Anexo a una historia/Cuál es la fuerza que mantiene a tantos?

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LIBRO: EL OPUS DEI - ANEXO A UNA HISTORIA


¿CUÁL ES LA FUERZA QUE MANTIENE A TANTOS?

Una cuestión más, a la que hay quien no ha encontrado solución en mi libro, calificándolo de "experiencia de media vida encerrada en un abrumador juicio negativo", "historia sincera y atormentada de una enorme decepción, de una vocación frustrada y quizá también de un gran resentimiento" (R. de la C.). Dice que escribo especialmente los aspectos negativos; a lo que yo argumento: y, ¿es que acaso hace falta repetir lo que tan reiteradamente está ya dicho por quienes quieren hacer entender que sólo existe esa parte que ellos llaman positiva? El título de mi libro creo que ya de por sí es lo suficientemente expresivo; se trata de UN ANEXO, no es, ni se declara ser en ningún momento, historia completa de nada. Es, sí, una parte de la historia de una institución que se jacta de la inexistencia de esa otra que no la haga aparecer sólo como perfecta. Y que sin embargo la historia verdadera, la historia completa, sólo podrá ser la que resulte del engranaje objetivo e imparcial de ambas aportaciones.

¿Resentimiento?, ¿frustración? ¿Es el único calificativo posible a una lamentable y negativa experiencia, como puede serlo la de pasar por un campo de batalla, por una guerra, y contar lo que de desagradable tiene?

No se explica, dice el interlocutor de esta tesis, qué fuerza es la que sostiene dentro a 60 000 hombres y mujeres, inteligentes, capaces, audaces y grandes personalidades. Yo me voy a permitir seguir recordando el capítulo III de este libro, con algunas aclaraciones más, por si le cupiera en suerte servir de luz al tema.

Esos hombres y mujeres, muchos de ellos realmente estupendos, capaces y eficaces, entregados y confiados, precisamente por el hecho de serlo, son ellos, esa manera de ser suya, como ya apunté, la fuerza de la Obra. Lo es el afán noble y exigente que les mueve, lo es su gran buena voluntad, lo es la enorme confianza que ponen en todos los que les dirigen.

Y sin embargo yo diría, seguiría diciendo, que más que grandes inteligencias o capacidades dotadas, sobre lo que algunos aumentan sus interrogantes, son intelectuales o trabajadores organizados, bien dirigidos, bien montados, y perfectamente amparados unos en otros. Enriquecidos por la fuerza del conjunto, estimulados y promocionados por el sistema de la Obra en sí. Hombres y mujeres que si dejan la Obra, la mayoría, ¿qué serían, en qué quedan? Precisamente de los que valen por sí mismos son de los que más acaban saliéndose.

Es la fuerza de la unión. La seguridad que la Obra proporciona. La tranquilidad que lleva consigo sentirse integrado en algo poderoso. Es, sigue siendo, parte de su fuerza, una parte importante de la fuerza de la Obra.

Está luego también la fuerza de la mentalización moral y espiritual. Dos años, al llegar, intensamente dedicados a recibir el espíritu de la Obra. Un mes al año a la misma dedicación; cinco días de retiro anuales; una charla semanal; un círculo semanal; la lectura constante (en oraciones, meditaciones, folletos, revistas internas) de la misma clase de doctrina; la suficiencia que te inculcan; la necesidad de aislamiento de todo lo que no esté permitido por los directores; todo esto, basado siempre en la mente y el proceder del fundador, ¿acaso no es suficiente para "mantener"?, ¿qué mayor fuerza puede existir? La sugestión, la persuasión constantemente ejercida ¿no es razón suficiente? Y lo es además porque la gran masa está siempre compuesta de aquellos que necesitan seguridad, y la Obra se la da. Se la da a cambio de una sumisión "robotiana", se la da a base de una identificación con el Padre que consideran, o se les hace considerar, como camino inequívoco hacia Dios, pero se la da.

La Obra por otro lado ha sabido también tranquilizar las conciencias de los ricos y poderosos, diciéndoles que pueden seguir siéndolo (sin más problemas de justicia, ni de renuncia, ni de compromiso social), siempre y cuando vivan el espíritu de la Obra y ayuden a sus labores.

La Obra ha venido a resolver de igual manera el problema de los pusilánimes, de los que dudan y sufren escrúpulos, y prefieren que les den una "conciencia sustituida", en vez de una formación comprometida con su propia actuación. Sustituida por unos directores (un Padre) que se erigen en norma de actuación, garantizando la salvación eterna a todo el que 1es sea dócil.

No son razones cualesquiera. Creo que cabe entender una gran fuerza, una fuerza capaz de mantener a muchos, porque son también bastantes los motivos, y lo son de "peso".

Lo son, para algunos, totalmente incoherentes. Insuficientes para condicionar, reducir... a ellos toda una vida, pero no desde luego para todos.

Para los que semejantes compensaciones no son lo que les llena, siguen diciendo:

Querida M. Angustias:

He leído tu libro y ya a la segunda página me hice el propósito de escribirte.

Yo también he sido numerario durante diez años, más o menos en tu época, por lo que dices en tu libro. He seguido unos pasos prácticamente iguales a los tuyos según cuentas. De hecho me planteé los mismos problemas al poco de entrar, primero creía que era yo el que fallaba y luego me di cuenta que no era yo sino el planteamiento de la Obra. Intenté en seguida comunicar mi problema y advertí que si no me ayudaban me iría; así estuve luchando seis años ¡que ya es decir! y seguía solo e incomprendido.

La salida no me fue fácil y me han colgado un mochuelo que no es verdad; todo para que no "falle" la institución.

Quiero decirte que estoy totalmente de acuerdo con lo que tú dices, aunque hoy día mis planteamientos con Dios son exclusivamente personales, sin interferencias de nadie, sólo Dios y yo.

Soy, como verás (por el membrete), médico, me especialicé en medicina interna y psiquiatría, aunque esto último es más una afición especial, y tengo 34 años.

Dentro de la Obra he hecho de todo, he llevado estudiantes, agregados, supernumerarios, y aunque te parezca mentira he hecho labor hasta con curas y bachilleres; lo he intentado todo, y para nada.

He rehecho mi vida en lo que he podido y no me ha sido fácil; yo estoy seguro de que tú lo conseguirás, para lo que quieras y necesites cuenta con mi ayuda incondicional, sé de sobra lo mal que se pasa, soy uno que como tú quiso servir a Dios en un mundo que le atraía y no le dejaron.
(C. A. R. Zaragoza.)

Querida señorita:

Acabo de leer su conmovedor, apasionante y apasionado libro. Ha sido como revivir una larga pesadilla. Una y otra vez he contemplado su fotografía y me maravillaba, viéndola, de que la Obra de Dios consista en destruir a los seres que ese mismo Dios ha creado. Todo lo que usted cuenta me había parecido advertirlo en la corta convivencia con ellos y en mi fugaz trato con ellas, pero siempre me resistí a creer tan monstruosa realidad. Ahora ya no tengo duda de lo que tantas veces he pensado: que el Opus Dei ha hecho verídica la famosa sentencia de convertir la religión en el opio del pueblo... Pues contemplando a la generalidad de los socios, sus actitudes y comportamientos, desconcierta su puerilidad, su terror a la libertad.

Su libro es hermoso porque tiene la calidad de lo auténtico, de lo limpio y transparente. Es un espejo paseado a lo largo de un camino. Y usted no tiene la culpa de que ese espejo refleje un desierto sembrado de escombros. Tampoco está en su mano evitar que la contemplación de ese paisaje llene de espanto el corazón y la memoria de lágrimas.

Ojalá su libro sirva para algo. Aunque usted no dejará de comprender que sólo le daremos crédito los que hemos vivido esa náusea. A los que no lo conocen por dentro les resultará, esa realidad, de tan descomunal, increíble. Los que deberían leerlo, que son todos ellos, ya sabe usted que nunca lo leerán. Así y todo, su libro puede ser un aviso para caminantes, a fin de que, conociendo de antemano la realidad de la Obra, bordeen, prudentes, tal tremendal.

Deseaba decirle esto no para animarla -me parece que tiene usted suficiente talento y sensibilidad como para comprender la bellaquería humana- sino para que sepa que suscribo y ratifico los motivos de su decisión. Y que comparto su misma fe y su misma esperanza.
(V. S. P. Valencia.)


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