A los numerarios de México - el sentir de un ex hermano suyo

From Opus Dei info

Por Castalio, 17 de marzo de 2010


Primero que nada, quiero advertir a los numerarios que lean estas líneas, que nada está más alejado de mi propósito que escribir para recriminar o para satirizar. No los odio, ni les guardo rencor. Incluso, a la mayoría de ustedes –curas y laicos–, les tengo una admiración y un respeto muy serios. Mi tono será algo mordaz pero no me lo tomen como burla y menos como desafío. Es simplemente que odio el tremendismo y los excesos dramáticos, sobre todo cuando las cosas se pueden decir de otra manera. Eso sí: seré claro y diré lo que pienso tal cual lo pienso. Que conste.

Aunque sé que esta web está dirigida más bien a los que se han ido o quieren irse de la Obra, no podemos negar que también la leen aquellos miembros que sin tener en mente abandonar su vida dentro de la institución, quieren tener otra versión de lo que ocurre dentro. Por ello me dirijo ahora a ustedes, a los que abren Opuslibros para descansar un poco de la retórica oficial de los directores o de las explicaciones sin demasiado fundamento de algunos de sus hermanos en la Obra. También me dirijo a aquellos numerarios (y numerarias) que leen esta web en la clandestinidad de un “café Internet”, o bien en lo secreto de su oficina o de la casa de sus amigos o familiares, sea por simple curiosidad, e incluso en no pocas ocasiones (no me lo nieguen), por verdadero morbo. Bueno, cada quien...


Fui numerario por veinticinco años y me salí hace poco. Quise mucho a la Obra, la defendí ante mis compañeros de la universidad y se puede decir que fui más o menos apostolicón. Luego la defendí ante mis colegas, familiares y amigos. Dejé muchas cosas por vivir disciplinadamente lo que ustedes llaman “nuestro espíritu” (yo también le llamaba así). No recuerdo haber actuado en contra de éste ni haber realizado actos graves de deslealtad a través de murmuraciones o actitudes alevosas y menos aún, escandalosas. Nunca forcé una puerta para leer mis “informes ascéticos” (por poner un ejemplo), ni recuerdo haber hablado de los directores con personas ajenas a la Obra, incluso los defendí cuando no contaba con demasiada materia para la defensa.

Tampoco diré que fui un numerario ejemplar, sin embargo no creo haber sido un renegado ni un rebelde redomado. Es más, no di mucha guerra a los directivos durante los muchos años que pertenecí a la Obra. Al menos eso creo. Fui como la mayoría de ustedes: más o menos esforzadillo y con sus debilidades, especialmente en lo que hace al cumplimiento de las normas (se me hacían demasiadas) y a quedarme con algún dinerillo en la cartera cuando hacía caja; no con mucho, sólo el que sentía que necesitaría para una comida de trabajo o para un viaje imprevisto. Aunque al final ya me quedé con algo más para no salirme tan desprotegido. O sea, tenía mi guardadito, como muchos de ustedes.

Quise a la Obra por la simple y sencilla razón de que creí firmemente en lo que decía el fundador en sus textos y a través de la prédica de los sacerdotes en las meditaciones y de los laicos en las charlas (bueno, la de estos últimos no era prédica, pero mutato nomine, viene a ser algo muy parecido, ya nos entendemos), y también porque creí en los directores. Es más, no sólo creí en ellos, sino que los admiré y respeté. Especialmente a Carlos Ll., quien luego me defraudó y me mintió.

Siempre dije a los que formaban las instancias de gobierno lo que veía mal o lo que me parecía excesivo y, sin saberlo, eso me estaba ganando puntos en la lista negra de la Obra, pues el día que me salí le pregunté a uno de ellos (en quien había confiado y a quien había externado todas mis dudas y perplejidades desde años atrás por ser vocal de san Miguel de la delegación de México), por qué –según su visión– me estaba saliendo de la Obra. Para mi sorpresa me respondió: “por tu juicio crítico”. “¿Juicio crítico? –le respondí asombrado– pero si todo te lo he dicho a ti”. Claro, pero lo que le decía él lo informaba a su modo, y como este directorcito (lo digo así porque es joven, pues le sigo teniendo cariño a pesar de que es muy mentirosillo) le gusta el aplauso de sus superiores, pues ya se imaginarán la carga interpretativa que le añadía a mis comentarios “críticos”.

Curiosamente, el día que este numerario-director me informó que “ya había llegado la respuesta de Roma en sentido afirmativo y que quedaba fuera de la Obra”, me preguntó: “¿Qué me recomiendas para mejorar la labor de san Miguel?” Atónito, le dije algo así: “Yo, como se lee en el Evangelio, he hablado cuando he debido y en los lugares que consideré que debía hacerlo” (me refería a lo de Jn, 18,20). Y añadí: “pero si quieres una última recomendación, pues es ésta: “espero que sepan lo que dicen cuando pronuncian la palabra católico”.

¿Por qué le dije eso a aquel director? Pues porque creo que ustedes, los numerarios (no todos, pero sí la mayoría), hablan de un catolicismo muy pero muy raro. Fíjense, cuando le pregunté al actual consiliario de su región por qué se daban tantos criterios y se enviaban tantas notas a los centros siendo que eso resultaba asfixiante para muchos, me respondió: “para prevenir la conducta de los miembros de la Obra”. “Bueno, ¿y la Gracia?, le pregunté, y añadí: ¿por qué no mejor dejar al Espíritu Santo que actúe y dar así mayor libertad de acción y pensamiento a los numerarios?”. Me refería a la primacía de la Gracia, de la que tanto ha hablado el actual Papa. Medio desganado y somnoliento (porque creo que a veces le da mucho sueño, sobre todo cuando habla de estos temas) el buen consiliario me respondió: “porque las tentaciones del mundo son muchas”.


Bueno, pues con eso les digo todo, mis queridos ex-hermanos. ¿Cómo no quieren que haya tantos numerarios deprimidos, tristes, neuróticos y enrarecidos si quieren luchar contra el mundo a través de un sistema de reglas y normas? Cualquier siquiatra sabe que eso es psicopatogénico. No hay sistema, por mucho que lo haya construido un santo, que venza a eso que en la ascética cristiana se llama “mundo”. Y es que Cristo no fundó un sistema ascético, sino una religión de amor y comprensión, pero sobre todo, de confianza en Él, en su Gracia. Esa –la Gracia– es la única que vence al mundo o al menos la única con la que es posible hacerle frente en el terreno del espíritu. Creo que ahí está el quid de la crisis por la que atraviesa la Obra en México: por eso se han salido tantos en lo últimos diez años, porque los directores no dejan actuar a la Gracia, porque anteponen a Ella la acción preventiva de sus múltiples instancias de gobierno, porque inhiben la conducta de todos ustedes para preservarlos del “mundo”, de ese mundo al que supuestamente “aman apasionadamente”, o al que debieran amar y en la mayoría de los casos parecen temerle (aquí me refiero especialmente a los profesionistas jóvenes, que no saben cómo enfrentar el mundo). Digo esto por no mencionar lo que sucede en cuanto a las tácticas tan humanas, tan bien estudiadas, tan bien calculadas, tan sistemáticas, que se siguen para el pitaje y para retener a los recién pitados. Pero de eso ya escribí hace poco en esta página web, por lo que no me detendré mayormente en la cuestión (espinosísima cuestión).


Bueno, ¿y qué hacer? Si escribo esto y me dirijo a ustedes, a quienes no hace mucho eran mis hermanos –ahora mis ex-hermanos– es porque creo que pueden ser felices si aprenden a vivir a rajatabla el espíritu, esto es, a llevar una vida que cumpla con todas las reglas, incluyendo el hacer caja sin reservarse unos pesillos, el llevar la cuenta de gastos a conciencia, el llenar la bitácora del coche, el cumplimentar todas las formas habidas y por haber como las E-12, H-24 y demás, el no jugar con los límites de la conciencia cuando hay sueños húmedos y confesarse unos minutos antes de la misa haciendo no sé qué escamoteos lingüísticos y mentales, el no comprar nada sin consultar, el ponerse su cilicio todos los días las dos horas y darse con las disciplinas los sábados, el hacer un plan apostólico diario”, el LLEGAR TEMPRANO A LA ORACIÓN DE LA MAÑANA, el decir que en la Obra no hay crisis, porque eso es juicio crítico y deslealtad. Pero, sobre todo, el querer realmente a sus hermanos aunque digan que “ya los conocen” y “que con Fulano o Zutano, no hay manera”.

Si no pueden con todo eso, entonces pueden optar por llevar dos vidas: una en la que aparenten que cumplen con todo eso, y otra, hacia dentro, en la que traten de amar de verdad según el Evangelio de Cristo, es decir, según la verdadera caridad, una vida, en fin, en la que sean sinceros al menos con ustedes mismos. ¡Claro! una vida aparte, personalísima, en la que no se hagan traición tratando de engañar a su conciencia. Sí, ya sé que eso es esquizofrenia y se opone a la unidad de vida que está en la base de sus más caros ideales, pero ¿de qué otra forma podrán vivir una vida de entrega como LAICOS si no es así? Dije como laicos, no como supuestos laicos que en realidad llevan vida de monjes en el mundo y los vuelve raros y les produce enfermedades nerviosas. Y lo mismo pregunto a mis ex-hermanos sacerdotes. No se les olvide que una vida forzada termina mal, pues todas las mentiras, como las ramas secas de un árbol, generalmente acaban por romperse y caerse. Aunque, no crean, mis queridos ex-hermanos, aun cuando el Estagirita diga que no hay mentira que peine canas, yo si he visto ese fenómeno en el Opus Dei de México: “muchas mentiras peinando canas”.

No me tomen esto como sarcasmo o como actitud irónica. Como ya lo había advertido, no es esa mi intención. Respeto y admiro a la mayoría de ustedes, incluyendo a los enfermos bipolares. Sólo les pido que sean valientes y sinceros. A ver: ¿realmente piensan que en el Opus Dei de su región mexicana no hay crisis? ¿Se han puesto a pensar en que sus ex-hermanos sumamos muchos más en número que ustedes que permanecen dentro como hermanos? ¿No se les hace raro que las casas de san Rafael se estén convirtiendo en centros de numerarios refugiados para aquellos que huyen de las aburrídisimas y tortuosas casas de mayores? ¿No les extraña que mientras se siguen saliendo numerarios mayores y prácticamente no pitan jóvenes el consiliario y el delegado vicario de la capital se dediquen a construir colegios e iglesias suntuosas en Santa Fe y a decir que están entrando en una primavera vocacional (sic)? ¿No les extraña que no haya personas para los cargos de los consejos locales ni para ser directivos de los colegios? Es más, sean sinceros con ustedes mismos: ¿no echan de menos aquellas épocas en que la vida de los centros era divertida? ¿no les duele ver lo vacío que están los centros de estudios de México, Monterrey y Guadalajara?

¿Qué pasó con todos aquellos numerarios que desearon repetir en México la época de los veranos en La Rábida? ¿Dónde quedaron los intelectuales de la Obra? ¿Cuántos intelectuales influyentes tienen en la Obra, aparte de Zagal que ahora se dedica a otra cosa y de Llano que vive de un público cautivo? ¿Conocen a algún numerario del IPADE que esté feliz con su trabajo y que viva la fraternidad con los demás numerarios que ahí trabajan? Bueno, ¿y cómo ven el futuro de la Obra? ¿creen que se reforme? Es más, les pregunto ¿realmente se ilusionaron con la reciente visita del prelado a México? ¿Se emocionaron al verlo, recobrando fuerza sus ilusiones por la Obra?

Nada de esto es con la intención de generar una polémica. Insisto: respeto y admiro a la mayoría de ustedes, pero lo que me duele es ver que muchos (no todos, eso lo sé) no son felices, y no hacen nada por serlo. Pareciera que han renunciado a ello en aras de un ideal que cada día se empaña más con la insistencia de los directores en afirmar que no está pasando nada y que es el Demonio el que mete la cola para que las cosas se dificulten. Sí, es probable, pues el Demonio existe y hace lo suyo. Pero, ¿y ustedes? Es decir, ¿acaso creen que todo lo hace el chamuco desde fuera? ¿No habrá nada ahí dentro, en el Opus mismo como por ejemplo, la falta de humildad para reconocer que si somos más los ex?

Por qué creen que está en crisis la Obra, ¿Por qué se ha hecho mal la labor? Bueno, desde el punto de vista de su afianzamiento en la Gracia y de la primacía de la veracidad es posible. Pero desde el punto de vista de ustedes (de la lógica de sus directores) no creo que la labor se haya hecho mal. Al menos no lo creo en un país como el nuestro donde las personas son tan poco creativas ante la ley. ¡Claro, como no sea para encontrarle los resquicios y violarla! Pero no creo –lo digo de todo corazón– que ustedes hayan fallado. No creo que les haya fallado la selección, ni el trato, ni el conocimiento de las personas. En todo eso tienen diez cerrado de calificación. Lo digo en serio. Lo han hecho muy bien, siguiendo como en ningún otro país la ley en su sentido literal. Ahí está la cuestión: ¿no será una falla de la ley que han vivido y defendido? O sea, ¿no creen que algo de culpa o defecto pueda estar en la institución? Y más que culpas, yo les preguntaría –con todo respeto–: ¿acaso creen que la institución es una excepción en la Historia de la Iglesia?, ¿Qué es infalible? Bueno, si no lo creen, pues entonces permítanme que insista: ¿por qué se han salido cientos de numerarios en su región?

Si me permiten una sugerencia, yo diría que la causa está clara: han cumplido la ley tan, pero tan exactamente, que han hecho de la Obra una “cosa inhumana”. Sí, así: INHUMANA. Se han dedicado los pocos o muchos años que llevan en la Obra a buscar pitables, a promover “vocaciones” y sacarlas de donde no las hay, es decir, a fabricarlas. Bueno, eso ya se sabe, pero ¿por qué lo han hecho? Pues porque así lo prescribe el “espíritu”. En otras palabras, no se sientan culpables de lo que está pasando. Ustedes han cumplido la ley. El problema no son ustedes, sino la ley. Ustedes, como se dice en México, le han echado ganas. Me refiero, pues, a esa ley contenida en las múltiples Experiencias, Catecismos e Instrucciones creados o inspirados en el fundador, en su fundador. Me refiero también al cúmulo de pequeñas reglas interpretativas del espíritu elaboradas por los directores de la Comisión y de la Delegación para regular hasta su forma de llamar a los sacerdotes, de decir las cosas, de actuar, de hacer la labor... Todas esas leyes se han cumplido en México, creo, como en ningún otro lugar. Es una cuestión digna de estudiarse. ¿Han visto, por ejemplo, cómo en los congresos del UNIV los más disciplinados –con mucho– son los mexicanos? Al menos así era hace algunos años. Realmente llamaba la atención. Iban como azorados y amedrentados por los criterios y normas que se les daban antes de emprender esos viajes a Roma. Sorprendente, sin duda.

Sé que ahora las cosas han cambiado. México ha cambiado, y los numerarios mexicanos también. Ahora dicen moverse con más aire de libertad. Pero de esos “aires” han pasado –no me lo podrán negar– a la relajación: ¿quién apunta lo que gasta de gasolina en la bitácora del coche? ¿quién hace caja de modo riguroso?, es más, ¿cuántos no hay que no bajan a la oración de la mañana, por “cansancios” o por lo que se quiera? ¿quién cumple con las horrorosas praxis en las que se decía cómo limpiar las “cebollas” de las regaderas? Es más –seamos honestos–¿quién de ustedes cumple todas las normas diario y hace correcciones fraternas a menudo? Pero bueno, ese es otro problema. Lo que me preocupa es que se acostumbren a vivir en la falsedad de que no está pasando nada. Me gustaría hacer como algunos presidentes de América latina y convocarlos a la insurrección, pero eso sería una locura. Lo único que les pido, en nombre de los más de mil que han pitado y despitado, es que no sigan haciendo pitar a muchachos ingenuos. Ya párenle con ese asunto. No es justo. No es moral. No es honesto. No es cristiano. Sean honestos, reconozcan que eso es contrario a la caridad y a la veracidad del Evangelio.

Es una absoluta falta de responsabilidad moral. ¿Cómo se les ocurre hacer que piten muchachos a quienes no conocen y que no han hecho sino manifestar inquietudes remotas ante la simple posibilidad de pertenecer a su institución? ¿Por qué creen que se han salido tantas personas buenas y bienintencionadas del Opus en los últimos diez años? ¿Por qué? ¿Porque el Diablo mete la cola? Y qué acaso Dios no actúa con su infinita providencia, también en el Opus Dei? ¿Qué les estará queriendo decir a los siempre triunfantes numerarios?

¡Por favor, no sean ingenuos, mis queridos exhermanos! Se salen del Opus muchos que pertenecieron a él por la simple y sencilla razón de que nunca debieron haber estado dentro: los pescaron, los envolvieron y cayeron en las redes de un discurso mítico-escatológico, en el que se les invitaba a inscribirse en las filas de los corredentores. Lo que nunca se les (nos) dijo es el precio que había que pagar por serlo, concretamente, vivir una vida falsa, hacer de la mentira lugar común, recurso normal de nuestro “apostolado” y, sobre todo “de nuestro proselitismo”. No se engañen, ni engañen más a las personas. Hablen, atrévanse a hablar dentro de sus reglas de obediencia y humildad, pero hablen, digan lo que piensan de todo esto, y ayuden a sus directores a no ser tan soberbios, ¡constructores de colegios e iglesias! ¿y la humildad? ¿por qué no reconocen que han cometido faltas muy graves envolviendo a cientos de muchachos en una supuesta vocación? ¿por qué no le piden perdón a los supernumerarios, padres de familias numerosas dentro de las cuales hicieron pitar a más de la mitad? ¿Por qué no le piden perdón a todos los que han orillado a salirse a base de ostracismos e injusticias? ¿Por qué no actúan como Cristo y toman la cruz –Su cruz– asumiendo con dolor el arrepentimiento de sus pecados? Paren. Pidan perdón a la Iglesia. Recomiencen. La idea original no era mala...



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