Anexo a una historia/Explicación al título

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EL OPUS DEI - ANEXO A UNA HISTORIA


EXPLICACIÓN AL TÍTULO

Anexo a una historia. ¿Anexo a qué? ¿Anexo por qué? Anexo, sí. A una historia, la del Opus Dei, que se está construyendo día a día, que se publicará -dicen- cuando convenga. La historia que, según el Fundador, es "la historia de las misericordias de Dios", "una historia -sigue diciendo- que habrá que escribirla de rodillas".

Historia para la que se seleccionan y se acumulan anécdotas ejemplares, películas, grabaciones, documentos manuscritos, de sucesos todos ellos significativos y convenientes, escogidos y programados, previstos y organizados. Datos todos ellos a los que se les da un enfoque específico, el que conviene, aunque, en buena lógica, podrían ser analizados por prismas bien distintos. Datos reales, sí, pero no más reales que otros muchos a los que se da de lado y se prefiere ignorar: que se desechan voluntariamente, que se destruyen sin constar por escrito, que nunca cuentan.

Creo que sé bastante de esa historia especial y singular de la Obra. Una historia que podría ser seria y grande si no fuera porque ella misma se desautoriza por falta de la objetividad y de la integridad que se imponen como norma previa.

Ahí está la historia. Con todos los carismas y con todas las excelencias que en ella se quieran reunir. Sonora historia pero ¿hueca historia? "Como campana que resuena, como címbalo que retiñe", si la caridad no es lo primero. Palabras llenas de autoridad, escritas hace ya veinte siglos, para que nadie crea que están motivadas por prejuicios ni contra la Obra ni contra nadie. hueca historia, por tanto, si al estudiar unos hechos que ya son historia en la Obra con la objetividad que pide el castizo "al pan, pan, y al vino, vino" se encuentra que en ellos ha estado ausente la caridad.

La historia de una selección que en la Obra se realiza a todos los niveles: se seleccionan los hechos, se seleccionan las personas, se seleccionan, en fin, lo que conviene que aparezca en ella. Se archiva, se recopila -dicen- lo "constructivo". Lo que construye, si, una imagen predeterminada, a la que hay que seguir alimentando con los datos convenientes.

Otro tipo de. datos -aseguran convincentes a los que reclaman objetividad-; esos que no dicen demasiado a favor, a ésos "la gente no los entendería", "no están preparados para entenderlos" y "no se puede hacer daño a nadie"; un daño unilateral que parece referirse tan sólo al prestigio de la Obra, sin que importe demasiado el daño o el desprestigio de terceros. ¿Acaso es posible así entender algo, algo de verdad? ¿Acaso se puede vivir una caridad que deforma u oculta la verdad total?

En la Obra, por ejemplo, se archivan las cartas de los socios, pero no todas: sólo las seleccionadas. Se archivan o se destruyen, según conviene, los informes, los relatos sobre la marcha de distintas labores, etc. Al mismo tiempo, nunca se contesta por escrito a alguien que haya expuesto un problema personal, ya que eso sería admitir su existencia y "en la Obra no caben los problemas personales", aunque los haya.

Las medidas están maravillosamente bien tomadas: "hay que ahogar el mal en la abundancia del bien", como inculca el Fundador. Idea que podría considerarse positiva, en principio, si no fuera porque el "ahogo" consistiría, como consiste, en arrollar y aplastar lo que molesta, sin solucionarlo; en ignorar, ocultar y desatender los problemas para que no salgan jamás a la luz, para que no empañen la imagen pública de la Obra.

La historia de la Obra es, por supuesto, la historia de un Instituto Secular aprobado por la Iglesia. También, según se cuenta, de una asociación querida por Dios, a través de manifestaciones extraordinarias dirigidas a la persona del Fundador. Hechos prodigiosos que se cuentan -más bien se susurran- al oído de los suyos, insistiendo en la necesidad de ser discretos, a título de humildad colectiva, y logrando, erigiéndose así más bien en estímulo de admiración y en aval de misterio.

Yo, como tantos otros, he defendido esa aprobación eclesiástica y he apoyado esa sobrenaturalidad. Y no las voy a poner en duda ahora. No tengo, para confirmar mi actitud, sino el respeto y la consideración propia de todo católico, de todo hijo de la Iglesia, hacia su magisterio. Mi objeción a la Obra tiene, por tanto, como fundamento y como base, su propia APROBACIÓN. La que la Iglesia precisamente concedió para ella, la que dio el visto bueno a su espíritu y a su teoría. Porque resulta que la práctica que luego se ha impuesto a los socios es discordante con ella, la praxis o norma de conducta impuesta a los socios como regla inmediata, aparte de las Constituciones, es incoherente con aquella aprobación.

La Obra tiene unas Constituciones, sí. Las Constituciones escritas que la Santa Sede exige a toda asociación religiosa que se someta a su aprobación, y en las que basa precisamente su reconocimiento que, al parecer, los socios de la Obra no tienen por qué conocerlas demasiado. Están escritas en latín, y no se traducen; los socios no las han leído "nunca". Sólo un extracto, un resumen de ellas, realizado no sé con qué criterio, está al alcance de los socios en épocas y condiciones muy limitadas y determinadas: es el Catecismo de la Obra, un librito salido de las imprentas internas con escaso número de ejemplares, de uso muy controlado (retirado desde hace varios años) y siempre custodiado por los directores: nadie debía tenerlo en su habitación ni veinticuatro horas; cada noche se recogían y se contaban cuidadosamente los ejemplares. Como término medio, los socios -no todos- tenían acceso al Catecismo unos veinticinco días al año -la duración de su "curso anual"-, y no todos los años. Pues bien, sólo en la época en que yo pertenecí a la Obra se hicieron tres ediciones diferentes de dicho Catecismo: en cada una de ellas había puntos que se reducían, o se ampliaban, o se explicaban de una manera totalmente distinta, según convenía. Y ello a pesar de ser, como decían, un resumen de esas Constituciones, las únicas aprobadas, y que, al menos que yo sepa, no han sido sometidas a revisión alguna ante la Iglesia. Versiones distintas, cambios en la misma conceptuación que los socios deben tener de la Obra, junto con la acaparadora y acosante ambición, ya expuesta en las primeras líneas de su prólogo, de que "en este libro, tan pequeño, está escrito el "porqué" de tu vida de hijo de Dios", para seguir insistiendo y definiendo que "sólo" con lo que en él se dice "tendrás siempre en tu cabeza y en tu corazón luces claras".

En la Obra se editan las cartas del Padre, sus homilías, instrucciones, meditaciones: son el material por excelencia de toda la formación espiritual y doctrinal que en la asociación se recibe.

De cara a la opinión pública, se hacen separatas que recogen predicaciones de fechas antiguas, que se rehacen y se adaptan convenientemente, pero conservando en ellas la fecha primera. Así quedan como testimonio de un apostolado que se adelantó a los tiempos, como prueba de una doctrina que siempre supo ir por delante. Sin que quizá quepa objeción a su contenido, pero si a la tergiversación de datos -la fecha, por ejemplo- con que salen a la luz pública. Se abunda en publicaciones internas (revistas editadas sólo para los socios) con las que se dice llevar a todos la predicación y el constante decir y hacer del Fundador, junto con la ejemplaridad y éxitos de las distintas labores. Se recogen en ellas acontecimientos de los distintos apostolados; se invita a unos y a otros (miembros de la Obra) a que aporten colaboraciones. Sin embargo, esas colaboraciones están sometidas a tales revisiones y adaptaciones (según enfoques y estilos específicos y determinados), a tales censuras, que son irreconocibles, aun para el mismo autor, cuando las ve publicadas. He tenido ocasión de vivir con una de las asociadas que comenzó el apostolado de la Obra en Kenya; trabajó allí varios años. Y cuando leía en las revistas internas la versión de lo que allí pasaba, se indignaba y comentaba en voz baja, pero dejándose oír: " ¡mentira, mentira!"

Se dice, se transmite sólo lo que favorece; se omite o se enmascara todo lo problemático. Incluso de estas revistas internas, tan maquilladas, se controla su lectura: eso rige especialmente para los asociados supernumerarios, a los que sólo se les comentan, o se les dan a leer, determinados números.

Respeto, insisto, la aprobación de la Obra. Pero respeto y reclamo precisamente esa aprobación suya, la emanada de la Iglesia, y no otra. Como entiendo que cabe y se debe respetar la vocación en sí de cada uno, la llamada personal. Tan de Dios como la Obra misma. Al fundador le cabe ordenar y perfeccionar y continuar su propia fundación, pero nunca, creo yo, cambiar o transformar aquello que fue lo que determinó la dirección a seguir de los que en ella se alistaron. Al menos, no sin contar con ellos.

Bajo deber de conciencia se nos ha obligado a los socios, en distintas ocasiones, a entregar toda anotación o testimonio personal de dichos o hechos del Padre, o de cualquier tipo de acontecimientos o de doctrina que tuviera que ver con la Obra y que pudiera servir de testimonio. Una foto, una entrevista, una tertulia del tipo que sea, una cinta magnetofónica, "todo" en una palabra, ha de estar supervisado, controlado, censurado.

No cabe nada libre; ni para los de dentro ni para los de fuera, nada. Hay que estar alerta, y seleccionar, y requisar. Poniendo en esta tarea una dedicación realmente ejemplar, estimulada por la santidad vigilante que esto, según enseñan, implica.

"Hay que evitar todo malentendido", argumentan una y otra vez. Verdaderamente, con todo eso, ¿qué es lo que se pretende evitar? ¿A qué tanto miedo, tanta prevención, tantas medidas y tan exhaustivas? Si esto ocurriera a nivel de Iglesia, en nuestros días, nos resultaría extraño e inadmisible; entonces, ¿por qué emplea la Obra semejante táctica? Una obra secular, llamada a estar compuesta por ciudadanos corrientes. ¿Acaso la Obra se considera a sí misma "más de Dios" que la propia Iglesia?

Hace unos años, justo dos antes de que yo abandonara la Obra, se convocó un Congreso General Extraordinario de la asociación. Congreso memorable, que iba a ser, indudablemente, pieza clave en la historia del Instituto, y que se desarrolló, a grandes rasgos, como sigue; a él asistieron las asociadas que fueron invitadas, y no las que por derecho deberían haber estado presentes. "Convenía" que estas últimas renunciaran, encantadas, porque así se les indicó que era deseo expreso del Padre. No es difícil entender las razones de ese deseo. Esos miembros con derecho, las llamadas "inscritas", que un día fueron nombradas para ello (sin pedirles su opinión) como prueba de confianza a una fidelidad probada, y que son, a la vez, las que por haber ocupado durante largo tiempo cargos internos de gobierno o de formación de los otros socios más han visto y han vivido. Son las más idóneas para provocar una llamada de atención, las que tienen más argumentos en su mano para suscitar temas menos gloriosos, para evidenciar necesidades más comprometidas. Por lo que eran ésas las que no convenía que estuvieran presentes. Sin olvidar tampoco que muchas de ellas son las que han dejado la piel en esos primeros tiempos duros y difíciles; que, cansadas y agotadas, son la consecuencia patente de un sistema lleno de contradicciones. Hay que prescindir de esas mayores para contar con otras más jóvenes, más entusiastas, más incautas. También "inscritas", pero mucho más manejables. Yo me contaba entre estas últimas.

Así se inició un Congreso importante. Había que tenerlo -quizá por expresa indicación de la Santa Sede- para reflexionar sobre la misión de la Obra, sobre sus labores y la manera de mejorarlas. Pero -de puertas para adentro- había que hacerlo demostrando ante todo un gran agradecimiento al Padre y un vivo entusiasmo por todo lo que la Obra era. Por ello se nos invitó a todos los socios a escribir "Comunicaciones", que seria el material de base sobre el que trabajaría el Congreso. Se nos dijo que esas comunicaciones podrían tratar de "todo lo que cada uno quisiera exponer libremente". Pero "me obligaron a rehacer lo que había escrito y poner todo lo contrario de lo que pensaba", en frase textual que escuché repetidas veces en las charlas personales que, como directora, recibía en aquella época de diversos miembros de la Obra.

Yo fui secretaria de una de las comisiones del Congreso en el curso de una de sus semanas de trabajo previas, y sé bien cómo se seleccionaron estas comunicaciones; cómo unas servían y otras se desechaban; cómo se trabajó sólo sobre las que se adaptaban a lo previsto y se ignoraron todas las que no entraban en este esquema. Como sé también que, mucho tiempo después -dejé la Obra sin haber vuelto a saber nada- seguía en suspenso tal Congreso, del que nunca más se supo. Si hubo noticias, o conclusiones, o incluso si se celebró, eso debió de quedar en las más altas esferas, porque el "pueblo", los miembros de la Obra en general, incluso los que habíamos trabajado en su preparación, no volvimos a saber "nada".

Sin embargo, también ese Congreso formará parte de la historia de la Obra, de esa "historia de las misericordias de Dios". ¿Cómo, de qué manera? No lo sé. Sólo sé que esto, todo esto que acabo de narrar, es pura y significativa realidad. No tengo inconveniente en admitir, como he dicho, una historia de la Obra querida e inspirada por Dios. Lo que no admito es que unos derechos del fundador puedan anular o arrollar los derechos, no menos legítimos, de la propia vocación de aquellos que él mismo aceptó como colaboradores.

En la Obra -dice el Fundador- "no queremos preceptos, no necesitamos votos, sólo queremos virtudes". Para continuar diciendo: "En la Obra sólo hay dos caminos: obedecer o marcharse."

"Hay que ser humanos, que es la única forma de ser divinos", sigue argumentando el Padre. Y mientras se insiste en la necesidad de fraternidad, de cariño y de comprensión, se impone al mismo tiempo a los socios la obligación de estar por encima de las cosas y de las personas, de tal manera que los sentimientos más propiamente humanos, los más nobles y limpios, la misma amistad, son considerados peligrosos y dañinos, como nocivos intentos de contemporizar con la tentación.

"La Obra no se mete para nada en la vida material de sus socios; le importa sólo su formación y su vida espiritual", "Cada uno es muy dueño de su propia profesión, de su actuación social, de su estilo personal". Pero todo a base de que esa vida espiritual "incluya" hasta la más mínima determinación profesional (no propiamente técnica), cualquier relación humana, exigiendo que todo sea sometido a consejo, obediente a la decisión que sobre aquello indiquen los directores, ya que sólo así es posible tener "buen espíritu". Nada que se aparte de este angosto cauce, de esta malla finísima, estará bien considerado. ¿A qué, entonces, habrá que llamar "estilo personal"?

"La Obra no es sino una gran catequesis", sigue asegurando Monseñor Escrivá. Pero una clase muy especial de catequesis, que prohíbe, de entrada, toda relación y toda clase de trato con aquel que no esté previamente de acuerdo, o predispuesto a estarlo, con las ideas peculiares y específicas de la Obra misma.

Es decir, una catequesis que sólo admite a los ya catequizados: norma segura para conseguir toda clase de éxitos en la labor.

"Una organización desorganizada", "unos más, cristianos corrientes, en la entraña misma de la sociedad, en todas las encrucijadas de la vida": así es cómo definen la Obra. Pero trabando, controlando, previendo y organizando toda acción propiamente personal de los suyos. Una "desorganización" organizada con tal exhaustividad de praxis, de normas concretas de actuación, que todo está previsto, todo está determinado, desde lo más sublime a lo más ridículo: determinada la persona -y sólo ésa- con la que cada socio debe abrir su intimidad; los temas que debe tocar en esa "charla" personal; qué medidas exactas han de tener las velas en los oratorios; cómo limpiar el suelo; en qué día determinado se ha de tomar determinado postre...

Y así se va forjando una historia llena de contradicciones; ¡se podrían contar tantas más! Una historia que se compone de un espíritu bueno, aunque a veces demasiado rebuscado, de unos principios teóricamente constructivos. Una historia llena de un trabajo apretado y serio, intenso (entre otras razones: para que no haya tiempo de problemas); como "burros" dice el Padre que han de trabajar sus hijos, y surge así el ejemplar modelo de trabajo duro, sin opción a queja alguna, sumiso y dócil al amo, quien no dudará en cargarlo fuerte. "Como un borrico fiel", "dando vueltas a la noria para que la huerta florezca", así quiere el Padre a los suyos. Y este lema del borrico está ya definiendo a la "labor" (quehacer y ser de la Obra) antes y muy por encima de la misma persona.

Una historia llena de labores deslumbrantes en el mejor sentido de la expresión, de enorme difusión, de grandes éxitos colectivos. Pero una historia ¡tantas veces! amasada a costa de las mismas personas que la llevan a cabo. Jalonada de olvidos a la persona concreta, de falta de atención a sus problemas, de actitudes distantes que hieren y desconciertan, que anquilosan y destruyen la personalidad; si eso cuesta enfermedades, o incluso desequilibrios psíquicos, no importa. Se sigue adelante, sin que nada pueda despertar la más mínima necesidad de reflexión.

La historia de unos entusiasmos en masa, filmados y constatables. Giras por distintos países, tertulias multitudinarias, pruebas tan fehacientes de adhesión como pueden ser los valiosísimos regalos al Padre. Hechos y dichos, casos y cosas que quieren ser ahora demostración y, en lo futuro, testimonio. Que, al parecer, se aportan para avalar una Obra de Dios en los mismos signos, en los mismos baremos, que a lo largo de la historia se han avalado tantos liderazgos humanos, tantas organizaciones de fines terrenos.

De todo este tipo de tertulias y aglomeraciones, de entusiasmo puestos a flor de piel por la sola presencia de Monseñor, se cuenta y se publica, se proyectan películas (eso sí, estas últimas a nivel reducido, pero influyente); lo que no se dice, lo que se calla, es el despliegue de fuerzas que esto ha supuesto entre los socios, cómo han tenido que trabajar para provocar esta necesidad de admiración y de veneración hacia la persona del Fundador. Incluso frente a los mismos socios. Me ha tocado vivir esta situación de cerca, y sé bastante de las competencias que se establecen entre los directores internos cuando se trata de preparar una cálida acogida al Padre. No competencias egoístas, de ser más o de aparecer más, como quizá a primera vista podría suponerse; no, se trata de competir en dedicación, en cuidados, en atenciones. Eso se plantea como una necesidad de correspondencia fiel a los desvelos del Padre, actitud fomentada desde que se llega a la Obra, y que se traduce en este axioma; todo debe parecerte poco para el Fundador. A título de visión sobrenatural, a título de sentido apostólico, a título de ejercicio responsable del cargo.

A la mayoría de los que forman estas incondicionales colectividades jamás se le hubiera ocurrido, de "motu proprio", tan acendrados sentimientos, tan delicadas atenciones; pero bien promovidos, organizados y estimulados ¿por qué no? La psicología de las masas es bien conocida por los expertos, y si además se hace por ha gloria de Dios y del Fundador...

Hablaba de regalos al Padre. Regalos que han de ser siempre "dignos" es lo que se les dice bien claro a los socios cuando se los alienta a que los hagan. Y digno acaba siendo sinónimo de "fabuloso". Se montan verdaderas campañas para "estimular" los regalos al Padre. Sólo los conseguidos durante su viaje a España en el año 72 (octubre y noviembre) son suficientes para poder asegurar, sin el más mínimo temor de faltar a la verdad, que el Padre recibe miles de regalos valiosísimos.

Al Padre hay que hacerle regalos -dicen- porque es de hijos bien nacidos el ser agradecidos, y al Padre -insisten- se lo debemos todo. Pero no sólo se le hacen regalos cuando viene a España; si alguien (un supernumerario o un cooperador, un amigo) solicita una entrevista con el Padre en Roma y le es concedida, no debe ir con las manos vacías: de antemano se le indica la "conveniencia" de llevarle algún "pequeño" obsequio. Sobre lo que incluso hay una praxis escrita: tipos de regalos, a quién deben entregarse, etc.

Por supuesto, los regalos no son propiamente personales, pero sí sirven para que las casas y centros de la Obra tengan todo ese cúmulo de detalles que gustan a Monseñor, ese estilo peculiar que él constantemente inculca.

Volviendo al tema de las tertulias multitudinarias, se cuenta con admiración la espontaneidad y naturalidad que consiguen tener esas concentraciones en torno al Fundador, a pesar de los centenares e incluso miles de personas que están presentes. Lo que no se cuenta es la cantidad de medios que se han puesto, la cantidad de personas que se han preparado para que sean ellas las que hagan las preguntas convenientes, para que corten un posible tema polémico; para lograr, en fin, que aquello se mantenga en la línea establecida y prevista, y el Padre pueda hablar sólo de lo que de antemano se sabe que quiere hablar, y en la forma y medida que él tiene por costumbre y desea hacerlo. Así, las apariencias pueden ser de una asombrosa espontaneidad, pero sólo las apariencias. Los hechos -los he sufrido y los conozco muy bien- son muy diferentes. Para mí han supuesto un fuerte impacto, una dura evidencia, que se alza frente a esa proclamada sinceridad y autenticidad de la Obra.

En otro orden de cosas, recuerdo "Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer", que fue todo un "bestseller". Claro está: el medio de conseguir tan altas ventas fue sencillo: se indicó expresamente a todos los socios de la Obra, a todos los cooperadores y amigos, que compraran para sí uno o varios ejemplares, y que regalaran todos los que pudieran. Había que hacerlo, además, como razón de apostolado y de apostolado principal. Ese libro contenía la homilía pronunciada por Monseñor con motivo de la Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra del año 67 y siete "entrevistas", concedidas a tres periodistas españoles y cuatro extranjeros. Me consta que dos de los periodistas españoles son numerarios del Opus Dei; quizá también lo sean los restantes, pero este dato lo desconozco. Una entrevista al Padre se aleja diametralmente de lo que la gente considera una entrevista: no hay diálogo entre el entrevistador y el Padre; las preguntas se pasan por escrito y, si hay completa garantía de que el entrevistador no va a poner nada de su parte, el cuestionario se devuelve contestado al cabo de unos cuantos días. Si el periodista es de la Obra, el guión de preguntas que prepare será cuidadosamente revisado por diversas personas, quienes podrán cambiar las preguntas por otras que les parezcan más oportunas. Al igual que en el caso anterior, el cuestionario se devuelve contestado, sin posibilidad de diálogo personal. El periodista es sólo un medio -digamos "utilitario"- que el Padre emplea para poder exponer a la opinión pública lo que él cree oportuno y quiere: son entrevistas pensadas y organizadas "desde arriba". Son pura propaganda.

"Hay que ser pillos, hijos míos", repite con entusiasmo el Fundador. Yo siempre he preferido el "hay que ser audaces". Creo en la audacia, y en la necesidad de ser audaz para no caer en un fatal aburguesamiento, mediocridad o ramplonería; creo en la audacia porque a esta virtud le va la honradez, la lealtad, la claridad, que no creo combinen con la pillería. Ni literalmente, ni en el sentido popular, el pillo fue nunca sino ese personaje retorcido, de mirada poco limpia, de artimañas enredosas. En la Obra, en honor a esa transmisión constante de todo lo que proceda del Padre, la pillería se ha hecho parte de su historia. La pillería en la Obra de Dios ha llegado a hacer posible que las cosas se digan o se interpreten como conviene, que se diga una cosa por otra (en la Obra se usa y se abusa de la restricción mental más estricta), que se oculte o se difunda lo que interesa, sin mas consideración ni con las personas ni con la misma verdad. Hay que saber ser pillos para que sea la Obra, siempre la Obra y sólo la Obra, la que salga airosa y enaltecida.

Un ejemplo de cómo se manejan en la Obra las restricciones mentales es el de aquella señora española que se presentó una vez en Roma para tratar con el Padre de un asunto muy delicado que no dejaba en buen lugar a la Asociación. Había tratado de solucionarlo en España con los correspondientes directores de la Obra y había recibido la callada por respuesta. Al pedir una entrevista con el Padre, una vez en Roma, sus interlocutores se excusaron: no, era imposible hablar con el Padre porque éste "se hallaba en Europa". La señora, aleccionada por la experiencia, les contestó que ya sabía que Roma estaba en Europa, y que si Monseñor Escrivá se negaba a recibirla, podía ir al Vaticano a resolver el asunto que la impulsaba. Fue inmediatamente recibida por el Fundador.

Una historia, la de la Obra, que se precia de un gran amor al sacerdocio, de una defensa a ultranza de la dignidad personal; se dicen los socios de la Obra protectores y salvaguarda de los más altos valores del hombre. Para en la práctica reducir el sacerdocio a un servicio utilizado por la propia Asociación y según su conveniencia; la dignidad personal a la procreación sin límites para los casados; en cuanto a los derechos humanos, no cabe por lo visto en ellos el derecho a usar de la cabeza y del corazón, excepto a modo de eco a lo que mandan e indican los directores de la Obra. Eres libre para obedecer, dicen; eres libre para aceptar con inteligencia rendida todo lo que te expongan.

En la Obra se han manejado mucho las fórmulas "de iure y de facto" (de derecho y de hecho) para encajar o explicar complicadas transiciones fundacionales sobre los votos, las distintas aprobaciones de la Iglesia, la misma esencia del Opus Dei. Por ejemplo, dicen, que "de jure" la Obra es un Instituto Secular, pero de" ipso" es una Asociación de fieles; de iure" todos los miembros de la Obra hacen voto de pobreza, castidad y obediencia, pero de "facto" a la Obra sólo le interesan las virtudes, etc. Con esta fórmula y otras similares, se consigue explicar en la Obra... hasta lo inexplicable. Y con peligrosa desenvoltura se fomentan las más totales dicotomías entre lo que se hace y lo que se dice; sin reparos, sin dificultad, sin el menor escrúpulo de conciencia.

Una historia que, paradójicamente, se proclamará defensora de una "sinceridad salvaje". Que efectivamente así se exige, pero se exige sólo de "arriba abajo". Es decir, los miembros de la Obra tienen el grave deber de sincerarse salvajemente con sus directores: odeben contarles sus deseos más íntimos, sus ansias, sus defectos, las mociones más fugaces, los pensamientos más recónditos. Es un deber de deberes, cueste lo que cueste. Pero ese deber no presupone ni necesita para nada una contrapartida. Hay que ser muy sinceros, hay que decirlo todo, hay que abrir el corazón de par en par (son todos ellos mandatos del Padre), pero hay que hacerlo frente a unos directores cargados de reservas, que no tienen por qué explicar ni razonar nada que no les parezca conveniente o no interese al súbdito que les está abriendo su conciencia. Amurallados por el secreto que -dicen- les impone su cargo, pueden decir que desconocen datos con los que han estado trabajando cinco minutos antes; pueden callar ante una pregunta directa; pueden prometer un silencio que de antemano saben que no van a guardar.

La verdad de la 'Obra sólo puede ser "toda" su verdad. La verdad de aquellos que escriben, cuentan y publican una historia prodigiosa y única, sin fallos ni fisuras; pero también la verdad de otra historia cuya realidad no podemos ignorar, porque la hemos vivido. Así se ha de formar esa gran historia final: con esos partidismos y con esas visiones parciales que he venido denunciando, pero también con muchos escritos como el mío, con pequeñas aportaciones de realidades vividas y sufridas en la Obra, que serán -así lo espero- el cañamazo que sostiene el dibujo final. Ya sé que estos "anexos" a la historia serán despreciados por los de dentro: no querrán saber nada de ellos. Los tacharán de muchas cosas, y no será la más grave el considerarlos como un desquite sin fundamento. Y, sin embargo, a pesar de los pesares, son vivencias demostrables. Quieran o no, son parte formal de la vida de los suyos.

Cada uno en el Opus Dei, en palabras del Fundador, constituye la historia, la construye día a día "con la alegría de saberse elegido por su Padre del 'Cielo para hacer el Opus Dei en la tierra, siendo uno mismo Opus Dei" (palabras finales del prólogo del Catecismo interno, que ya he citado antes). "Siendo", dice; después se puede estar dentro o fuera, se puede pertenecer o haber dejado de pertenecer a la Obra. Pero nadie puede negar a nadie la realidad de "haber sido". Haber sido, lo admitan o no, historia de esa Obra; siendo de la Obra, estuve creando su historia, y tengo un derecho, legítimo como el que más, a aportar mi testimonio.

En la historia de la Obra, que, de hecho, aún no se ha publicado, se contará o no se contará; se tendrán en cuenta unas cosas u otras, sin que aun hoy se sepa ni se haya demostrado nada. Pero, hoy por hoy, lo que sí cabe demostrar es la actitud que se adopta, y la selección de datos que se viene realizando. Es lo que hasta aquí, a grandes rasgos, he venido exponiendo. No sabemos cuándo se publicará esa historia, ni sabernos cómo se hará. Lo que sí sabemos es que, hoy y ahora, se publican muchas cosas de la Obra, rnachaconamente, y en ellas sólo se hace constar lo que interesa y del modo que interesa; sabemos que se silencian y se ocultan otras muchas, y que el resultado final es una tremenda desfiguración de la verdad. La historia de la Obra no estará escrita, pero sus escritos van siendo historia, y una historia no precisamente sincera y total.


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