A propósito de las vocaciones infantiles

From Opus Dei info

Por Demócrito, 19.10.2018


Los días 3 a 28 de octubre 2018 se celebra en Roma la XV Asamblea Ordinaria del Sínodo, con el título: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”.

Como sabéis en la Obra se pide la Admisión a los 14 y medio. Eso si, como “aspirante”. A partir de ahí se desenvuelve un proceso que se explica distinto –o con distintos acentos- al interesado (al que se le deja muy claro que a partir de ese mismo momento la vocación y sus compromisos son intocables, eternos e irreversibles, ni discernimiento ni gaitas), a sus allegados (a los que se mantiene lo más ignorantes posible) o a cualquier otra instancia (a la que se explica que a los 14 y medio simplemente se inicia una etapa de discernimiento vocacional mutuo que culmina con la Fidelidad, no antes de cumplir 21 años; que, aproximadamente, es lo que dicen los papeles)...

Ciertamente era una antigua tradición de muchas instituciones de la Iglesia el recolectar vocaciones en edades tempranas. Eso resultaba particularmente fructífero en congregaciones dedicadas a la enseñanza de la juventud, pues disponían de manera natural de generosos caladeros.

Vamos a intentar situar el contexto con el propósito de evitar anacronismos.

Tiempo ha era costumbre, después de las consabidas preguntas a los niños de ¿Cómo te llamas, guapo?, ¿Cuántos años tienes? preguntar también: ¿Y qué quieres ser tu cuando seas mayor? Yo aviador, yo torero (¡qué tiempos!)... peluquero, médico... o yo sacerdote. El colectivo clerical era importante, gozaba de imagen y consideración en las familias y en la sociedad y no faltaban sacerdotes jóvenes con un perfil humano razonablemente atractivo.

A mis 9 añitos tenía un compañero de clase cuya firme voluntad de convertirse en hermano de La Salle aun hoy me conmueve al recordarla. Era buen estudiante, deportista, aceptablemente alegre y se tomaba muy mal – le vi llorar en tiempos en que, entre nosotros, llorar "era de nenas" – alguna calificación académica menos excelente de lo que esperaba. Todo en función de su objetivo, pues es sabida la importancia que da esa congregación a la formación intelectual y académica de sus miembros. En consonancia con sus fines fundacionales.

Un día nos llevaron a conocer el noviciado, que en poco se diferenciaba de los internados tan frecuentes en la época. Quizá los más jóvenes no podáis recordarlos.

Al cabo de un cierto tiempo, en mi adolescencia, al hermano encargado del proselitismo en el colegio – era el “recojón” – le llamábamos “el robaniños”; habíamos empezado a perderle el respeto a ese modo de proceder.

Algunos años más tarde a una familia amiga de la mía, arquitecto prestigioso el papá, un hijo de unos 12 años planteó su vocación – para ya – a sacerdote de la congregación que regia su colegio. Consternación familiar, pero Dios sabe más y puede tener sus caminos, los papás eran buenos cristianos, no se opusieron y el chaval marchó al noviciado. Cuando, años más tarde, alcanzó una edad de discreción y autonomía, regresó por decisión propia a su casa y hoy día es un feliz profesional y padre de familia.

Del episodio saqué la impresión de que las reglas de juego estaban cambiando. La estrategia de persecución a la infancia – llamémosle seguimiento, que es más respetuoso - para levantar vocaciones de manera temprana y así poder protegerlas con proximidad y diligencia iba perdiendo su respaldo social. Tenía los días contados. Se estaba secando una histórica y tradicional fuente de vocaciones. Era la década de los 60 ¿Qué hacer?
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Fue un alivio toparme con el Opus Dei. Nunca se dedicaría a la infancia – había otras muchas y muy competentes instituciones que regentaban colegios de inspiración cristiana – y, por el contrario, el proselitismo lo hacia el Opus Dei sólo con personas maduras.

Yo pedí la admisión con 19 años. Muy joven pero el nivel de discernimiento a esa edad no es en ningún modo parangonable ni cualitativa ni cuantitativamente con el correspondiente a los 14,5. Los que tenéis aun recuerdo reciente de ese periodo sabéis muy bien a qué me refiero.

Procurábamos vocaciones de numerarios y agregados entre nuestros iguales. En mi centro todos los adscritos (un grupo considerable) éramos universitarios, pitados en la universidad, salvo uno que estudiaba COU y que era eso, una excepción. Nada de actividades para gente menuda. De entre mis recuerdos más gozosos en la institución – y también angustiosos a veces – figuran mis cotidianos propósitos y acciones personales entre mis compañeros de facultad. Ahí no vale más credencial que el que te ganas con tu prestigio personal, tu esfuerzo, el afecto a/de tus compañeros y el sincero amor y auténtica convicción por tu camino. Compromiso de buena ley. Y la ayuda de Dios, que no llega si falta lo otro. Lo llamábamos apostolado “de amistad (auténtica) y confidencia (auténtica y bidireccional)”. No es ése el proselitismo que rechaza el Papa Francisco. Muchos numerarios actuales jamás lo han probado y no saben lo que se pierden.

Estábamos salvados. No hace falta ir a por los niños – práctica cada vez menos legitimada socialmente, los tiempos cambian – pues Dios es capaz, con mucho, de mover los corazones de personas hechas y derechas y hacer germinar en su cabeza y en su corazón la semilla de la vocación. ¡Para eso ha suscitado el Opus Dei, si señor!
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No quisiera infravalorar el cambio operado en la segunda mitad del siglo XX en relación a la práctica religiosa en España.

Cada vez se fue haciendo más difícil llenar los cursos de retiro. Antes un compañero de facultad podía aceptar acudir o no, pero en cualquier caso sabía de lo que le estabas hablando y por entonces no era infrecuente que un supernumerario apareciera en el curso con el coche lleno de amigos.

Esto se fue acabando. Con la desconsideración más obstinada de los responsables de la Cosa que iban programando terca e invariablemente año tras año abultados e incrementales calendarios de cursos de retiro como si nada. Me recuerda el tema de los “roperos”, estrategia apostólica femenina muy coherente con la organización familiar usual en los años cuarenta del siglo pasado pero absolutamente extemporánea y anacrónica ya en los años ochenta; conocí a una chica que acudía a veces al ropero de su tía supernumeraria, que tuvo muchos años – muuuuuuuuchos – ese encargo en una ciudad de provincias, y que me decía: “...voy porque muchas veces estamos las dos solas”. Pero es un eficaz medio apostólico y proselitista establecido por Dios a través de nuestro Padre para toda la eternidad...y bla bla bla, ¡Pues nada, a seguir con los roperos!

Se podría escribir un libro sobre la incapacidad de los responsables de la Obra para adaptarse a los cambios sociales y culturales más evidentes – lo de “percibir los signos de los tiempos” les produce urticaria – en una institución que se jacta de vivir permanentemente en la realidad del mundo. ¿Y no saben siquiera interpretar los números que tan profusamente recolectan? ¿Sabrían lo que es anticiparse?
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Y cuando se cambia, es un dislate. De pronto todos a empujar en los colegios y clubes juveniles. Se concentraron entonces exclusivamente en el proselitismo infantil -que otros ya habían abandonado y al que nosotros no nos íbamos nunca a dedicar. Y que, entre otras cosas, tiene la virtud de agostar progresivamente la labor con gente adulta, en otra época mascarón de proa del apostolado del Opus Dei. Y renunciando a la conciencia plena de la propia vocación que en modo alguno puede asumirse a los catorce años y medio.

Parece que fueron llegando a la disyuntiva desesperante de que, o recolectamos vocaciones de niños, o no hay vocaciones.

Y así instauraron un trasiego de pitajes y despitajes que extendió una devaluación difusa general del concepto mismo de entrega. No importa que de diez pitajes al poco queden nueve en la cuneta, si persevera uno. No puedo creer que Don Florencio se haya manifestado de acuerdo con semejante estupidez.

Y esa práctica podría estar más o menos admitida en otros tiempos – siempre con algunos chirridos –, pero aquí y ahora es, desde luego, impresentable. Y más cuando se ejerce en menores de edad y, de manera explícita, a escondidas (cuando no a la contra) de los respectivos padres.

La Institución ha llegado a esa conclusión un poco tarde. La va a costar mucho desandar ese camino y rearmar las estrategias, tan maltrechas, de apostolado entre gente madura que fue uno de sus rasgos distintivos en el pasado. Quizá, entre otras cosas, habrá que poner a los numerarios a hacer apostolado entre sus iguales..., si es que tienen iguales. Quizá habrá que volver a la primera y original acepción de lo que es un numerario.

Igual no es capaz; porque ahora el viento viene soplando de proa.


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