantes! Puede que a veces ayuden, las hay que estimulan. La mayoría de las veces sirven para crear un ambiente tenso, prevenido y rebuscado.

Quererse, según este estilo de fraternidad que en la Obra se concibe, es tener que entenderse también con todas por igual, tener que congeniar con toda clase de caracteres; admitir idoneidad con todo tipo de personas. No cabe una diferencia, que por ley natural, es variedad. No, discriminaciones, no; ni desprecios con nadie; la caridad cristiana implica hacer todo para todos, claro que sí. Pero ¿acaso por ello tenemos que ser todos lo mismo? Y si no lo somos ¿cómo van a dar igual tantas cosas? El propio Monseñor Escrivá trata a personas distintas de muy distinta manera. Y se hacen muchas diferencias en la Obra, a nivel de directores, según la clase de. personas de que se trate. A pesar de lo cual, toda esta forma de convivencia y de cariño fraterno, toda esta imposición de igualdad es una de las más tremendas exigencias, aplicadas a los socios.

También para la charla semanal; para esa charla que cada semana se debe tener con la persona que indiquen, a la que se ha de conceder la más honda y entrañable intimidad (si no es así, se falta a la sinceridad, y se tiene mal espíritu), hasta para eso, todas tienen que darte igual; tengan el carácter que tengan, te vaya, te entienda o te desconcierte. Nada de esto importa. Es más, si no te entiendes con alguna, si cuesta sangre cada semana aceptar y vivir esa norma por cualquiera de las incompatibilidades lógicas que pueden darse entre personas, aseguran que es voluntad de Dios que así sea, ya que Él lo permitió, imponiendo que se acepte. Para dejar de ser voluntad de Dios cuando con alguna resulta fácil, porque en la Obra, todo lo que "no sea" "esforzado", es un "peligro de amistad particular" (entendiendo por particular: degenerativa), que hay que evitar y cortar rápida y enérgicamente. En la Obra todo el que se entiende con alguien en su más noble sentido, va por mal camino; lo bueno es ir a contrapelo y tener dificultades.

La charla en la Obra, esa charla semanal (quincenal para las supernumerarias) que vengo comentando, según el Catecismo, es un medio por el que "espontáneamente" abren su intimidad los socios a sus directores. Sigue siendo, como tantas veces, teoría; la realidad es muy otra. La realidad es que "tiene" que hacerse necesariamente, y hacerlo volcando en ella toda intimidad; además, tratando en ella periódicamente unos temas de antemano establecidos.

"Ocultar "algo" (personal) a los directores -según asegura Monseñor- es tener un pacto con el demonio"; y en la Obra, ese "algo" incluye desde lo más divino hasta lo más humano, todo.

En la Obra se dan contradicciones tan fuertes como la de que a quien se pueda ayudar no se debe, porque esa ayuda "fácil" "perjudica a las personas". Aunque sólo mueva, para alentarla y apoyarla, el más ortodoxo espíritu. Y sin embargo sí se debe cuando se trate de hacerlo con quien dialogar es como hablar idiomas distintos. Al parecer sólo eso es verdadera caridad.

A pesar de que lo lógico en la vida es que haya tanta variedad de personas. Con lo natural que resulta que a unos les vayan unas cosas y a otros otras. Con lo estupendo que sería poder usar la "magnitud" de la Obra para que cada uno encontrase en ella lo que mejor le va. ¡Y que todo tenga que estar reducido, encasillado, sistematizado de esa manera! Los socios de la Obra tienen que ser amables, simpáticos, corteses, muy educados (con los de fuera y con los de dentro). Con los de dentro como condición necesaria de deferencia-indiferente. Llenos de cortesía si, y... ¡nada más!

Dicen que existe el diálogo; dicen que en la Obra todo se habla, todo se dice, y así todo se arregla. Yo diría, es mi experiencia, que más bien todo se queda en un desafiante monólogo. Oyen, pero no escuchan; atienden, pero no se entiende, no se considera necesario. Lo importante es que cada uno entienda a la Obra. O entienden a veces, pero no pueden hacer nada por nadie.

Durante mi estancia en la Obra he podido efectuar la charla semanal de que vengo hablando unas 600 veces, y la he recibido (de las personas más variadas) como unas cuatro mil, y puedo asegurar que el diálogo como tal no cabe. Suelen decir que "qué pena los de fuera, porque no tienen con quien desahogarse" como ellos. Y yo, que me lo creía, he podido comprobar que nada de eso se echa de menos; que fuera la comprensión es más lógica y más natural que dentro (menos impuesta y fingida), y que no cabe añorar un tipo de acogida tan estereotipada e impersonal. Nada de esto sirve más allá de las primeras ilusiones. No es fácil, no; no es fácil añorar ninguna de esas "comprensiones" de que en la Obra tanto se alardea, y que no pasan en la práctica de ser eso: puro alarde.

De vez en cuando hay excepciones. Yo he tenido directoras, hermanas en la Obra, que me han entendido y han puesto de su parte hasta donde podían. Pero sabían muy bien, y lo sabían mejor las que habían tenido cargos altos, que nada de lo que hicieran serviría mas allá de lo previsto y establecido, y que si intentaban algo más, sólo lograrían desprestigiar su propia fidelidad; por eso no movieron un dedo por mí, como no hay quien lo mueva por nadie. La que lo mueve.., tiene que acabar marchándose.

Siguiendo con los distintos conceptos que la fraternidad abarca en la Obra, los enfermos, dice el Fundador, "son un tesoro". Un tesoro que en teoría significa motivo y ocasión de cuidados más esmerados. Pero sin que quite que en la Obra, a una persona enferma, se la traiga y lleve como a otra cualquiera, y por los mismos "sin motivos". Se hace ir y venir al médico cada día con una. Se le impone la necesidad del entendimiento duro con la que le toque (hablar o convivir), aun en casos de situaciones depresivas, o estados psicológicos delicados. Se le impide la facilidad de la que le entienda y conozca mejor. A no ser que la enfermedad sea cáncer (o algo especialmente grave), y entonces sí, entonces es cuando se extreman las delicadezas, para que luego sean las que se cuenten y se sepan.

Las asociadas de la Obra han de ir a médicos fijados de antemano por las directoras (salvo excepciones, que serán siempre desatendiendo la norma), médicos generalmente de la Obra también. A pesar de lo cual, cuando esos médicos determinan un plan, de circunstancias especiales para la enferma, se lleva a cabo o no se lleva, según las directoras lo crean más o menos conveniente. Ante todo hay que "ser recias"; las hay que "aprendiendo a serlo" se convierten en enfermas crónicas. Las hay, las ha habido, y no pocas, que aun con diagnóstico de la Universidad de Navarra (su clínica) han tenido que seguir haciendo todo lo contrario de lo prescrito, porque tampoco la "clínica" coincidía con las directrices de la Obra.

Para algunas, aun contando con toda su dureza, estar enfermas llega a ser una auténtica evasión. La evasión de tener derecho a sentir, a sentirse algo, aunque sea "enferma", ya que ningún otro sentimiento está permitido como bueno en la Obra. Evasión que no está exenta de contradicciones. Se siente, sí, pero se obligan a nuevas sumisiones, que como en todas las cosas, hay a quien compensa.

Una vez más vuelve la complejidad al tema. En la Obra, como en todas partes, pero más anacrónicamente, hay enfermas y enfermas. Mientras para unas la enfermedad es una prueba, una situación esencialmente dura, para otras esa evasión que decía; las hay para las que es toda una artimaña con la que dárselas de víctima, y complicar la vida a las que las rodean. Sobre las de verdad recaerá todo el actuar preventivo y duro que es habitual. Las fingidas, más astutas, son las que llegarán a darse la mejor vida a costa de las demás; porque no tienen la necesidad de sobrellevar ningún malestar objetivo, pero sí la audacia de procurarse todos los cuidados especiales (libertad de horarios, cosas preparadas y hechas por las demás)... Enfermas, necesitadas, complicadas otras en fin de cuentas, ¿por culpa propia? Yo diría que más bien como resultado del sistema.

Y sin embargo, en medio de toda esta complejidad y diversidad de circunstancias, hay algo a la hora de estar enfermas en la Obra, que realmente es envidiable; quizá sea lo único que algún día eche de menos; y es que ¡cómo facilita!, qué tranquilidad da saberse rodeada de gente que siente cierto interés por una (que lo siente por el hecho de que es de la Obra), dispuestas a poner en juego los mejores medios (porque tienen las mejores posibilidades) y que a la vez no les afecta demasiado, ni les supone (dada la manera de querer en la Obra), ningún desgarrón especial. ¡Qué tranquilizador y qué fácil! Que no por ello deja de ser duro y frío.

Que os queráis, insiste el Padre. "Comprensión", "ayudas", "los demás". "Hijos míos, yo he ido por el mundo como Diógenes con su lámpara, buscando comprensión por todas partes, y no la he encontrado." Y se glosa, y se parangona todo este pensamiento del Padre, dándole tal importancia a la comprensión, que parece que la Obra fuese realmente la excepción.

Ayudar sin expresar; comprender sin compartir; atender sin entender. ¿Será posible que sea esto a lo que haya que llamarle comprensión? ¡Qué difícil es que formen para una cosa (la teoría) y que luego impongan en la práctica otra distinta!

Personas aparentemente unidas, entrañables, compenetradas; y realmente... enormemente distantes, ajenas y hasta temerosas unas de otras. "Por dónde me irán a salir ahora" piensas; "para dónde tendré que mirar o a quién habré sonreído de más, de menos", "qué palabra habré dicho fuera de tono". Porque todo esto puede ser falta de espíritu. Y hay que estar o en lucha constante con todas estas incoherencias; o al margen, o, en el mejor de los casos, "dificultosamente identificada" (mentalizada).

Una característica más de las asociadas de la Obra, en su trato con los demás, es la prisa. Prisa en la convivencia, prisa en el trabajo, prisa con las de dentro, prisa con las de fuera. Prisa como norma de buen espíritu, como demostración (inculcada, impuesta) de lo mucho que hay que hacer. Como medio de absorber con las cosas de la Obra y sólo con ellas. Para las mismas cosas que otros hacen con la mayor naturalidad, con la mitad de medios, con tiempo para otras muchas más, en la Obra hay que tener .prisa y dar sensación de prisa; parece como si así quedase la tranquilidad de que se aprovecha mejor el tiempo. Únicamente no cabe tener prisa cuando se está en conversaciones acerca de las excelencias de la Obra, o con amistades convenientes y útiles para el bien de la Asociacion.

En las supernumerarias, por sus circunstancias de vida (normalmente casadas), se dan casos verdaderamente curiosos en esa delimitación de ocupaciones y prisas. Hay que pasar, ¡y cómo pasan!, por encima de necesidades familiares, de maridos, de hijos, etc., para asistir a sus convivencias, a sus retiros, a sus charlas, etc.; "conditio sine qua non" de buen espíritu.

El Padre no quiere que sus hijos sean ángeles sino hombres y muy hombres (o mujeres), y dice que con los pies en el suelo, a la vez que quiere para ellos y les impone todos estos sistemas de vida, toda esta enrevesada convivencia, fraternidad, trato humano, aunque no sea precisamente lo que ordinariamente compone la vida corriente de los demás hombres normales.

"El hermano ayudado por el hermano es como una ciudad amurallada", gusta repetir a Monseñor, y se ha hecho en la Obra frase de reposteros y pinturas murales; así se estimula a la fraternidad. ¿Será de veras eso lo que se pretende? Ayuda sólida, coherente, ¿será de veras lo que se vive? O si le quitásemos el fanatismo (mimetismo) que la envuelve se quedaría en algo hueco, frágil, quebradizo... que de nada sirve? Yo más bien creo que si se le quitase el mito que la sustenta, esa imposición mítica que la compone, sólo entonces sería.., realmente auténtica.

Cuando se está dentro, en medio de toda esa mentalización y protección de que rodean, parece como si tuviera que entenderse, que creer, que en la Obra todo es perfecto. De hecho hay que entenderlo así. En la Obra no cabe, como decía, dudar o pensar que algo de ella, que se dé en ella, pueda ser menos ideal.

Y sin embargo en la Obra, como en todas partes, aunque quizá con menos razón, y muy a pesar de que se diga todo lo contrario, en la Obra caben las envidias, los recelos infundados, los enredos, las calumnias, y caben además -entiendo yo- como lógica consecuencia de su misma complejidad. La imposición de un cariño estándar, generalizado; la predeterminación de sentimientos; el anonimato de todas las actuaciones sin más "derechos de autor" que los del propio Padre, junto con su única y exhaustiva ejemplaridad para todo, necesariamente acaba incidiendo en la mente de las personas. Forzando a vivir en una situación ambigua, de la que cada uno "sale" por donde puede. Y se inventa y se intuye y se imagina cada cual lo que le parece; y se va haciendo la "bola".

Dicen que hay que mantener y fomentar una oración ambiciosa, una vida interior profunda; se pasa una la vida en constante charla a las demás; para lo que se necesita lógicamente ejercitar y desarrollar una serie de facultades. Facultades que son las que a su vez, atrincheradas en todas las demás imposiciones, no cabe luego aplicar. "A ti no debe preocuparte lo que no entiendes, o no te parece bien alrededor", "si algo crees que no va, confía en el Padre", "vive para los demás" pero "mira sólo hacia el Sagrario". "Date a los demás", pero no te importen los demás. Te enseñan, te dicen, te teorizan; y luego... te lo impiden, te lo atajan, te lo contorsionan.

Toda una enorme serie de contradicciones, ante las que uno se inhibe o se le llena la mente de fantasmas. Fantasmas que acaban siendo precisamente esos recelos, esas envidias, las tan consabidas y abundables dobles intenciones de la Obra.

Como consecuencia de una rara (pero lógica) insatisfacción de cada una, la dificultad, la aspereza, la aridez (de la propia vida, del acontecer que toca vivir frente a los demás) sólo eso hace inofensiva. Si te ven contenta, satisfecha, disfrutando con algo (aunque ese algo sea el resultado de un conformar fácil), resultas molesta. También en la Obra pasan esas cosas. ¡Qué difícil es realmente alegrarse con las alegrías de los demás!; que difícil es, creo yo, como consecuencia de lo difícil que resulta conseguir en la vida un equilibrio personal sano, ajeno a intereses egoístas. Dificilísimo cuando, como en la Obra, cada uno se encuentra con su propia comprensión, la proyección de su propia vida, tan manipulada. Necesariamente es algo que predispone, que lleva, inconscientemente incluso, a no admitir ni entender en los demás muchas actitudes.

Como consecuencia de no encontrar un medio razonable para desahogarse, para razonar las cosas, para encontrar solución y acogida; aunque teóricamente las haya, hay también verdaderos cotilleos, razonamientos muy distintos a los previstos, entre los mismos socios de la Obra; sin que se admita que los hay, pero los hay, y los hay a pesar de los pesares. Los hay a costa de muchos remordimientos. Y los hay también como resultado de la libertad de espíritu (auténtica, y no la que en la Obra se enseña) que algunos llegan a conseguir, sabiendo distinguir y valorar cada cosa, sin temores a las tremendas condenas que sobre todas ellas pesan en la Obra.

¡Cuántos dimes y diretes! ¡Cuántas difamaciones, calumnias, envidias! ¡Nada más lejos de la Obra!, dirán. Zancadillas, a mí me las han puesto, y gordas: difamaciones y calumnias las conozco hacia dentro (con las mismas buenas formas que para todo) y las he sufrido de cara también a los de fuera.

En la Obra, ser quisquilloso, avasallar a otros con intenciones supuestas, se entiende, se considera como "fina" defensa a la integridad de aquélla. A veces se admite, a nivel de directoras, que hay personas muy difíciles y tremendamente incordiantes (llegan a ser auténticas neuróticas), pero a ésas hay que darles la razón para que no se agobien y no se desmoralicen; hay que continuar tratándolas bien, como si nada. Aunque a las demás, a las que comprenderlas sería dejarlas vivir en paz, sin colgarles etiquetas que otras se han inventado, a ésas no importa que sufran las consecuencias, que "aprendan a llevarlo bien, y que procuren no dar pie"; es todo lo que les queda.

Dicen, se habla, se jactan gozosamente de lo maravillosa que es la fraternidad en la Obra. Dicen que "fuera es tremendo", que la gente no sabe quererse, que nadie vive la solicitud de unos por otros que se vive en la Obra. Que nadie tiene los medios y las posibilidades que en la Obra se tienen. Yo, lo único que puedo asegurar es que fuera a las cosas se las llama por su nombre y uno sabe de verdad qué terreno pisa y cuáles son sus consecuencias. Habrá o no habrá cariño de veras; pero lo que desde luego no hay es la complicación de vida, la tergiversación de conceptos que hay en la Obra.

Fuera, al pan puede llamarse pan, y al vino vino. Dentro hay que vivir de ambigüedades totalmente contradictorias.

Insisto como lo he hecho ya en otros temas: no son las personas, y si lo son, es como consecuencia del sistema.

Una fraternidad que hoy es fraternidad cristiana, y mañana... por h o por b, porque en algo no coincides, ya no cabe nada que se parezca lo más mínimo a cristiana fraternidad. Creo que no exagero. Somos muchos, muchos, los que tenemos esta experiencia tan real como personal, tan personal como real.

Es, sigue diciendo, nuestro caso, el de cada uno, muchos ya, una prueba más, el resultado de lo que es y a lo que lleva, en lo que acaba toda esta clase de fraternidad que en la Obra se vive.


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