A propósito de la conciencia invenciblemente errónea

From Opus Dei info

Por Elena Longo, 5 de enero de 2006


La lectura de la ùltima contribuciòn de Jacinto Choza en nuestra web, La inocencia de los dirigentes del Opus Dei, me dejò admirada y asombrada por lo despejado con que supo ilustrar y relacionar muchos aspectos de las reflexiones que han salido en esta web en estos años.

Mientras procedìa en la lectura, me daba cuenta de que allì se encontraban, relacionadas de forma inteligible entre ellas, toda una serie de ideas aùn informes que salieron en unas cuantas contribuciones mias pasadas, pero de una forma mucho màs inteligible y con la originalidad del concepto de “inocencia” que informa y otorga sentido a estas intuiciones y sensaciones. Fuì a averiguar y efectivamente comprobé que a raiz de muchas cosas que en el pasado he defendido en estas paginas habìa como una intuiciòn obscura de lo que Jacinto ilustrò y explicò con tanta evidencia...

Y como soy consciente que habrà unos cuantos que no concordaràn con esta clave de lectura de hechos y asuntos, me permito indicar unos links con estas contribuciones anteriores mias (porque son las que conozco mejor y con las que me manejo con màs facilidad J) que se encuentran en la misma linea, con la convicciòn que la convergencia de opiniones en personas tan distintas como nosotros pueda de cierta forma reforzar el valor probatorio de su ensayo. Ya sé que puede ser bastante presumido de mi parte pensar que mis argumentos puedan añadir algo al valor del analisis de un intelectual de su talante, pero sé también que Jacinto no se va a fastidiar por esto, y a lo mejor le alegrarà averiguar estas coincidencias.

Voy a copiar el texto de Jacinto en letras negritas y los textos mios en cursivo, y a subrayar en los dos textos las palabras que me interesa evidenciar en el contexto presente:.

Enfrentandose con el tema de la buena fe, Jacinto dibuja un rapido boceto de la fisionomia de Escrivà :

“Comoquiera que sea, Escrivá parece haber sido un hombre de corte aristocrático, de la burguesía aragonesa del XIX, autoritario, de temperamento más bien colérico, y con tendencia al absolutismo, como, por lo demás, lo había sido Pio XII. A eso se añadieron unas dotes excepcionales en cuanto a instinto de poder, a capacidad de gestión y organización, a seguridad de conciencia, a capacidad de trabajo y a sensibilidad religiosa, que arrojan el conjunto de factores que favorecen la constitución de un cierto carácter fundamentalista. Hacían falta aún algunas circunstancias socio-históricas para que ese carácter se consolidara, y éstas fueron la guerra civil española, por una parte, y el concilio Vaticano II, por otra”.

Fui a buscar una intervenciòn mia, El fundador se engañó a sí mismo, y efectivamente averigué que habìa tenido intuiciòn de que una excesiva seguridad de conciencia de Escrivà podìa encontrarse a raiz de las desviaciones historicas de la praxis de la Obra:

Màs lo pienso, màs estoy convencida de que el pecado màs grande del opus es la falta de humildad de Escrivà: nunca tuvo la humildad de dudar de sì mismo, no con esta duda enfermiza de los acomplejados, sino con la duda recia y fuerte de los hombres que comparan sus intenciones con los resultados que sacan.”

Cabe señalar que a la seguridad de conciencia excesiva de Escrivà corresponde, de forma proporcionalmente inversa, la “inseguridad” de conciencia excesiva de los miembros de la prelatura, que se basa en el presupuesto de que son los directores los “responsables” de suportar y orientar en la santidad a los demàs, y los que conocen a ciencia cierta la voluntad de Dios sobre cada uno. Este es el sentido de la “renuncia”, total o parcial, de los directores a ejercer un trabajo externo como serìa lo normal en un fiel de la prelatura, y este es el contracambio que el fiel de la prelatura recibe en el compromiso contratual que asume con la prelatura misma, que se compromite a otorgarle los medios para alcanzar la santidad. Jacinto asì alude a este aspecto:

“Esa entrega, esa responsabilidad y esos sufrimientos, les impedía por completo caer en la cuenta de que la santidad, ni en medio del mundo ni en ninguna otra circunstancias, puede ser el objeto de gobierno ni de funciones administrativas de nadie, como Antonio Ruiz Retegui no se cansaba de exponer en sus escritos. Su entrega y su dedicación a la tarea de promover la santidad de los demás les impedía percibir que estaban disecando vidas, “vampirizando” almas, cercenando el contacto de los fieles con la realidad, y generando unas condiciones altamente patológicas a las que sucumbían muchos. Todavía la entrega de los directores podía acentuarse aún más en su dedicación a los enfermos (cuando era el caso)”.

Este problema de la seguridad y inseguridad de la conciencia también lo habìa intuido e ilustrado anteriormente en otra de mis contribuciones, No fueron anécdotas por lo que nos fuimos :

“Uno de los aspectos que va a matizar mi opciòn fundamental es aquel de la "moral autónoma" y de la "moral eteronoma".

Dejando claro que la moral ni la inventamos los hombres ni la escogemos segun el humor del dia (no es esto lo que entiendo cuando hablo de moral autonoma) hay dos concepciones, a mi parecer, muy distintas y hasta contrapuestas de la vida moral. La primera, la que he vivido y he visto vivir en la obra, es casi "magica" o sea quiere como "controlar" la aprobaciòn divina y encontrarse segura de la salvaciòn de su alma mediante la ejecuciòn de actos, casi todos prolijamente previstos en la formaciòn moral, que se està seguros que son segun el código moral màs estrictamente entendido. Esto del "màs estrictamente entendido" es algo importante: si no fuera el sentido màs estricto, no nos encontrariamos en la seguridad de estar actuando moralmente, segùn lo que Dios quiere y sin correr el riesgo de que algo se nos "escape" y perdamos asì su amistad.

En cambio voy a intentar explicar lo que entiendo yo por "moral autónoma". (…)yo parto del asunto -por cierto no siempre verdadero- de que todos los que nos hemos encontrado con afàn de santidad sabemos de necesitar antes de todo de una honda y calificada formaciòn catequética y doctrinal. Esto no es un lujo de aristocratas del amor, es mas bien una necesidad basica en una sociedad alfabetizada en todos los ambitos humanos. Ya no es posible, como hace siglos, ser cristianos siendo ignorantes. Bueno, ¿quiere esto decir que tenemos que quedarnos toda la vida como alumnos que nunca aprobaron? ¿No existe para el cristiano una mayoria de edad en la que su conciencia doctrinalmente y rectamente formada, hace entender una voz que, no lo olvidemos, en la màs antigua doctrina cristiana, es "fuente ultima" de moralidad? Yo creo que no solo podemos, sino debemos volvernos mayores de edad en la fe, que cada uno tiene que esforzarse por entender, momento por momento en su vida, que es lo que Dios le va pidiendo, y que cuando llegamos a esta madurez ya los demàs no tienen "gracia de estado" para decirnos cual es la voluntad de Dios para nosotros”.

Y para entender mejor como la “tentaciòn” de asumir una moral eteronoma pueda ser muy fuerte en muchos, copio parte de otra intervenciòn mia, ¿Por qué sigue funcionando el Opus Dei?

“A mì me parece que todos llevamos por dentro una honda necesidad de seguridad. Seguridad material, seguridad de ser amados y sobre todo, si hemos tenido una severa educaciòn religiosa, seguridad de encontrar la salvaciòn eterna (…)A menudo las personas que carecen de seguridad en si mismas, buscan la aprobaciòn fuera de sì en personas con autoridad que, de inmediato, consiguen tranquilizarlas.

Yo he encontrado en una obra del sacerdote psicoterapeuta Drewermann "Clerigos psicograma de un ideal", muy bien explicado, lo que de alguna manera habìa llegado a barruntar a raìz de mi experiencia en el opus. Hay personas que ponen el principio de su ética fuera de su conciencia, llegando a vivir de así una "moral heterónoma", o sea que buscan fuera de su propia conciencia el principio de la moralidad. Esto llega a ser profundamente anticristiano, porque por haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, los seres humanos tenemos dentro de nuestra naturaleza la posibilidad de reconocer la huella que dejò nuestro creador, y vivir segùn estas exigencias”.

A proposito de mi citaciòn de Drewermann, también cabe señalar que en la misma direcciòn va la cita de Jacinto:

“A eso hay que añadir las observaciones de Weber sobre la transformación del líder carismático en funcionario o las de Alberoni sobre la institucionalización”.

Aunque haya leido este autor hace bastante años, y por supuesto mucho antes de conocer los escritos de Retegui acerca de Lo teologal y lo institucional, creo poder afirmar que existen unas interesantes coincidencias entre las tesis de Retegui y las de Drewermann, que también apunta la crisis vocacional de muchos en haberse vuelto su vocaciòn en un “oficio”, con referencia clara a la “institucionalizaciòn” de la Iglesia.

Vuelvo a las primeras paginas del ensayo de Jacinto:

“Había una gran clave de legitimación de sus posiciones ante sí mismo y ante los demás, que era el sufrimiento. La discrepancia de la realidad respecto de las expectativas que uno tiene es la causa fundamental de la decepción, la tristeza, la ira y el sufrimiento. Dado que las expectativas religiosas de Escrivá estaban compulsivamente espoleadas por su seguridad de conciencia, su hermetismo, su carácter colérico, su elitismo aristocrático y su absolutismo, el sufrimiento se elevaba hasta cotas muy altas, legitimando más aún sus pretensiones. El sufrimiento garantiza que uno no quiere nada para sí, y que, por tanto, uno entrega su vida de un modo desinteresado por una causa que, además, no es de uno, sino de Dios mismo. La identificación con Cristo en la cruz puede resultar ahora completa, y eso confirma más aún la legitimidad de lo que se pretende y se hace, ante uno mismo y ante los demás”.

A proposito del mismo argumento, escribìa yo en El fundador se engañó a sí mismo:

En su egocentrismo Escrivà dramatizò excesivamente sus sufrimientos y dificultades, imaginandose que eran señales de predilecciòn divina, y no se preocupò del exito material y social que hubiera tenido que sugerirle que estaba haciendo no una obra de Dios, sino una obra de hombres y ademàs infelices y neuroticos”.

Por ùltimo, he encontrado bastante semejantes, si no en la forma, sì en la sustancia, estos parrafos de Jacinto:

“Si sumamos los factores históricos con los sociológicos, los mitológico-literarios, los psicológicos y los ascéticos, resulta que los miembros de la prelatura se encontraban (y se encuentran) en una situación de conciencia invenciblemente cautiva como para poder tener un pensamiento libre, y de conciencia invenciblemente errónea como para poder pensar que las cosas pudieran ser de otro modo (...)Todo eso, que era la esencia misma de su gestión y de su razón de ser como dirigentes, era también lo que ellos mismos no podían, y no pueden, cuestionar. La inocencia de los dirigentes determina en ellos una situación de conciencia invenciblemente errónea, o quizá, de conciencia insuperablemente ciega. Son inocentes, no tienen la menor conciencia del mal que causan. Por eso no pueden tener ninguna sensación ni sentimiento de culpa, y por eso no pueden experimentar la menor inclinación a pedir perdón por nada a nadie. Por eso también no pueden entender la conducta de los últimos papas pidiendo perdón por las equivocaciones y pecados de la Iglesia más que como recursos retóricos, gestos ante la galería, y, en cualquier caso, equivocaciones respecto a la indefectibilidad de la Iglesia”

con otros mios siempre en El fundador se engañó a sí mismo:

Yo no creo que las sectas, y el mal en el opus, nazcan de un trabajo premeditado que hacen unas cuantas criaturas diabolicas reunidas alrededor de una mesa. Yo creo en lo que declaraba al principio, que realmente nadie quiere el mal (la violencia, el embrollo, la mentira,...) en sì mismo. Escrivà tuvo una buena intuiciòn a raiz de la lectura del Evangelio: que los hijos de las tinieblas son màs prudentes, màs inteligentes, màs... exitosos que los hijos de la luz. El sintiò el empuje de poner al menos el mismo empeño en buscar su santidad y lo que segùn él es la gloria de Dios que los que él consideraba hijos de las tinieblas.”

Aquì, por supuesto, harìa falta referirse a las reflexiones de E.B.E. acerca de ser “llamados al exito”, pero se abrirìa otro gran capitulo, y no quiero extenderme aun màs.

Antes de acabar, me parece importante señalar que esta teoria de la “inocencia” –entendida como lo explica Jacinto:

“La inocencia, como la describieron y analizaron primero Hegel y después Kierkegaard, es la mera y crasa ignorancia del mal, y, como también señaló Hegel, ni es virtud ni tiene nada que ver con la virtud. Es ceguera”

y no como “sentencia de absoluciòn”, nos permite solucionar muchas aporias con las que nos enfrentamos frecuentemente en nuestras reflexiones en estas paginas: desde los problemas teoricos y praticos de entender la postura de los “ex en buen plan” (siguen sin perder la “inocencia”, aunque el fisico y la psique se hayan rebelado llevandolos a la salida), al problema de la buena fe en los directores, tantas veces señalados sobre todo por Ana Azanza (en mi caso, creo que cuando salì y por muchos años aùn seguì en mi estado de “inocencia”, sin llegar a detectar los fallos del sistema, como “ex en buen plan” que me quedé por una temporada. Solo la relaciòn directa y –creo poder decir- honesta con la realidad en la que me sumé, junto a la acciòn destruyente de unas experiencias que me llevaron a meter patas arriba toda mi filosofia de vida, me quitaron al final esta inocencia), a la dificultad que a veces podemos experimentar en aclarar nuestra postura con unos miembros de la prelatura que seguimos apreciando y queriendo aunque no podamos compartir en absoluto su convicciones y/o actuaciones, hasta que la obra pueda ser una secta sin que por esta razòn quien la mantiene como tal tenga conciencia de su realidad.

Y la conciencia de la existencia y de la posibilidad de estas aporias es la que permite, para nosotros, continuar en nuestro trabajo de analisis y de comprensiòn, sin tolerancia por los abusos pero sì con comprensiòn y respeto hacia las personas.



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