A diferencia de la Iglesia, el Opus Dei sigue sin pedir perdón

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Por Trinity, 17.05.2006


Mabel plantea el gran problema que tiene el Opus Dei porque sus autoridades se resisten a pedir perdón de sus errores institucionales. Se han desmarcado del admirable proceso de purificación de la memoria histórica que inició la Iglesia católica desde los tiempos del Concilio Vaticano II y que tuvo como punto álgido la Celebración de petición de perdón del 12 de marzo de 2000, primer Domingo de Cuaresma del Año Jubilar, y cuya lógica explicaba Joseph Ratzinger de la siguiente manera:

“Si una confesión, digámoslo así, si reconocer las propias culpas es propio de la naturaleza del cristiano, porque sólo de ese modo puede ser justo y sincero consigo mismo, lógicamente, también es propio de la naturaleza de la personalidad colectiva de la Iglesia realizar esa puesta al día, ese reconocimiento de los propios errores. Así que, efectivamente, la Iglesia necesita ese «salmo penitencial» para poder presentarse lealmente ante Dios y ante los hombres” (La sal de la tierra. Madrid 1997, p. 241).

En mi opinión, este error de no rectificar, que tan caro está costando al Opus Dei, obedece a un problema teológico que no superó el Fundador, formado en una eclesiología jerarcológica y monárquica, de índole más bien absolutista y autoritaria, que imperaba en la época de su formación seminarística. En descargo de Mons. Escrivá, hay que tener presente que, según cuenta Yves Congar en su Diario del Concilio Vaticano II, a muchos miembros de la Curia romana les costó sangre asimilar la eclesiología de comunión que este concilio rescató de la Tradición eclesial...

Esta dificultad no se había superado del todo entre los cardenales treinta años después, como muestra el hecho de que Juan Pablo II, para convencer a los aún reticentes, tuviera que encargar a la Comisión Teológica Internacional que estudiara la legitimidad de que el Papa pidiera perdón por los errores institucionales de la Iglesia, cuestión que la susodicha Comisión, presidida por el entonces cardenal Ratzinger, respondió afirmativamente dos años después en el extenso parecer Memoria y reconciliación. La Iglesia y las culpas del pasado.

El Fundador murió en la idea de una cuasi divinización de la potestad sagrada, sin haber captado que, como explicaba Joseph Ratzinger siendo cardenal, los miembros de la jerarquía más que titulares de un santo gobierno, son servidores de una causa santa (La sal de la tierra, cit., p. 205). Mons. Escrivá era un hombre práctico y hábil; y fue brillante en su predicación y redacción, cultivando su estilo literario en la frecuente lectura de los clásicos. Pero era una persona limitada en el orden teológico, que, en lugar de cuidar su aggiornamento intelectual –como habría correspondido al Fundador de una institución eclesial que también se proponía ser fermento en el mundo de la cultura- consideró suficiente para el cumplimiento de su misión limitarse a repasar los tratados que estaban en consonancia con lo que estudió en el Seminario de Zaragoza.

En todo caso, lo que pudo ser disculpable en el Fundador, después de 12 de marzo de 2000 ya no lo es en las autoridades de la Obra, que, por no haber asimilado esta enseñanza del Magisterio y no haberse desmarcado de los enfoques eclesiológicos del Fundador, son incapaces de pedir perdón por los errores institucionales del Opus Dei o rectificar ante quienes han perjudicado con sus desaciertos. Pues, sintiéndose siempre transmisores de la Voluntad de Dios precisa y concreta, no pueden admitir culpas y errores institucionales, “siempre tienen razón” y se consideran en “el deber” de mantener esa posición y esa imagen institucional.

Esto se ha puesto de manifiesto repetidamente en recientes entrevistas concedidas por el actual Prelado a algunos diarios. Por ejemplo, el 7 de julio de 2001, ante la pregunta expresa de Francesco Ognibene, del Avvenire sobre si, en el contexto del Gran Jubileo del año 2000, “hay un mea culpa del Opus Dei”, respondió que “los miembros del Opus Dei, cada uno por su cuenta, siempre acaban la jornada con una petición de perdón al Señor, después del examen de conciencia”. O sea, que no aceptó asumir errores institucionales.

Poco tiempo después, el 10 de enero de 2002, Marco Politi, en La Repubblica, le hizo tres interesantes preguntas:

  1. “Hubo algunos episodios desagradables en el pasado...”, dijo el periodista. Y el Prelado respondió: No, nunca. Las puertas están abiertas para el que quiera salir, y entornadas para el que desee entrar. Sin embargo, si usted es un padre de familia y su hijo toma un camino equivocado, ¿le dejará irse sin más, le permitiría que siga sus caprichos? No, le daría un consejo. Esta es la única coacción, paterna, fraterna; se dice a la gente: puedes hacer lo que quieras, pero piénsalo antes porque estás jugando con tu vida.
  2. Y sigue el periodista: “Durante mucho tiempo han llovido críticas de que se hace un proselitismo excesivo, también entre menores de edad, o de coacción psicológica para confesarse sólo con sacerdotes del Opus Dei”. A esto respondió: Francamente me parece que las críticas a las que alude, que por otra parte nunca se han demostrado, están ya superadas. En cuanto a la obligación de confesarse, debo decirle que no responde a la verdad. Una disposición de este tipo estaría en contra de la libertad que la Iglesia reconoce a todos los cristianos. Me parece del todo lógico y normal que los fieles de la Prelatura prefieran confesarse con un sacerdote que les puede ayudar mejor, porque vive el mismo espíritu que ellos. Sin embargo, tienen siempre entera libertad para confesarse con cualquier sacerdote católico.
  3. Y se concluye preguntando: “¿No acepta ninguna crítica? Incluso el Papa entona el mea culpa”. A lo que respondió: Acepto que todos somos imperfectos, que todos debemos corregirnos, y que todos debemos hacer examen de conciencia para ser mejores hijos de Dios. Y deseo subrayar que no nos sentimos los primeros de la clase. Nos sabemos pobres hombres, que han de aprender de los demás, y procuramos —con la ayuda de la gracia— actuar con responsabilidad, realizando bien nuestro trabajo, viviendo bien la vida familiar y las relaciones sociales. Sobran, pues, los comentarios.

En el libro de John L. Allen, El Opus Dei desde dentro, que acaba de traducirse al castellano, aparece por vez primera una genérica petición de disculpas a quienes hayan podido sentirse dolidos por actuaciones de la institución. Algo es algo. Pero pienso que no deben echarse las campanas al vuelo, porque el tono genérico de la petición de perdón permite suponer que esa declaración responde más a una estrategia coyuntural que a un sincero reconocimiento. De hecho, las respuestas que aparecen en la entrevista del pasado 21 de abril en Le Figaro-Magazine no se mueven, según hemos comentado hace unos días, en un tono de apertura a la autocrítica, sino todo lo contrario.

Parece urgente, pues, que en la Obra se alcance la convicción “interna” de que el Opus Dei es una institución eclesial más, hoy con un Obispo como los demás al frente, aunque con su particular función. Y esto, sin “divinizar” ni al Fundador, ni su misión, ni la propia institución, más allá de cuanto la Iglesia ha reconocido en sus aprobaciones. Si la Iglesia institucional de nuestro presente —movida por el Espíritu Santo y por boca de un extraordinario Pontífice santo— tiene necesidad de pedir perdón a Dios y ante la Humanidad por los pecados de los cristianos a lo largo de toda su historia, ¿va a suceder que el Opus Dei es un reducto aislado de santidad, incontaminado, que carece de motivos institucionales para pedir perdón por nada? ¿No es esto demasiada presunción? ¿Dónde queda la humildad colectiva? Y no olvidemos que Dios “resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (Proverbios 3, 34).


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