Alegato contra la Carta de Dispensa

From Opus Dei info

Por E.B.E., 28.01.2008


Soy consciente de que muchas personas firman la carta de dispensa para quedar en paz consigo mismas y con Dios. En este tipo de asuntos no me corresponde opinar y los dejo a la consideración de la conciencia de cada uno.

Sí en cambio me parece digno reflexionar sobre la naturaleza de la carta de dispensa, no en general sino en el contexto concreto de «la Obra».

Hace unos días leía las memorias de un comunista rebelde que se dignó decir lo que pensaba en tiempos de la revolución y fue por ello encarcelado. Su nombre es Victor Serge. Cuenta muchas cosas interesantes en sus memorias, pero sobre todo hay unos pasajes sobre las falsas confesiones que le quisieron hacer firmar, muy semejantes a lo que sucede dentro de la Prelatura. Para irse hay que hacer eso mismo: firmar una falsa confesión, que si no está bien redactada es rechazada hasta que sea del agrado de los verdugos...




A consecuencia del hambre, el gobierno había inventado historias de sabotajes culpando a los agrónomos y veterinarios. Uno de ellos le decía a Serge, con quien compartía la prisión: «hemos confesado tantas cosas y tan locas».

Para facilitar la confesión, había previamente todo un proceso de desgaste, hasta lograr el cansancio físico y psicológico. En ese momento, le proponían firmar la falsa confesión, y con tal de librarse de ello, firmaban cualquier cosa los presos. Pero justamente esa firma, era la prueba del delito, firmaban su propia condena, no su liberación como les habían prometido. Toda una gran mentira bien armada, burocráticamente asumida, como si se tratara de poner un sello tras otro sin que hubiera por detrás ninguna premeditación (ésta la cometen las altas autoridades, no los que la ejecutan y por ello resulta aparentemente tan espontánea e inocente).

«Habría de pasar ahí, en el asilamiento absoluto, sin comunicación de ninguna clase, sin paseo al aire libre por un patio alrededor de ochenta días. Ruda prueba para los nervios de la que salí muy bien. Estaba cansado por años de tensión nerviosa, experimentaba una gran necesidad física de reposo

¿No es acaso esto lo que le hicieron a Carmen Tapia?

«A partir de ese día -noviembre de 1965- hasta el mes de marzo de 1966, me tuvieron "totalmente incomunicada de todo contacto exterior: con prohibición absoluta de salir a la calle bajo ningún concepto, así como tampoco recibir o hacer llamadas telefónicas, ni escribir o recibir cartas. Tampoco salía para la llamada "salida semanal" o "excursión mensual". Estaba presa."» (Cap. VIII, primera parte)

«Por mi parte, en Roma, yo empezaba a agotarme por la situación de suspenso. Pensaba que eran injustos conmigo, porque, dado el caso de que yo hubiera sido "tan mala", lo primero que necesitaba conocer para poder arrepentirme eran mis faltas o pecados concretos. Todo lo dejaban en el aire y eso era una tortura.
Pedí una y otra vez ejemplos concretos y nunca me los dieron. Me hacían acusaciones fuertes, pero generales.» (Cap. VIII, segunda parte)

Por eso su relato, en este aspecto al menos, me parece tan creíble, porque es una descripción que sólo la puede hacer quien la vivió (salvo que sea una experta en el arte de escribir ficción).

«”Quisiéramos saber si es usted un enemigo o, a pesar de su disidencia, un verdadero comunista. Es usted libre de negarse a contestarme, la instrucción se cerrará hoy mismo y le consideramos con la estimación que se merece un adversario político a rostro descubierto”.
¡Trampa! Quieres que te facilite la tarea dándote carta blanca para cocinar después, contra mí, con tus informes secretos, no sé qué conclusiones que equivaldrían para mi por lo menos varios años de “Aislador”. “No. Insisto en contestar al interrogatorio. Interrogue.”»

No escribir ninguna carta, sin duda, puede dar vía libre a que los burócratas se inventen la historia que quieran con sus «informes secretos».

Pensando en lo que decía el sabio Haenobarbo hace unos meses, la carta de dispensa es una trampa, como tantas otras más que existen dentro de «la Obra». Es conveniente, entonces, presentar la propia defensa, pero con las propias palabras, no con las ajenas.

«”Veo que usted es un enemigo irreductible. Está usted labrando su pérdida. Le esperan años de cárcel [rejalgar?]. Es usted el jefe de una conspiración trotskista. Lo sabemos todo. Quiero, a pesar suyo, intentar salvarlo. Es nuestra última tentativa”.
Era como para helarlo a uno (…). Continuó: “Hago pues una última tentativa para salvarle. No espero mucho de usted porque lo conozco. Voy a informarle de las confesiones (…). Lo único que tendrá que hacer es decir: reconozco que es verdad, y firmar.”
(…) se puso a leer y me sentí aterrado. Era un verdadero delirio.»

Luego de resistirse a escuchar y firmar, le dijo el interrogador a Serge:

«”Está usted buscando su perdición.”

En realidad, lo demolía todo y me salvaba (…). Un instante de cobardía y la falsedad triunfaba, éramos fusilables. (…) para motivar los veredictos que se les piden [los inquisidores] tienen que preparar expedientes según las reglas.»

Esto mismo pasa en «la Obra». Los directores no pueden inventarse todo de manera improvisada. Tienen unas reglas internar que cumplir (de cara a ellos mismos), para dar coherencia a todo el proceso (de cara a la Santa Sede, si alguna vez pide explicaciones). Poner en evidencia la falsedad hace que todo ese proceso se venga abajo.

Y una forma de hacerlo es escribir la carta con lo que uno mismo quiere decir y no con lo que los directores desean, enviando una copia a otros testigos, como pueden ser el Obispo de la diócesis y la Congregación para los Obispos, de la cual depende «la Obra».

Defender, ante todo, la propia integridad.



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